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  Corresponsales en la Guerra de España

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Al finalizar la Guerra Civil española, Frank Hanighen, que durante un tiempo había sido corresponsal en España, editó los relatos de las vivencias de algunos de sus compañeros de profesión. Según Hanighen «la Guerra Civil española supuso el inicio de una nueva etapa, con mucho la más peligrosa de todas, en la historia del reportaje periodístico»1. Años más tarde, Herbert Southworth, que en aquel momento escribía para el Washington Post y se convirtió en un renombrado experto en periodismo y propaganda durante la guerra, subrayó el singular papel que jugaron los corresponsales en España: «La Guerra Civil española afectó de forma directa solamente a una pequeña parte del globo, pero atrajo hacia España la atención del mundo entero. De hecho, la prensa que cubrió la guerra española fue, tanto en lo que se refiere a los actores como a sus interpretaciones, más variada que la prensa que cubrió la Segunda Guerra Mundial. Por ello, durante la Guerra Civil el campo abierto a los propagandistas era amplio y diverso»2.

Hanighen destacó las dificultades a las que se enfrentaban los corresponsales: cinco de ellos murieron durante la guerra, otros resultaron heridos. En ambos bandos los corresponsales estaban expuestos al peligro de los francotiradores y a los ataques y bombardeos de las fuerzas aéreas. También en ambos bandos, era difícil sortear el control del aparato censor, aunque si esto podía ser un problema en la zona republicana, en la zona rebelde suponía directamente peligro de muerte. En la zona franquista, algunos corresponsales, como Edmond Taylor, jefe del departamento para Europa del Chicago Daily Tribune, Bertrand de Jouvenal del Paris-soir, Webb Miller de la United Press, Arthur Koestler y Dennis Weaver, ambos del News Chronicle, se contaron entre los que fueron encarcelados y amenazados con ser ejecutados3.

En comparación, el aparato de prensa de la República facilitaba más que impedía el trabajo de los corresponsales. Constituía una sección del Ministerio de Estado, y algunos días después del golpe militar se estableció en el edificio de trece plantas de la Telefónica, donde se ubicaba el cuartel general de la American International Telephone and Teleghraph Company (ITT). Al ser el edificio más alto de Madrid, fue con frecuencia blanco del fuego de la artillería y era alcanzado con regularidad. Desde allí, los periodistas enviaban sus crónicas a los censores antes de que se les permitiera comunicarlas por vía telefónica a sus periódicos. En medio de un ensordecedor caos idiomático, los empleados de la ITT tenían que escuchar con gran atención para asegurarse de que lo leído no difería del texto censurado. A pesar de los bombardeos, los censores, las telefonistas y los corresponsales simplemente seguían trabajando. Algunos periodistas vivían en el Hotel Gran Vía, que estaba justo al otro lado de la calle. Mucho más popular era el Hotel Florida, en la esquina de la plaza de Callao, un poco más abajo, en la misma Gran Vía4.
 
   
 

En la zona republicana las mayores dificultades se debían a las carencias materiales. Al avanzar la guerra, los periodistas, como el resto de la población, se veían obligados a gorronear para conseguir comida y cigarrillos. Ernest Hemingway incrementó su popularidad gracias a la enorme reserva de alimentos (tocino, huevos, café, mermelada) y bebidas (whisky y ginebra) que almacenaba en su habitación en el Florida. Sus existencias las reponía y distribuía su fiel amigo Sydney Franklin, un torero estadounidense. Sefton Tom Delmer tenía en su cuarto de baño un bar repleto de botellas, que había comprado a los anarquistas que habían saqueado las bodegas del Palacio Real. El Hotel Florida, al igual que el edificio de la Telefónica, se encontraba en la línea de fuego y con frecuencia recibía el impacto de la artillería rebelde. Ante la imposibilidad de dormir durante los bombardeos de la artillería, cada noche se convertía en una fiesta en el patio del hotel5.

