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El lector avisado que se acerque a
la obra de Cunqueiro,
en el caso que nos ocupa, a Merlín y familia, no se
sorprenderá al encontrar al protagonista de esta fábula
«tomando unas once de huevos revueltos y vino clarete»
o sentado en su mecedora, a la sombra de una higuera,
mientras relata fantásticos acontecimientos, o atendiendo
historias contadas por otros.Y es que el tratamiento que del famoso mago nos hace el
autor gallego nada o poco tiene que ver con la personalidad
de la figura mítica y legendaria del mago Merlín.
El Merlín que nos ha llegado a través de la tradición artúrica es una mezcla de
adivino y mago, conocedor del tiempo presente, pasado y futuro. Un ser misterioso y
poderoso capaz de transformarse en distintos personajes, leñador, pastor o paje, y de
encantar o hechizar a los demás. Innumerables ejemplos de estos maravillosos poderes,
magias y prodigios podemos encontrarlos en la denominada «materia de Bretaña», poblada
de los seres más fantásticos y fascinantes que podamos imaginar.
Cunqueiro, sin embargo, nos presenta la figura de Merlín lejos del revestimiento
mítico, casi divino, que lo había caracterizado en la Edad Media, y lo humaniza
des-idealizándolo y convirtiéndolo en una persona de a pie, a la que fácilmente
pudiéramos encontrar por la calle. Para ello nos describe su aspecto físico «los
ojos claros, y aquella su frente levantada y señora, y hasta aquel gesto que tenía de
acariciarla con la mano derecha cuando te hablaba. Era de muy pocas carnes, pero muy
puesto en sus anchos y gentil, y muy andador» o nos esboza su forma de vestir
vestido de negro con bufanda colorada y usando anteojos para leer.
Esta aproximación a la realidad no sólo acontece en el caso del mago, sino, en
general, con todos los individuos que pueblan sus ficciones: sirenas, princesas, demonios
o enanos, que habitan en un mundo desprovisto de cualquier atisbo de idealización
literaria. Es más, conviven con personajes que pudieron existir en la realidad, el paje
Felipe de Amancia, la cocinera Marcelina, o el obispo de París, y visitan lugares
auténticos como Aquitania, Toledo, Roma o Galicia. Esta mezcla de lugares fantásticos
Avalon, Esmelle, Corantines, Miranda y reales, de personajes auténticos e
imaginarios Dama Caliela, Doña Ginebra, Mosiú Simplom se produce de forma
tan natural que sumerge al lector en un mundo tan perfectamente verosímil que él mismo,
incluso, puede llegar a sentirse parte activa en él.
La cotidianeidad del universo mítico es una característica esencial de la obra de
Cunqueiro, que toma el poder alusivo del mito, su capacidad evocadora, para después
dispersar todo su contenido épico y, de este modo, acercar al lector estos seres,
distantes e inasequibles en otros tiempos, al remitirnos a un mundo pasado y
conscientemente imaginario.
El mito se nos presenta, de este modo, cercano en el tiempo y en el espacio. Cunqueiro
desmitifica al mito y lo aproxima a la realidad. Los ejemplos son numerosos a lo largo de Merlín
y familia. Baste con acudir a los dos primeros capítulos en los que se describe el
entorno físico y los personajes que convivirán en esta fábula. En palabras de Diego
Martínez Torrón: «Los mitos están vaciados de contenido, al igual que los personajes
míticos. Lo que cuenta de ellos es su fuerza de evocación. Vaciados de su interior, los
mitos son pura referencia cultural».
Los personajes y la mayoría de los hechos que se narran en esta fábula tienen sus
raíces en la tradición oral celta, y se puede afirmar que la desmitificación y
desidealización de la leyenda por parte de Cunqueiro mucho le debe, a su vez, a esta
forma de transmisión de relatos. En palabras del propio Álvaro Cunqueiro:
Puedo decir que lo he oído hablar y obrar [a Merlín], pues profecías
suyas y prodigios están vivos en la memoria y la imaginación de las gentes de mi país.
Es significativo que casi la totalidad de los capítulos que conforman este libro
estén contados. Es decir, suelen tener un relator que adopta las más variadas formas: el
paje Felipe de Amancia, el mago Elimas, el paje Leonís, el flautista Mestre Flute o el
propio Merlín, las más de las veces.
Cunqueiro ha transformado a Merlín en un moderno cuenta-cuentos, transmisor de
asombrosas maravillas en las que él, a su vez, interviene para deleite de todos nosotros.
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