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  Corresponsales en la Guerra de España

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Así como, hacia 1850, fue la gran época de los embajadores, los años treinta constituyeron la edad de oro de los corresponsales en el extranjero. Desde finales de julio de 1936, y durante dos años y medio, resultaba habitual encontrar al sur de los Pirineos a los más grandes periodistas del mundo.

Hugh Thomas

 

¿Es posible, en los tiempos que vivimos, informar de un conflicto bélico con objetividad e independencia? ¿Dispone el periodista de medios para saber lo que ocurre? ¿Puede acceder siquiera al escenario de los hechos? En definitiva: ¿Tiene sentido, hoy, un corresponsal de guerra? No nos toca, afortunadamente, responder a estas preguntas sino retroceder a un tiempo en el que sí lo tenía, a la edad de oro de los corresponsales en el extranjero. La Guerra Civil española despertó un sentimiento inmediato a favor o en contra de uno de los contendientes y reunió a un buen número de periodistas, escritores e intelectuales que ejercieron de corresponsales. No hay otra guerra en los tiempos modernos que haya provocado tan intensa emoción y tan violentas parcialidades. La causa española fue la causa de todos los pueblos. Se habló de «guerra santa» y de «cruzada»; de «compromiso» y de «paraíso proletario». Los que llegaron fueron conscientes enseguida de que en tierra española se luchaba no sólo por un bando, sino por las ideas, por los ideales.

A la llamada de España acudieron varios centenares de periodistas o voluntarios que ejercieron en algún momento tareas informativas. Los grandes periódicos y revistas del mundo enviaron a sus mejores profesionales a un conflicto en el que se dilucidaba el modelo ideológico y político que habría de ahormar un futuro que tan incierto se presentaba a mediados de los años treinta. Muy pocos quedaron al margen de uno de los dos bandos; ninguno dejó de reflejar la tragedia española. Se escribieron poemas, reportajes, folletos y novelas, se rodaron películas, se tomaron fotografías y se pintaron los horrores de la guerra. Corrieron, sin duda, ríos de tinta.

La selección que aquí presentamos no pretende destacar los artículos y reportajes más conocidos escritos en España por los corresponsales extranjeros, ni tampoco los más verídicos o verosímiles; mucho menos los más objetivos. Setenta años después del comienzo de la Guerra Civil, cuando los historiadores han desvelado la práctica totalidad de lo acontecido, interesa menos la exactitud del dato del cronista que la intensidad de su descripción y la frescura de su mirada directa a los sucesos de España. Con ellos visitamos los frentes, los hospitales y las escuelas; escuchamos a los que sufren y a los héroes; sentimos el estallido de las bombas y el llanto de los moribundos.

Pretendemos mostrar a través de una treintena de crónicas —sin aditamentos, en su estado original— la diversidad de enfoques y actitudes de los periodistas. Hay frentes a los que acudió un ejército de corresponsales y otros a los que no se les dejó llegar. A partir del cerco de Madrid y con pocas excepciones (Teruel), los informadores deben conformarse con versiones oficiales y cobran relevancia las historias de contenido humano. La atención de la prensa internacional fue enorme entre el estallido de la contienda y la primavera de 1937 (hasta el bombardeo de Guernica), pero la guerra chino-japonesa, la lentitud del avance de Franco y la ocupación nazi de Austria, en marzo de 1938, y posteriormente de Checoslovaquia, eclipsaron las noticias de España. En la antología hemos tenido que dejar fuera algunos nombres importantes, fundamentales porque nuestra intención era ofrecer las diferentes caras de un poliedro que, en su conjunto, reflejase la riqueza, variedad y calidad del trabajo desarrollado. Más de las dos terceras partes de las crónicas están escritas en el bando republicano y la mitad de ellas en 1936; sólo hay tres mujeres. Es la proporción que hemos considerado representativa: queríamos que el poliedro fuera regular y nos permitiera asomarnos a lo acontecido en las tierras de España como si lo leyéramos en el periódico de ayer.

Hasta casi una semana después de la rebelión del 18 de julio de 1936, el mundo no tiene conciencia de que en España ha estallado una guerra y no una asonada militar más, tan frecuentes en nuestra historia reciente. Las noticias de graves incidentes y numerosas víctimas en ambos bandos muestran un país partido en dos que parece estabilizarse enseguida y un Gobierno paralizado por el estupor. A partir del 29 de julio se pone en marcha el ejército de África, la única fuerza que se presenta capaz de desequilibrar la balanza. En sólo una semana y gracias a la fundamental ayuda alemana que rápidamente había conseguido Franco, llegan a la Península 1500 hombres en el primer «puente aéreo» de la historia, más otros 2.500 en buques protegidos por los cazas italianos. El 6 de agosto, a bordo de un avión Douglas procedente de Tetuán, Franco aterriza en Sevilla.

Aunque Mola es el «director» del golpe tras la muerte en accidente de Sanjurjo el 20 de julio, Franco es el hombre del momento. En la capital andaluza, el excéntrico Queipo de Llano, que ha llenado las calles de discursos y carteles a su mayor gloria, es desplazado sin contemplaciones por el general en jefe del ejército de África, que llega para ocupar su sitio en la historia. ¿Pero quién es Franco y qué pretende?, se preguntan en las redacciones de todo el mundo. El 8 de agosto, después de atravesar los «salones magníficos» del palacio de Yanduri, cuartel general de los nacionales en Sevilla, Félix Correia, corresponsal del Diário de Lisboa, entra en el despacho del general. Le recibe de pie, sonriente, optimista, en uniforme de campaña. Es un hombre «de estatura normal, rostro afeitado y frente alta». Cada hora que pasa, le dice, disminuyen las posibilidades de resistencia del Gobierno de Madrid. El ejército ha tenido que intervenir porque «estaba preparada, para este mes de agosto, una revolución social destructora y sangrienta». Desde 1931 España vivía un progresivo proceso de desnacionalización y desmembramiento. La razón del alzamiento es clara: «Salvar a la patria del caos y de la vergüenza en el que se encontraba y evitar la hecatombe que se preparaba para estos días».

En la larga lista de agravios del Gobierno que Franco enumera, entre asesinatos de curas y monjas, señala que Mundo Obrero publicó un retrato suyo a toda página con una leyenda que incitaba al crimen: «Ave, César, ¡los que van a morir te saludan!». De su revolución, explica, surgirá una dictadura militar. ¿Larga o corta?, pregunta Correia. «Su duración depende de la resistencia que encontremos de parte de los organismos con funciones esenciales en la nueva estructura de la nación española». A un español que haya vivido la dictadura que duró cuarenta años no le chocará el estilo ampuloso y retórico del militar levantado en armas. Sobre todo cuando responde a dos cuestiones candentes que le plantea el periodista: la utilización de divisiones de marroquíes (dice que son soldados de España) y la falta de unidad en los símbolos de los rebeldes. A los pocos días cambiará de criterio, pero de momento es rotundo: la bandera es la tricolor y el himno oficial, el de Riego.

No son las primeras declaraciones a un periodista extranjero —a Jay Allen, que aparecerá enseguida en este relato, le había indicado en Tetuán a finales de julio que estaba dispuesto a fusilar a media España, si fuera preciso, para conseguir sus propósitos— pero sí la primera exposición clara de motivos e intenciones después del paso del ejército de África a la Península. La entrevista, publicada el 10 de agosto en el Diário de Lisboa, tuvo gran repercusión internacional y fue reproducida en Gran Bretaña por el dominical News of the World, que compró los derechos mundiales. Algún tiempo después, una agencia de noticias londinense ofreció a Correia un sustancioso contrato para que intercediera ante Franco y consiguiese su versión de la guerra, pero el periodista lo rechazó. Otros corresponsales portugueses lograron hablar también con el líder de la sublevación, como José Augusto, del Diário de Noticias, con quien mantuvo una charla informal, y Armando Boaventura, del mismo periódico, a finales de 1936. A todos les manifestó su simpatía por Salazar y el «estado novo». Félix Correira (1901-1969), recogió esta entrevista y otros reportajes escritos en España («Badajoz reconquistada», «Bombardeo aéreo de Mérida») en su libro Quem vem lá? (Lisboa, 1940), que tiene una segunda parte dedicada a ensalzar a la Alemania nazi e incluye una entrevista con Hitler. Fue director de la revista A Esfera y ocupó diversos cargos en el sindicato de periodistas bajo el régimen de Salazar. Ocasionalmente fue corresponsal en Lisboa del diario madrileño ABC.

Es evidente que los periodistas portugueses, al menos en los primeros meses, gozaron en la España nacional de una situación privilegiada, lo que no desmerece el trabajo eficaz, hasta heroico en algunas ocasiones, de sus más intrépidos reporteros. Es el caso de Leopoldo Nunes, corresponsal de O Século, que cubrió la resistencia de los mineros de Riotinto, en Huelva. No dudó en pasarse a las líneas enemigas y entrar en contacto con los mineros, entre ellos un portugués, ni tampoco en colaborar a la vuelta con Queipo de Llano e informarle de la posición, número y armamento de los atrincherados. Pero el periodista portugués más destacado fue sin duda Mário Neves, que dio a conocer al mundo por primera vez la represión de Badajoz.

Tal y como había planeado Franco, el ejército de África avanzó hacia el norte, en paralelo a la frontera portuguesa, con la intención de unir las dos zonas nacionales y dirigirse luego a Madrid. Al mando del coronel Yagüe, las tropas se desplazaban en destacamentos de unos cien hombres sin encontrar apenas resistencia: doscientos kilómetros en sólo una semana. Los días 10 y 11 de agosto se entabló batalla en Mérida. Salvado este escollo, Yagüe se encontró en la disyuntiva de continuar hacia Madrid lo más rápidamente posible o dirigirse a Badajoz, donde se habían concentrado muchos partidarios del Gobierno que huían del avance del ejército africano y unos quinientos soldados a las órdenes de Puigdengolas, un enérgico coronel que había vencido la sublevación de Alcalá de Henares y Guadalajara en los primeros días de la guerra. Yagüe decidió atacar Badajoz. El 14 de agosto, bajo un sol inclemente y el omnipresente hedor de la sangre, tuvo lugar la batalla. Con presupuestos estratégicos de la época de Napoleón, los legionarios intentaron escalar las murallas de la ciudad hasta que lograron abrir una brecha en la Puerta de la Trinidad. La conquista continuó casa por casa, incluso dentro de la catedral, donde también se combatió. La ciudad quedó cubierta de cadáveres. A la mañana siguiente, se desató la represión.

Ni a Leopoldo Nunes ni a otros corresponsales que acompañaban a las tropas nacionales les fue permitido llegar a Badajoz y les hicieron volver a Mérida. La única forma de acceder a la ciudad era desde Portugal, a través del cercano e importante paso fronterizo de Elvas. El día 11 de agosto había llegado allí un joven corresponsal del Diário de Lisboa, Mário Neves (1912-1993), periodista por tradición familiar, sin más experiencia hasta entonces que la redacción de las noticias emanadas de los ministerios. Desde la frontera de Caya, un puente a pocos kilómetros de la capital extremeña, envía varias crónicas en las que se hace eco del fragor de la batalla y recoge el testimonio de los que huyen. A las dos de la madrugada del día 15 y junto a dos periodistas franceses, Marcel Dany, de la agencia Havas, y Jacques Berthet, de Le Temps, consigue cruzar la línea divisoria, pero hasta las nueve y media de la mañana no logran subir a un coche en el que recorrer los cinco kilómetros que separan ambos puntos. «Soy el primer periodista portugués que entra en Badajoz tras la caída de la ciudad en poder de los rebeldes. Acabo de presenciar tal espectáculo de desolación y de pavor que tardará en borrarse de mis ojos”, comienza su crónica publicada el mismo día 15 (Diário de Lisboa era vespertino). Neves ve banderas blancas en casi todas las ventanas y las calles destrozadas con un aspecto desolador. En la plaza de toros, donde se concentraban los camiones de las milicias populares, hay algunos cadáveres y bombas que no han explotado, como en otros lugares que recorre, entre ellos la catedral. El cronista califica de «heroico» el ataque de los legionarios, pero «la resistencia, en valentía y tenacidad, ha estado a la altura del ataque», añade. Al coronel Yagüe le preguntan los periodistas por los fusilamientos y le dicen que se habla de dos mil. «No deben ser tantos...», responde el oficial. A las 16:30 logra volver a Portugal y ponerse en comunicación con su periódico. Suya fue, por tanto, la primera noticia: «Estas notas redactadas nerviosamente, no conseguirán dar una pálida idea del espectáculo que han visto mis ojos...».

Al día siguiente, domingo 16 de agosto de 1936, Le Populaire y Le Temps, en primera página, y Le Figaro y Paris-soir, en la página 3, publican la crónica del corresponsal de Havas en la que denuncia ejecuciones en masa, barrios enteros en llamas y un incalculable número de víctimas, entre ellas mujeres, niños y ancianos: «La sangre corre por las aceras. Por todas partes se encuentran charcos coagulados». Berthet, por su parte, escribe en su periódico que se mata por las calles y que había presenciado «imágenes de un horror sombrío». Neves vuelve a Badajoz y refleja sin lugar a dudas la terrible represión que se está llevando a cabo. Se refiere a «los fusilados de esta mañana»; a los cadáveres pudriéndose al sol de agosto para que sirvan de ejemplo y a la señal de la culata del fusil en el hombro, que es el pasaporte a la muerte. «La justicia militar prosigue con inflexible rigor», titula el Diário de Lisboa.

Aunque coincide en lo fundamental, esta crónica de Neves del día 16 es más tibia que las de sus compañeros franceses y esa supuesta divergencia fue una de las pruebas que los propagandistas de Franco adujeron después para descalificar lo que denominaron «leyenda de Badajoz». Por eso la hemos elegido aquí, para que el lector pueda comprobar que el periodista describe una ciudad repleta de cadáveres. Es cierto que califica de «infundado» el rumor de los numerosos fusilamientos en la plaza de toros, pero también dice que «algunas decenas de prisioneros aguardan allí su destino». Hay que tener en cuenta que Neves, a diferencia de los franceses, era un periodista de un país que apoyó desde el primer momento y sin el menor género de dudas el levantamiento militar español. Era consciente de que rozaba los límites de la censura y la prueba está en que su crónica del día 17 fue completamente tachada. En A chacina de Badajoz (hay traducción española: La matanza de Badajoz, Salamanca, 1986) recuperó esta crónica no publicada, que comenzaba así: «Voy a marcharme. Quiero dejar Badajoz, cueste lo que cueste, lo más rápido posible y prometiéndome solemnemente a mí mismo que no volveré nunca».

