Asumirlos resulta tan natural como vano, porque la vida carece de un gran sentido, carece de vitalidad. Se trata de situaciones más o menos raras pero que no pasan de ser eso, una sucesión de hechos sin trascendencia en medio de la permanente gira de un pianista sin fortuna y deseos sencillos: «descansar como si la miseria me hubiera dado vacaciones». (4) Pero la aparente sencillez de los relatos posee una magnífica amalgama de referencias filosóficas que los hacen únicos, polémicos a los ojos de la crítica, extraordinarios para el lector. Que lo raro y lo normal convivan como sucedía en los escritos de Bordeline, donde todo es y no es a la vez, que la dialéctica hegeliana o la filosofía de la vida se puedan identificar entre sus palabras explican el por qué de la trascendencia de este autor y su influencia sobre otros escritores, con Julio Cortázar a la cabeza. El existencialismo sartreano parece tener sólidas correspondencias con la obra de Hernández, tanto en algunos personajes como en la percepción de la realidad. Bergson por supuesto, Jaspers, los filósofos presocráticos, Platón o Marx son asimismo fundamento de interpretación para los críticos de Hernández. La filosofía está presente en cada planteamiento, a través de la sutileza interna se transmiten los impulsos vitales que adornan cada anécdota, de una manera consciente aunque dubitativa: «No sé si lo que he escrito es la actitud de un filósofo valiéndose de medios artísticos para dar su conocimiento o la de un artista que toma para su arte temas filosóficos» (5). El entorno acompaña al protagonista con ciertos aires lúgubres. Predomina la nocturnidad y las referencias de la muerte vagan por las calles de los cuentos esperando cada desenlace como si no hubiera otra solución. La hay, sin duda. La intención del argumento no desemboca habitualmente en un final cerrado y definitorio porque se habla de sucesos eludiendo causas y consecuencias. El agua y las plantas son el contrapunto al urbanismo lacio donde se transita, el verde y el blanco ponen la luz y también el sosiego necesario. Los salones, los cafés y sobre todo las casas imponen su presencia como centro de la acción. Muñecas, balcones, pianos o fotos que se humanizan acompañan al pianista por unos lugares y a través de unas situaciones que no todos pueden disfrutar. La miseria, la pobreza y la nostalgia se conjugan a través de la imaginación. Ello otorga al narrador el acceso a un mundo exclusivo del que formará parte al disponer de virtudes exclusivas ver en la oscuridad o llorar para vender, por ejemplo. El protagonista es en el fondo un privilegiado que puede compartir o protagonizar los argumentos de la irrealidad.
Se sabe que Felisberto no corregía sus obras a través de sus cartas y manifestaciones de sus amigos, pero el desorden y la divagación no parten de ahí: son utilizados como técnica, ellos nos acercan al misterio y sustentan la ficción a través de un lenguaje poético novedoso, en el que se incorporan elementos cotidianos a un mundo de ensoñación sin conflictos ni dramatismos. Y ello se expone dejando claro que el narrador no lo sabe todo. El cuento es un proceso de búsqueda, una fórmula para llegar al conocimiento en la que el autor participa por medio de su alter-ego. Pero no hay llegada ni existe conclusión. La gracia del relato está en el viaje, en ese recorrido que inicia la nostalgia y mantiene la imaginación. El recuerdo se convierte en indagación a través de la mirada. La importancia de los sentidos en este proceso de búsqueda se concentra primordialmente en los ojos; en los del escritor, los del narrador, los de los personajes y en los del lector. Los ojos son la pantalla del recuerdo y los protagonistas de los juegos que llevan al conocimiento en cada relato. La participación de personajes y argumentos determinados por la vista no dejan lugar a dudas, desde los ciegos de Por los tiempos de Clemente Colling al protagonista con ojos-linterna de El acomodador. En la relación que establece Hernández entre los sentidos está clara la jerarquía: se lee, se escucha y se sabe por medio de lo que se ve. Lo hace en confluencia con lo oral, sentido privilegiado en sus maestros y ahora convertido en complementario. Con estos elementos, la visión de Felisberto Hernández de su entorno se multiplica por el cuadrado de la imaginación; nada es absoluto pero la vida crece gracias a la magia de lo aparentemente inanimado; el solitario viaje de un pianista se llena de imágenes que otros apartan por absurdas; con su palabra llana las dobla y con sus juegos de ilusionista metafórico las vuelve a doblar. Atrae elementos y aires nuevos; fomenta el valor del arte con la mirada y la fantasía con la claridad. No había más remedio: su pensamiento y el de los lectores se movió, se hizo largo. |
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Notas (1) Las
hortensias. |
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