A través de un comunista llamado Velilla, que trabajaba en el Ministerio, se ofreció al socialista Arturo Barea un puesto en la oficina de prensa en octubre de 1936. Allí tuvo que trabajar con el Censor Jefe en la Oficina de Prensa Extranjera y Propaganda del Ministerio, el afable y astuto arribista Luis Rubio Hidalgo. Barea trabajaba de noche en el edificio de la Telefónica censurando despachos de prensa. Al principio, la censura era estricta y procuraba eliminar todo lo que pudiera sugerir cualquier cosa que no fuera una victoria de la República. Barea consideraba esta forma de proceder «torpe e inútil» y el estricto control pudo ser burlado con relativa facilidad por los periodistas británicos, norteamericanos y franceses mediante la utilización creativa del argot. Cuando las columnas franquistas se aproximaban ya al Madrid hambriento y atestado de refugiados, el trabajo en la Telefónica se convirtió en una pesadilla. Finalmente, cuando Barea acudió a su trabajo en la tarde del 6 de noviembre, Rubio Hidalgo le comunicó con una cortesía rayana en satisfacción que el Gobierno se trasladaba a Valencia. Afirmando que la caída de la capital era ya inevitable, Rubio, con la cara pálida, ordenó a Barea que clausurara la oficina de censura y salvara su propio pellejo6.

Rubio Hidalgo se alegró de poder marcharse y parece que le dijo a William Forrest, del News Chronicle: «Si me acompañas, serás el único corresponsal británico que salga de Madrid con toda la información. No tengas miedo de perderte nada. Los demás quedarán atrapados aquí por los fascistas y no dispondrán de medios de transporte ni de comunicación. En cualquier caso, después de que esta noche se marche el Gobierno, no habrá más llamadas telefónicas a Londres o París». Al llegar a Valencia, según Sefton Delmer, Rubio, que tenía talento para estas cosas, encontró un precioso palacio del siglo XVIII y allí, rodeado de tapices y brocados, se instaló en su nueva e imponente Oficina de Prensa y Relaciones Públicas7.

Barea desobedeció las órdenes de Hidalgo. Pensaba que era necesario algún tipo de control sobre la prensa extranjera mientras Madrid resistiera y sencillamente mantuvo el servicio en funcionamiento. Más tarde, se aseguró el permiso de la recién constituida Junta de Defensa para continuar trabajando como parte del Comisariado General de Guerra, donde ejercía una considerable influencia el corresponsal de Pravda, Mijail Koltsov, los «ojos y oídos» de Stalin en Madrid. Rubio Hidalgo nunca le perdonaría a Barea su iniciativa, pensando que su disposición a seguir trabajando bajo el fuego enemigo implicaba que él, al igual que otros que habían huido a Valencia, eran unos desertores. Rápidamente hizo valer la autoridad de su propio Departamento de Prensa y Censura del Ministerio de Asuntos Exteriores sobre la actividad que se llevaba a cabo en Madrid8.

Cuando Barea se hizo cargo de la censura en el Madrid asediado, las actividades se transfirieron por un breve espacio de tiempo al edificio histórico situado en la plaza de Santa Cruz, cerca de la plaza Mayor. Esto supuso que los corresponsales tuvieran que realizar un arriesgado trayecto por calles oscurecidas, desde la Gran Vía, donde vivían o tenían sus oficinas, hasta el Ministerio, para que sus originales fueran censurados, y luego regresar al edificio de la Telefónica para enviar sus crónicas. Las operaciones fueron trasladadas de nuevo al edificio de la Telefónica. Allí, cada noche los censores, las telefonistas y los periodistas trabajaban en condiciones penosas, a la luz de las velas, esperando el silbido de los proyectiles de artillería o el estruendo de los bombarderos alemanes e italianos de Franco, hasta que finalmente los bombardeos obligaron al regreso definitivo al Ministerio9.
 
 

El edificio de Telefónica, un solitario rascacielos en la Gran Vía madrileña. [Pulse para ampliar.]

El Hotel Florida, en la Plaza de Callao, junto a la Gran Vía, antes de la guerra. [Pulse para ampliar.]


