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Gabriel García Márquez

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  Por Rafael Conte


Ilustración de Alberto Baraya para «Del amor y otros demonios»Quizá la mejor noticia literaria que nos ha llegado como regalada en el tránsito entre el siglo XX y el actual haya sido la recuperación de Gabriel García Márquez de la grave enfermedad que le ha acosado durante los últimos años en los que sin embargo no ha cejado en su trabajo creador, del que nos ha dado frecuentes muestras sin parar. Quien ha sido calificado como «el juglar del siglo XX» o «el hombre que nos ha hecho más felices», dentro de un siglo considerado además como el más trágico de toda la historia universal —el del nazismo, el fascismo, el estalinismo, la bomba nuclear y el SIDA— es el mismo que nos ha concedido, gracias a sus asombrosas dotes narrativas, algunos de los momentos más gratos para al menos poder soportar la desdichada existencia de los hombres durante esta época de miseria, destrucción, terror, violencia, injusticia, hambre y falta de libertad por doquier .

Pero no voy a hablar de este su doble triunfo contra el terror colectivo ni contra su enfermedad personal, sino de esa cicatería crítica que mostró hacia él el tan influyente aunque discutido crítico Harold Bloom, quien descalificaba al premio Nobel colombiano, negándole la suficiente entidad artística para figurar en ese su «Canon Occidental», que tanto ha contribuido a la vez a su fama y a su descrédito. Bien es verdad que sus críticas —dice que su fórmula creativa es artificial y trucada, o que sus libros no alcanzan la profundidad de los de Borges o de Alejo Carpentier, por ejemplo— no han figurado en sus libros, sino que se formularon en unas declaraciones periodísticas, más no por ello pueden ser exoneradas de la correspondiente crítica a su vez de quienes no estamos de acuerdo con tanta ligereza.

Ilustración de Alberto Baraya para «El amor en los tiempos del cólera»Quizá en la prosa narrativa de la literatura hispanoamericana actual no haya más que dos cumbres, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez, que han sido dos verdaderos refundadores del arte narrativo en español de nuestro tiempo.

Dejando aparte el caso de Borges, intelectual y literario a la vez, libresco y absolutamente único, el de García Márquez es más humano, más cercano, y además ha sido seguido por una muchedumbre de imitadores sin cuento, de esos que se dicen que salvarán a sus modelos porque heredarán más sus defectos que sus aciertos. Pues bien, Bloom es sobre todo autor de un canon más anglosajón que occidental (la mínima parte concedida en él a la lengua española es insuficiente y errónea), basado exclusivamente en su combate interior contra ese multiculturalismo tan extendido en las universidades norteamericanas, y va en busca sobre todo de un monoteísmo literario (en el que Shakespeare ha suplantado a Jehová) por razones tanto ideológicas como raciales, y en el que, aunque muchos de sus argumentos sean válidos, el resultado final hace agua por todas partes.

No conozco ningún autorretrato mejor del crítico que jamás podrá comprender nada de las letras hispánicas de todos los tiempos, tan mestizas como multiculturales, tan cerca siempre de lo real —desde el Arcipreste de Hita y La Celestina hasta Cervantes y San Juan de la Cruz, tan poco librescas, tan humanizadas y cercanas a sus lectores.

Gabriel García Márquez, que parece tan mitológico como fantástico, no deja nunca de ser real y cercano, y no es el creador de ninguna fórmula mercantil, ni de ningún truco artificial. Su magia expresiva nace de la recuperación y modernizaci6n del más clásico español y castellano de siempre, contemplada de manera a veces exagerada e imaginativa para potenciar sus contenidos reales, y arrancando muchas veces de mitos universales de siempre.

Su primer texto, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, viene del diluvio en el Antiguo Testamento; La hojarasca viene de Sófocles y la prohibición impuesta a Antígona de enterrar a Polinices; Remedios la Bella va al cielo en carne y alma como en la mitología cristiana: Cien años de soledad es una mitificación de lo real, como El otoño del patriarca, mientras que La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba son relatos de crítica social, y en la Crónica de la muerte anunciada hace estallar las costuras de la violencia realista en su pueblo. Pueblo donde reinan también el amor y la ternura, en El amor en los tiempos del cólera; y que lucha contra la intolerancia histórica en Del amor y otros demonios. O el mismo pueblo cuya historia se trata en El general en su laberinto, y llega hasta nuestros días en Noticia de un secuestro. Nadie podrá ver aquí monotonía, ni dogmatismo, ni fórmula, ni truco alguno, sino variedad, diversidad, flexibilidad, apertura a todos los horizontes de la narración contemporánea, y acercamiento total a los problemas del hombre de nuestro tiempo.Ilustración de Alberto Baraya para «El amor en los tiempos del cólera»

Pues en García Márquez la literatura y la vida van estrechamente unidas, y todo ello bajo la férrea unidad estilística de ese prosista excepcional que es el mayor juglar de nuestro tiempo, del hombre que por lo menos nos ha hecho menos infelices, o quizá rotundamente más felices en estos tan infelices tiempos que nos ha tocado habitar.

 
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