El estremecedor y honesto relato de Neves conmovió al corresponsal del Chicago Tribune Jay Allen (1900-1972), que se encontraba en Lisboa. Allen era tal vez el corresponsal extranjero mejor informado de España. Hablaba perfectamente español y había cubierto la revolución de Asturias en 1934. Fue el primero que logró hablar con Franco y uno de los últimos que lo hizo con José Antonio, poco antes de su fusilamiento. Gerald Brenan le describe como un hombre emotivo y generoso que llegó a intimar con Largo Caballero y Álvarez del Vayo. Constancia de la Mora, que dirigió la Oficina de Prensa Extranjera durante la guerra, le considera un «antiguo amigo» (Doble esplendor, Madrid, 2004). Conocía bien Badajoz y allí se dirigió.

Según recogió en su crónica, publicada en Chicago Tribune el 30 de agosto, el día 23 de agosto dijo en el hotel que se iba a Estoril para probar fortuna en la ruleta. Sin embargo, fue a la plaza del Rocío, tomó un taxi, recogió a un amigo portugués y ordenó al chófer: «A Elvas». En un reportaje intenso y perfectamente construido, posiblemente el más reproducido y para muchos el mejor de los que se escribieron durante la guerra, Allen describe los métodos de represión de los vencedores y su connivencia con la policía portuguesa, que detenía a los refugiados republicanos y los devolvía a una muerte segura. Afirma que es el primer periodista que llegó a Badajoz sabiendo lo que buscaba, el «incómodo testigo de los acontecimientos». Habían pasado nueve días desde la caída de la ciudad y, en el tiempo de un periódico, es prácticamente una historia vieja, escribe Allen: «Pero Badajoz es una de esas malditas bolsas de verdad de las que tardaremos en salir. Por eso no me importa en absoluto ir con diez días de retraso, si a mi periódico tampoco le importa».

La imagen del sol abrasador, la sangre y la arena de la plaza de toros (donde se ejecutó con una ametralladora montada en la contrabarrera del toril a no menos de 1200 prisioneros) llamó la atención del mundo sobre la cruenta confrontación civil que se había desatado en España y galvanizó a la opinión internacional. En cierta medida conformó lo que iba a ser la cobertura de la Guerra Civil. Un periódico de Madrid, para enardecer el ánimo de los defensores, habló de una fiesta en la plaza de toros a la que asistieron las fuerzas reaccionarias de la ciudad para contemplar el fusilamiento masivo, lo que sirvió a los nacionales para acusar a su enemigo de propaganda y negar matanza alguna. Se escribieron folletos en Europa y América y se manifestaron opiniones contrarias y apasionadas. Se atacó a Allen porque la cifra de 4000 muertos de los que hablaba no era verosímil y se adujo como prueba el artículo de Neves, que no citaba las ejecuciones masivas. Se habló de ética periodística y de la llegada tardía del norteamericano. La polémica no se ha apagado y, aunque parezca difícil de creer, todavía hay quien discute la matanza de Badajoz. Con tal revuelo parece que nadie hizo caso a John T. Whitaker, de The New York Herald Tribune, que preguntó poco después a Yagüe si era cierto lo que se decía sobre las ejecuciones. «Por supuesto que los matamos», contestó el coronel. «¿Suponía usted que iba a dejar a 4000 rojos a mis espaldas teniendo mi columna que avanzar a marchas forzadas? ¿Iba a permitir que Badajoz volviese a ser rojo?».

La crónica llegó por un tortuoso camino a Chicago, como explica una nota previa del periódico, y tiene su propio anecdotario, como la confusión de la ciudad de Almendralejo con el nombre propio de una persona y algunos otros errores de trascripción. En mayo de 1937, la entrevista de Allen con un aviador alemán abatido contribuyó a confirmar la intervención germana en Guernica. Por su parte, Neves se defendió como pudo de una avalancha de acusaciones, mientras el régimen de Salazar implantaba una férrea censura y sólo permitió desde entonces alabar las gestas de Franco. Llegó a ser director adjunto de Diário de Lisboa y siguió trabajando incansable en el periodismo. Por fin, tras la «Revolución de los Claveles» de 1974, fue nombrado primer embajador de Portugal en la URSS. Había jurado no volver nunca a Badajoz, pero en mayo de 1982 atendió a la invitación de una televisión británica, Granada TV, y recorrió sus calles nuevamente: «He aceptado venir aquí porque he creído mi deber, como testigo de los hechos, el revelarlos. Nos hemos encontrado en Badajoz a jóvenes que sabían que habían ocurrido aquí cosas terribles, que sus familias habían desaparecido, pero no sabían por qué. Aquí está vuestra televisión y aquí estoy yo para contar lo que ocurrió entonces. Este trágico recuerdo no puede ser borrado».

Mientras el ejército de África, vencida la resistencia de Badajoz, se dirige hacia Madrid, el mundo demanda noticias de España. Crisis, comunicados contradictorios, dimisiones y proclamas encendidas, por parte de un Gobierno que ha desaprovechado su superioridad inicial para aplastar la rebelión y parece sumido en el desconcierto. Los partidos políticos radicales y las organizaciones obreras, por su parte, ven llegada la hora de la revolución y reclaman el reparto de armas. En Barcelona, donde se registran violentos enfrentamientos y el golpe es neutralizado con virulencia, destaca la figura de un líder llamado a convertirse en uno de los símbolos del pueblo español en lucha y en un mito universal del anarquismo. Nacido en León en 1898 y mecánico de profesión, Buenaventura Durruti era partidario de las técnicas revolucionarias e insurreccionales, un hombre de acción más que de política. Diversas acciones armadas —desde el asalto al Banco de España hasta un atentado fallido contra Alfonso XIII— le condujeron a un largo exilio por diferentes países, hasta su regreso con la proclamación de la Segunda República. Era uno de los principales líderes de la FAI, la rama más revolucionaria del anarquismo español, cuando estalló la guerra. Al grito de: «¡Adelante, hombres de la CNT!» asaltó con su ejército de anarquistas el cuartel de las Atarazanas, último reducto de los militares golpistas en la ciudad condal. Su llamamiento convocó a una columna de valor legendario. A ella se adhirió un periodista que publicó una entrevista con Durruti que con el paso de los años se ha convertido en un texto fundamental para entender el desarrollo de la guerra y los fundamentos del anarquismo español.

Alertado por los acontecimientos, el 22 de julio había llegado a Barcelona Pierre van Paassen (1895-1968) procedente de Palestina, adonde —convencido sionista— había acudido para estudiar sobre el terreno el problema de los árabes y los judíos. De origen holandés pero formado en Canadá y Estados Unidos, Van Paassen, corresponsal para Europa del Toronto Daily Star, conocía bien España. Había cubierto la proclamación de la República en 1931 y entrevistado a Azaña. Posteriormente y enviado por la National American News Agency (NANA), el mismo consorcio periodístico que mandaría a Hemingway a España, recorrió el país de norte a sur y de este a oeste para estudiar las ocupaciones de tierras. Van Paassen era de esa clase de periodistas errantes que desarrollan su trabajo según su criterio y aceptan pocas indicaciones de las lejanas redacciones. En 1928 había entrevistado a Hitler para The New York World y en 1933 fue arrestado por los nazis. Como tantos otros corresponsales que estuvieron en España, cubrió también la guerra de Etiopía. Al día siguiente de su llegada a Barcelona se vio envuelto en un fuego cruzado entre milicianos y quintacolumnistas y terminó lleno de cristales. Salió de Barcelona con la columna de Durruti y en sus memorias, Days of Our Years (Nueva York, 1939), traza un retrato de aquellos hombres que con una mezcla de júbilo, exaltación, desorganización y precariedad se lanzaron a los caminos de España para derrotar al fascismo y hacer la revolución. Estuvo con ellos en el frente de Aragón y recuerda que muchos no habían disparado nunca un fusil. Era una tropa alegre que dormía y comía al raso discutiendo constantemente lo que había que hacer en la nueva época de la humanidad que acababa de comenzar.

Abel Paz y otros muchos autores que le siguen, creen que la entrevista que Durruti concedió a Van Paassen tuvo lugar en Barcelona el 24 de julio, esto es, inmediatamente antes de ponerse en marcha la columna hacia Aragón, pero en el periódico comprobamos que está fechada en Madrid el 5 de agosto, donde había llegado, en efecto, el líder anarquista para entrevistarse con Largo Caballero, recién nombrado presidente del Gobierno, e intentar conseguir armas. La entrevista fue enviada por avión a París y de allí cursada al Toronto Daily Star, que la publicó el 18 de agosto. Es un plazo razonable que elimina la distancia entre la conversación y su publicación en prensa que extraña a Paz y hace verosímil la afirmación del reportero de que a lo lejos retumbaban los cañones. También a esta entrevista pertenece la famosa respuesta de Durruti sobre las ruinas que heredarán los anarquistas, datada por Hugh Thomas con posterioridad y atribuida a otro diario canadiense.

Van Paassen describe a Durruti como un hombre alto, moreno, de rostro despejado y rasgos morunos, hijo de un campesino pobre, en el que llama la atención su peculiar habla chispeante y gutural. Representa a una organización sindical con dos millones de afiliados sin cuya colaboración nada puede hacer la República. La conversación entre ambos —más que entrevista, ya que Van Paassen interviene y matiza las palabras del —líder anarquista— es una exacta radiografía de los fines, métodos y ambiciones de la revolución. «A donde quiera que vayas» escribe el periodista, «es Durruti y otra vez Durruti de quien se oye hablar como de un hombre admirable». Cuando le pregunta si no teme que no van a heredar más que un montón de ruinas, le contesta que los trabajadores están acostumbrados a vivir en la miseria y en las ruinas: «Llevamos un nuevo mundo en nuestros corazones». Durruti insiste en la necesidad de tomar Zaragoza y de salir al encuentro del general Franco. Su intención es «aplastar al fascismo para que no vuelva a levantar la cabeza». Es una labor del pueblo, de los proletarios, de los anarquistas. Setenta años después, la reflexión del más famoso líder revolucionario español sigue produciendo un escalofrío: «Ningún Gobierno en el mundo lucha contra el fascismo hasta la muerte. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa de las manos, recurre al fascismo para mantenerse».

Durruti murió unos meses después, el 20 de noviembre, en Madrid, en circunstancias nunca del todo aclaradas, tras haber perdido a buena parte de su columna en el frente más expuesto y arriesgado de la capital y de la guerra. Su entierro en Barcelona, al que asistieron cerca de medio millón de personas, fue la mayor manifestación de duelo que jamás se había producido en la ciudad. Van Paassen, por su parte, volvió a Barcelona y encontró una situación tranquila, comida abundante y un ambiente alegre de camaradería universal donde todos eran iguales y nada parecía tener precio: un espejismo de la historia.

El inmenso cielo azul de agosto bajo el que lucha la columna Durruti se rompe de pronto y se dibuja el perfil de un avión, que conduce el aviador más literario de la historia. «Después de Lyon, he girado a la izquierda rumbo a los Pirineos y a España», escribe Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944): «Ya estoy sobre los Pirineos. Aquí están España y Figueras. Aquí la gente se mata. Lo más extraño no es descubrir el incendio, las ruinas y las muestras de aflicción de los hombres, lo más extraño es que no se ve nada de esto». El piloto solitario pasa por Gerona y aterriza en Barcelona, donde percibe avenidas desiertas e iglesias devastadas que le parecen intactas. «Salvo algunos edificios quemados y algunos centenares de muertos en una población de 120 000 habitantes, ¿dónde están las hecatombes?», se pregunta. Pasea tranquilamente por la Rambla cruzando sin problemas las barricadas hasta que, sentado en el café, descubre el drama que está ocurriendo cuando una patrulla irrumpe de pronto y se lleva detenido a un hombre acusado de fascista. «Sus dos manos, levantadas por encima de la cabeza, semejaban las de un hombre que se ahoga», escribe en el primero de sus reportajes sobre la guerra de España, publicado en L’Intransigeant el 12 de agosto de 1936.

Cuando llega a Barcelona, Saint-Exupéry es autor de varias obras de éxito y, sobre todo, un experimentado piloto, pero está pasando una mala racha. Su intento, a finales de 1935, de batir el récord de vuelo entre París y Saigón terminó con un aterrizaje forzoso en el desierto de Libia, de donde le rescató in extremis un beduino (el episodio inspirará El principito). Sus proyectos de conferencias y de raids se vienen abajo, sus deudas se acumulan y debe dejar su apartamento para vivir en un hotel, del que también es expulsado. L’Intransigeant había sido un periódico de extrema derecha, pero con la llegada del Frente Popular pretendía mostrarse más moderado e incluso liberal, y manda a Saint-Exupéry con este propósito. No era, para el autor, su primera experiencia periodística ya que había escrito una serie de reportajes sobre la URSS en 1935, por encargo de Paris-soir, diario con el que volverá a España en 1937, esta vez a Madrid (le encontraremos más adelante en el Hotel Florida).

Barcelona es una ciudad controlada por los anarquistas, apunta en el segundo de sus artículos de este primer viaje, publicado el 13 de agosto: «Durante mi paseo matutino les veo ocupados en mejorar sus barricadas. Algunas son sencillos muros de adoquines, otras son modélicas barricadas con dos parapetos. Echo una ojeada por encima del muro. Están ahí. Han traído los muebles de la casa de al lado y se preparan para la Guerra Civil, aposentados en sillones de consejo de administración...». Esta mirada impresionista que revela una realidad abstracta dentro de un conflicto lejano e inútil es la que nos ofrece el autor en su visita a Barcelona. Asiste al embarque de las tropas anarquistas y le sorprende el silencio, la falta de uniformes, la ropa negra. No parece que se luche contra un enemigo, dice, sino contra una epidemia; por eso la guerra es tan terrible: «Se fusila más que se combate». En su siguiente etapa, Saint-Exupéry aterriza en Lérida, a 20 kilómetros del frente. No existe una trinchera que separe adversarios, sino una serie de pueblos amigos o rebeldes que cambian de la noche a la mañana. Una trilladora trabaja por el pan de los hombres y se desconoce de quién es la tierra que recorre. Después de dos días por el frente no se oye un tiro: «La frontera era como una puerta abierta».

