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Los
artículos publicados por Álvaro Cunqueiro en El Progreso entre 1956 y 1959
fueron años decisivos y azarosos en la biografía del que para muchos es el
más grande escritor gallego que vieron los siglos. Obligado a ejercer el periodismo por
imperativo de supervivencia (intelectual, mucho más que biológica), desprovisto de
inclinación hacia el oficio («periodista por necesidad», dirá de sí mismo), serán
las páginas de El Progreso de las primeras en abrírsele cuando acuda a ellas en
busca de alguna remuneración económica y de toda la retribución moral que se le debe
desde que Juan Aparicio, aquel escalofriante director general de Prensa, eliminase su
nombre del Registro Oficial de Periodistas para expiación de un episodio que ahora, tanto
tiempo ido, más se antoja merecedor de recompensa que de escarmiento.El mismo régimen
que lo recluía en Mondoñedo lo había ensalzado la víspera con toda suerte de lisonjas
oficiales: redactor de El Pueblo Gallego, de Vigo, incorporado por Jesús
Suevos; de La Voz de España, otra cabecera incautada, ahora en San
Sebastián; subdirector de Vértice, cuando la hermosa revista partidista
era conducida por Manuel Halcón; el ABC, por fin emancipado de la requisa
con que los rojos humillaron su entrega monárquica. Todo aquel rutilante horizonte
quedará sumido en tinieblas cuando las eventualidades (a los jueces: no hace al caso el
detalle) descubran aquella broma que desbordó la escasa capacidad de aguante del
insípido embajador francés.
Dejemos ahora eso. De lo que se trató fue de que, sin hacer mucho caso a los posibles
accesos de furia que podían acometer al lúgubre Aparicio, El Progreso (en su
director, el caballeroso Puro Cora Sabater) decidió honrarse con la firma de Cunqueiro y
con la autoridad de su estilo acomplejante. En realidad, sólo se trataba de responder
correctamente a una fidelidad recíprocamente intercambiada a lo largo de los tiempos.
El Progreso fue siempre el periódico de Cunqueiro: de niño, seguía la lectura
en voz alta que de sus cuatro páginas se hacía en la casa de los Moirón, los abuelos
maternos, en Riotorto, tierras que se adentran en el país de Miranda; ya director de Faro
de Vigo, será el diario lugués quien le abra las ventanas del día: «Lo
primero que hago al llegar a Faro de Vigo es buscar el periódico de los lucenses y
enterarme de la vida de mi provincia natal», confesará sin ningún tipo de miramientos a
la rivalidad empresarial.
Tiempo después, cuando su consagración de escritor inconmensurable no se atreva a
cuestionarla ni el sectarismo más tozudo, exornará cada domingo el diario Arriba
(para entonces ya muy desengañado de ciertas ilusiones y adhesiones), en respuesta a la
invitación cursada por el director del periódico, Alejandro Armesto, antiguo redactor
jefe de El Progreso.
Contraviniendo el principio de las palabras perecederas, que rige con leyes generales
este oficio ligero e improvisado, lo escrito por Cunqueiro cobra, con el paso del tiempo,
una asombrosa calidad de perdurable.
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