El profundo compromiso de Barea con la causa de la República se vio minado por su salud, afectada por el exceso de trabajo, las preocupaciones y la precariedad de su posición frente a Rubio Hidalgo. Tenía que compaginar las instrucciones del Comisariado de Guerra en Madrid con las provenientes de Rubio Hidalgo en Valencia. Barea dormía durante unas pocas horas en un camastro en su oficina y se mantenía activo a base de café, coñac y cigarrillos. Delmer describió a Barea como «un español cadavérico con profundos surcos de amargura alrededor de la boca, acentuados por la luz de la velas. Parecía la personificación de la españolidad: tenso y desconfiado, siempre dispuesto a sentirse ofendido». Las condiciones en que Barea desempeñaba su trabajo sólo mejoraron cuando se unió a él voluntariamente Ilsa Kulcsar, una bajita y rolliza socialista austriaca con una melena de pelo rizado, de la que terminó enamorándose. Ella no sólo le ayudaba con su dominio del francés, alemán, húngaro, inglés y otros idiomas, sino que también convenció a Barea de que la censura debía ser más flexible. Ilsa argumentaba que el convencional triunfalismo que imponía la mentalidad militar convertía en inexplicables las derrotas y a la vez en irrelevantes las dificultades económicas y las victorias de los republicanos. Sin mucha dificultad convenció a Barea de que transmitir la verdad sobre las dificultades el Gobierno en las crónicas, sería beneficioso a la larga para la causa republicana.

Mesa: de dcha. a izq., Mijail Koltsov con Rafael Alberti y José Bergamín en Madrid el 27 de septiembre de 1936 (detalle). [Pulse para ampliar.]

Por iniciativa propia, Arturo e Ilsa relajaron la censura y establecieron, así, unas buenas relaciones con los corresponsales. Les ayudaron a conseguir habitaciones de hotel y bonos para gasolina y, a cambio, a menudo les solicitaban ayuda. Arriesgándose a sufrir la cólera de Koltsov y Rubio Hidalgo, permitieron a los corresponsales informar sobre la redada policial en la abandonada embajada alemana que puso en evidencia la connivencia de Alemania con la quinta columna franquista. Barea y Kulcsar hicieron posibles las entrevistas con miembros de la Brigadas Internacionales, que dieron lugar a artículos como el publicado por Louis Delaprée del Paris-soir y por Herbert Matthews de The New York Times10. En abril de 1937 recibieron la visita del gran novelista estadounidense John Dos Passos, quien les ayudó durante una tarde y escribió después sobre «un español cadavérico y una mujer austriaca pequeña y rolliza de voz agradable»11. Los esfuerzos de Arturo y de Ilsa obtuvieron un importante éxito, pero no lograron que disminuyera la hostilidad de Rubio Hidalgo, que en varias ocasiones intentó apartarlos de sus puestos12. La efectividad de los esfuerzos de Barea y Kulcsar queda ilustrada por los envidiosos comentarios de Sir Percival Phillips, corresponsal del Daily Telegraph en la zona rebelde. Molesto por la agresiva rigidez de la censura franquista, Phillips informó sobre las experiencias de sus colegas que habían trabajado con los republicanos: «No es necesario esperar durante tres horas para ser recibido, para que después te informen de que debes volver al día siguiente: puedes entrar al despacho por la puerta abierta y servirte tú mismo una bebida o un cigarro si el censor está ocupado. A veces incluso te pregunta si puedes echarle una mano o darle algún consejo». Phillips estaba convencido de que «la humildad y la camaradería de aquellos censores rojos» era tan irresistible que favoreció la causa republicana entre los periodistas13.

Arturo Barea, director de la Oficina de Censura republicana trabajando en la BBC de Londres, después de la guerra. [Pulse para ampliar.] María Teresa León, compañera de Rafael Alberti y activista republicana, se dirige a los asistentes al II Congreso Internacional de Escritores de Valencia, julio de 1937. [Pulse para ampliar.]

Muchos de los corresponsales que experimentaron los horrores del sitio de Madrid y el inspirador espíritu popular de resistencia, se convencieron de la justicia de la causa republicana. En algunos casos, como Ernest Hemingway, Jay Allen, Martha Gellhorn y Louis Fisher, eran firmes partidarios de la causa republicana de forma activa, lo que no necesariamente fue en detrimento de la veracidad de sus crónicas14. Esta actitud llevó a ciertos comentaristas a poner en duda la validez de estas, pero fueron algunos de estos periodistas tan comprometidos los que produjeron varios de los reportajes sobre la guerra más veraces y perdurables15. Hanighen comentó que «prácticamente todos los periodistas destacados en España se convirtieron en hombres distintos en algún momento después de haber cruzado los Pirineos». «Tras haber estado allí durante un tiempo, las dudas de sus directores en las lejanas Nueva York o Londres les parecían interrupciones carentes de importancia. Porque se habían convertido en participantes, más que en observadores, del horror, la tragedia y la aventura que supone la guerra»16.