Por fin, en la cuarta y última entrega de la serie, llega al frente y describe la cara más cruenta de la guerra: «Aquí se fusila como se tala árboles... y los hombres ya no se respetan unos a otros», titula L’Intransigeant del día 19 de agosto en su portada. Es la «España ensangrentada», el absurdo de la muerte. A un buen lector de Saint-Exupéry no se le escapará la imagen con la que se cierra el breve fragmento de la primera página: «Yo pensaba en esos desgraciados monos que se ponen a bailar frente a la boa, en un desesperado intento de enternecerla». El cronista se sumerge en la guerra e incluso intercede por varios prisioneros y logra salvar la vida, junto a un socialista francés, de un fraile (al que los propios anarquistas felicitan por haber sobrevivido y por su liberación), pero su mirada es irremisiblemente fría y distante y regresa a la soledad de su avión y a las alturas. En España, reflexiona, hay comités que se adjudican el derecho a depurar a cualquiera y luego cambian de criterio; en España hay un general que al frente de sus marroquíes condena a muchedumbres con la conciencia tranquila del profeta que aplasta un cisma... «Por lo que a mí respecta, me gustaría comprender a los hombres». Su avión se pierde de vuelta en el horizonte.

Inesperadamente, el ejército de África giró hacia Toledo para auxiliar a los sitiados en el Alcázar. Es una de las decisiones más polémicas de Franco, que consolidó su liderazgo entre los generales rebeldes, pero a costa de dar tiempo a la capital para reforzar su defensa. A Franco, al mando de la tropa militarmente más competente sobre la Península, le interesaba una guerra abierta y larga más que a nadie. Cuando Kindelán le advirtió de que aquella operación podría costarle Madrid, le contestó: «En toda guerra, y más en las civiles, los factores espirituales cuentan de modo extraordinario». El 23 de septiembre, el general Varela partió hacia Toledo con la intención de atacar la ciudad desde el norte.

Al comienzo de la contienda, como en otros lugares en los que había sido aplastada la rebelión, un reducido grupo de partidarios del levantamiento se había atrincherado en una fortificación militar, en este caso la Academia de Infantería. Muy pocos eran cadetes, en contra de lo que se dijo luego, pues la mayoría estaban de vacaciones, pero se les unió un numeroso contingente de guardias civiles procedente de los pueblos de alrededor. En total, algo más de mil hombres, con unas quinientas mujeres y niños y algunos rehenes de izquierda, al mando del coronel Moscardó, comandante militar de la plaza. El sitio del Alcázar comenzó enseguida y el Gobierno republicano, ante una resistencia que duraba ya dos meses, cometió la torpeza de convocar a los corresponsales extranjeros para que asistieran en directo al asalto final. Hugh Thomas asegura que Henry Buckley y Lord St. Oswald le confirmaron personalmente que estuvieron allí. Podemos añadir a Louis Delaprée y a Mijail Koltsov. Se evacuó a la población civil de la ciudad y se colocaron minas en las torres, que provocaron una tremenda explosión y convirtieron buena parte del fortín en un montón de escombros, pero los sitiados resistieron. Visiblemente alterado acudió a Toledo el presidente del Gobierno, Largo Caballero, que insistió en que el Alcázar tenía que caer antes de veinticuatro horas.

Las tropas nacionales, mientras tanto, ya se dirigían hacia allí. El 26 de septiembre Varela cortó las comunicaciones de Toledo con Madrid, y a la mañana siguiente los defensores pudieron vislumbrar en las colinas del norte a los soldados del ejército liberador. Algunos milicianos les hicieron frente con coraje, pero la mayoría se retiró hacia Aranjuez. La represión, de nuevo, fue colosal, y se volvió a hablar de ríos de sangre por las calles. Conquistada la plaza, Moscardó se cuadró ante Varela y pronunció su frase para la historia, repetida al día siguiente ante Franco y numerosos periodistas: «Sin novedad en el Alcázar».

Uno de esos periodistas era Harold G. Cardozo (1888-1961), corresponsal del Daily Mail de Londres y autor de una obra imprescindible para entender la evolución del ejército de África: The March of a Nation (Nueva York, 1937). Tocado con boina negra y un gran gabán, como posa en las fotografías de su libro, Cardozo había sido uno de los primeros corresponsales acreditados con Franco, y no creemos pecar de exagerados si añadimos que de los más entusiastas. Estuvo en todos los puntos candentes: Badajoz, Toledo, Madrid, Guernica... y mantenía relaciones cordiales con Varela y con Mola. La prensa británica, como la opinión política y pública del país, se hallaba dividida ante el conflicto. Había periódicos que defendían abiertamente la causa republicana, como News Chronicle y Manchester Guardian, y otros que intentaban mantener la neutralidad, caso de The Times y The Daily Telegraph; a favor de los nacionales estaban The Observer y, sobre todo, Daily Mail, introductor del periodismo popular en el Reino Unido y propiedad de lord Rothermere, que había apoyado a los fascistas de Mosley. Cardozo, para algunos autores pronacionales «el mejor corresponsal extranjero en la guerra de España» (Crónica del a Guerra Civil española, tomo II, Buenos Aires, 1966), escribió una reportaje en el que justificaba la actuación de los legionarios en Badajoz, aunque reconocía que «mataron todo lo que se les puso por delante». En sus crónicas narra con enorme viveza el avance de los soldados, con los que comparte penurias y sacrificios. En su libro refiere las dificultades para el desempeño de su trabajo (en alguna ocasión tuvo que mandar el mismo despacho por dos rutas distintas para asegurar su llegada a Londres) y evoca a otros dos corresponsales que le acompañaron esos días y junto a los que contó al mundo la gesta del Alcázar: H. R. Knickerbocker, que escribía para el grupo de periódicos de Hearst (muy proclive a Franco), y Reynolds Packard, de la agencia United Press.

El Daily Mail publicó el 30 de septiembre con un gran titular «La primera historia completa del sitio», y añadía: «De labios de los heroicos defensores». El corresponsal narra el emotivo episodio de la conversación telefónica entre Moscardó y su hijo, prisionero de los republicanos. Las autoridades «rojas» amenazaron con matarle si no se rendía la plaza. «Te ordeno, en nombre de Dios, que grites ¡Viva España! y ¡Viva Cristo Rey! y que mueras como un héroe. Tu padre nunca se rendirá”, dijo el coronel. «Se entendió que el muchacho había sido ejecutado casi inmediatamente», añade, cauto, Cardozo. El periodista sigue el relato que le ofrece un teniente de artillería, cuya poblada barba oscura y ojos hundidos daban testimonio de las diez semanas de lucha y tensión. Sacrificaron para alimentarse 124 caballos y mulas, carecían de luz eléctrica, y durante el sitio nacieron dos niños. Otros muchos detalles va desgranando el periodista en su apasionado relato, que incluye la completa relación de los proyectiles y bombas que soportó el Alcázar. La crónica salió en coche con un correo directamente hasta Hendaya y desde allí fue trasmitida por teléfono a Londres.

Los sucesos del Alcázar, como un mes antes los de Badajoz, alcanzaron una extraordinaria repercusión mundial, con la diferencia de que en este caso los militares rebeldes sabían perfectamente lo que buscaban. Reseñar siquiera la infinidad de publicaciones que niegan o defienden, completan o matizan desde entonces estas primeras recreaciones de los hechos, desbordaría los límites y las pretensiones de estas líneas. Baste mencionar el libro de Herbert L. Matthews, corresponsal de The New York Times que pronto aparecerá en nuestro relato, en el que discute la existencia misma de la famosa conversación, aunque posteriormente rectificó. Hoy nadie duda que tuviera lugar, aunque el fusilamiento del hijo de Moscardó se produjo un mes después y no como consecuencia directa del chantaje. Nadie duda tampoco que la defensa fue verdaderamente heroica. El Alcázar se convirtió en el símbolo del levantamiento militar, a Moscardó se le comparó con Isaac y Guzmán el Bueno, y Cardozo se consagró como corresponsal. En su libro de memorias Mi siglo (Madrid, 1999), Günter Grass recuerda que de niño, en Danzig, jugaba en el recreo a defender el Alcázar de Toledo, que los rojos atacaban inútilmente. Uno hacía de Moscardó, otro de su hijo y a Grass le tocaba el papel de comisario rojo. Todo terminaba con la victoria de los nacionales y el famoso «Sin novedad en el Alcázar».

Franco, por su parte, fue elegido Jefe del Gobierno del Estado poco después, y desde entonces nadie puso en cuestión su autoridad. En una entrevista concedida con motivo del Día de la Raza (fue publicada el 12 de octubre) a La Nación, de Buenos Aires, la primera después de su nombramiento, el militar se refiere a la «epopeya» y asegura que el Alcázar «ha sentado los cimientos morales de nuestro futuro imperio». La entrevista la firma Javier E. Yndart [Indart] (1890-1966), un perito mercantil irunés con gran vocación de periodista que colaboró en numerosas revistas y periódicos, entre ellos varios diarios extranjeros, como The Daily Telegraph.

Con Franco entró también en la fortaleza toledana un cronista elegante, minucioso, un auténtico estilista al que los militares rebeldes, conscientes de su fama de primera pluma periodística, habían puesto un coche a su disposición con una bandera portuguesa. En el tercero de sus viajes por la España en guerra, Artur Portela (1901-1959), corresponsal del Diário de Lisboa, fue el primero en llegar a Talavera y el único que pudo relatar la conquista, sin ocultar la dureza empleada por el ejército de África. Su estilo, que desata al llegar al Alcázar, recuerda los cuadros de pintura romántica que evocan el patriotismo y el sacrificio como valores supremos. No sólo los vivos, afirma, defendieron la plaza, también los muertos, «las sombras vetustas de las tradiciones»; no en vano la espada de Carlos V «quedó intacta». El niño nacido durante el asedio «comió el pan mojado con el agua lustral del heroísmo» e incluso las mujeres empuñaron los fusiles de los moribundos. La prosa de Portela podía resultar vetusta incluso a los lectores de la época, acostumbrados ya al relato periodístico, pero no lo era para los militares que se levantaron el 18 de julio, encantados con el tono de los reportajes. En Larache, varias unidades militares desfilaron ante Portela. En su cuarto viaje —recogió sus peripecias en el volumen Nas Trincheiras de Espanha (Lisboa, 1937)— asiste al avance sobre Madrid: Getafe en llamas (Geoffrey Cox tendrá esta misma visión desde el lado republicano), Cuatro Vientos minado de bombas, fuego artillero en Alcorcón y por fin la Casa de Campo, donde el cronista posa tranquilo a pesar de que la foto «está tirada bajo un terrible bombardeo y en medio del crepitar enervante de las ametralladoras». Hemos seleccionado la crónica de la llegada de Portela al derruido Cerro de los Ángeles, donde los republicanos fusilaron al «Corazón de Jesús» en una de esas acciones absurdas, crueles e inútiles tan comunes de la Guerra Civil española.

Del otro lado, la relativa calma en la que había vivido la capital desde el asalto al cuartel de la Montaña en el mes de julio se rompió en octubre con el sonido perceptible de la artillería rebelde y los bombardeos de los Junkers alemanes. El Gobierno había intentado infructuosamente conseguir armas y apoyos, pero las potencias democráticas se habían decantado hacia la no intervención. Sólo contaba con la ayuda, entusiasta aunque testimonial, de México, y la colaboración de los rusos, tema polémico, polarizado y en buena parte desconocido hasta la apertura de los archivos de la URSS en los últimos años. Por diferentes razones, Stalin tardó en decidirse (en contra del apoyo inmediato a Franco de Hitler y Mussolini) y cuando lo hizo fue con cuentagotas para evitar una súbita ventaja republicana que los alemanes habrían interpretado como una provocación. A pesar de las dudas y de que la primera ayuda militar no entra en combate hasta el mes de octubre, los soviéticos fueron conscientes enseguida de que estaba en juego algo más que un cambio de Gobierno y de que España podía ser, según la famosa consigna comunista, «la tumba del fascismo». Muy pronto, el 8 de agosto, llegó Mijail Koltsov, al que siguieron los cineastas Roman Karmen y Boris Makaseev. Tres semanas más tarde se proyectaban en Moscú imágenes sobre la guerra española y se leían las crónicas en los periódicos.

Mijail Koltsov (1898-1942) era mucho más que un periodista. Enrolado a los veinte años en el Ejército Rojo, viajó por Asia y Europa y se especializó en grandes reportajes internacionales, que publicaba en Pravda, órgano oficial de los comunistas soviéticos, al que estuvo ligado toda su vida profesional. Fundó publicaciones y dirigió la famosa revista satírica Krokodil. En 1931 estuvo en Madrid entrevistándose con Azaña, ante el que intercedió en favor del partido comunista de España. Koltsov era, además de periodista, un agitador político y, según se dijo, «los ojos de Stalin», al que informaba directamente. Su intervención en la guerra trasciende el papel del corresponsal, aunque ni mucho menos lo anula, ya que era un reportero hondo e incisivo al que seguían miles de lectores. «La España que nos presenta no es un cliché, y uno se pregunta si existen, aun en países no totalitarios, muchos trabajos como éste, que den una impresión tan real de las cosas», escribe Aldo Garosci (Los intelectuales y la guerra de España, Madrid, 1981).

Koltsov analizó las causas de la pérdida de Badajoz, empuñó las armas en uno de los intentos fallidos de la toma del Alcázar, escribió tratados de táctica militar, intervino tal vez decisivamente en los sucesos de Paracuellos y representó a la URSS en el II Congreso de Escritores de Valencia, organizado por la Alianza Internacional de Intelectuales Antifascistas. Arturo Barea, en La forja de un rebelde, lo pinta como un hombre joven, de facciones enérgicas, gafas de concha y pelo castaño que acusa, colérico, de sabotaje a los que habían permitido que se filtraran noticias cuando el Gobierno salió hacia Valencia. En noviembre de 1937, después de quince intensos meses en España, volvió a su país. Con sus características gafas redondas, pequeño, nervioso, ágil de cuerpo y mente, inspiró a Hemingway el personaje de Karpov en Por quién doblan las campanas. «Un periodista soviético ha de ser partícipe en la historia sobre la que escribe», aseguró en Diario de la guerra española, cuyo primer volumen se publicó en 1938. No tuvo ocasión de ver publicada su obra íntegra. En 1942, tras su misterioso paso por Checoslovaquia, desapareció en una de las purgas de Stalin.

