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Galicia
[Transcripción del guión Galicia, dirigido para TVE por Claudio Guerín (1966)]

Más allá de la ancha Castilla, del pardo León, perdida tras altos y oscuros montes, quedaba Galicia, el finisterre, la esquina verde, durante siglos el extremo de la tierra conocida.

Los primeros pobladores del país fueron los celtas. En el monte Tecla, que todavía conserva su prestigio en el mundo religioso y mágico de la región, encontramos los restos de un poblado celta con sus viviendas de trazado circular: las citanias.

En las altas cumbres de El Cebrero, donde el águila y el lobo se saludan, las pallozas que todavía se conservan quizás nos sigan diciendo cómo era la vida en las prehistóricas citanias. En la palloza, bajo el techo de hierba y pizarra, dentro del círculo de piedra de los muros, habitaba toda la familia, y al decir familia incluimos junto a los hombres a la facenda mayor y menuda: las vacas y las ovejas. Como en los días neolíticos al vaho animal se une el vaho humano. Afuera silba el viento; pero alrededor del fuego venerado, el hombre y sus barbas cosechas están a salvo en la soledad áspera de los montes.

Entre tanto, otros celtas se asentaban en la vecindad del mar y descubrían sus frutos. Debió de ser un hombre tan imaginativo como hambriento el primero que se atrevió a creer que bajo estos monstruosos caparazones había algo comestible. Ahora, el marisco ya no es el alimento habitual del costero. Convertido en motivo de atracción turística espera en la cetárea su exportación.

Pero han de pasar años y años antes de que el forastero venga a conocer el país y comer su marisco. Galicia vive una enorme soledad en la orilla atlántica. Un día, la soledad es violada por el paso militar del romano. Venían cautelosas las legiones, nunca llegadas a tierras tan extremas de Occidente. La resistencia de los altivos celtas es inútil: Galicia pasa a ser provincia romana. Las joyas de los vencidos príncipes hacen adivinar a Roma la riqueza en oro del país. Se hace penetrar el río Sil por el monte Furado para lavarle sus preciosas entrañas. Las islas Cíes, una de las etapas de la ruta del estaño, guardan el recuerdo de la visita personal de Julio César. El romano establece cartas de convivencia, impone la paz y trae el arado. Roma levanta torres, puentes, murallas, templos misteriosos como éste, cristianizado con el nombre de Santa Eulalia de Bóveda. La romanización dejará aquí su huella y el noble arte de labrar la piedra florecerá siempre en civilizaciones posteriores.

Cuando el imperio se marche, mucho romano-gallego quedará aquí disfrutando los largos y soleados días agosteños en las inmensas playas. Toda la costa es una blanca cinta de playas de arena finísima, como harina molida por el gran molino sonoro del mar. Y junto al mar, las piscinas. La vivificante ola atlántica forma parte del mito de la juventud. Un día, el suevo galopará por estos escenarios. Roma da su adiós definitivo a este mar y Galicia vuelve a sumergirse en la niebla.

El suevo se reparte las tierras y construye villas realizando la actual distribución de la población campesina del país. La máxima expresión económica de estas villas eran las ferias —as feiras—, que todavía hoy gozan de una gran popularidad. La feria se llena lentamente y pronto comienzan los tratos que tanto ama el gallego, tipo dialéctico, amigo de buscarle siete rostros a la verdad más meridiana. Se dan palabras que luego se matizan, se parten diferencias, se acude a los santos, se cuentan historias, y al final la vaca o el caballo cambian de dueño. Terminados los tratos, viene la comida. Las pulpeiras de Sarria o Lalín cortan el pulpo que extraen de las grandes calderas. Bien pimentado y aceitado, con el pan trigo y el vino del país, tinto severo, el pulpo alegra la gula del gallego ferial.

El castro domina el paisaje medieval gallego. A su sombra las tierras se parcelan y se aforan. Grandes señores, como los Andrade, poseen provincias enteras y cazan el jabalí o hacen la guerra. Son los días militares de los reyes de Asturias contra el moro. La tradición cuenta cómo Santiago Apóstol, hijo del trueno, cabalgó en Clavijo tomando parte en la batalla, y su devoción se integrará en el espíritu religioso de la época. Una vez más un camino va a ser abierto a través de los altos montes. El peregrino vendrá de todos los rincones de Europa, entrando por El Cebrero, ante las reliquias del milagro. Aquí se inicia la ruta del Apóstol, que baja hacia Triacastela, Samos, Sarria... Durante siglos estos caminos fueron hollados lentamente, son los días gloriosos del románico gallego. A lo largo de la historia los más diversos estilos han alzado abadías en Galicia: Sobrado, Osera, Armenteira, Asteiro, Olla, Carboeiro, Monfero, Monte de Ramo, San Esteban de Rivas de Sil... En los días medievales estos monasterios fueron grandes centros de cultura.