Hubo muchos corresponsales que se convirtieron a la causa de la República pero informaban de manera veraz: William Forrest, Lawrence Fernsworth y el neozelandés Geoffrey Cox, cuyas crónicas desde la capital asediada se siguen citando hoy en día. Quizá el mejor ejemplo sea el alto, delgado, tímido y melancólico Herbert Matthews de The New York Times. Matthews consideraba los meses que pasó en la capital sitiada los más gloriosos de su vida. En 1938 escribió: «De todos los lugares en los que se puede estar en este mundo, Madrid es el que da más satisfacciones. Tuve esa impresión desde el primer momento que llegué y ahora, siempre que no estoy allí, no puedo evitar el ansia de volver. Todos nosotros sentimos igual, así que es algo más que un sentimiento personal mío. El drama, las emociones, el optimismo electrizante, el espíritu de lucha, el valor y la paciencia de esta gente frenética y maravillosa son cosas por las que vale la pena vivir, y dignas de ser vistas con los propios ojos». Después de la Segunda Guerra Mundial escribió: «En aquellos años vivimos lo mejor de nuestras vidas, y lo que vino después y aún vendrá, jamás volverá a transportarnos a aquella cumbre». Como otros muchos corresponsales, Matthews nunca dejó de estar orgulloso de haber apoyado a la República: «Aquellos de nosotros que defendimos la causa del Gobierno de la República frente a los franquistas, teníamos razón. Si hacemos balance, representaba la causa de la justicia, la moralidad y la decencia». «Todos los que vivimos la Guerra Civil española lo hicimos de una manera muy emocional… Siempre sentí la falsedad y la hipocresía de aquellos que decían ser imparciales y la simpleza, o más bien la estupidez, de los editores y lectores que exigen objetividad o imparcialidad a los corresponsales que escribimos sobre la guerra… condenando el partidismo se rechazan los factores que realmente importan: la honestidad, la comprensión y la precisión»17.

El grado de objetividad que mantuvo Matthews no lo alcanzó Claude Cockburn, un comunista educado en Oxford. Cockburn fue el fundador y editor del informativo satírico The Week, cuyas páginas mimeografiadas ejercían una fuerte influencia relatando las simpatías pro-fascistas del «grupo de Cliveden»*, de clase alta, y las conspiraciones de salón que había detrás de la farsa del apaciguamiento. Cuando comenzó la Guerra Civil, Cockburn se encontraba de vacaciones en Salou, cerca de Tarragona. El partido comunista británico le pidió que actuara de corresponsal para su periódico, el Daily Worker. Cockburn aceptó y utilizó para este cometido el seudónimo de Frank Pitcairn, pero sólo después de ir primero a Barcelona y después a Madrid. Allí se presentó voluntario a las milicias del Quinto Regimiento y luchó en la sierra situada al norte de la capital. Gracias a su amistad con Mijail Koltsov, Cockburn recibía información privilegiada de forma regular. A través de sus contactos con la Comintern se relacionó con el seductor y misterioso agente checo Otto Katz. El encantador y políglota Katz estaba comprometido, bajo el seudónimo de «André Simone», con la agencia de prensa republicana, la Agence Espagne. En marzo de 1938 trabajaron juntos en la invención de una historia según la cual había tenido lugar una rebelión militar en Tetuán, y para su elaboración utilizaron únicamente una guía de viajes con el fin de describir las calles y plazas en las que supuestamente había tenido lugar el motín. Hay quien afirma que aquel reportaje influyó en la decisión del Gobierno francés de reabrir la frontera y permitir la llegada de armas soviéticas a la República18.