Tras la salida del Gobierno a Valencia a comienzos de noviembre, los corresponsales extranjeros destacados en Madrid estaban convencidos de que la entrada de Franco en la capital era inminente. Edward H. Knoblaugh (Corresponsal en España, Madrid, 1967) recordó que cruzaron apuestas sobre cuándo se produciría y dieciocho de los diecinueve presentes sostuvieron que en el plazo máximo de cinco semanas. Sólo uno de ellos, Jan Yindrich, de United Press, dijo que no entrarían «nunca», aunque matizó luego que no había pretendido más que animar la conversación. A diferencia del grupo posterior, que se estableció en el Hotel Florida, los periodistas tenían entonces su base de operaciones en el Hotel Gran Vía, justo enfrente del edificio de la Telefónica. «El restaurante del Hotel Gran Vía y otro restaurante vasco cercano a la Puerta del Sol surtía a los aviadores extranjeros, a los comisarios políticos y a los corresponsales», rememora Knoblaugh, director de la agencia Associated Press en Madrid: «Además de esto, los corresponsales extranjeros teníamos almacenadas grandes cantidades de víveres enlatados a los que podíamos recurrir en caso de total asedio». Entre los periodistas se encontraba Geoffrey Cox (1910), un joven reportero que había llegado la última semana de octubre para sustituir a su compañero Denis Weaver, hecho prisionero en zona nacional y a punto de ser fusilado. «El servicio de noticias sin rival del News Chronicle desde España no se verá perjudicado por esta desgracia. Otro corresponsal ya está en camino hacia Madrid», informaba el periódico el 27 de octubre. Setenta años después, en febrero de 2006, mantuvimos una interesantísima charla con él en su retiro de Gloucestershire (oeste de Inglaterra) en la que ofreció un relato vivo e intenso de los informadores en España. A ella remitimos para recrear estas jornadas; aquí vamos sólo a presentar sus crónicas, siguiendo sobre todo a Martin Minchom (edición e introducción a La defensa de Madrid, de Geoffrey Cox; Madrid, 2005), que nos allanó, además, el camino para llegar al último de los grandes corresponsales extranjeros de la Guerra Civil española.

Geoffrey Cox llegó, por tanto, para cubrir la caída de Madrid, aunque antes, en París, se había encontrado con Jay Allen y le había sorprendido diciéndole que la capital resistiría. Con un fotógrafo alemán exiliado que le acompañaba, casi pierde la vida en su primera visita al frente el 30 de octubre. Su aspecto era impecable y los milicianos le confundieron con un enemigo y le llevaron ante Líster, que reaccionó con una carcajada y les ofreció una cerveza. Madrid era una ciudad sumida en la tensa calma que precede a las catástrofes. Cox, en sus primeras crónicas, explica que se levantaban barricadas y que enseguida comenzaron los bombardeos. Iniciadas las hostilidades, la visita al frente de Getafe, el 4 de noviembre, era uno de los recuerdos imborrables de su vida profesional, rememoró setenta años después. En la crónica publicada en el News Chronicle el 7 de noviembre, afirma que la situación es «sumamente crítica». El punto álgido fue la salida del Gobierno en pleno hacia Valencia. Cox llama a su periódico y pregunta si se va también o se queda. Hay que tener en cuenta que el Chronicle era el periódico británico que más claramente se decantaba hacia la causa republicana y la entrada de los militares rebeldes le habría causado, cuanto menos, enormes incomodidades si no unos meses de cárcel. Pero su redactor jefe le dijo que se quedara porque allí estaba la noticia.

Es entonces cuando Cox asiste de verdad a la guerra, que observa desde la torre de la Telefónica y otros lugares estratégicos junto a su amigo inseparable Henry Buckley (corresponsal de The Daily Telegraph), y cuando se produce la noticia que da la vuelta al mundo: Madrid resiste. Sus crónicas, reelaboradas luego en su libro Defence of Madrid (Londres, 1937), son un relato palpitante de aquellos días heroicos. «Franco todavía no está en Madrid», titula el Chronicle el 11 de noviembre. Registra las primeras intervenciones de las Brigadas Internacionales, la llegada de columnas anarquistas, el regreso de Largo Caballero, los combates en el Clínico... Escritas al hilo de los acontecimientos, muestran claramente que, en contra de algunas interpretaciones posteriores, Franco hizo lo posible por entrar en Madrid y utilizó todos los medios a su alcance. Entre ellos, los gases y las bombas incendiarias alemanas. Martin Minchom, a partir de una información de Cox publicada el 3 de diciembre en la que se habla de que cinco miembros de las Brigadas Internacionales estaban hospitalizados por la inhalación de gases, recaba información de este aspecto poco conocido y concluye que es posible que se utilizasen gases, aunque posiblemente de forma ocasional y experimental, dado sobre todo el trazado zigzagueante y urbano del frente. El 5 de diciembre, en la crónica que hemos elegido, denuncia el uso de bombas incendiarias de fabricación alemana en Madrid y destaca el papel en la defensa del general Kléber, al que más adelante aludiremos, además de referir algunas acciones de elementos de la Quinta Columna (ya era de uso el término). Su estilo es conciso, pues Cox siempre quiso distanciarse de los periodistas que se colocaban por delante de sus informaciones, y su relato, ágil y pródigo en datos. El periódico de este día parece consagrar su gran trabajo publicando su fotografía. Había llegado un mes antes como solución de urgencia y regresó unos meses después a Londres convertido en uno de los mejores corresponsales de la guerra de España.

El polaco Ksawery Pruszyński (1907-1950) también fue testigo excepcional de la resistencia de Madrid. Entró a España por Barcelona y después de recorrer Valencia y Almería se trasladó a la capital para alojarse, cómo no, en el Hotel Gran Vía. Wiadomosci Literackie (‘Noticias Literarias’) era una revista fundada en 1924 por un judío asimilado que la derecha consideraba demasiado progresista y cosmopolita. En los años treinta fue la primera publicación polaca en ofrecer reportajes de carácter social y político, y por sus páginas pasaron los mejores escritores de la época: un espacio de libertad inusitado en una Europa central dominada por las dictaduras. Las crónicas de Pruszyński son equilibradas, objetivas, ligeramente moralistas pero muy pendientes siempre del lado humano de la noticia.

Arturo Barea explica la organización del trabajo en el edificio de la Telefónica: «Los periodistas tenían su propia sala de trabajo en el piso cuarto, escribían sus informaciones en duplicado y las sometían al censor. Una copia se devolvía al corresponsal, sellada y visada, y la otra se mandaba a la sala de conferencias, con el ordenanza. Cuando se establecía la comunicación telefónica con París o Londres, el corresponsal leía en alta voz su despacho, mientras otro censor sentado a su lado escuchaba y, a la vez, a través de micrófonos, oía la conversación accidental que pudiera cruzarse. Un conmutador le permitía cortar instantáneamente la conferencia». Las condiciones de trabajo de Pruszyński fueron especialmente difíciles. Una nota de su revista da cuenta de que las crónicas están llegando de forma intermitente y desordenada y de que el censor en lengua polaca se había ido con el Gobierno a Valencia, por lo que el enviado especial había tenido que enviar su último despacho en francés. En la crónica que reproducimos describe inmejorablemente el ambiente de los periodistas: el edificio de la Telefónica, las colas para llamar a París y a Londres y, sobre todo, el método para recabar información sobre el bombardeo al palacio del duque de Alba. «España siempre fascinó a la gente de mi generación. Desde los comienzos de la Guerra Civil, que fue el prefacio de la gran tragedia de toda Europa. El escritor polaco Ksawery Pruszyński escribió entonces un excelente libro en el que dio constancia de ese dramático conflicto que son las razones repartidas entre dos bandos», anotó el escritor, periodista y fundador de Solidaridad Adam Michnik en referencia a Wczerwonej Hiszpanii (En la España roja), publicado en 1939, donde Pruszyński recoge su trabajo como corresponsal en España.

La intervención de las Brigadas Internacionales —a cuya entrada en combate alude Cox y se referirá Pruszyński en su siguiente crónica— es posiblemente el episodio que más expectación levantó en la prensa de todo el mundo y el que dio definitivamente a la guerra de España su dimensión universal. No sólo por el reportaje, casi obligado, que todos los corresponsales hicieron de sus compatriotas brigadistas, sino por la intensidad del drama de muchos jóvenes extranjeros que dejaron su vida en la contienda. Barea, el mejor cronista del «otro lado» de los corresponsales durante estos días, se refiere al ofrecimiento que le hizo el escritor alemán Gustav Regler para llevar a los periodistas al cuartel general de las Brigadas y hacer que Kléber los recibiera. Aquello llenaría las primeras planas: «Habíamos echado a rodar la bola». Hay una inmensa bibliografía del tema, que sigue creciendo cada día, así como asociaciones de veteranos, encuentros anuales en campos de batalla, páginas web para reunir a antiguos combatientes o para rendirles homenaje... De las muchas crónicas que se escribieron sobre las Brigadas Internacionales (Barea señala las de Delmer, del Daily Express, y Delaprée, del Paris-soir), hay una que alcanzó enorme repercusión, escrita, además, por uno de los grandes corresponsales en España.

Herbert L. Matthews (1900-1977), corresponsal de The New York Times, llegó a Madrid a primeros de diciembre. «Era el lugar donde había que estar», escribió en Two Wars and More to Come (Nueva York, 1938): «Se había convertido en el centro del universo, aunque en aquel momento no era consciente de ello. Lo que sí sabía es que la gran noticia era Madrid». Neoyorquino, «larguirucho» (como lo definió Martha Gellhorn) y graduado en la Universidad de Columbia, Matthews había ascendido uno a uno todos los escalones del Times hasta terminar en Abisinia en 1935, como tantos otros enviados especiales a España. Con el trabajo de Matthews, el diario norteamericano sienta las bases de la mejor cobertura de la Guerra Civil en la prensa internacional: informaciones propias, directas y contrastadas (en la medida de lo posible) y, sobre todo, un corresponsal en cada zona y en cada lugar en el que se producía la noticia. «La importancia que dio The New York Times a la Guerra Civil española reflejó la intensa preocupación mundial que produjo la contienda», escribe Gabriel Jackson en La Guerra Civil española. Antología de los principales cronistas de guerra americanos en España (Barcelona, 1984), que recoge una selección de artículos del diario neoyorquino.

Matthews no era un profesional que se conformara con los comunicados oficiales, sino que se implicaba a fondo en su trabajo. En una de sus crónicas da cuenta de la presión de Franco sobre varios puntos con el objetivo de cortar la carretera entre la capital y Valencia. Hay rumores en las semanas posteriores de que la comunicación había sido finalmente interrumpida, por lo que el corresponsal —con Irving Pflaum, de la agencia United Press— se sube a un taxi, viaja hasta Valencia, comprueba que el camino sigue expedito y envía a su periódico información de primera mano. En las últimas fases de la batalla del Ebro, cansado de la estabilidad del frente, cruza el río en una barcaza con Hemingway y Buckley para entrevistar a Líster. Barea recuerda que en una ocasión, junto a la crónica, Matthews le alargó una cuenta que quería pasar a su editor que incluía gastos por el tratamiento de los sabañones. Para demostrarle que aquello no era una clave, le mostró las úlceras de los dedos y señaló «un sabañón púrpura descaradamente instalado en la punta de su nariz melancólica». No era cómoda la vida de los corresponsales.

El 3 de enero de 1937, The New York Times Magazine publica un amplio reportaje profusamente ilustrado que lleva por título «Combatientes autónomos de Madrid»: «Hoy se está librando en suelo español una guerra entre guerras», comienza Matthews, y cita las guerras contra el fascismo, las civiles en Alemania e Italia, las del proletariado en todos los lugares... En España «se ha puesto en marcha algo que va a dejar una huella profunda en las próximas generaciones. En la actualidad no se puede cometer un error mayor que considerar esta lucha como un simple conflicto localizado». Para comprender lo que está pasando, un buen camino es considerar a los hombres «que han venido de los cuatro rincones de la tierra a luchar por sus ideales» Comienza con Emil Kléber, comunista austriaco de vida novelesca cuyo arrojo, astucia e inteligencia habían salvado a Madrid del fascismo. Es ésta una de las principales mitificaciones del famoso general, en realidad un judío húngaro oficial del ejército bolchevique (la propaganda se ocupó de camuflar la presencia soviética en las Brigadas Internacionales) que terminó siendo ejecutado por Stalin en una purga. La entrada en combate de la XI Brigada Internacional tuvo un poderoso efecto en la población de Madrid y Kléber, a su mando, fue convertido en héroe, ensalzado por Rafael Alberti (que le dedicó una oda) y canonizado por Matthews, pero el reverso de la fama llegó pronto, y pasó al ostracismo e incluso dio nombre al «kleberismo» (que denominaba la actitud de los que se apropiaban de la gloria en detrimento de los españoles). El reportaje contiene también el perfil de otros brigadistas: el italiano Picciardi, el escritor alemán Gustav Regler; el sobrino de Churchill, Esmond Romilly, y el francés André Malraux. A todos les une que odian el fascismo. Esta crónica, afirma Varela Gomes (Guerra de Espanha, Lisboa, 1987), «hizo más por la gloria del legendario cuerpo de los voluntarios internacionales que sus propios méritos en combate».

Incansable, melancólico, quejándose de sus neuralgias, su figura desgarbada se hizo habitual en los escenarios de la guerra junto a Hemingway, al que a menudo orientaba en las informaciones (hay rasgos suyos en Robert Jordan, protagonista de Por quién doblan las campanas). Matthews personifica, además, el debate del periodista entre objetividad y compromiso tan característico de la guerra española. Consideraba «una estupidez absoluta» la pretensión de algunos corresponsales de estar libres de prejuicios y añadía que el lector puede exigir que se le proporcionen todos los datos en torno a un hecho, pero no que el redactor esté de acuerdo con él. Barea, que le oyó discutir con su diario y amenazar con dimitir si se matizaban sus referencias a la intervención italiana, asegura que triunfó en el enfrentamiento. «Los buenos periodistas», decía, «deben escribir con el corazón y con el cerebro» (The Education of a Correspondent, Nueva York, 1946). Después de España se fue a Roma y luego dirigió la oficina en Londres de The New York Times. Precisamente su compromiso —escribió algunos libros casi propagandísticos (The Yoke and the rrows, Nueva York, 1957), fue amigo de Fidel Castro— y los nuevos tiempos le fueron apartando de la primera línea del periodismo norteamericano de la que sin duda era merecedor.

Muchos corresponsales extranjeros en la Guerra Civil han reflexionado de una u otra forma sobre los límites de su trabajo. Con frecuencia se refieren a la censura de los dos bandos: intermitente, desordenada y en ocasiones fácil de burlar, en el caso republicano; más sólida en su planteamiento y compensada además con la posibilidad de confirmar sobre el terreno victoria tras victoria, en el nacional. Pero lo más frecuente es que las restricciones, advertencias y consignas fueran impuestas por las propias redacciones, como acabamos de comprobar con Matthews y veremos enseguida en Guernica. Para todos estaba en juego mucho más que un cambio político en España. Si Matthews representa al profesional comprometido, el francés Louis Delaprée (1902-1936) es el mejor ejemplo del corresponsal que lucha contra los límites que quiere imponer el periódico.

