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Cunqueiro
es un creador de universos maravillosos que nos remiten con notable frecuencia a los
cuadros de los pintores renacentistas. Los motivos de Fra Angelico, Sandro Botticelli,
Piero della Francesca, Paolo Uccello, Leonardo da Vinci, Antonello da Messina, Cima da
Conegliano, Giorgione, Carpaccio, Veronés y Tintoretto se entrelazan en sus fábulas con
las resonancias culturales y geográficas de la tierra gallega espacio concreto y
convergente en toda su obra, y con los ecos de los Studies in Art and Poetry (1873-1893)
de Walter Pater. En sus colaboraciones periodísticas percibimos la influencia de algunos
ensayos que integran el fondo de los Studies, particularmente de los
destinados a profundizar en el fatto musicale de Giorgione y en las
sonrisas insondables que se van definiendo, de manera incorpórea, en el tejido de los
ensueños de Leonardo desde el comienzo de su carrera. De la producción periodística
cunqueiriana emergen a menudo sonrisas enigmáticas que fluyen con una ondulación
semejante a la de Monna Lisa en el ensayo de Pater: la del agua de un río que se
introduce, vagarosa, en un mar de divididas corrientes. El celebérrimo fragmento
pateriano que describe a la criatura que de modo tan singular surge junto a las aguas,
agudiza la fantasía literaria del fabulador gallego, quien en el artículo «Mestre
Mateo» [La Voz de Galicia (LVG), 11 de marzo de 1953] imagina que el
artista compostelano, como el pintor de Vinci, había aprendido a comparar las sonrisas en
sus humanos rostros con los movimientos del agua en los remansos, y a curar la melancolía
contemplando como un río discurre hacia el mar, que es el morir. Supone el creador de
Mondoñedo, además, que Mateo había levantado el Pórtico de la Gloria de la catedral de
Compostela a la imagen de un puente, debajo del cual fluía como un río la humana
peregrinación. Y en este Pórtico, con evangelistas, apóstoles, profetas, ancianos del
Apocalipsis y ángeles, el Maestro de nuestro particular Rinascimento ubica una
de las sonrisas más fascinantes de la historia del arte universal: la del profeta Daniel,
imperecedera y esperanzadora como las que reproducen los rostros de las figuras de
Leonardo.
En las fábulas cunqueirianas encuentran cobijo otras criaturas que convirtieron su
enigmático sonreír en un instrumento de salvación y de perdurabilidad, como el
personaje del Ritratto dignoto de Antonello da Messina, a quien el
versificador mindoniense dedica uno de sus poemas de Herba aquí ou acolá. Estas
sonrisas actúan como un impulso imaginativo en las ensoñaciones literarias de Cunqueiro,
y a través de ellas busca una respuesta ilusionante ante la comprobación de la difícil
barrera que separa los dos mundos: el real y el imaginario, que el escritor casi siempre
consiguió avenir en su producción, pero que con tanta dificultad concilió en su vida
diaria. Así, en un comentario que realiza respecto de la obra de Wenceslao Fernández
Flórez (La Estafeta Literaria, n.º 294, 1964), perfectamente aplicable a
su creación, nos confiesa que las grandes divergencias entre lo real y lo soñado son las
que ponen en nuestros labios una sonrisa. Esta filosofía nos ayuda a comprender por qué
la criatura del «Soneto a un cabaleiro descoñecido, retratado por G. Cima da
Conegliano, cun país ao fondo. De idade sua, XXXVI anos» (Nordés, n.º 4,
SadaA Coruña, 1981), carece de esta particularidad, y se nos presenta impregnada de
un absoluto desaliento. Con toda probabilidad, las metáforas que utiliza para representar
a alguien sumido en una profunda noche y convertido en sombra transcriben su propia
situación en aquel momento, recluido en Mondoñedo dentro de una intensa soledad.
En
su trayectoria literaria localizamos pocos textos imbuidos de desesperanza. El creador de Merlín
y familia se integra en el grupo de pensadores que sustentan la poética del franco
sonreír, aunque a veces esté revestido de melancolía, y que desaconsejan la amargura
para ejercer la creación. Su arte, como el del genial Leonardo, se eleva por encima del
absurdo de la condición humana, lo que le permite pronunciar la más clara afirmación
del sueño y de la imaginación como origen de utopía y de esperanza, que el denomina
«icarismo» en confluencia con el Renacimiento itálico. Su filosofía lo impulsa a
expresarse en absoluto disentimiento con los artistas que se refugian en el desánimo, y a
reconocer que la tristeza es una enfermedad que debilita el ser humano. No nos debe
extrañar, pues, que proclamara su «entusiasmo icárico», un gozo literario que en su
obra sintoniza con el discurso «utópico-mental» de Leonardo, en el cual gravitan las
mejores sonrisas y las fantásticas máquinas voladoras del Renacimiento mediceo. A
través de sus escritos descubrimos un contumaz deseo de reafirmar el sueño y la
imaginación como fuente de un vuelo «icárico-leonardiano». Se trata de un vuelo
imaginativo, a que el escritor y sus criaturas se aferran con todas sus fuerzas, aunque
con el paso de los años este anhelo se vaya desprendiendo del entusiasmo utópico de los
primeros momentos, para sumergirse en una profunda melancolía. Es el vuelo hacia la Edad
de Oro: hacia la belleza, la poesía, la música, la pintura de Botticelli y Fra Angelico,
cuyos cuadros están rememorados en algunas de esas historias mágicas que colman sus
páginas con enanos, campanas que tañen bajo el agua, palomas que sobrevuelan tierras
anegadas, o con naranjos que esconden princesas antiguas. En otros textos como Los
naranjos (LVG, 15 de noviembre de 1953) este mismo vuelo nos eleva hasta los
paisajes paradisíacos del naturalismo alegórico-religioso del artista de Vicchio, con
vergeles atestados de flores y de frutos dorados; un paisaje edénico que muestra el
espectáculo de la naturaleza inmerso en el origen celeste, y parece restablecer la
armonía primigenia de un hipotético Paraíso Perdido, tan profundamente deseado por
Cunqueiro.