Las dificultades que afrontaban los periodistas que trataban de mantener un compromiso tanto con la República como con su ética profesional quedan reflejadas en un incidente en el que se vio involucrado Louis Fisher. Durante el asedio al Alcázar de Toledo, Cockburn y Koltsov estuvieron acompañados por «un periodista estadounidense», casi con toda seguridad Fisher, que poco antes había publicado un artículo sobre la desmoralización de la milicia republicana. Koltsov, furioso, se negó a dar la mano a Fisher y le espetó: «Usted, con su reputación, realmente puede hacer que cundan la alarma y el desánimo. Y eso es lo que ha hecho. Ha causado más daño que treinta diputados británicos trabajando para Franco». Cuando Fisher objetó que él solamente había relatado los hechos, Koltsov respondió: «Si fuera más honesto, admitiría que lo único que le interesa es su maldita reputación como periodista. Tiene miedo de que si no es usted quien difunde estas cosas y lo hace otra persona, pensarán que es un mal reportero incapaz de ver lo que ocurre delante de sus narices y que probablemente esté a sueldo de los republicanos. Por esta razón, como dirían los franceses, ha perdido una excelente oportunidad de callarse la boca». Por su parte, Cockburn coincidía con Koltsov en que el público no necesariamente tenía derecho a leer la verdad. Cuando su mujer puso en duda esta opinión, le respondió enfadado: «¿Quién les ha dado ese derecho? Quizá cuando se hayan esforzado lo suficiente por cambiar la política de su propio y miserable Gobierno y los fascistas hayan sido derrotados en España, tendrán ese derecho. No estamos ante una cuestión abstracta. Esto es una guerra a tiros»19.

Un hombre que consiguió combinar un alto nivel profesional con una apasionada fe en la República española fue Jay Allen, probablemente el corresponsal mejor informado de ambos bandos. Nacido en el año 1900 en Seattle, Jay Allen había trabajado en la oficina parisina del Chicago Tribune. Entre 1925 y 1934 cubrió los acontecimientos en Francia, Bélgica, España, Italia, Austria, Alemania, Polonia y los Balcanes, aunque su ferviente interés por lo que ocurría en España se convirtió en una pasión que le cautivó por completo. A principios de 1934 había trasladado su residencia a España para seguir más de cerca los acontecimientos y con la intención de escribir sobre la cuestión agraria.

Forjó una estrecha amistad con varios destacados socialistas, entre ellos el artista Luis Quintanilla, Juan Negrín, que después sería presidente del Gobierno, y algunos seguidores de Largo Caballero, como Luis Araquistain, Julio Álvarez del Vayo y Rodolfo Llopis. Durante la represión que siguió a la huelga general de octubre de 1934, todos ellos, al igual que el líder de los mineros asturianos, Amador Fernández, se refugiaron por un tiempo en el piso que Allen ocupaba en la calle de Alcalá. Como resultado de lo que en el mejor de los casos fueron habladurías y, en el peor, la malicia del ferviente católico y corresponsal de The New York Times, William Carney, la prensa norteamericana informó erróneamente que Allen había sido arrestado por este motivo y acusado de haber dado cobijo a miembros del comité revolucionario, hasta ser liberado con la advertencia de que se arriesgaba a ser expulsado de España. En realidad, había sido detenido porque unos Guardias de Asalto armados con ametralladoras pensaron que un francotirador les había disparado desde el edificio donde él residía. Unas semanas más tarde lo arrestaron otra vez, a causa de un artículo sobre la represión en Asturias que había escrito para el Chicago Daily News. Según el embajador estadounidense, Claude Browers, la documentación sobre las atrocidades que se habían cometido se la había facilitado Indalecio Prieto. Después de ser interrogado y amenazado por la policía, fue puesto en libertad. Jay Allen se fue a vivir a Torremolinos y pasó la primavera de 1936 en Extremadura, donde coincidió durante un tiempo con Louis Fisher y recogió material para su libro20. Cuando regresó a Badajoz, ocupada ahora por los franquistas, en agosto de 1936, recuerda que «había estado allí en cuatro ocasiones durante el último año para realizar trabajos de investigación para el libro que estoy escribiendo y para tratar de estudiar las medidas de la reforma agraria que podían haber salvado a la República española —una República, que sea lo que sea, dio a España colegios y esperanza—, cosas que no había conocido en siglos»21.