Con una tirada de 1 700000 ejemplares, Paris-soir era entonces el diario de mayor difusión de Francia, muy por encima de L’Intransigeant, que alcanzaba sólo los 200 000. Enviado por Paris-soir y uno de los primeros en llegar a España había sido Bertrand de Jouvenal, miembro de unas de las mejores familias de Francia, al que perseguía la leyenda de que había sido introducido en los secretos del amor cuando apenas era un adolescente por Colette, segunda mujer de su padre (y autora del detallado relato de los hechos). Luego él introdujo en los secretos del amor a una jovencita norteamericana ingenua e idealista que recaló en París y está a punto de llegar a España, Martha Gellhorn, y habría sido el padre de su hijo si ésta no hubiera decidido volver a Estados Unidos y abortar. Martha, de la que al parecer estaba enamorado Matthews, acabó en la cama de Hemingway, pero sin que John Dos Passos lo supiera porque era muy amigo de la todavía mujer de éste, aunque una noche de bombardeo parece que se descubrió el pastel delante de otro testigo, Antoine de Saint-Exupéry, que había llegado a la guerra de España por segunda vez, enviado en esta ocasión por Paris-soir, el mismo periódico que contrató a Bertrand de Jouvenal al comienzo de las hostilidades...

Pero volvamos al periodismo antes de que los enredos de la tribu nos lleven demasiado lejos. Al tiempo que Jouvenal y dentro de la gran cobertura de Paris-soir (hasta 35 enviados especiales enumera François Fontaine: La Guerre d’Espagne, París, 2003) llegó Louis Delaprée. Arturo Barea, que hizo amistad con él, le describe como un hombre de una gran cultura, aficionado a la literatura, de cara pálida y con una bufanda rojiza al cuello. Cox añade a su aspecto un sombrero de fieltro gris y le recuerda exaltado, intentando convencer a todos de que su periódico no era fascista y que sólo intentaba dar noticias exactas. «Odio la política, como usted sabe, pero soy un hombre liberal y un humanista», dijo a Barea. Fue testigo del sitio del Alcázar y uno de los primeros en escribir el reportaje sobre Kléber y las Brigadas Internacionales. Contrató a la austriaca Ilsa Kulcsar, futura mujer de Barea, hasta que esta pasó a trabajar en la censura española. No cabe duda de que era un gran periodista, bien informado y minucioso en su trabajo, muy impresionado siempre por el horror de la guerra. En una de sus crónicas afirma que hasta el 19 de noviembre, en las tres semanas que Madrid llevaba siendo objeto de intensos bombardeos, habían muerto 2000 civiles, y añade: «¡Oh, vieja Europa, siempre tan ocupada con tus pequeños juegos y tus graves intrigas! ¡Dios quiera que toda esta sangre no te ahogue!». En nuestra antología recogemos la última crónica de Delaprée —no de las enviadas sino de las publicadas por su periódico—, en la que se refiere a los ataques y contraataques de la Ciudad Universitaria y contiene un patético llamamiento a la evacuación de la población civil.

En la mañana del 8 de diciembre, el avión en el que volvía a París fue abatido —por fuego republicano­— y tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en Pastrana. Delaprée resultó herido y murió al cabo de unos días. Su cuerpo fue trasladado a París, donde el Gobierno francés le concedió la legión de honor y organizó un solemne entierro. Poco después L’Humanité dio a conocer un mensaje que había escrito antes de salir de Madrid (gracias a la copia con la que se quedaba la censura española) y que transcribe Cox en su libro: «Ustedes no han publicado la mitad de mis artículos. Tienen derecho, pero me imaginaba que, por amistad, me habrían ahorrado un trabajo inútil. Durante tres semanas me he levantado a las cinco de la mañana para darles noticias para sus primeras ediciones. Me han hecho trabajar para la papelera. Gracias. Cojo un avión el domingo salvo que encuentre el sino de Guy de Traversay, lo que sería una buena cosa, ¿no es verdad?, así tendrían ustedes también su propio mártir. Mientras tanto no enviaré nada más. No merece la pena. La masacre de cientos de niños españoles es menos interesante que un suspiro de Mrs. Simpson» (divorciada norteamericana por la que Eduardo VIII, rey de Inglaterra, renunció al trono). Un año después de su muerte se editó El martirio de Madrid, en el que se recogen las crónicas que publicó en Paris-soir, las que no pasaron la censura y las partes, bastante numerosas, que el periódico tachó. Martin Minchom afirma que se suprimieron referencias a aspectos militares, como la confusión entre gubernamentales y rebeldes en la Ciudad Universitaria, la mención a la falta de recursos para evacuar a mujeres, niños y ancianos, y, en ocasiones, se retrasó la publicación de las crónicas, con la consiguiente pérdida de actualidad.

En su último mensaje, Delaprée se refiere a de Traversay, un reportero de L’Intransigeant que murió en Mallorca y al que su periódico derechista convirtió en un mártir. Por su parte, el partido comunista francés convirtió en héroe a Delaprée. La fotógrafa alemana Gerda Taro falleció aplastada por un tanque en la batalla de Brunete y su compañero Robert Capa le rindió homenaje en una célebre fotografía. Veremos más adelante que tres periodistas que iban con Kim Philby encontraron la muerte cerca de Teruel. No es fácil saber el número de corresponsales muertos en España. Edward Knoblaugh habla de «unos doce de distintas nacionalidades», pero es muy posible que fueran más. En ocasiones la frontera entre el informador y el soldado es difusa. José Mario Armero (España fue noticia, Madrid, 1976) se refiere a Mathieu Corman, corresponsal belga que cubrió el avance sobre Teruel con una granada en la mano izquierda y una pistola en la derecha. Ludwig Renn, Louis Fischer y John Cornford, descendiente de Charles Darwin, también dejaron la pluma por la espada. En Estados Unidos, el caso más célebre y comentado en la prensa fue el de Jim Lardner, que llegó como corresponsal del Herald Tribune pero se enroló en las Brigadas Internacionales poco después. Hemingway y Matthews no pudieron convencerle de que desistiera de su idea. Desapareció en combate y al cabo de varias semanas identificaron su cadáver por la acreditación de periodista. La carta en la que explica a su madre los motivos de su alistamiento, fechada en Barcelona en mayo de 1938, es sobrecogedora.

Milagrosamente salvó la vida Arthur Koestler (1905-1983), comunista húngaro que se había infiltrado en la España nacional como corresponsal de prensa. Fue descubierto al llegar a Sevilla, pero logró huir a Gibraltar y Luis Bolín, jefe de Prensa de Franco que le había facilitado una entrevista con Queipo de Llano, juró matarle personalmente. Después de no pocas peripecias, Koestler apareció en Málaga en enero de 1937 y allí fue testigo de la rendición de la ciudad y de la terrible represión. «Un hombre estaba corriendo escaleras arriba como un conejo», escribe Bolín (España. Los años vitales, Madrid, 1967): «Le di el alto. Cuando se volvió hacia mí reconocí a Arthur Koestler, el periodista que había desaparecido de Sevilla el verano anterior después de presentarse a nosotros como enviado especial del News Chronicle, diario izquierdista de Londres. De los dos, el más sorprendido puede que fuese yo, el más asustado él, y no sin razón, porque le estaba apuntando con una pistola del nueve largo». No apretó el gatillo, sin embargo, y aunque fue condenado a muerte, tres meses después Koestler fue canjeado por la esposa de un capitán detenida en el bando republicano, gracias a las presiones de la prensa anglosajona. En una nota publicada el 15 de febrero de 1937, News Chronicle informa de que Koestler ha sido indultado y agradece la solidaridad de todos los compañeros de la profesión. La experiencia mística que el corresponsal vivió en la prisión malagueña le inspiró una de las obras fundamentales escritas en la Guerra Civil, Spanish Testament.

Los lunes eran día de mercado en Guernica, una pequeña población a diez kilómetros del mar considerada como la patria de las libertades vascas. Ante su famoso roble, los reyes castellanos o sus representantes juraban respetar los fueros vascos. La mañana del lunes 26 de abril acudieron a la plaza de Guernica agricultores y ganaderos de la región, a pesar de que el frente se encontraba sólo a una treintena de kilómetros. El general Mola había iniciado un mes antes la campaña definitiva para la conquista del País Vasco con la siguiente amenaza: «Si no hay una rendición inmediata, arrasaré toda Vizcaya, empezando por las industrias de guerra. Tengo medios para hacerlo». A las cuatro y media de la tarde, el repicar de las campanas anunció que se acercaban aviones. Ya había habido alguna incursión aérea, pero Guernica no había sufrido nunca un bombardeo. Los Heinkel 111 de la Legión Cóndor bombardearon intensamente la ciudad y luego se dedicaron a ametrallar a la población que huía despavorida, sin tiempo de llegar a los refugios. Verdaderas oleadas de aviones aparecían cada veinte minutos, dejando caer bombas de 500 kilos; después, nuevas incursiones soltaban bombas incendiarias. Hubo más de 1600 víctimas, entre muertos y heridos, y la ciudad quedó derruida, aunque el roble permaneció intacto.

Dos periodistas viajaban aquella tarde hacia Guernica: George L. Steer (1909-1944), corresponsal de The Times, y Christopher Holme, de la agencia británica Reuter. Detuvieron su coche y vieron con claridad a los aviones alemanes, que arrojaron bombas sobre ellos y también intentaron ametrallarles durante unos quince minutos. Lograron regresar a Bilbao. Cuando cesó el bombardeo volvieron a Guernica con otros reporteros: Nöel Monks, del Daily Express, y Mathieu Corman, de Ce Soir. No había muchos más informadores en la zona porque el País Vasco había quedado aislado del resto del territorio de la República, y su misión era cubrir el bloqueo marítimo de Bilbao, que había sido violado por la armada británica. Monks publicó en su periódico el 28 de abril que no había visto nada más horrible que aquella ciudad en llamas y Steer trazó un relato exacto, contenido y riguroso de la mayor atrocidad de la Guerra Civil española: «Por su ejecución y el grado de destrucción perpetrado, el bombardeo de Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar».

Curiosamente, en los dos primeros días nadie puso en duda esta versión, pero la indignación fue creciendo de tal modo en el mundo y las imágenes eran tan atroces, que los militares rebeldes optaron por desmentir el bombardeo y llevaron allí a un grupo de periodistas para explicarles que la destrucción principal había sido debida a los incendiarios vascos. El embajador alemán en Londres, Von Ribbentrop, exigió una rectificación y amenazó casi con la guerra. The Times había hecho todo lo posible por minimizar las crónicas: su valoración y titulación contrasta con la misma información del mismo corresponsal y el mismo día publicada en Nueva York. Incluso en un editorial del 5 de mayo llegó a afirmar que era posible que parte de la destrucción hubiera sido obra de incendiarios, aunque no se podía negar que habían caído bombas. «Sin duda les ha molestado la primera crónica de Steer sobre Guernica», anotó el entonces director de la edición londinense, Geoffrey Dawson, «pero la veracidad de los hechos no ha sido desmentida y nosotros no hemos intentado recalcar ni remachar el tema».

El régimen de Franco negó siempre el bombardeo de Guernica a pesar de las pruebas abrumadoras. En su libro The Tree of Guernika (Londres, 1938), Steer afirma: «La destrucción de Guernica no fue sólo un espectáculo horrible para los que la presenciamos, fue además el objeto de la más gigantesca y absurda mentira que jamás escucharon oídos cristianos desde que Ananías fue conducido con los pies por delante a un horno ardiente». Pablo Picasso, que había recibido el encargo de pintar un mural para el pabellón español de la feria mundial de París, hizo universal el horror de Guernica con la obra que comenzó a pintar cuando leyó la noticia. Sudafricano de nacimiento y alumno de Winchester, Steer había cubierto para The Times la guerra de Abisinia, de donde fue expulsado por los italianos (Evelyn Waugh en Scoop [Merienda de negros], traza un divertido relato de estas peripecias). El periódico le prestó poca ayuda en la intensa polvareda que se levantó en todo el mundo a propósito de Guernica. Poco a poco dejó de escribir y se enroló en el ejército británico. Murió combatiendo contra los japoneses, en 1944, cuando contaba sólo 35 años de edad. A su muerte, el diario londinense publicó una breve necrológica en la que no se mencionaba Guernica, la gran noticia de la guerra que Steer se empeñó en contar al mundo. Decía escuetamente: «Fue nombrado corresponsal especial de The Times en España cuando hizo furor la Guerra Civil». La crónica se estudia en las escuelas de periodismo.

«Me resulta difícil describir ahora España en aquella lejana primavera», escribió en sus memorias Ilya Ehrenburg (1891-1967), «pasé en ella no más de dos semanas, y luego la vi durante dos años ensangrentada, martirizada, vi pesadillas de guerra que no soñó ni Goya». La mirada de Ehrenburg es siempre trascendente y sus crónicas son un grito desgarrado que escarba en la desolación en busca de la esperanza. Después de que la guerra mostrara su verdadera faz en Guernica, Ehrenburg entra en España, visita ciudades y frentes, vuelve a París y regresa al poco tiempo para asistir al II Congreso de Escritores de Valencia, celebrado en julio de 1937, en el que participaron o al que se adhirieron autores como André Malraux, Alexei Tolstoi, Tristan Tzara, Stephen Spender, Ernest Hemingway, Mijail Koltsov, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Octavio Paz, Rafael Alberti, Antonio Machado, Miguel Hernández, José Bergamín, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y un largo etcétera. Conocía bien España, había escrito sobre la dictadura de Primo de Rivera y sobre la revolución de Asturias. Le interesaban la cultura, Goya y Cervantes, y estudió español para leer los versos del Arcipreste de Hita. El periódico Izvestia le mandó a la guerra, y sus crónicas, recogidas en el volumen Corresponsal en España (Barcelona, 1998), son un ejemplo de percepción profunda del drama que se desarrolla ante sus ojos. Regresó en varias ocasiones, buscando siempre el testimonio directo, la reflexión capaz de explicar por qué pasan las cosas. A diferencia de su compatriota Koltsov, Ehrenburg no era un hombre de acción, sino un literato que en sus crónicas bebe con los campesinos, denuncia el uso de rehenes en el Alcázar, discute con Durruti, canta La Internacional y se entusiasma con los brigadistas: «Algún día, uno de los héroes supervivientes escribirá, con lágrimas en los ojos, un libro deslumbrante sobre el coraje y la fraternidad. Será la historia de las Brigadas Internacionales. Escribo estas líneas sentado en un camión. He olvidado lo que es una mesa, un tintero». Tuvo más suerte que el corresponsal de Pravda y se salvó, no sin problemas, de las purgas estalinistas. En su crónica «Primavera en España» observa la vulnerabilidad de las casas de Madrid, expuestas a las miradas de los curiosos, sin paredes, al borde del derrumbe. A pesar de todo, la ciudad se ve sorprendida por la irrupción de la primavera. Junto a los cañones, cantan los pájaros: es la época de su amor fugaz. Una criatura ha nacido mientras retumban los cañones y aúllan las sirenas. «Jamás hubiese creído que había tantos héroes en el mundo», escribe Ehrenburg.

