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llenado no pocas páginas los estudios en torno al componente fantástico-maravilloso en
la obra de Cunqueiro, y a menudo se ha pasado por alto el marco en el que éste se
inscribe: el realismo. No es el del autor de Mondoñedo un realismo de carácter
decimonónico, sino en palabras de Anxo Tarrío un «realismo de coherencia
interna, que busca la verosimilitud»1;
es decir: Cunqueiro se sirve de ingredientes míticos, muchas veces rescatados de una
tradición anterior, y los articula de acuerdo con las premisas de la escritura realista («construcción
moi sinxela, lineal»2,
según él mismo reconoce), los funde en un sistema perfectamente estructurado que imprime
al universo poético recreado el sello de la verosimilitud. Por tanto, «estamos delante
de una obra realista, no fantástica, por muy fantásticas o maravillosas que se nos
antojen muchas de las peripecias inventadas por el autor. No es la sustancia literaria la
que determina el carácter realista de una obra, sino las estrategias de persuasión y
verosimilitud ínsitas en el texto» (Anxo Tarrío, op. cit., p. 151-152); en
definitiva, «non hai outras certezas que as adiviñacións da poesía» (Álvaro
Cunqueiro, op. cit., p. 46). Veamos entonces cómo se interrelacionan las unidades
funcionales en el entramado significativo de Don Hamlet y de qué modo consiguen
que se manifieste lo real.Desde el mismo título, Cunqueiro nos introduce en la brétema que envuelve el desarrollo de la acción: O incerto Señor Don Hamlet príncipe de Dinamarca. La incertidumbre constituye, en efecto, la clave hermenéutica de este drama, y sobre ella se asienta el juego entre los distintos planos ontológicos que involucra al lector y lo lleva a replantearse el valor de lo real, a dudar como el protagonista de la veracidad del mundo sensible frente al de la ensoñación, a sentirse tan falso o tan verdadero como los propios personajes, a evaluar su papel en la comedia de la vida como el de un autor con plena libertad para decidir o como el de una marioneta cuyos hilos maneja una instancia superior. En otras palabras: Don Hamlet exige la presencia de un lector implícito que no sólo sea capaz de confrontar la ficción literaria con la realidad real, sino que también pueda incorporarse al texto en sí a través de la imaginación, un aspecto de la condición humana para el que Cunqueiro reivindica un grado de autenticidad mayor que el de la conciencia. Esta oposición ser / no-ser nunca se resuelve, porque es la pieza fundamental a partir de la cual es posible interpretar el resto de los elementos con los que se teje la compleja trama. Es, a la vez, un reto para el lector, quien en su empeño de darle solución, la va destapando sucesivamente, para descubrir que, en cualquiera de sus manifestaciones, se revela siempre igual a sí misma. La descodificación textual se muestra así como un juego de muñecas rusas o de cajas chinas. En un primer nivel de comunicación literaria, se sitúa el autor-autor (Cunqueiro en persona) que elabora un mensaje (Don Hamlet) dirigido a un lector-lector (el físico); el segundo nivel se encuentra ya en la obra en cuestión, donde hay un autor-actor (Hamlet), que crea una comedia en la que él también participa y que se ofrece a un público cortesano tan receptor como intérprete; el tercer nivel es el de un Hamlet autor-actor-personaje que se sorprende en su calidad de hombre privado de libertad, engañado por su madre, hijo del usurpador del trono, falso príncipe, producto del capricho de unos mentireiros (a saber, tanto sus progenitores como quien desliza la pluma y decide su comportamiento), mentira todo él, «mentido e mentireiro» (p. 39)... un Hamlet que entiende su existencia como una farsa y que conduce al lector implícito hacia la conclusión de que la verdad hay que buscarla en el sueño: «¡descansemos, ña nai, que xa é hora de durmir en Dinamarca!» (p. 64). En su afán por desenmascarar su identidad, lo que logra este Hamlet ya convertido en Rey es acabar con la única dimensión en la que tenía reservado un lugar: el mito. Por eso, por no haber sabido mantenerse en el plano ficticio que le correspondía, la salida que le queda es la muerte poética, «metáfora de la pérdida de la condición humana cuando el hombre deja de soñar, por muy vivo que continúe desde el punto de vista biológico» (Anxo Tarrío, op. cit., p. 152). Sabedor de que ha ido más allá del límite y de que ello significa la claudicación de su mundo ante la presión que actúa desde fuera (simbolizada en el viento), se quita la vida: «Desde hoxe o vento pode entrar nas estancias de Elsinor. El Rei Hamlet non lle ten medo ó vento que oubea fóra» (p. 97). La razón de ser de Hamlet, su realidad, es la de la esfera de lo onírico, de la fantasía, y sólo puede vivir mientras perdure en él la