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La producción narrativa y periodística de Miguel Delibes obedece a una serie de impulsos
que ha sido estimada justamente por estudiosos nacionales y extranjeros, capaces de
desvelar en ella connotaciones biográficas, atributos ideológicos y compromisos morales.
Esta fijación de jalones, aunque promueva un tentador esquematismo, satisface la demanda
de etiquetas que atañe a buena parte de los comentaristas literarios y, en un costado
benéfico, nos permite introducir al escritor mediante unos cuantos titulares. A saber:
Delibes concibe y practica un humanismo ceñido a las virtudes de la tierra. Es respetuoso
con la tradición popular cuando ésta es favorable, y como cazador ennoblecido por la
buena práctica, se muestra atento al precario equilibrio del medio, que viene a ser un
asidero estable cuando la humanidad sabe apreciarlo. Su casticismo no es trivial y ahorra
detalles folclóricos, porque hunde sus raíces en la dura corteza castellana. De otra
parte, impregna esas pasiones con la rebeldía de un librepensador. La crítica del
progreso desordenado y del materialismo le parece un tema excelente, pero se siente aún
más atraído por la solicitud de una justicia social que nada tiene que ver con los
programas políticos al uso. En sentido análogo, defiende la libertad del individuo y por
eso rechaza el gregarismo deshumanizador y cualquier pervivencia feudal en el modo de
organizar la sociedad. Esta resistencia ante toda forma de sumisión por ejemplo, la
incultura indica que hay en él un fondo de reformista ilustrado. En paralelo, no
esconde un pesimismo que es muy pertinente cuando aborda tres de sus temas esenciales: la
muerte, lo que él denomina «sentimiento del prójimo» y, cómo no, el anhelo de
dominación.
A la par, Delibes sublima todos
esos impulsos en la mirada de los niños, a través de cuyo raudal expresivo
significa con preferencia cuantas contradicciones conlleva la pugna entre
civilización y barbarie, herencia y modernidad. Por lo que concierne a
la fórmula literaria que emplea con ventaja, hemos de encarecer como cualidad
del escritor su sobriedad estilística, idónea para introducir en el relato
los giros del habla popular. Parafraseando a Ramón Menéndez Pidal, cabría
añadir que esa sobriedad en el arte conduce a emplear conceptos y expresiones
que el espíritu extrae de una vigorosa intuición de la realidad. Por lo
común, se trata de la sencillez natural; «menos veces es la sencillez
trabajada, que se esfuerza en reducir lo complicado para lograr una difícil
facilidad» (Los españoles en la literatura, Madrid, Espasa-Calpe,
1960, p. 34). Como comprenderá el público familiarizado con la obra de
Delibes, con esto último tenemos ya definido suficientemente el estilo
propio del escritor, pues la suya es, a no dudarlo, una sencillez trabajada,
admirable por cuanto transmite y también por su calidad esencial. Dos
razones que bastan para motivar las páginas que se abren a continuación.
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