Al comenzar estas líneas nos hemos referido a la influencia del fatto
musicale giorgionesco en el corpus periodístico del literato gallego, en donde
percibimos la estela de los Studies de Walter Pater. El Concierto del
Palacio Pitti, que Cunqueiro evoca en algunos de los artículos publicados en La Voz de
Galicia, es un ejemplo típico de las muchas y enmarañadas variaciones
melódicas en que Giorgione deja sentir el influjo de la música: el templar de los
instrumentos, personas con rostros atentos, escuchando, a la espera de descubrir el menor
intervalo del sonido musical, la menor ondulación en el aire, con los oídos y con los
dedos refinándose infinitamente en su apetito de timbres delicados... No obstante,
debemos precisar que nuestro creador utiliza el Concierto monódico del monje que
pulsa las teclas de un clavicordio, mientras un seglar, colocado detrás de él, empuña
el arco de la viola, y un tercer personaje parece esperar el intervalo preciso para
comenzar a cantar, como preludio de las floridas polifonías que los concertadores de la
orquesta pétrea del Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana van a ejecutar,
cuando hayan templado sus instrumentos. De los instrumentos de piedra va a brotar una
música aguda como un «licor caliente y vivificador», que resuena como «cristales que
entre sí chocasen, o cual manos que pulsasen los sonoros hilos con que la luz del mundo
está tejida» en el texto titulado Mestre Mateo. Suponemos, además, que el
autor de Mondoñedo llegó a descubrir en la vívida audición del Maestro Mateo lo mismo
que el Pater substrae del fuoco giorgionesco: los interludios
musicales de nuestra existencia. Esos instantes de inesperada felicidad en que la tensión
de nuestra servil y cotidiana atención se relaja, esas mascaradas en que el ser humano
juega a olvidar su vulgar existencia, disfrazado con vestidos antiguos de fantásticos
bordados, similares a los que Giorgione se complacía en pintar. Son los trajes de
máscara con que se visten las criaturas del autor de Vida y fugas de Fanto Fantini
della Gherardesca; personajes soñadores, dotados de una imaginación
extraordinaria, que convierten su fabulosa existencia en un sinfín de interludios
musicales.
Las audiciones vivaces de su universo periodístico contrarrestan los ecos nostálgicos
que despiden otros textos como «El pastor músico del Carpaccio». Estas líneas,
publicadas en el Faro de Vigo y posteriormente recopiladas en el El descanso del
camellero (Barcelona: Táber, 1970), sumergen al fabulador en una profunda reflexión
sobre la soledad del poeta creador; sobre su propia soledad tal vez, pues se siente
reducido, como el pastor del Compianto, a una figura «lejana y solitaria,
frágil caña sonora en una montaña desnuda». En definitiva, en la creación de Álvaro
Cunqueiro confluyen los alegros con los adagios, los tonos mayores con los menores, las
melodías alegres con las armonías de signo melancólico, movimientos pausados que
sintonizan su nostalgia con las soledades que el autor de Herba aquí ou acolá
deja sonar in lontano en las maravillosas pautas de sus páginas.
Llegados
a este punto podemos manifestar que los pintores del Renacimiento véneto constituyen un
motivo recurrente de la creación periodística cunqueiriana: Cima da Conegliano,
Carpaccio, Giorgione, Veronés, Tintoretto... Algunas de sus descripciones paisajísticas
se nos presentan engalanadas con el fastuoso lenguaje cromático con que se expresaban
estos artistas. De hecho, no nos parece inapropiado hablar de un arte pictórico de
carácter veneciano en su producción, o de que el escritor pinta con la palabra
intentando imitar las pinceladas doradas, púrpuras y violetas de los pintores de Venecia.