La primavera de 1937, en Barcelona, se tiñó de sangre. A finales de abril estalló la tensión tanto tiempo acumulada entre comunistas y anarquistas y se sucedieron una serie de incidentes que desembocaron en una guerra dentro de la guerra. En el centro de la ciudad la lucha se intensificó en los primeros días de mayo, sobre todo en torno al edificio de la Telefónica de la plaza de Cataluña, que controlaban los anarquistas. Lo que sucedió esos días marcó la trayectoria literaria y humana de un joven escritor que había llegado a la ciudad condal el día después de Navidad de 1936.

Eric Blair, que utilizaba el seudónimo literario de George Orwell (1903-1950), se sintió asqueado y culpabilizado por la política colonial británica después de cinco años de servicio en Birmania y regresó a Europa con la firme convicción de convertirse en escritor y denunciar la explotación y la injusticia, siguiendo la estela de los reportajes sociales de Jack London. Anduvo por París y Londres disfrazado de vagabundo, husmeó en las minas inglesas para denunciar las condiciones de vida de los trabajadores hasta que se apuntó a la guerra de España, donde acudió con la idea de escribir artículos para los periódicos. Aunque su intención primera fue engrosar las filas comunistas, terminó alistándose en el POUM y estuvo en el frente de Aragón entre enero y abril de 1937. Regresó a Barcelona con un permiso para encontrarse con su mujer, cuando empezaban los enfrentamientos callejeros. Todavía Orwell no es consciente, pero se ha abierto una brecha entre dos concepciones de la revolución. Diez días después una bala perdida le atraviesa el cuello y le deja una cuerda vocal inutilizada. Ramón Fernández Jurado, su compañero de habitación en el hospital, dirá que era «un tipo antipático». Mientras tanto, Andreu Nin, líder del POUM, es secuestrado —será asesinado poco después en Madrid—, el partido declarado ilegal y sus líderes encarcelados. Orwell, con su esposa y otros dos ingleses, logra salir de Barcelona.

Su libro Homenaje a Cataluña, publicado en 1938, forma parte de la memoria de la guerra de España y es una rotunda y valiente denuncia del estalinismo y de los regímenes totalitarios, un sentimiento que cristalizará en obras posteriores como Rebelión en la granja y 1984. Pero antes Orwell escribió un artículo para la revista New English Weekly en dos entregas: «Spilling the Spanish Beans», el germen de lo que será el Homenaje..., que estaba entonces redactando. El autor muestra en este artículo su sentimiento de fraternidad con las víctimas de la represión comunista y critica la deformación de los acontecimientos que ofrecen los periódicos de izquierdas. Señala también el carácter contrarrevolucionario del comunismo español y la contradicción en la que éste cae al unirse a los capitalistas para combatir el fascismo mientras reprime a los revolucionarios. Orwell denuncia a la prensa, pero desde la prensa, y seguirá vinculado a ella toda su vida con sus trabajos para la BBC y como director literario del Herald Tribune.

Para llegar a España, Martha Gellhorn (1908-1998) tuvo que dejarse la piel. Tras no poca insistencia, había conseguido una carta que la identificaba como enviada especial de la revista Collier’s, una publicación inspirada en el New Deal de Roosevelt que, bajo la dirección de Bill Chenery, había cosechado en poco tiempo un resonante éxito, al que no era ajeno su impecable factura. La revista le proporcionó la carta, pero Martha, para pagarse el pasaje, aceptó la bien remunerada propuesta de Vogue y escribió un reportaje sobre «los problemas de belleza en la mediana edad». Aunque estaba lejos aún de la mediana edad —tenía sólo 27 años— no tuvo inconveniente en experimentar en carne propia el milagroso tratamiento que exfoliaba la primera capa de piel y descubría otras «más frescas». Años después, confesó a una amiga que aquel mejunje le arruinó la piel, pero le condujo a España. No era, desde luego, mujer que se arredrada fácilmente: «Estudié un mapa, cogí un tren, me bajé en la estación más cercana a la frontera hispano-andorrana, recorrí la escasa distancia que mediaba entre los dos países y subí a otro tren de viejos vagones fríos y pequeños llenos de soldados de la República española que volvían a Barcelona después de un permiso».

Hija del único ginecólogo de Saint Louis y de una luchadora por los derechos civiles, Martha recibió una formación progresista y liberal, estudió literatura inglesa y se fue a vivir a París con la «generación perdida» hasta que cayó en los brazos del primer hombre de su vida, Bertrand de Jouvenal. Gran amiga de Eleanor Roosevelt, formaba parte del entorno gubernamental decidido a sacar al país de la crisis cuando, a finales de 1936, conoció al segundo hombre de su vida, Ernest Hemingway, acodado en el bar Sloppy Joe’s de Cayo Oeste. Hemingway —Hem, para los amigos— comentó que las piernas de aquella chica arrancaban de sus hombros, y ella le habló de compromiso y de la guerra de España. Cuando Martha planteó la posibilidad de ir juntos, el «glorioso ídolo», como le definió, le repuso que no era posible, pero tal negativa no varió un ápice sus planes.

Martha Gellhorn describe Barcelona como una ciudad «luminosa y alegre» abarrotada de milicianos con toda clase de uniformes y armas en la que no se paga por nada y todos parecen hermanos: «A los muchos que no han experimentado esta sensación, siquiera un instante, puedo decirles que es lo más maravilloso que puede suceder». Deja a los dos días Barcelona —cuyo sueño anarquista está a punto de quebrarse— y en Valencia encuentra a Sidney Franklin, un rubio torero norteamericano protegido de Hemingway y secretario de todos —«un alegre estúpido» le bautizaron las víboras de la prensa— que había ido a por provisiones. Viaja con él a Madrid, a donde llega el 27 de marzo de 1937. Encuentra una ciudad fría, enorme, envuelta en la más absoluta oscuridad y por la que se avanza con cuidado atendiendo a los ruidos que encogen el corazón. En el Hotel Florida están los muchachos, los «extranjeros de la prensa», entre los que se adelanta Hem: «Sabía que vendrías». Según Caroline Moorehead, biógrafa de la Gellhorn (Martha Gellhorn, Barcelona, 2004), a los pocos días, en la habitación 109, entre el rumor de los bombardeos y el trajín de la multitud que pululaba por el hotel, consumaron su relación. Después de la guerra Martha se convirtió en su tercera mujer y en la coprotagonista (con otro nombre) de La quinta columna, la única pieza teatral de Hemingway, en la que recrea la vida del mítico hotel de la Plaza de Callao, hoy ocupado por unos grandes almacenes de nombre inglés.

Entre putas, humo y comisarios políticos que entran y salen, el Hotel Florida era un hervidero de periodistas y visitantes extranjeros, de voces y pasiones desatadas donde podía encontrase casi de todo menos información fidedigna. En la habitación de Sefton Delmer (gran amigo de Barea), corresponsal del Daily Express que parecía «un obispo inglés», se bebía whisky y cerveza a cualquier hora con la Quinta Sinfonía de Beethoven de fondo. Soldados, poetas, aventureros de todas las razas y nacionalidades se dejan caer por el único lugar de Madrid, según se dice, donde es posible darse una ducha con agua caliente. El actor Errol Flynn hace una aparición espectacular por el hotel en busca de publicidad. Saint-Exupéry reparte pomelos. Hemingway monta en cólera porque han desaparecido de su armario dos botes de mermelada. Matthews quiere mudarse a un lugar más tranquilo, aunque hay quien dice que se va porque Martha, que le daba masajes en la cabeza, no le hace caso. El alemán Gustav Regler y otros jefes de las Brigadas Internacionales cuentan la evolución de las operaciones a quien quiere escucharles. De allí a la Telefónica y a los bares que, como Chicote, siguen abiertos y servirán de escenario a los grandes escritores que acudieron a la llamada de España.

Martha es autora de un libro sobre la Depresión de cierto éxito y de algunos artículos, pero no se considera corresponsal de guerra. Sostiene que no sabe nada de operaciones militares ni de lo que en realidad está pasando y que sólo si fuera testigo de algo extraordinario tendría tema para escribir un artículo. Fue Hemingway —al que Martha, después de una tormentosa separación, se refiere sólo como «un amigo periodista»— quien intenta convencerla: «A quién podría interesarle, pregunté yo; no era más que la vida cotidiana. Él me hizo ver que aquella no era la vida cotidiana de todo el mundo» (The Face of War, Londres, 1959). Se decidió: «Envié a Collier’s mi primer artículo sobre Madrid, sin esperar que lo publicaran; pero yo tenía aquella carta, y conocía la dirección de la revista. Collier’s aceptó mi artículo, y después del siguiente puso mi nombre junto al del resto de la plantilla. Me enteré por casualidad. Si estaba en plantilla, no había duda de que yo era corresponsal de guerra. Y así empezó todo» .

Su primera crónica, «Only the Shells Whine» («Sólo gimen los obuses»), publicada el 17 de julio de 1937, ya muestra sus extraordinarias dotes de periodista. La descripción del sonido de los obuses cayendo, la interminable espera, la apariencia de normalidad que intenta alcanzar una ciudad sitiada, el café que vuelve a abrir después de que por la mañana murieran tres hombres... Refugiarse no conduce a nada, y los limpiabotas esperan clientes en la plaza Mayor. El portero resiste en la zona de Madrid más castigada porque espera para sus hijos una vida mejor; el hospital se improvisa en el Hotel Palace; a Chicote, tan lleno como siempre, se accede por una calle que es tierra de nadie. Martha Gellhorn lleva al lector de la mano por una ciudad sin pánico, sin histeria, sin odio, resignada a su destino fatal. Había captado la guerra y ya no dejaría de contarla. Desde entonces, no hubo escenario bélico al que no acudiera. Estuvo en China a comienzos de los años cuarenta y entró en Dachau con las tropas aliadas; cubrió tanto el conflicto árabe-israelí como el del Vietnam. Con 81 años viajó a Panamá para ver lo que ocurría con las tropas estadounidenses. Vicente Molina Foix contó en un artículo que conoció en Madrid a una Martha Gellhorn de 82 años «humorística, aguda, hermosa en su ancianidad». Cenaron con Juan Benet y Javier Marías y, al terminar, quiso seguir la velada y propuso ir a tomar una copa. Cuando oyó el nombre de Chicote preguntó: «Is it still there?». Cerraron el bar a las tres de la madrugada.

Por aquellos días, en un Hispano-Suizo y procedente de Valencia, llegó también al Florida John Dos Passos (1896-1970), uno de los escritores norteamericanos del momento, portada de Time a comienzos de agosto de 1936, para envidia de Hemingway. No venía como corresponsal de guerra sino para localizar los exteriores de la película documental Spanish Earth (Tierra española), una iniciativa que había puesto en marcha junto a Lillian Hellman y Hemingway, entre otros, con la intención de influir en el presidente Roosevelt y en la opinión pública estadounidense en favor de la República. La película iba a ser dirigida por el comunista holandés Joris Ivens, y enseguida habían surgido discrepancias entre los dos guionistas, ya que Hemingway quería mostrar la evolución militar de las campañas mientras Dos Passos se decantaba por reflejar la vida cotidiana. La vieja amistad entre ambos terminó de quebrarse en España y el detonante fue el llamado «caso Robles», del que se ha ocupado en un libro reciente Ignacio Martínez de Pisón (Enterrar a los muertos, Barcelona, 2005). Traductor de Manhattan Transfer al español y amigo de Dos Passos desde hacía veinte años, José Robles desapareció sin dejar rastro después de ser detenido por los servicios secretos soviéticos. Al comienzo de la guerra se había puesto incondicionalmente al servicio de la República, y trabajaba como traductor en el Ministerio de la Guerra y en la embajada de la URSS en Valencia. Una inoportuna y tal vez involuntaria indiscreción, o simplemente una represalia ejemplar hacia quien no comulgaba con los comunistas, le costaron la vida, ante el silencio general o las medias palabras con las que se topó Dos Passos cuando se interesó por su suerte. Josephine Herbst fue testigo del enfrentamiento a mediados de abril entre Hemingway y Dos Passos a propósito de Robles. Para el primero, un caso aislado, incluso la vida de un hombre, no podía hacer tambalear la causa de la República; el segundo, horrorizado por los métodos comunistas y la connivencia general ante semejante crimen, salió de Madrid a los pocos días y ni siquiera figura en los títulos de crédito de la película de Ivens.

Pero Dos Passos escribe y reflexiona paseando por Madrid y su crónica, publicada en Esquire unos meses después, es una certera recreación de la ciudad sitiada, del sinsentido de la guerra. Se despierta con el cuello tenso y con el estruendo de las bombas, entre los periodistas que comparten pomelos e intentan hacer café. Recorre las calles de la ciudad que conoció años antes y evoca el edificio de la Telefónica, tan neoyorquino, el destruido cuartel de la Montaña, la extraña mirada de don Quijote y Sancho en la plaza de España, la librería que permanece abierta, la puerta acristalada que, abierta, se vuelca al frente... Visita trincheras, habla con soldados y se fija en el rostro de los brigadistas. Alude a la visita esa noche de «un grupo de pelucones parlamentarios británicos» (una delegación de damas británicas, encabezada por la duquesa de Atholl), al que atiende un agotado Arturo Barea. Se han comido todo lo que había y los corresponsales norteamericanos, hartos de whisky, protestan. Vuelve al hotel: «Al desvestirme en mi tranquilo y limpio cuarto con luz eléctrica, agua caliente y baño, yo no podía menos que sentir una especie de temor reverente ante la gente de esta ciudad». Una noche, posiblemente la del 17 de abril de 1937, cayó un obús y entre la polvareda, los cascotes y las prostitutas que gritan y corren por los pasillos, se cruzaron en el hall tres corresponsales irrepetibles: Antoine de Saint-Exupéry, con una impecable bata de satén azul; John Dos Passos, con batín corto de cuadros escoceses, y Martha Gellhorn, que se había echado el abrigo encima del pijama y salía de la habitación de Hemingway.

