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Poco antes de llegar al mar desde el interior de Lugo se encuentra, rodeado por montañas
de redondeada cumbre, el hermoso valle de Mondoñedo conformado como una gran «cunquiña
deleitosa» que decía el insigne poeta mindoniense, Manuel Leiras Pulpeiro. Mondoñedo es una cuidad vieja y bella. La vejez se la da su
pasado esplendoroso, el cual también aporta belleza, ya que la huella de los siglos fue
dejando en el lugar un bonito casco histórico (declarado de interés
histórico-artístico en el año 1985) que tiene como centro la Catedral de la Asunción
que data del siglo XII. En torno a este edificio se erigieron hermosas
casas blasonadas; edificios religiosos, como el Seminario Santa Catalina u obras de
arquitectura civil creadas con especial cariño, claro ejemplo es la Fonte Vella que
aparece enfrente del Palacio Episcopal. Sin dejar la marca de la vejez, Mondoñedo está
siendo remozado gracias a un plan especial de rehabilitación del casco histórico que
permite la recuperación de buena parte de los edificios que lo conforman.
Para el visitante de Mondoñedo lo mejor que le podemos recomendar es que se pierda por
esas empedradas calles estrechas mientras escucha el sonido de las campanas de la catedral.
Que visite la casa donde nació el gran fabulador Álvaro Cunqueiro, que salude al poeta
Leiras Pulpeiro en la Fonte de San Xoán, que intente escuchar la música del piano de
Pacheco al paso por la calle que lleva su nombre y que silbe las notas de la Alborada
Galega o del Himno Galego caminando por la calle Pascual Veiga.
Entrado en contexto, el amigo visitante ya estará preparado para hacer una «mágica»
visita al Museo del Mago Merlín de Mondoñedo, donde con gentil amabilidad será recibido
por Manuel Montero.
Antes de despertar de ese sueño mágico conviene visitar el barrio de Os Muiños,
catalogado por Cunqueiro como la «Venecia Mindoniense». Entre los canales que atraviesan
el barrio, todavía hoy se puede observar como trabajan los artesanos alfareros y revivir
acaso leyendo aquel magnífico y lejano artículo de don Álvaro publicado en A
nosa Terra el momento en el que la mujer del Mariscal Pedro Pardo de Cela era
entretenida, en la Ponte do Pasatempo, para impedir que llegara con el indulto que librara
a su marido de ser degollado.
El visitante, si está sediento podrá refrescarse con el agua de sabor lírico de la
Fonte dos Pelamios o de los Catro Caños, de donde dicen que en el verano el agua sale
fresca y en el invierno más templada. Si el refresco no llegó podremos ir a bañarnos al
Pozo de A Fervenza, a la Fabega o al Salto do Coro. Con seguridad, camino de cualquiera de
estos lugares encontraremos un molino que estará moliendo el grano para ser convertido en
pan o empanada por los panaderos, en palabras de Cunqueiro «
Mondoñedo, rico en
pan, aguas y latín».
Si entra el hambre, en cualquiera de los restaurantes del lugar, y sin más compañía
que cualquier texto coquiniario de don Álvaro, podremos degustar la rica gastronomía
mindoniense, carnes de ternera o de cerdo criadas con paciencia, truchas o salmones
pescados en ríos de aguas cristalinas, frutos de la bondadosa huerta y para finalizar el
postre que no puede faltar son las cañas de crema o la tarta de Mondoñedo que lleva en
su cara la policromía del rosetón de la catedral.
El silencio y las piedras permiten el descanso y la recuperación de fuerzas para
continuar la visita por el Museo Diocesano y Catedralicio, por los montes de la zona o
para hacer una visita a la princesa Xila, hija del rey Cintolo que anda vagando por el
interior de las cuevas a las que dio nombre su padre, esperando a que alguien vaya a
rescatarla. ¿Quizá algún espeleólogo como aquéllos cuya visita relató Cunqueiro para
La Voz de Galicia a mediados de los años cincuenta?
Aunque parezca mágico está aquí, está en Mondoñedo.
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