Las tierras monacales eran aforadas por los campesinos y las grandes rentas permitían espléndidas construcciones. Leyendo los documentos de antaño, imaginamos los caminos llenos de carros campesinos que llevaban a las abadías las rentas del vino y del pan, cuyo ciclo mide el paso del año, desde la sementera a la ocasión gozosa de la trilla.

Galicia, país de canteros, da los maestros que renuevan en la piedra las flores antiguas. Hay de nuevo claras campanas en las abadías famosas y el latín litúrgico, como aquí, en el monasterio de Poyo, aroma la hora vespertina del sábado. El camino de Santiago prosigue hasta Portomarín, la villa de los caballeros de Malta, con sus iglesias de San Pedro y San Juan, cuyas piedras numeradas recuerdan su traslado, pieza a pieza, desde el antiguo Portomarín, ahora bajo las aguas del pantano de Belesar.

El camino llega, al fin, a la tumba apostólica. En Bacolla, el primero de los caminantes que veía las torres de Compostela era nombrado rey de la peregrinación. Por las estrechas rúas aportaladas avanzan hacia la basílica. En el Pórtico de la Gloria, tras la fachada barroca del Obradoiro, los dedos de manos penitentes han abierto surcos en la piedra. El señor Santiago recibe a sus fieles. Daniel sonríe como nunca ha sonreído la piedra en Europa hasta entonces. Bajo las columnas del Pórtico los monstruos de la ira, la avaricia, la lujuria y la gula, sucumben. Es el pecado, la tentación diabólica. La figa aleja al maligno. Todos los hombres pueden ser oídos en sus lenguas en los confesionarios de los lenguajeros y, habiendo cumplido la penitencia que les fuere impuesta, abrazan al Apóstol, que está en el altar Mayor o se arrodillan ante sus restos en la cripta.

Las recientes excavaciones, al descubrir la necrópolis paleocristiana, demuestran la antigüedad del santuario compostelano.

Existe, además, la Galicia romántica. Como en el verso del poeta, llueve en la ciudad y llueve en los corazones. Toda la lluvia de Galicia se hace pequeñas lágrimas en la tumba de Rosalía de Castro. El dolor rosaliano va despacio, ensoñándose, como los ríos del país.

De la Galicia barroca son los edificios monásticos del XVIII, los pazos... Visitamos el de los señores de Rubianes, grandes de España, en la provincia de Pontevedra: salones, recuerdos militares, la biblioteca de mayorazgo ilustrado... La gran cocina del pazo en el XVIII no sería diferente de la reconstruida en el Museo Provincial de Lugo. Los pazos tienen hermosos jardines y parques en los que crecen árboles más que centenarios.

Y en las encrucijadas de los caminos, los cruceiros, cruces de piedra o madera policromada, nos libran de los peligros, del lobo carnizal, de todo el mal que la memoria humana quiere que se albergue en los cruces de los caminos.

La ría oriental de Galicia es la del Eo. Desde la villa de Castropol o desde Ribadeo se contempla en toda su hermosura. Por el sur, desde lo alto del Tecla, se ve cómo el gran río de los gallegos, el Miño, muere en el mar. Por las Rías Altas entra la corriente turística europea. En Combarro, pueblecito de pescadores declarado monumento nacional, los hórreos, bajo la protección de la cruz o el carabinero, meten sus gruesas patas de piedra en el Atlántico. Por las Rías Bajas tiene lugar la visita cotidiana de los lusitanos. Toda la costa es una concatenación perfecta de playas, pueblos marineros, estaciones veraniegas: La Guardia, Sangenjo, Playa América, Fanjón, Bayona, junto al gran castillo de Monterreal, Cambados, La Toja...

Todas las ciudades gallegas tienen vocación marinera. Las del interior, Orense y Lugo, bañadas por el Miño; las otras, por el mar: El Ferrol, con sus astilleros, su arsenal, cabeza de la marina de guerra de España desde el siglo XVIII; La Coruña, con su gran puerto, su ciudad nueva, su zona industrial y la ciudad vieja; Pontevedra que quiere verse en el océano como Vigo, tendido a los pies del castro en los versos de Martín Códax.

Galicia fue una gran selva, y así como un día el gallego comió el marisco para sobrevivir, desde tiempo inmemorial utiliza la madera para construir grandes buques, hacer barcas de pesca o fabricar zuecos.

Todo el verano hay un cohete en el aire anunciando alguna romería; la de los Caneiros, en Betanzos, al día siguiente de San Roque, es una de las más famosas. La gaita ha convocado danzas. En la muñeira se alude al amor y al sol y a la luna, mientras dialogan los cuerpos con arreglo a un lenguaje misteriosamente cifrado.

Los fuegos abren caminos de luz. Galicia fue hecha por caminos: el sendero del celta, la calzada del romano, el camino del señor Santiago, perpetuamente repartido a medias entre la tierra y los cielos.

 



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