Hay una fotografía, tomada el 14 de julio de 1936, que muestra a los comensales de la cena de amistad anglo-alemana ofrecida en honor de la hija del káiser, la duquesa de Brunswick. Entre las personalidades británicas que, en mesas presididas por esvásticas, manifestaron su solidaridad con la causa nazi, se puede atisbar, al fondo, la cabeza de un joven que permanece atento. Harold Kim Philby (1912-1988) completaba así una apariencia de evolución política que supuestamente le habría llevado de los planteamientos comunistas de su juventud hasta el fascismo en versión británica. Estaba en el lugar oportuno en el momento preciso y cuatro días más tarde estalló la guerra de España. Philby trabajaba entonces en la Review of Reviews resumiendo artículos de manera anodina y aprendiendo a la vez el oficio. Comenzó a colaborar en la revista de la Sociedad Anglo-Germana hasta que, en febrero de 1937, llegó a la España de Franco, en la que permaneció hasta el final de la guerra. No traía más que una indefinida conexión con The Times, al que envió una serie de artículos, consiguiendo que le publicaran alguno de ellos. En mayo de 1937 sustituyó al corresponsal hasta entonces, James Holburn, y regresó unos días a Londres para recibir instrucciones. Philby sabía que, desde la Primera Guerra Mundial, una corresponsalía del Times en el extranjero era el mejor camino para conseguir su objetivo: ingresar en las filas del servicio secreto británico. Ni sus más íntimos allegados sospechaban que, mientras tanto, era un activo agente del espionaje soviético.

El tórrido verano de 1937, después de la batalla de Brunete, se centra por parte de los sublevados en la ofensiva sobre Santander. Tras la desaparición de Mola en accidente de aviación y estacionado el frente en Madrid, Franco avanza hasta conquistar por completo en octubre toda la zona norte. En Salamanca, cuartel general del Generalísimo, Philby es un corresponsal ejemplar, que jamás dio un problema a Pablo Merry del Val, encargado de informar y atender a los corresponsales extranjeros, ni a Luis Bolín, que le describió como «un chico muy decente, cuyas informaciones inspiraban confianza por ser siempre objetivas». Para terminar su camuflaje ideológico y tal vez animar las veladas de la pacata España nacional, Philby mantuvo una relación amorosa con lady Frances, ardiente monárquica y mediocre actriz a la que hizo creer que compartía sus opiniones.

Cuando se desencadenó la ofensiva final sobre Santander, el corresponsal mandó una información que ilustra la inclinación nacionalista de todos sus trabajos. Aséptica, descriptiva, muy documentada, pero descansando sutilmente sobre la abrumadora superioridad armamentística de los atacantes y su eficacia, la crónica, publicada el 26 de agosto y fechada dos días antes, estaba llamada a despertar el interés internacional ya que describía el avance de tres divisiones italianas. Afirma, por ejemplo, que los «observadores rusos estaban impresionados por la actuación de los tanques italianos Fiat-Ansaldos». El día 26 anota que el entusiasmo de la población ante la entrada de los nacionales en la ciudad era «inequívocamente verdadero». The Times publicó encantado estas notas de su enviado especial, que atemperaban la marejada de sonoras protestas del Eje desencadenadas por la crónica de Steer sobre Guernica. Los compañeros de Philby en España recordaron que no paraba de hacer preguntas sobre el número de regimientos, divisiones y soldados. Alguien le vio en contacto con miembros del servicio secreto británico, por lo que es más que probable que se hubiera convertido ya en agente al servicio de su majestad británica. Un funcionario de prensa español, que hacía en el bando nacional lo que Barea en el republicano, se extrañó de que no recurriera a las habituales artimañas para intentar obtener información o pasarla: pensó que era porque se trataba de un caballero, del representante de The Times.

Philby siguió el avance de Franco hasta que, a finales de año, la caravana de coches con periodistas que había partido de Zaragoza con destino a la batalla de Teruel paró en un pueblo llamado Caudé. Salieron todos a estirar las piernas, pero volvieron pronto al interior del vehículo por el intenso frío. La bomba arrojada por un cañón ruso —precisamente— impactó de lleno en el coche. Bradish Johnson, fotógrafo de Newsweek, se desplomó sin vida con la espalda agujereada y otro norteamericano, Ed Neil, de la Associated Press, logró salir con la pierna rota por dos sitios, pero murió un par de días después por la gangrena. Dick Sheepshanks, de la agencia Reuter, que charlaba en ese momento con Philby, fue alcanzado en la cabeza, perdió el sentido y falleció a las pocas horas. El único que se libró de la muerte y no sufrió más que cortes en la cabeza y la muñeca fue el corresponsal de The Times. La prensa internacional publicó las fotos del coche impactado y de Philby herido. El 3 de marzo de 1938, en Burgos, Franco personalmente prendió la Cruz Roja del Mérito Militar en el pecho del más famoso espía comunista del siglo XX.

Las memorias de Philby, publicadas cuando ya había pasado al otro lado del telón de acero y muy tamizadas por la censura soviética de entonces, no se refieren a este episodio, pero sí a otro que no nos resistimos a reseñar. Un fin de semana anterior a la toma de Santander, aburrido por la inactividad del frente, decidió ir a Sevilla, para escribir sobre los discursos radiofónicos de Queipo de Llano que apasionaban a los ingleses. De allí se trasladó a Córdoba para asistir a una corrida de toros. Le aseguraron que no hacía falta pase alguno, pero una pareja de desconfiados guardias civiles le despertó de la habitación del hotel en el que se alojaba, le pidió que recogiera sus pertenencias y que les acompañara a comisaría sin quitarle ojo de encima. Hacía falta un pase que no tenía y le registraron minuciosamente el equipaje. En un bolsillo interior de los pantalones escondía un papelito con las instrucciones para el uso del código del servicio secreto ruso. En un instante, arrojando con fuerza la billetera para desviar la atención de sus vigilantes, hizo una bolita con el papel y se lo tragó. Philby concluye diciendo que pasó muchos peligros en su vida de espía, pero que en las operaciones arriesgadas se calculan todos los riesgos: «Son los incidentes como el que acabo de describir, los que le exponen a uno a un peligro mortal» (Mi guerra silenciosa, Barcelona, 1969). Lo que no consiguieron ni el espionaje ni el contraespionaje británico y norteamericano, estuvo a punto de lograrlo la Guardia Civil de Córdoba en aquellos heroicos días de la guerra.

Nada heroica, sin embargo, es la imagen que ofrece de Philby otro corresponsal que coincidió con él en Salamanca y luego en la cobertura de Santander. «Una mañana llamó a mi puerta un periodista inglés que me pareció que se encontraba ya en estado avanzado de embriaguez», escribe Indro Montanelli (1909-2001) en Memorias de un periodista (Barcelona, 2003). Philby le dijo que le habían echado de su habitación porque no pagaba y que en España el whisky era muy caro. Se acomodó en la habitación de Montanelli y se dedicó a «saquear» no sólo su información sino también sus pertenencias. Hasta que un día desapareció «aquel borrachín gandul, y lo lamenté porque en el fondo me caía simpático». Veinticinco años después, cuando se pasó a la URSS, reconoció su foto en los periódicos. Le envió sus saludos y Philby le contestó con una caja de caviar y una nota que decía: «Gracias por todo, incluidos los calcetines». Montanelli afirma que Philby trabajaba para The Daily Telegraph, lo que puede ser cierto, y no un error como se ha dicho, porque al principio el inglés envió crónicas a varios periódicos hasta que consiguió hacerse un hueco en The Times, y además no hay que olvidar que hizo fortuna aparentando lo que no era.

Indro Montanelli fue contratado por Il Messaggero gracias al éxito que había obtenido con la publicación de sus experiencias como voluntario en la aventura italiana en Eritrea. Enseguida sospecha que la guerra de España en manos de la propaganda de Roma habría de convertirse «en una charlotada». Franco les contenía, pero los mandos italianos exigían un papel protagonista para sus legionarios. Tanto las reflexiones recogidas en las memorias como las crónicas son, por tanto, necesariamente distantes y satíricas, adoptando un punto de vista crítico y escéptico. La guerra en Soncillo, un pueblo cercano a Vitoria, no es más que «una existencia suspendida entre la vida y la muerte, típicamente española». Un guardia civil le invita a presenciar el fusilamiento de dos milicianos. Hacía un frío intenso y el guardia dice a los condenados: «Dichosos vosotros que no habéis de hacer el viaje de vuelta». Llega a Brunete un día después de terminar los combates: «Veinte mil hombres, entre rojos y azules, habían quedado pudriéndose en el campo de batalla». En Salamanca tiene ocasión de conocer a Franco, de quien dice que no era un guerrero sino «un hombre de gabinete metódico y sin nervios», y, en los días de la guerra, «conversador y campechano». En San Juan de Luz coincide con Hemingway, que «no quiso entender cómo era el comunismo», al que acompañaba una «hermosísima» Martha Gellhorn, «una roja endemoniada que se convirtió en su tercera esposa».

La crónica más conocida de Montanelli es la referida a la conquista de Santander. El reportero había estado en el frente y sabía que la ciudad estaba cercada y que se rindió finalmente sin presentar batalla. Mandó una crónica en la que hablaba de un avance de veinte kilómetros sin disparar un tiro. «Un largo paseo y un solo enemigo: el calor», publicó Il Messaggero el 19 de agosto: «Un avance que no se produjo a fuerza de fuego, sino de agua». Contradecía al resto de las informaciones triunfalistas en las que los periodistas italianos hablaban de un combate heroico a vida o muerte y de que la derrota de Guadalajara había sido vengada. Montanelli fue repatriado inmediatamente, le retiraron el carné del partido fascista y le expulsaron del colegio de periodistas. Cuando amenazaron con juzgarle, se defendió: «Desafío a mis acusadores a que mencionen el nombre y lugar de nacimiento de alguien muerto en aquella batalla. Porque en una batalla debe haber por lo menos un muerto». No llegaron a procesarle, pero fue confinado en el Instituto de Cultura de Tallín (Estonia). Montanelli terminó así su relación con el partido fascista e ingresó en una oposición activa en la que se mantuvo durante su larga vida de periodista.

Ese mismo mes de agosto de 1937, marcado por la tan aireada conquista de Santander, llega a España, procedente del Congreso Internacional de Escritores de París, un personaje singular. Poeta, dramaturgo y novelista, Langston Hughes (1902-1967) había inspirado toda su obra en el barrio neoyorquino de Harlem y en la lucha de sus compatriotas afroamericanos por sus derechos. Hablaba español, y el diario The Afro American de Baltimore le ofreció un contrato para que contase su visión del conflicto. Pasó por Barcelona y Valencia y se instaló con su amigo Nicolás Guillén en una lujosa mansión madrileña de la calle Marqués del Duero n.º 7, sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Hughes apenas visitó los frentes durante los seis meses que estuvo en la capital y se relacionó poco con la tribu que recalaba en el Hotel Florida. Le interesaba más lo que ocurría en un bar cercano a la Puerta del Sol: «En el mostrador pusieron jarras de cerveza. Ese iba a ser el zumo del desayuno, ¿pero dónde estaba la parte sólida?... Colocaron sobre la barra unas bandejas sobre las que cayeron las manos de los clientes; yo hice lo mismo y cogí un puñado de pequeños objetos, duros, calientes y grises, ¡mi primer desayuno fueron caracoles hervidos!». Su producción poética fue muy intensa: «Barcelona: ataque aéreo», «Luz de luna en Valencia: Guerra Civil», «Carta desde España a Alabama», «Canción de España» y «Madrid»; tradujo a Lorca y se relacionó con Alberti, Altolaguirre y Miguel Hernández. «Durante los meses que estuve en España», recordó, «traté a más escritores blancos que en cualquier otro periodo de mi vida». En un mismo café y bajo las bombas, podía coincidir con Hemingway, Dos Passos, Lillian Hellman, Stephen Spender y W. H. Auden.

La serie de reportajes para el The Afro American comienza con su llegada, junto a Nicolás Guillén, a Barcelona bajo un bombardeo aéreo. Al día siguiente, en las Ramblas, se encuentran con un hombre joven de color, un puertorriqueño de Harlem que trabaja como intérprete y les conduce a un club en el que se mezclan los cubanos negros y blancos, también con negros portugueses. Lo que resulta impensable en Estados Unidos, es posible aquí: «En España, como pude ver en el baile durante la tarde, no hay barrera de color y las chicas catalanas se mezclan alegremente con sus invitados negros». En su segunda crónica, publicada el 30 de octubre, expone que quiere escribir no sólo de los afroamericanos de las Brigadas Internacionales, sino también de los moros que luchan con Franco y son víctimas de la opresión en el Norte de África. Casi un centenar de médicos y enfermeras de color trabajan en España, entre ellos Salaria Kee, de Harlem. El cronista habla de la solidaridad de los negros con la República, desde Denver y Salt ­Lake City hasta los bailes benéficos de Josephine Baker en París. Los moros, por su parte, ocupan los lugares ofensivos más arriesgados y en muchas ocasiones han sido engañados para combatir a cambio de grandes sueldos. Sus crónicas, que continuó publicando hasta finales de enero de 1938, son a veces amables e incluso humorísticas, pero no duda, cuando tiene que hacerlo, en expresar con rotundidad sus ideas: «Denle a Franco un capirote y se hará miembro del Ku-Klux-Klan».

Otra mirada original es la de Virginia Cowles (1910-1983), una redactora que trabajaba para la sensacionalista prensa de Hearst hasta que un día decidió que la guerra de España era su oportunidad. «No tenía más cualificación de corresponsal que la curiosidad», anotó. Su planteamiento debía ser distinto, y lo fue. Cubrió el conflicto repartiendo el tiempo que estuvo en España entre los dos bandos; el libro en el que recoge sus experiencias, Looking for Trouble (Londres, 1941), se ha ido afianzando como una de las fuentes directas más citadas para la reconstrucción de la vida cotidiana en ambas zonas. Su paso por el Hotel Florida y el Madrid sitiado de 1937, con sus joyas y sus zapatos de tacón, a buen seguro fue impactante. Era alta, atractiva y muy aficionada a ir de compras. Junto a su amiga Martha Gellhorn descubre unos soberbios zorros plateados que ambas se mueren por tener. Con Delmer entra en una sastrería especializada en capas de lujo y pregunta al encargado qué tal va el negocio. «Son tiempos difíciles ¡Quedan tan pocos caballeros en Madrid!», responde. Lo que más le llama la atención es que los dependientes vuelvan a abrir los portones de las tiendas protegidos por sacos terreros después de cada bombardeo. Cuando llega a la España nacional, Virginia Cowles se da cuenta de que nadie quiere saber lo que de verdad pasa en Madrid y se rechaza todo lo que no se ajusta a los prejuicios generalizados. No se amontonan los cadáveres de los muertos en las cunetas hasta que se pudren ni se alimenta a los animales del zoo con prisioneros de derechas. Sus desmentidos caen en saco roto. Pablo Merry del Val, jefe de prensa de Franco, admirando la pulsera de oro que llevaba puesta, le dijo con una sonrisa: «Espero que no la llevara usted en Madrid». Al responderle que, en efecto, la llevaba, Merry del Val se sintió profundamente ofendido y nunca más volvió a dirigirle la palabra.

