Para
cualquier director de teatro introducirse en el mundo de El incierto Señor Don
Hamlet, de Álvaro Cunqueiro, es una tarea compleja y, por ello, atrayente.La
función esencial de un director teatral es la traducción de una obra dramática del
soporte del papel, literario, al soporte del escenario, espectacular. Con lo cual se deja
de lado el análisis filológico que puede corresponder a una obra literaria y se empieza
a pensar en términos de acción y fundamentalmente en imágenes. El texto pierde toda
importancia delante del subtexto. No es tan importante lo que decimos, sino lo que
queremos decir. La construcción de la frase es siempre menos potente que la construcción
de la imagen. Y es en esta traducción del lenguaje literario al teatral donde reside lo
más difícil del trabajo con ésta obra de Álvaro Cunqueiro.
De inmediato, el primer deseo que se le plantea al director al trabajar con esta obra,
es compararla con el otro Hamlet, con el «verdadero». Es imposible detener el
alma del voayer, irresistible la tentación de espiar y confrontar una obra con
otra.
Rápidamente saltan a la vista enormes diferencias. Ya en la primera línea nos
encontramos que mientras Shakespeare necesita cinco palabras para describir el escenario y
sus circunstancias dadas: «Elsinor. Explanada delante del castillo», Cunqueiro
desarrolla seis páginas para relatarnos qué es Elsinor. Y por si nos hubieran quedado
espacios vacíos en la ilustración de Cunqueiro, al comenzar el primer acto aparece un
coro que lo aclara todo todavía más. (Un coro de metateatro, teatro dentro del teatro,
que está ahí porque se sabe necesario en toda obra que se precie).
Pero lo más atrayente está por llegar. Shakespeare se toma todo el primer acto
solamente para desplegar en toda su magnitud el «hecho inicial» de la obra: «La
aparición del padre de Hamlet en forma de fantasma y su pedido de venganza filial». Sin
este hecho, el Hamlet de Shakespeare sería otra obra, otra historia. Por eso
necesita un acto entero para desarrollarlo y darle la trascendencia que para él y para su
obra tiene. El director debe «poner en escena» la profunda conmoción que le produce a
Hamlet ver a su padre. Esta conmoción es el motor que lleva a Hamlet a través de toda la
obra. Si no se ha visto claramente, no se justificarán las acciones del personaje.
En Cunqueiro, en cambio, no aparece el fantasma del padre, simplemente porque no hay
padre muerto. El padre de Hamlet está vivo; es el Rey. Este viene a ser el «hecho
inicial» de Cunqueiro: «Hamlet se entera que su padre es el Rey». Al que han asesinado
es a su tío.
Pero lo más curioso es que cuando se abre el telón ya hay varios personajes: el coro,
Laertes, Poloño que conocen todo esto, ya que ha sucedido antes. No ocurre como con la
aparición del fantasma, en la obra de Shakespeare, que se produce «aquí y ahora»,
«delante nuestro» y modifica toda la vida de Elsinor y condiciona toda la obra, sino que
ya ha sucedido. Todo lo que fue el «hecho inicial» de Shakespeare, en Cunqueiro es una
circunstancia dada. Todo ya pasó y los personajes, insisto, ya lo saben, salvo Hamlet que
no se entera. Nos queda así un patético personaje, único ciudadano de Elsinor que
absurdamente no conoce la verdadera historia de su padre, el Rey.
De ahí en más, no tiene sentido ningún tipo de comparación de las obras de
Shakespeare y Cunqueiro ya que cada una toma un camino diferente.
Pero va siendo clara la intención de Cunqueiro en esta obra. La Reina se nos muestra
inocente, nunca quiso nada, su embarazo fue un simple juego del que no conocía las
consecuencias. Era una niña que no conocía la vida. Un absurdo que provoca la risa.
Igual sucede con la reflexión de Halmar herido de muerte: «¡Estas espadas de
Italia teñen follas moi largas!». Un absurdo comentario, en un mal momento.
Pero todavía hay más. Nos queda la extraordinaria escena de la Reina con su hijo,
pactando la forma de llevar adelante el reino y más que nada de consumar el incesto.
Sutil, refinada, los personajes van mutándose de lo que eran para dejarnos ver dos
amantes que se miran con deseo ante la promesa de la Reina de dejar siempre la puerta
entreabierta y esperarlo.
Sin haberlo sospechado terminamos así entrando en el mundo de Edipo, que súbitamente
se desmorona cuando Hamlet sin más, de repente, acuchilla a su madre. Toda la estructura
de la obra está clara.
Cunqueiro maravillosamente nos ha sumergido en el mundo del absurdo. En el momento de
ahorcarse Hamlet dice su última frase «¡Fan agora tan ásperos espartos!».
Patético.
«Nada parece más gracioso que la desdicha... Es lo más cómico del mundo», dice
Neil en Final de partida de Samuel Beckett. Pareciera que el que habla es el
incierto Señor Don Hamlet.
A lo largo de la obra, en los momentos más trágicos, surge un humor negro lacerante y
ridículo que convierte a los personajes en seres patéticos, ridículos, muy difíciles
de representar debido a una simplicidad demasiado ingenua: ¿cómo decir el texto de la
Reina «Yo era una virgen, una niña inocente... no sabía que eso que hacía se llama
sexo...?».
Con humor e ironía Cunqueiro desarma el mito de Hamlet, lo desmitifica, lo convierte
en una parodia. Pero lo mismo hace con Edipo y con Sófocles para escribir una gran obra
del Teatro del Absurdo.
El mito por excelencia del género humano se desmorona en una risa cómplice y cruel
provocada por Cunqueiro en un texto que tiene grandes problemas en el momento de su puesta
en escena , porque es ambiguo, con pocas acciones, lleno de sobreentendidos y sus
diálogos son casi monólogos, en los que cada personaje más que nada se escucha a sí
mismo.
Al hacernos reír de nuestros mitos, Cunqueiro consigue que nos riamos, en realidad, de
nosotros mismos, de nuestras miserias y de nuestros autores.
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