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| ¿Dónde está el límite?, se planteaba el crítico allá por los
setenta, cuando Cunqueiro, a raíz del Nadal, empezaba a rebasar la barrera de la tibia
indiferencia, a sacudirse aquel vuelo literario parroquial que, maliciosa e
injustificadamente, le atribuyó Cela. Bien considerado, se le reconoció, con Torrente,
la parte que le correspondía, si no como precursor, sí como inscrito en la órbita de
los grandes creadores del realismo fantástico. Cierto que García Márquez revalidó el
acontecimiento; no menos cierto que Cunqueiro pertenece a esa generación culta que
arranca de la narrativa indigenista suramericana y que asombró por lo que tiene de
innovadora. |
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Cunqueiro es prototipo de escritor total que,
además, es conferenciante ameno sin papeles, capaz de hacer interpolaciones mágicas para
mayor gloria de la historia original. Cunqueiro, director de Faro de Vigo,
juega su baza de la recreación. En su despacho, boca abajo, queda el testigo: el libro de
quien habría de ser Nobel, el ensayo erudito sobre héroes y tumbas, sobre el judío
errante, la leyenda de San Ero... La obra de Cunqueiro es un toma y daca que lo lleva a
mejorar lo presente y que resulte una novela que nos recuerde el título universal famoso,
pero que nos gratifica porque le ha extraído todavía más. Así su teatro, con ese Don
Hamlet con el que rinde homenaje y en el que se ve al poeta que nos maravilla con «A
noite vai coma un río».
El Cunqueiro periodista no es tal. Es escritor
que dirige un periódico, por circunstancias del modus vivendi. Inevitablemente,
sus «envés» tan leídos son piezas literarias, aun realizadas al momento y por cubrir
un hueco de esos de llenar. Joyas, también, sus pies de foto (la gaviota encima del
noray, la transparencia del chorro de fuente donde bebe el gorrión...). Ya a máquina, ya
a mano, con letra picuda de pendolista que dibuja o hace mosaico con el trazo, el
artículo va al taller, sin corregir, por el cuartillero de la redacción. Y, como
«está feito», procede cenar tarde para volver a repasar lo que ocurre en el
periódico, que no es visita de inspección, sino de presuponer que todo está en orden.
Concede espacio a la ironía de pretender que la letra negrita «llena más», cuando el
regente le apremia porque el plomo no alcanza.
Cunqueiro, amigo de la mesa que harta, siempre
mantiene en casa un cesto de paja con manzanas de piel rojo intenso, casi escarlata, dice
él que por acariciarlas y por el aroma, allá el secreto de la inspiración que lo
cobije. A suculentos platos y comida tradicional gallega dedica abundantes líneas que
degustar, con el contrapunto de Gargantúa y Pantagruel no tan alejados: caldeiradas de
rape o de xoubas... y, por lo menudo, los chorizos y la tarta de su Mondoñedo natal.
Proteico Cunqueiro que, de una sentada, escribió Cantiga nova que chaman riveira,
al fondo del bar y con Torrente de testigo.
Su amistad irritada con Castroviejo, su
insistencia como pregonero de vinos de la tierra, su Sochantre y su Orestes,
bibliografía tanta y biografía extendida por figones de medio pelo y restaurantes de
lujo redondean una figura que, en lo literario y en el mundanal ruido, ha sabido vivir,
hasta exprimirla, toda una vida. De lo uno y de lo otro puede decirse que es obra cuajada.
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