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Quizá la
mejor noticia literaria que nos ha llegado como regalada en el tránsito entre el
siglo XX y el actual haya sido la recuperación de Gabriel García Márquez de la grave
enfermedad que le ha acosado durante los últimos años en los que sin embargo no ha
cejado en su trabajo creador, del que nos ha dado frecuentes muestras sin parar. Quien ha
sido calificado como «el juglar del siglo XX» o «el hombre que nos ha hecho más felices», dentro
de un siglo considerado además como el más trágico de toda la historia universal
el del nazismo, el fascismo, el estalinismo, la bomba nuclear y el SIDA es el
mismo que nos ha concedido, gracias a sus asombrosas dotes narrativas, algunos de los
momentos más gratos para al menos poder soportar la desdichada existencia de los hombres
durante esta época de miseria, destrucción, terror, violencia, injusticia, hambre y
falta de libertad por doquier .Pero no voy
a hablar de este su doble triunfo contra el terror colectivo ni contra su enfermedad
personal, sino de esa cicatería crítica que mostró hacia él el tan influyente aunque
discutido crítico Harold Bloom, quien descalificaba al premio Nobel colombiano,
negándole la suficiente entidad artística para figurar en ese su «Canon Occidental»,
que tanto ha contribuido a la vez a su fama y a su descrédito. Bien es verdad que sus
críticas dice que su fórmula creativa es artificial y trucada, o que sus
libros no alcanzan la profundidad de los de Borges o de Alejo Carpentier, por
ejemplo no han figurado en sus libros, sino que se formularon en unas declaraciones
periodísticas, más no por ello pueden ser exoneradas de la correspondiente crítica a su
vez de quienes no estamos de acuerdo con tanta ligereza.
Quizá
en la prosa narrativa de la literatura hispanoamericana actual no haya más que dos
cumbres, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, que han sido dos verdaderos refundadores
del arte narrativo en español de nuestro tiempo.
Dejando aparte el caso de Borges, intelectual y
literario a la vez, libresco y absolutamente único, el de García Márquez es más
humano, más cercano, y además ha sido seguido por una muchedumbre de imitadores sin
cuento, de esos que se dicen que salvarán a sus modelos porque heredarán más sus
defectos que sus aciertos. Pues bien, Bloom es sobre todo autor de un canon más
anglosajón que occidental (la mínima parte concedida en él a la lengua española es
insuficiente y errónea), basado exclusivamente en su combate interior contra ese
multiculturalismo tan extendido en las universidades norteamericanas, y va en busca sobre
todo de un monoteísmo literario (en el que Shakespeare ha suplantado a Jehová)
por razones tanto ideológicas como raciales, y en el que, aunque muchos de sus argumentos
sean válidos, el resultado final hace agua por todas partes.
No conozco ningún autorretrato mejor del
crítico que jamás podrá comprender nada de las letras hispánicas de todos los tiempos,
tan mestizas como multiculturales, tan cerca siempre de lo real desde el Arcipreste
de Hita y La Celestina hasta Cervantes y San Juan de la Cruz, tan poco librescas,
tan humanizadas y cercanas a sus lectores.
Gabriel García Márquez, que parece tan
mitológico como fantástico, no deja nunca de ser real y cercano, y no es el creador de
ninguna fórmula mercantil, ni de ningún truco artificial. Su magia expresiva
nace de la recuperación y modernizaci6n del más clásico español y castellano de
siempre, contemplada de manera a veces exagerada e imaginativa para potenciar sus
contenidos reales, y arrancando muchas veces de mitos universales de siempre.
Su primer texto, Monólogo de Isabel viendo
llover en Macondo, viene del diluvio en el Antiguo Testamento; La
hojarasca viene de Sófocles y la prohibición impuesta a Antígona de enterrar a
Polinices; Remedios la Bella va al cielo en carne y alma como en la mitología cristiana: Cien
años de soledad es una mitificación de lo real, como El otoño del patriarca,
mientras que La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba son relatos
de crítica social, y en la Crónica de la muerte anunciada hace estallar las
costuras de la violencia realista en su pueblo. Pueblo donde reinan también el amor y la
ternura, en El amor en los tiempos del cólera; y que lucha contra la
intolerancia histórica en Del amor y otros demonios. O el mismo pueblo
cuya historia se trata en El general en su laberinto, y llega hasta nuestros
días en Noticia de un secuestro. Nadie podrá ver aquí monotonía, ni dogmatismo,
ni fórmula, ni truco alguno, sino variedad, diversidad, flexibilidad, apertura a todos
los horizontes de la narración contemporánea, y acercamiento total a los problemas del
hombre de nuestro tiempo.
Pues en García Márquez la literatura y la vida
van estrechamente unidas, y todo ello bajo la férrea unidad estilística de ese prosista
excepcional que es el mayor juglar de nuestro tiempo, del hombre que por lo menos nos ha
hecho menos infelices, o quizá rotundamente más felices en estos tan infelices tiempos
que nos ha tocado habitar. |