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Supongamos un diálogo virtual entre
un crítico (X) y un curioso internauta (Y) que hubiese
llegado justo aquí sin haber leído ninguna de las siete novelas que Álvaro Cunqueiro
(1911-1981) publicó entre 1955 y 1974: ni las tres que fueron escritas en gallego y luego
traducidas por el autor al castellano (Merlín y familia, 1955, 1957; Las
crónicas del Sochantre, 1956, 1959; y Cuando el viejo Simbad vuelva a las
islas, 1961, 1962), ni las cuatro que escribió directamente en español (Las
mocedades de Ulises, 1960; Un hombre que se parecía a Orestes,
1969; Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, 1972; y El año
del cometa con la batalla de los cuatro reyes, 1974).Y. ¿Por
qué debería yo leer a Álvaro Cunqueiro?
X. Por gusto, aunque eso depende de qué clase de lector sea usted. Si le apetece
solazarse con historias imaginativas y sorprendentes que se construyen al hilo de los
clásicos (Ulises, Amadís, el Judío errante, el rey Arturo, Hamlet, Romeo y Julieta, Don
Quijote...); si es usted receptivo para con el humor en todos sus matices; si le agrada lo
contado de forma «Clara y sencilla, como quien come pan», pero es también sensible a la
belleza; si ha sentido nostalgia de un paraíso perdido; si intuye que por detrás de los
mitos lo que importa es el misterio del hombre «el animal más extraño que
existe»; si es devoto de los placeres corporales; si, bien por ser de ciudad o bien
por ser de campo, le enamora el ritmo lento y estacional con que vive la gente que depende
de la tierra, ésa que antes del cine, la tele e Internet se distraía en tertulia con los
cuentos; si es capaz de sentir el derecho del hombre a soñar y soñarse... entonces,
Cunqueiro no lo va a decepcionar, tanto si es usted una criatura posmoderna puramente
lúdica (de las que juegan por divertirse y aliviar así el paso el peso del
tiempo), como si es del tipo lúdico-sentimental (de los que perciben la capacidad ritual
del juego para instaurar una dimensión mágica donde trascender simbólicamente el tiempo
santificando la alegría).
Y. Pero sus novelas, ¿cómo son, de qué van?
X. Imagine que una novela fuera un huevo, con cáscara, clara y yema. En las
novelas de Cunqueiro encontramos en la parte exterior o cascarilla (en los prólogos o
epílogos, normalmente) una voz, trasunto del autor, que nos informa de que se dispone a
contar sus memorias, o a transcribir un viejo manuscrito, o a soñar un mundo fabuloso. Es
una voz poética que delicadamente advierte que lo que va a contar es invención, en el
doble sentido que tiene la palabra: mentira, sí, pero también hallazgo de una verdad
más profunda que subyace en la memoria deformante y que se corresponde con el deseo. Esta
voz, más o menos disfrazada a tono con el ambiente de cada novela, después de
presentarse refiere la historia de un personaje que vivió en contacto con la maravilla:
la vida del héroe es, como en los viejos libros de caballerías, una iniciática aventura
al hilo de un viaje por espacios físicos, y sus distintas etapas (por tierras, por
gentes, por edades) se distribuyen en grandes apartados que constan a su vez de
capítulos. Pero la historia global del protagonista, transparente como la clara del
huevo, puede pasar casi desapercibida, pues de hecho los héroes de Cunqueiro se pasan sus
novelescas vidas escuchando cuentos que les cuentan otros personajes, o contándolos ellos
mismos, o imaginándolos a solas. Estos pequeños relatos que surgen de la historia
principal constituyen no ya un viaje real por espacios físicos sino un viaje imaginario
por los sueños, y es precisamente en torno a estos sueños, compartidos con quienes los
escuchan, donde está la más pura felicidad, la yema del huevo de la vida, que es la
imaginación en libertad, en acción. Las novelas de Cunqueiro son muy fragmentarias:
relatos de relatos, como Las mil y una noches. Nada impide imaginar que,
incorporando nuevos cuentos, crecieran hasta el infinito. Pero... no hay que olvidar que
la yema de un huevo está contenida y limitada por la clara, o, lo que es lo mismo, que el
héroe, trasunto del ser humano, es mortal, y al final de la novela de su vida está
siempre la muerte: el héroe se queda sin sueños porque como los niños de Peter
Pan crece, o porque pierde la capacidad infantil de soñar, o porque lo matan, o
porque se muere. Así lo vio Cunqueiro: «Siempre me ha apetecido construir mis
narraciones como viajes, o como una confluencia de viajeros en un lugar dado [...] para
llegar a la conclusión de la inutilidad de tal viaje [...]. Para llegar al final de la
soledad y de la destrucción, el héroe ha vivido la plenitud humana y soñadora, tocado
las cosas visibles e invisibles, habitado el misterio con vivacidad, ejercido poderes
mágicos como ensueños».