Henry Buckley escribió sobre Jay Allen: «Desearía que hubiera en el mundo más personas como Jay y me gustaría ser un escritor lo suficientemente bueno para poder describirle adecuadamente. Para mí, su compañía es siempre un tónico maravilloso. Conversar con él es como beber el agua fresca de una fuente que mana al borde del camino. Jay, igual que yo, nunca ha pertenecido a ningún partido político, al menos que yo sepa. Su padre es un acaudalado abogado de Portland, Oregón, y Jay ha sido marinero, se graduó en Harvard y, finalmente, se hizo corresponsal en el extranjero. Tiene una mente prodigiosa que llega al meollo de las cuestiones más complicadas y es capaz, y lo demuestra, de explicarlas con claridad. Yo tengo una moral perezosa. Sé que está mal que un campesino español tenga que trabajar sin límite y siga medio muerto de hambre y que los trabajadores en las fábricas enfermen y mueran de tuberculosis porque nadie vigila las condiciones de higiene. Conozco la sórdida brutalidad de la pobreza, pero soy perfectamente capaz de ignorarla y de sentir que, después de todo, a mí no se me puede culpar de su existencia. Sé también que en lugar de señalar los puntos negros de nuestra civilización en mis crónicas periodísticas, me es mucho más fácil obviarlos y dar una palmadita en la espalda al hombre que está en el poder para acomodarme junto a la gente que realmente cuenta. Pero Jay no tiene esa capacidad mía de dejar la conciencia en duermevela. Su mente siempre alerta y activa limpia de telarañas los problemas actuales»22. En el transcurso de la contienda, Jay Allen firmó tres artículos que, junto a los reportajes de Mário Neves sobre la masacre de Badajoz y la crónica de George Steer sobre el bombardeo de Guernica, fueron los artículos más relevantes y más citados de los escritos durante la guerra: la entrevista en exclusiva a Franco en Tetuán el 27 de julio de 1936, la narración de las consecuencias de la captura de Badajoz por los nacionalistas y la última entrevista concedida por José Antonio Primo de Rivera antes de que fuera ejecutado.

La entrevista de Allen con Franco fue la primera que el futuro líder rebelde concedió a un corresponsal extranjero. Tras haberle sido denegado un salvoconducto para pasar al Marruecos español por el cuartel general rebelde en Algeciras (Cádiz), Jay Allen pasó la noche en la campiña cerca de la vecina localidad de San Roque. Allí se pusieron en contacto con él los hombres de Franco y le instaron a cruzar el estrecho de Gibraltar y dirigirse a Tetuán. Tras un viaje no exento de peligros, fue llevado ante la presencia de Franco, «otro enano que después gobernaría», en la mansión del Alto Comisionado. El optimismo de Franco y su despiadada determinación caracterizan esta histórica entrevista concedida al corresponsal norteamericano. Al preguntarle cuánto tiempo continuarían las matanzas tras el fallido golpe de Estado, Franco respondió: «No puede haber ni compromiso ni tregua. Continuaré preparando mi avance hacia Madrid. Avanzaré. Tomaré la capital. Salvaré a España del marxismo cueste lo que cueste… Pronto, muy pronto, mis tropas habrán pacificado el país y todo esto habrá sido sólo una pesadilla». Cuando Allen inquirió: «¿Significa esto que tendrá que matar a media España?», Franco, sonriendo, respondió: «He dicho cueste lo que cueste»23. Para conseguir su reportaje sobre Badajoz, Jay Allen necesitó aún más coraje que el que le llevó a introducirse en la boca del lobo que era el cuartel general de Franco. En una ciudad donde las fuerzas de ocupación compuestas por legionarios y mercenarios moros asesinaban y torturaban a voluntad, Allen deambulaba de incógnito recopilando información para un extenso artículo cuyo valor ha perdurado en el tiempo. Fue una narración representativa de la humanidad y el compromiso ético de este hombre, dos elementos que quedaban patentes desde los primeros párrafos: «Esta es la historia más dolorosa que me ha tocado escribir. La escribo a las cuatro de la madrugada, enfermo de cuerpo y alma, en el hediondo patio de la Pensión Central, en una de las tortuosas calles blancas de esta empinada ciudad fortificada. Nunca más encontraré la Pensión Central y nunca querré hacerlo. Vengo de Badajoz, a algunas millas de aquí, en España. Subí a la azotea para mirar atrás. Vi fuego. Están quemando cuerpos. Cuatro mil hombres y mujeres han muerto en Badajoz desde que la legión y los moros del rebelde Francisco Franco treparan por encima de los cuerpos de sus propios muertos para escalar las murallas tantas veces empapadas de sangre. Intenté dormir. Pero no se puede dormir en una sucia e incómoda cama en una habitación que está a una temperatura similar a la de un baño turco, donde los mosquitos y los chinches te atormentan igual que los recuerdos de lo que has visto, con el olor a sangre en tu propio cabello y una mujer sollozando en la habitación de al lado»24.