capacidad para soñar y soñarse; de ahí que Cunqueiro explique su muerte, parafraseando a Christopher Booker, sobre la base de la ley de la justicia poética: «Coma tantos outros brillantes e inmaturos homes, pode olla-la verdade de todos, agás a súa. Non pode madurecer máis. E agora, polas leis da fantasía, debe morrer» (p. 100). Otro de los pares de opuestos que sostienen la tensión de la obra es el de la melancolía / alegría de vivir. Como contraposición al sentimiento de orfandad-desamparo cósmicos que encarna el protagonista, se alzan dos elementos que parecen querer erradicar o, cuando menos, mitigar cualquier atisbo de desesperanza. Nos referimos al lirismo y al humor. La amenaza se cierne sobre los muros de Elsinor desde el primer acto: «Non hai no mundo lugar máis venteado que Elsinor. Todo ten que estar dentro: a xente, o gado, o xardín. E é por culpa do vento irado. A ninguén lle prace saír de Elsinor con tanto vento fóra, semellante a un grande exército ouveador que cercase Elsinor por toda unha longa noite» (p. 20). La niebla atenaza a las gentes del país: «Mirando para a brétema que hoxe emborralla o país e o mar» (p. 35), «Non hai soltura nesta xente das brétemas» (p. 66), «A brétema será máis espesa aquí, onde foi o corazón» (p. 96). Y de la melancolía se hace mención expresa: «Podedes aprofundar na melancolía» (p. 44). El contrapunto lírico lo proporciona el amor que se profesan Hamlet y Ofelia («Mirando para a brétema que hoxe emborralla o país e o mar, o príncipe real quere sorprenderse, cando se volva para ti, de ver nacer rosas e pombas nos xardíns de Dinamarca», p. 35), así como el regocijo y la felicidad de que son portadores los cómicos italianos («Traerán novas músicas de viola. Unha música feliz. Ofelia, vida de lonxe, é un tempo novo no mundo», p. 56), o el cromatismo que transmite envolventes sensaciones sinestésicas: «Entra Hamlet, viste de ledas colores. Contento, falador, movedizo...» (p. 57), «Gústanme tantos risos e cánticos, a variedade de roupas e panos de color, aquela desenvolta e graciosa mocidade, que non pensa en mañá e esgota a laranxa que lle puxeron na man, e fai que a vida dure un día» (p. 57-58). En cuanto al ingrediente lúdico, tan característico del mindoniense, lo aporta en gran medida el coro: ya por sus intervenciones (cuando Hamlet acaba de apuñalar al Rey y a la Reina su padre y su madre, el coro le advierte: «¡Pensa en comer algo, Hamlet! ¡Os que ficamos aquí témonos que coidar!», p. 94), ya por la función que le ha sido otorgada (lejos del trágico final que se encargaba de presagiar en el teatro griego, en el drama de Cunqueiro se comporta de una forma en cierto modo similar a como lo hacía el gracioso de la comedia del Siglo de Oro). No obstante, el juego reside en la misma disposición estructural del de la pieza teatral, según avanzábamos arriba: el constante solapamiento de identidades y entidades es el juego que sostiene la arquitectura de la obra, una actividad lúdica de la que los personajes se saben actores: «Sabías, Gerda. Xogar por xogar sabías» (p. 79), «Eu era inocente. Foi un xogo» (p. 81). La dualidad está representada, asimismo, en el espacio / escenario. De nuevo es el título el que adelanta el entorno espacial en que se van a desarrollar los hechos: O incerto Señor Don Hamlet príncipe de Dinamarca. Pero esta localidad danesa de Elsinor aparece definida por rasgos que un lector gallego de inmediato relaciona con los de su tierra: la niebla, el viento, el mar... E incluso en una nota final que el autor añadió en la segunda edición aclara: «Esta peza foi escrita no outono de 1958. Sopraba tanto vendaval no meu Mondoñedo como sopran ventos do Oeste en Elsinor» (p. 99). En consecuencia, el lector-lector transforma porque lo asocia el espacio ficticio en escenario real, muy próximo a su propia experiencia. «Un lector, él mismo lo confesó así, que estaría muy próximo a los parroquianos de su villa natal o de cualquier aldea de Galicia. Un lector que más tendría de oyente atento e ingenuo que de letrado», apunta Tarrío (op. cit., p. 250). Una vez más, la barrera entre poesía y prosaísmo cotidiano queda desdibujada por la bruma, la cual, por otra parte, rodea a la anécdota con una aureola de verosimilitud. Así pues, el realismo de Cunqueiro es producto del sincretismo de fantasía, lirismo, fino humor y delicada melancolía, rasgos que adquieren su valor por la oposición en el seno de este singular sistema semiótico que es la obra literaria. Un realismo soñado desde el momento en que se construye a partir de la imaginación, el aliento que inspira toda creación artística, que constituye el fermento de la belleza y que se alza como el único instrumento eficaz para alcanzar el conocimiento profundo de las cosas. Notas:
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