Los finales de las novelas cunqueirianas son, si no tristes, sí melancólicos. Quizá
por eso, y para compensar, el autor suele añadirles apéndices e índices onomásticos de
personajes que prolongan el mundo de la fantasía con nuevos datos, historias y maravillas
que invitan a pensar que, muerto el héroe, el sueño del narrador le sobrevive.
Y. ¿Cuál de sus novelas está mejor, cuál me recomienda?
X. Ahí sí que no sé qué decir, porque ninguna es igual a otra y leídas en su
orden configuran algo así como una única historia, una progresiva indagación en un
conflicto que es el del sentido de la vida del soñador, del autor mismo.
Las primeras novelas de Cunqueiro, las de los años 50, se inspiran en mitos
atlánticos afines a la cultura gallega y están protagonizadas por héroes más bien
pasivos que reciben como un don gratuito la posibilidad de vivir un mundo maravilloso. Merlín
y familia ofrece las memorias de Felipe de Amancia, un viejo barquero (como Caronte)
que consuela su vejez rememorando los días felices de su infancia, cuando fuera paje del
famoso mago Merlín, que a la muerte del rey Arturo se mudó una temporada a un pazo de
Galicia donde solucionaba (o no, según) los problemas de sus fantásticos visitantes:
princesas encantadas y barbudas, sirenas doloridas y enlutadas, demonios enmascarados,
finos enamorados provenzales... Las crónicas del Sochantre se inspiran en una
tradición bretona análoga a la Santa Compaña gallega: la de la carroza funeraria en que
viajan las ánimas en pena. El protagonista es el sochantre Charles Anne de Crozón,
soñador pusilánime que un día es raptado por una hueste de difuntos para que les
entretenga con música. Pasado el susto de convivir con unos muertos que de día parecen
personas y de noche son sólo esqueletos, el Sochantre aprende a vivir intensamente sobre
el telón de fondo de la revolución francesa.
En los años 60 Cunqueiro coloniza los espacios míticos mediterráneos. Las
mocedades de Ulises es un relato de iniciación que se nutre de ecos homéricos (La
Odisea, La Ilíada). El mozo Ulises aprende a
vivir y a soñar a través de las historias que escucha y que él mismo aprende a contar y
a representar, hasta que llega el momento de la verdad, el momento del amor, y tiene que
aprender a no mentir y a esperar. El reverso de este idilio es Cuando el viejo Simbad
vuelva a las islas, mezcla, entre otras cosas, del relato de Las mil y una noches
con el Quijote. Su protagonista es un viejo marino retirado que sueña con volver a
los mares de su juventud y que recuerda e inventa para sus amigos lo que en ellos había.
Hasta que un día se ve impelido a verificar sus sueños, a buscar una nave de antaño
para volver a embarcar en ella. Entonces descubre que hubo esa nave, pero que partió sin
él, y se le rompe el corazón. Tanto el Ulises como el Simbad ofrecen
héroes activos que se adentran en la vertiente peligrosa de los sueños que no se
corresponden con la realidad. Un hombre que se parecía a Orestes es la crónica de
una venganza imposible a partir del mito que versionó Esquilo. La novela comienza cuando,
mucho tiempo después de la muerte de Agamenón, asesinado a su vuelta de Troya por su
mujer, Clitemnestra, y el amante de ésta, Egisto, su hijo Orestes aún no ha regresado
para cumplir la esperada venganza. Micenas es una ciudad fantasma sumida en la ruina, el
espionaje y la represión. Los reyes se pudren en palacio esperando inútilmente a un
Orestes que nunca llega, y cuando al fin lo hace es tarde para todos y tarde para él, que
ha perdido la vida sin cumplir su destino pero sin olvidarlo, dudando como Hamlet porque,
en el fondo, está enamorado de su madre, como Edipo. Los lectores españoles pudieron
leer en su día esta novela como una alegoría sobre la inutilidad de la venganza pasados
tantos años de la guerra civil. De hecho, ésta es la única novela donde Cunqueiro
parece dialogar con la circunstancia histórica colectiva, y quizá por ello fue este
relato, y no otros suyos, el que obtuvo un premio tan prestigioso como el Nadal en 1968.