También hay que destacar que Jay Allen consiguiera hablar, el 3 de octubre de 1936, con el dirigente falangista encarcelado José Antonio Primo de Rivera en lo que fue su última entrevista. Mientras se extendían los rumores de que José Antonio estaba muerto, Jay Allen logró entrevistarle en la cárcel de Alicante gracias a la invitación de Rodolfo Llopis, que entonces era subsecretario de la Presidencia del Gobierno de Francisco Largo Caballero. Para poder acceder hasta el prisionero, Allen tuvo que convencer en primer lugar al Comité de Orden Público local, que estaba dominado por los anarquistas. En dos tensas reuniones consiguió convencerles de que si no autorizaban la entrevista, tendría que escribir que el Gobierno republicano carecía de autoridad. Cuando entró en el patio de la prisión, encontró a José Antonio y a su hermano Miguel en buenas condiciones físicas.

El líder falangista reaccionó con furia cuanto le contaron que la defensa de los intereses de los privilegiados por parte de los rebeldes había ahogado las ambiciones declaradas de su partido de impulsar un amplio cambio social, y dijo: «Si esto no resultara ser más que reacción, retiraré a mis falangistas y probablemente volveré a estar en esta o en otra prisión en unos pocos meses. Si fuera así, cometerían un error. Provocarán una reacción aún peor. Precipitarán a España al abismo. Tendrán que enfrentarse conmigo. Usted sabe que siempre he luchado contra ellos. Me han llamado hereje y bolchevique»25. Puede que José Antonio exagerara sus intenciones revolucionarias para ganarse el favor de sus carceleros, pero con su descarada negativa a admitir las actividades de los pistoleros falangistas antes de la guerra y la complicidad de los falangistas en las atrocidades cometidas desde entonces, estaba sin duda enfureciendo a los anarquistas que eran testigos de la entrevista. Viendo que la actitud de José Antonio era cualquier cosa menos conciliadora, Jay Allen se sintió obligado a dar por terminada la entrevista «ante las sorprendentes imprudencias de Primo»26.

A resultas de las crónicas de estos periodistas, el reverendo Joseph Thorning del Saint Mary’s College en Maryland, uno de los más activos propagandistas de Franco en los Estados Unidos, hizo lo posible por desacreditar a Herbert Matthews y a Jay Allen con ayuda del material facilitado por William Carney y Edward Knoblaugh. Knoblaugh publicó una propaganda atroz y altamente dudosa a favor de los franquistas y contribuyó a encubrir lo ocurrido en Guernica. Según Jay Allen, todo el libro escrito por Knoblaugh era pura invención: «Como sabes, algún jesuita le ayudó con el libro. Él era casi analfabeto. Si recuerdas el libro, era un producto un tanto particular y disparatadamente falso. Claro que Eddie tenía algunas ideas extravagantes y su capacidad de observación no era nada excepcional, pero aun así fue extraño que sus “memorias” se publicaran en un formato tan peculiar»27.

Si bien el Gobierno republicano debía ejercer algún tipo de control sobre los reportajes que se enviaban a los periódicos extranjeros, los corresponsales en la zona leal parecían moverse con relativa libertad. El australiano Noël Monks, un católico devoto, quedó muy impresionado por lo que vio en Guernica, los muertos, los moribundos y los refugiados. Tiempo después escribió: «Aviones, bombas, balas, fuego. En 24 horas Franco iba a estigmatizar a aquella gente, que aún estaba en estado de shock y sin hogar, como mentirosos ante el mundo entero. Los llamados “expertos” británicos llegarían a Guernica meses después, cuando el olor a carne humana quemada había sido sustituido por el combustible esparcido aquí y allá por las ruinas, para emitir un juicio rimbombante: “Guernica fue incendiada por los rojos”. Mi respuesta a esta afirmación no se puede imprimir. Ningún funcionario gubernamental me acompañó a Guernica. Anduve entre las ruinas y entre los supervivientes a mi antojo. Regresé a Bilbao y tuve que despertar al telegrafista —eran las dos de la mañana— para enviar mi mensaje. La censura había sido levantada. El hombre que envió mi informe urgente no sabía leer inglés. Si los “rojos” hubieran destruido Guernica yo, por ejemplo, podría haber destapado esa historia sin que se enterasen. ¡Y cómo lo hubiera hecho si hubiera sido verdad!».