Pero detrás de las apariencias brotó una auténtica corresponsal de guerra. A diferencia de Martha Gellhorn, cuyas crónicas intentan suspender en el tiempo una palabra, un olor, una sensación, Virginia Cowles prefiere la discusión, el análisis, el artículo redondo en el que se recogen todos los puntos de vista. Ambas firmarán juntas Love Goes to Press, una comedia de enredo en tres actos con trasfondo de corresponsales, estrenada en Broadway con escaso éxito en 1947, pero que desgraciadamente no transcurre en España, sino en Italia. Cuando Virginia llega a Guernica con los nacionales, no se conforma con la versión oficial y pregunta a un viejo que removía cascotes. Le habla de muchos aviones italianos y alemanes. Luego, en el Estado Mayor, obtiene esta declaración (de obligada mención en cualquier análisis de los hechos) de un alto oficial: «La bombardeamos y la bombardeamos y la bombardeamos, y bueno ¿por qué no?”. Una nota de The NewYork Times del 9 de enero de 1938 dice que Cowles ha dejado España después de cinco meses en la guerra, tiempo que dividió entre los dos territorios. En marzo vuelve, enviada por el diario neoyorquino, y cubre los bombardeos sobre Barcelona. El 10 de abril, The New York Times Magazine publica el impecable reportaje que reproducimos en el que demuestra todo su conocimiento sobre lo que está ocurriendo en España. Con la misma naturalidad de siempre, Virginia Cowles regresó a su país y se dedicó a escribir best-sellers sobre los zares, el káiser, los Rothschild y los duques de Marlborough. Como si hubiera ido a Madrid a probarse un abrigo de zorros plateados.

La tercera de nuestras miradas de este apartado es también rabiosamente intensa y personal. Es de otra mujer, la sueca Barbro Alving (1909-1987), que firmaba «Bang» y escribía para Dagens Nyheter. Llegó a comienzos de diciembre de 1936 y pasó por Barcelona, Alicante y Albacete. En esta última ciudad se detiene para escribir una crónica, publicada el 9 de diciembre, sobre las Brigadas Internacionales, pero elige el lugar en el que se forman y de donde saldrán a luchar en la guerra. Hay un motorista de Manchester que está casado y su esposa piensa que está en una concentración de motos en Londres, y una francesa que ha estado ya en tres frentes y ha sido herida. No encuentra suecos ni noruegos por allí, sólo algunos daneses. La guerra se habría perdido de no ser por las Brigadas, que en Albacete entierran a sus muertos con un emocionado cortejo funerario. Se dice que han dado la vuelta a la situación en el frente. Bang sólo puede añadir una palabra: «¡Venceremos!». Llega a Madrid atravesando un camino lleno de restos de coches y en la radio sólo oye jazz porque no se soporta el silencio. Visita la embajada sueca, registra que todavía quedan cinco familias suecas en la capital, y recorre las calles, donde ve la destrucción y la muerte.

Bang escribe en forma de diario, con frases cortas y reflexiones profundas y propias mediante las que trata de conmover a sus lectores. A pesar de la derrota y la desolación, la periodista sueca cree en la transformación de la sociedad. Sobre todo en su segunda serie de reportajes, escritos a finales de 1937, se sumerge en escenarios que no frecuentan los corresponsales. Como la nueva universidad popular de Valencia, que ha sido abierta porque el fuego de la guerra no apaga la sed de formación. A su regreso de España, Barbro Alving decidió tener un hijo soltera y vivió con su compañera, Loyse, una experiencia precursora en el desarrollo de los derechos de los homosexuales. Fue sólo una de sus batallas, pues también militó activamente desde su trinchera periodística contra el belicismo y las armas nucleares.

Y por fin Ernest Hemingway (1899-1961). Ha ido apareciendo de forma intermitente a lo largo de este relato: su relación con la guerra de España merecería un catálogo aparte. En noviembre de 1936, el director general de la NANA, que reunía a sesenta grandes periódicos, le ofreció un contrato para cubrir el conflicto: 500 dólares el despacho (diez veces más de lo que cobraban los más afortunados). Hemingway se lo tomó con calma y tuvo tiempo para pescar, beber y admirar las piernas de Martha Gellhorn antes de hacer las maletas. Era ya una figura indiscutible del panorama literario de su país y no necesitaba un reconocimiento periodístico sino que buscaba nuevos y sugerentes temas para su obra, así como ejercer su militancia política. Antes de trasladarse a Europa realizó sonoras declaraciones sobre la necesidad de ayudar a la causa republicana, aunque era contrario a la entrada de Estados Unidos en una guerra europea. Pauline Pfeiffer, su mujer, intentó oponerse al viaje porque ya conocía a Martha y suponía que iba a ocurrir exactamente lo que ocurrió. Hemingway estuvo en España durante un par de meses en marzo y abril de 1937, como corresponsal de guerra y como guionista de Spanish Earth, proyecto al que ya hemos hecho referencia. Vuelve a Estados Unidos para el montaje y lanzamiento de la película, regresa en agosto y permanece en España hasta la batalla de Teruel. Durante 1938 todavía realizará un par de visitas más cortas. Su primera serie de crónicas, sobre la derrota italiana en Guadalajara y la defensa de Madrid, le llevaron a asegurar que Franco nunca tomaría la capital. Entonces llegó Martha Gellhorn y el Hotel Florida se animó aún más. Según Anthony Burgess (Hemingway, Barcelona, 1995) «se lo estaba pasando en grande». Era asiduo a las fiestas a base de caviar y vodka del cuartel general ruso, en el Hotel Gaylord de la calle Alfonso XI y raro el día que no pasaba por Chicote, donde transcurre alguno de sus relatos (La denuncia). Enviaba sus despachos con regularidad a la NANA y era habitual el sonido de la máquina de escribir de la habitación 109, en la esquina trasera de la tercera planta del Florida, que se mezclaba con el olor de los guisos del torero Franklin. Al comienzo de La quinta columna se menciona un cartel en la puerta de la 109: «Gente trabajando. Se ruega no molestar». 

Hemingway era considerado como el principal corresponsal extranjero en España y en calidad de tal disponía de un coche cuando quisiera sin restricción de gasolina, lo que causaba la envidia de más de uno, como Nöel Monks, que le llamó grosero y prepotente. La reportera Josephine Herbst, que también pululaba por el Florida, comentó el derroche que rodeaba a Hemingway y criticó los pantalones Sak’s de la Quinta Avenida y el pañuelo verde que usaba la Gellhorn. Habitualmente con Matthews y Delmer (y ahora con Martha) y conducidos por el fiel Franklin, visitaban los frentes con dos banderas a ambos lados del vehículo: una inglesa y otra norteamericana. Hem explicaba a su novia sobre el terreno la evolución de las batallas y la forma de protegerse de un ataque aéreo mientras ella le miraba con fascinación. Los jefes militares pidieron en una ocasión al mando de Madrid que no volviera por allí una rubia como aquella. Es difícil encontrar entre la numerosa tribu que estuvo en España un solo comentario elogioso hacia Hemingway (imposible en el caso de Martha Gellhorn), pero lo cierto es que corrió riesgos, estuvo más cerca de la batalla que ninguno de ellos y situó la acción de sus obras en escenarios reales. En la ofensiva que lanzó la República en la sierra de Guadarrama con el objetivo de conquistar La Granja de San Ildefonso transcurre parte de la acción de su novela Por quién doblan las campanas (dedicada a Martha Gellhorn), operación que se saldó con tres mil bajas —una tercera parte perteneciente a las Brigadas Internacionales— y un nuevo fracaso gubernamental.

Una repetición desastrosa de la ofensiva de Segovia fue, a finales de 1937, la toma de Teruel, «una de las batallas más crueles de toda la guerra», según Juan Benet (Qué fue la Guerra Civil, Barcelona, 1976). Teruel fue elegido como objetivo de este canto de cisne republicano por su situación en el frente aragonés (el saliente de los nacionales peor comunicado) y supone para los millones de lectores de todo el mundo que siguen las evoluciones bélicas en los periódicos, el revés del calor infernal de Badajoz: la lucha se desarrolló en un clima siberiano y en ocasiones la nieve detuvo las hostilidades. El Gobierno echó el resto también en la guerra informativa y Prieto, Rojo y todo el Estado Mayor se presentaron en las afueras de la ciudad el 19 de diciembre con un numeroso grupo de periodistas y corresponsales extranjeros entre los que se encontraban Hemingway, Matthews y Capa. El día 21 se lucha en Teruel y las fotos de los tanques republicanos en la ciudad helada ocupan las portadas de los periódicos. «Se distinguía a los dinamiteros corriendo por las primeras calles y los fogonazos de sus granadas al estallar dentro de las casas. Había llegado el gran momento: uno de esos momentos dramáticos de la historia y del periodismo», anota Matthews. Hemingway anunciará al mundo que Teruel ha sido tomado, pero no será más que un espejismo y Franco reconquistará pronto la ciudad. No enviaba crónicas, sino despachos que cada periódico engarzaba a su conveniencia. De todas estas versiones, hemos elegido la del conocido semanario de la izquierda norteamericana The New Republic, que se presenta como completa. Su lectura nos confirma la impresión de un periodista español que selecciona también la crónica de Teruel en su antología: «El reportaje se ajustaba al talento de Hemingway como un cigarro a los labios de Lauren Bacall» (Ignacio Ruiz Quintano, prólogo a La guerra, los toros, Cuba, África y mi mujer, Madrid, 1996).

A partir de Teruel el interés informativo por la guerra de España desciende considerablemente y no sólo porque la victoria nacional parece ineludible y ya no es noticia, sino porque se abren otros frentes informativos, sobre todo a partir de la entrada de los alemanes en Austria en marzo de 1938. Falta un año más de confrontación en España y batallas tan cruentas como la del Ebro, pero la atención de los periódicos es fugaz. Para completar nuestro recorrido hemos elegido dos crónicas que cierran la guerra: la caída de Barcelona y la de Madrid.

La cobertura de The New York Times quedaría coja si no recogiéramos alguna de las muchas y buenas crónicas que se escribieron en el bando nacional. William P. Carney (1898-1971) era un veterano corresponsal cuando llegó a España, donde permaneció largos años: desde la revolución de Asturias de 1934 hasta la parada militar de Franco en Madrid el 19 de mayo de 1939. Ferviente católico y políticamente conservador, estaba muy bien considerado en el bando rebelde y a menudo polemizó con Matthews sobre los sucesos de la guerra, pues se inclinaba por los nacionales tanto como éste por los republicanos. «Las pasiones se encendieron en las columnas de las cartas porque nosotros intentamos conjugar en el periódico las dos versiones», dijo Arthur Hays Sulzberger, editor de The Times en aquellos días. Bill Carney estuvo en Burgos, San Sebastián, Teruel, Salamanca y el frente de Aragón, pero también visitó el otro lado: Valencia, Barcelona y Madrid (Knoblaugh cuenta cómo fue expulsado de la zona republicana). Fue uno de los primeros en llegar para socorrer a los heridos tras el accidente de Philby. Juntos entraron luego en Barcelona. En un coche conducido por Enrique Marsans, se colaron hasta el centro de la ciudad antes de que estuviese por completo bajo dominio de los asaltantes. «El coche de este corresponsal», escribió Philby, «fue el primero en recorrer la gran Diagonal y entrar en la plaza de Cataluña. Allí nos vimos rodeados de una multitud enloquecida de entusiasmo que, llevando banderas rojigualdas, se subía a los estribos, guardabarros y capotas, gritando y levantando los brazos. Las lágrimas se mezclaban a los gritos y risas. La gente parecía fluctuar entre la histeria y la incredulidad». Después de la entrada de Franco, Carney investiga y descubre las huellas de la represión que se ha llevado a cabo en la crónica que reproducimos y se ilustra con dos impactantes fotografías: mientras los militares entran en Barcelona, miles de refugiados —entre 15 000 y 25 000— cruzan la frontera francesa. Después de la guerra Carney se especializó en Latinoamérica y se instaló en México, donde murió a los 77 años.

Al surafricano O’Dowd Gallagher (1911-?), Geoffrey Cox le recordaba como un tipo simpático, bebedor y mujeriego con el que pasó muy buenos ratos. Su nombre se vio relacionado con el supuesto montaje de la famosa fotografía del soldado republicano caído de Capa, ya que fue quien desveló que el fotógrafo le había dicho que aquel día el frente estaba tranquilo y que le había pedido a un miliciano que fingiera que había sido alcanzado para tomar la instantánea. También aparece retratado en el personaje de Corker en Scoop, de Evelyn Waugh, a su paso por Abisinia. Gallagher había dado noticia de los últimos instantes del Madrid republicano en su periódico, Daily Express —uno de los de mayor tirada del mundo: más de dos millones de ejemplares diarios— con una crónica en la que se toma una copa de jerez con un vencido Miaja. Según la recreación de Peter Wyden (La guerra apasionada, Barcelona, 1983), aquella noche se fue a dormir a un piso alto frente al Retiro. A las ocho de la mañana del 27 de marzo de 1939, le despertaron los gritos de «¡Blanco!, ¡Blanco!». A punto estaba de dormirse de nuevo cuando le telefoneó un amigo y prestó atención de nuevo al exterior: «¡Franco!, ¡Franco!». Corrió a la oficina del censor y vio banderas nacionales por todos lados y jóvenes falangistas que saludaban brazo en alto. En vez de la resistencia final, Gallagher fue testigo de una celebración. Antes de huir, una última censora republicana le deja trasmitir la noticia: «La guerra de España termina». Cuando regresó a Fleet Street después de la Segunda Guerra Mundial, le gustaba comentar la última copa que compartió con Miaja y quitar importancia a lo que se dijo de que milagrosamente había salvado el pellejo cuando le sorprendieron solo en el edificio de la Telefónica, mandando crónicas a las que él mismo ponía el sello. Soltaba una gran carcajada ante su pinta de cerveza y contaba entonces cómo sobrevivió al hundimiento del acorazado inglés Repulse en 1941 durante la Segunda Guerra Mundial , en la que sirvió como oficial de prensa en el ejercito británico. Harto del aburrimiento de la posguerra, se mudó a Escocia, en busca del monstruo del lago Ness, y un día dio un mal paso por aquellos parajes, y desapareció. Debió ser hacia 1980, en su periódico no hay constancia de su muerte.

«Mientras mutilaba sus informaciones», escribe Barea en La forja de un rebelde, «siguiendo las órdenes que me daban, no podía por menos que admirar el valor personal de los corresponsales, aunque me enfureciera su indiferencia. Se marchaban a las primeras líneas, arriesgando hasta las balas de un miliciano xenófobo o la captura por los moros en las fluctuaciones de un combate para conseguir unas pocas líneas de información militar». Era el tiempo de los corresponsales de guerra.

 
 


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