Un número importante de los artículos publicados en La Voz de Galicia despiden el
colorido otoñal del paisaje de Betanzos como si estuviera entretejido con los radiantes
destellos tornasolados de Veronés, o con el lumínico claroscuro de Tintoretto. En Las
luces (1 de junio de 1952), por ejemplo, ondea la luz de la cálida pintura veneciana
en las viñas betanceiras, cuando todo es «oro, púrpura, ardientes violetas, esa lenta,
acariciadora pincelada, como alargada por un ardiente deseo, del Veronés, y esa otra más
fina, más ligera, más soleada, más añorante y sensual del Tintoretto». Y en estos
escritos nos invita a diluir el apetitoso autumno veneziano en la sangre que
corre por nuestras venas, para poder embriagarnos, aunque sólo sea por unos instantes,
con una imaginación alegre y libre que nos permita acceder a esa existencia ilusoria que
necesariamente debe aflorar sobre el automatismo cotidiano.
Son muchas las páginas del literato mindoniense que nos remiten al otoño, estación
que se manifiesta con una extraordinaria gama de colores áureos. El fulgor autumnal
favorece su ensoñación nostálgica por la Edad de Oro, por un Paraíso Perdido
impregnado de ecos «antiguos» y «estables», leit-motiv de toda su obra. Esta
rememoración también nos envía a la luminosidad de las gamas cromáticas de los cuadros
de Piero della Francesca; una luz «hermosa», «clara», «impalpable» y «serena»
palabras extraídas del artículo antes mencionado, Las luces, que
llega a nuestros ojos como un resplandor y se posa en ellos como un «polvillo dorado y
rosa» al igual que si Dios sacudiera sus manos creadoras. Durante su estancia en la corte
de Urbino, el artista de Borgo San Sepolcro pintó cuadros extraordinarios que reflejan
una poética nueva, expresada a través de la riqueza cromática y de los efectos
lumínicos. Entre todas estas pinturas, se interesa de un modo especial por el díptico
que reproduce las figuras de Federico Montefeltro y de Battista Sforza, maravillosa
creación que podemos contemplar en los Uffizi de Florencia. Estos personajes aparecen en
un primer plano, custodiados por dos Trionfi de colores impresionantes, de los
cuales emana una fabulosa tonalidad poética que parece perpetuarse a lo lejos en el
paisaje. Ríos y colinas cónicas, renovados constantemente, crean un país mítico,
anegado en un colorido de paz y de moderación, que con toda probabilidad llegó a
suscitar en el autor de Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas un sentimiento
análogo al de la evocación de la Edad de Oro. Esta remembranza, que nuestro fabulador
con tanto afán procura en su tierra gallega, lo autoriza a vincular los edénicos
paisajes del maestro italiano con la policromía «verde, celeste, violeta y oro» de la
marina de Betanzos.
Cunqueiro, sin embargo, manifiesta poco interés por la mensurabilidad geométrica del
pintor umbro, esencia de clasicismo. Y en este sentido debemos añadir, igualmente,
que el escritor gallego declara un firme rechazo por la creación de otro pintor del Quattrocento
florentino, en donde la aspiración a la regularidad geométrica está expresada de un
modo contundente: Paolo Uccello. En «Diario de otra guerra» (Arriba, 21 de abril
de 1942), entre otros artículos, nos confiesa su aversión por los inmensos paneles que
recrean la Batalla de San Romano. Su repulsa por estos combates de la
«guerra futura» discurre paralela a la que siente por la cultura «laica» y
«mecánica», deshumanizadora, que el escritor ve reproducida en Brave New World
de Aldous Leonard Huxley, una utopía futurista asentada en postulados científicos que
malograría la realización de una hipotética Edad de Oro. En su parecer, en el
espectáculo que recrea el triunfo de Niccolò Tolentino sobre los senenses, el artista
italiano prescinde de la grandiosidad heroica y convierte el escenario en un
despersonalizado campo de batalla en donde se está librando, al margen de la emoción y
de la historia, un tumultuoso combate que únicamente el ritmo del color intenso y
dramático consigue organizar: caballos y guerreros acorazados que parecen autómatas,
empalizadas de lanzas y enjambres de yelmos, arcos de ballestas, conos de trompas, cuernos
y banderas flameantes sobre un fondo de cercados de flores y colinas repletas de soldados.
En los años posteriores, corrobora su rechazo por estas contiendas de la guerra
futura, saturadas de penachos multicolores, caballos polícromos y soldados
mecánicos similares a robots que se lanzan desaforadamente a la lucha, fieles
antagonistas de los condottieri soñadores que galopan por sus fábulas. El autor
de Merlín y familia parece transmitirnos esta misma opinión en su versión al
gallego del poema que Gregory Corso dedica al artista toscano (Flor de diversos,
Vigo: Galaxia, 1991, pp. 105-106). Con todo, en los últimos versos de esta traducción
late la ilusión de ser uno de los hombres de prata que portan estandartes roxos
y longas lanzas, o un príncipe dourado en una de estas batallas: «¡Agora
eu soño entrar nese combate! / Un home de prata nun cabalo negro cun estandarte roxo / e
unha longa lanza e nunca morrer e ser eternamente / un príncipe dourado nunha batalla
pintada».
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