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Álvaro Cunqueiro forma parte, con otros poetas tan destacados como
Iglesia Alvariño o Carballo Calero, de lo que cabe identificar como Grupo de la
República, esto es, conjunto de escritores (e intelectuales y artistas) que
abre su manifestación entre 1930-1936. De hecho, en coincidencia de razón cronológica y
estética con la generación vanguardista (Manuel Antonio, Amado Carballo, M. L. Acuña,
Bouza-Brey, Pimentel, A. Casas), la que verdaderamente trae, con impulso de ruptura, los
signos de la modernidad a la lírica gallega, de modo que ese grupo apuntado roto,
luego, por la guerra civil se presenta como una segunda comunidad de edad de
la citada generación, y, a su vez, se caracteriza por su carácter «cumulativo»¸
quiere decirse que confirma y hasta intensifica las líneas de modernidad
abiertas por los mayores, o ramas fundamentales de la lírica de tradición simbolista.En
ese cuadro o marco, pues, la obra poética cunqueiriana aparece marcada por tres muy
evidentes rasgos caracterizadores. En primer término, por su brevedad (como la de
Manuel Antonio, Amado Carballo, Bouza o Pimentel), pues su corpus a la espera
de recolección de textos dispersos o inéditos se reduce a cinco libros en gallego
(y uno en castellano).
Luego, está el rasgo de la discontinuidad, ya que si en el momento de
manifestación del grupo en sólo dos años edita tres libros
fundamentales (Mar ao Norde, Poemas do si e non y Cantiga nova que se
chama ribeira), hasta la plena posguerra no aparecerá el segundo (Dona do
corpo delgado, 1950), y ya, treinta años después (1980), su último Herba
aquí ou acolà.
Por último, su corpus lírico responde, con profunda razón unitaria y ahí
radica su tan honda autenticidad creadora a una poética mantenida con
ejemplar fidelidad, y que no dejó de ocasionarle, de modo especial en el período de
hegemonía de la palabra de razón histórica, injustos silencios y marginaciones.
Una poética, en fin, que él intuía en las «verbas» («como están as
imaxes nos espellos»), en la hermosa «música» que acompaña a las palabras, y en
una «veracidad sentimental» que se cumple o satisface plenitud de una
encarnación con palabras.
Claro que, además, y como fuente íntima y cordial de esa «veracidad sentimental»,
todo su mundo poético otra razón intensa de unidad quedó configurado
siempre, y en tensión permanente, sobre dos fuerzas temáticas determinantes: por una
parte eje de positividad, un ilusionado impulso amoroso, un anhelado ideal de
belleza como plenitud; por otra y sería de negatividad , el «dolorido
sentir» del tiempo y el acabamiento, de la soledad, de la desposesión y la muerte.
Esta proclamada unidad de su obra no niega determinados matices o transiciones, bien
evidentes, desde luego. Así, su ciclo de juventud sus tres primeros libros
aparece marcado por un sincretismo vanguardista (el más original de la lírica
gallega moderna) y el tan atractivo neopopularismo (tan caro y definidor de su Cantiga
nova...); después, Dona do corpo delgado ya en su primera
madurez combina elementos popularistas con un muy personal culturalismo (no
entendido en su momento); ya por fin, su colección última ahora, sí, muy
influyente sobre las nuevas generaciones y tendencias representa un complejo montaje
de fondo culturalista y de intensa realización de toda una intensa tópica simbólica,
para dar expresión concentrada, de ajustada melodía de la lamentación, a las grandes y
dramáticas polaridades temáticas que guiaron, desde los comienzos, su creación lírica.
Con estas elementales caracterizaciones, Álvaro Cunqueiro se significa hoy, a esta
altura de las circunstancias, como un gran poeta de poderosa vigencia y doble valor. Y
ello porque, en una dirección, su obra primera y temprana fue decisiva para la
consolidación de los signos de la modernidad en la lírica gallega, rompiendo con
las líneas tradicionales del enxebrismo y patrianismo; y en otra
dirección hacia el futuro, porque su libro último resultó, a la vez, no
menos decisivo en los signos de ruptura con la dominante, entre 1950-1975, poética
realista o de razón histórica, definidora del período de posguerra.
Cunqueiro, en fin, abrió las puertas a la escritura de la postmodernidad.
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