Por otra parte, con el Orestes el mito entra definitivamente en crisis: ya no
encarna sólo el impulso positivo de goce vital, el Eros, sino que se va mezclando cada
vez más con el tiempo destructor y con la muerte, Cronos y Tánatos.
En los años 70 Cunqueiro se despega de los héroes heredados para construir sus mitos
más personales. Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca nos lleva a la
Italia del primer Renacimiento, donde el audaz condottiero Fanto Fantini, experto
en increíbles fugas, representa el último reducto imaginativo cuando sobreviene la Edad
Moderna, la época de la razón. Fanto es un héroe afín a Hermes, capaz de eludir el
acoso mortal de la historia transformándose en los cuatro elementos (agua, aire, fuego,
tierra) y, en un instante divino, en quintaesencia angélica. Es el héroe de las mil
caras en perpetua transformación, pero su afán espiritual, heroico, a costa de su
cuerpo, lo lleva a la autodestrucción. En El año del cometa, Paulos es
un rico y ocioso joven de provincias que encuentra su justificación vital en la
invención de sueños que se materializan. Al principio se conforma con poetizar el mundo
para su amada María, pero siente que necesita socializar su don, y cuando se anuncia el
paso de un cometa decide convertirse en astrólogo oficial para milagrizar la vida de su
ciudad. Durante el proceso descubre en sí mismo (como mucho antes el Machado de Soledades)
una inquietante duplicidad: hay en él un soñador idealista y luminoso y a la vez un
soñador oscuro de sueños grotescos y degradados, y su afán de crear resulta también un
afán de destruir la realidad. A este descubrimiento se une otro igual de doloroso: Paulos
está completamente solo, a nadie le importa lo que hace. Cuando, extenuado, se confiesa
incapaz de soñar, cuando prevalece en él el soñador oscuro y destructor, resulta que
realmente lo matan confundiéndolo con un merodeador. Pero el final de la historia (una
poética alegoría sobre la propia escritura) es su principio, una enigmática promesa:
Paulos podría resucitar si se resucitasen sus sueños, que sobreviven al soñador y lo
justifican.
Por estas fechas es precisamente cuando Cunqueiro (rechazado durante la hegemonía del
realismo testimonial y social) empieza a ser apreciado por un sector de la crítica, lo
mismo que le sucedió a G. Torrente Ballester desde La saga/fuga de J.B. (1972). Al
principio, desde finales de los 60, la crítica descubrió lo que Cunqueiro tenía de
solitario precursor en España del realismo mágico. Luego, ya desde los años 80, se pudo
ver lo mucho que coincidía su obra con el talante de la posmodernidad. En una época como
la nuestra, en que la novela ha recuperado el gusto por contar historias, se aprecia con
claridad cómo Cunqueiro hace familia con otros narradores herederos de una rica
tradición legendaria y oral: Alfredo Conde, Luis Mateo Díez, José María Merino, Luis
Landero, Bernardo Atxaga o Manuel Rivas.
Y. ¿Dónde busco yo esas novelas, y algo más de información?
X. Para el Cunqueiro en gallego diríjase a la editorial Galaxia de Vigo, y para
el castellano, sobre todo a la editorial Destino de Barcelona. Y como he llegado al final
de las tres páginas que me concedieron, sólo me resta invitarle, oh amable internauta, a
proseguir su búsqueda visitando esta exposición de Cunqueiro en el laberinto de la Red.
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