Guernica fue el tema de uno de los artículos periodísticos más importantes escritos durante la Guerra Civil española. Fue obra de George Lowther Steer, el enviado especial de The Times adjunto a las fuerzas republicanas en Bilbao durante la primavera de 1937.

Había estado con Noël Monks en Bilbao la noche del 26 de abril, cuando llegaron las noticias de que Guernica había sido bombardeado. Juntos fueron a la ciudad en llamas y hablaron largo y tendido con los supervivientes. El artículo de Steer, que fue publicado el 28 de abril en The Times y en The New York Times, era objetivo y evitaba cualquier sensacionalismo.

Sin él, y sin los artículos de Noël Monks, Christopher Holme, de Reuters, y Mathieu Corman, del parisino Ce Soir, la verdad probablemente hubiera quedado sepultada bajo el espeso manto de desinformación tejido por Luis Bolín y que el régimen de Franco mantuvo durante los 35 años siguientes28.

Una vez constituido el Gobierno de Juan Negrín el 16 de mayo de 1937, la atención principal de los corresponsales se trasladó de Madrid a Valencia. Arturo Barea se convirtió en un hombre del pasado. Rubio Hidalgo recuperó su importancia de antaño, aunque pronto sería eclipsado por una figura de especial trascendencia, Constancia de la Mora.

Louis Fisher, que la había conocido en abril de 1936 en casa de Julio Álvarez del Vayo, el periodista socialista que durante un tiempo fue embajador de la República en México, escribió: «Era una mujer española bella y morena que se rebelaba contra su educación aristocrática y católica y regentaba una tienda de antigüedades y arte popular enfrente de las Cortes». Desde que estalló la guerra, Constancia había trabajado atendiendo a niños refugiados. A comienzos de 1937, Jay Allen y el poeta Rafael Alberti la convencieron de que se presentara a un puesto en la Oficina de Prensa Extranjera de la República en Valencia, organismo que se encontraba bajo la jurisdicción del Ministerio de Asuntos Exteriores. Constancia rogó a Louis Fisher que intercediera en su favor ante Álvarez del Vayo, en aquel momento ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete de Largo Caballero. Políticamente concienciada, casada con el jefe de la fuerza aérea republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros, y conocedora a la perfección del inglés, francés y alemán, era la candidata ideal29.

Ya en su puesto y al igual que anteriormente Barea, tuvo que vérselas con Rubio Hidalgo. La única luz que entraba en la oscura oficina de Rubio Hidalgo era aquella que provenía de las grietas que había en la puerta, de su lámpara de mesa y la que reflejaba su brillante calva. En un principio la trató con aire condescendiente y Constancia fue asignada al Departamento de Censura. Allí se enteró de que los periodistas podían decir lo que quisieran siempre que fuera cierto y no constituyera información militar considerada confidencial. Por consiguiente, su trabajo consistiría en eliminar rumores infundados, mentiras y mensajes militares cifrados. Fue en la Oficina de Prensa donde conoció a la simpática Gladys Green, que más tarde se casó con Burnett Bolloten, en aquel momento corresponsal de la pro-comunista United Press30.

Como consecuencia de las maquinaciones de Rubio Hidalgo, Barea fue relegado a censor en la radio. En la primavera de 1937, Barea apuntaba: «Constancia ha asumido virtualmente el control del Departamento de Censura en Valencia y no le cae bien a Rubio; es una organizadora eficiente… y ha mejorado de manera importante las relaciones de la Oficina de Valencia con la prensa»31. Cuando en noviembre de 1937 el Gobierno se trasladó de Valencia a Barcelona, la Oficina de Prensa Extranjera fue obligada a compartir sus oficinas con el Departamento de Propaganda del Ministerio de Asuntos Exteriores. Luis Rubio Hidalgo miraba con recelo lo que consideraba una pérdida de independencia e importancia y prefirió marcharse a París para hacerse cargo de la agencia republicana de noticias Agence Espagne. Constancia de la Mora fue nombrada directora de la Oficina de Prensa Extranjera32.

Constancia, al igual que Ilsa Kulcsar, creía que la mejor manera de contrarrestar la propaganda derechista sobre la República era «dar a los corresponsales todas las oportunidades posibles para que conozcan la verdad y proporcionarles todos los medios disponibles para que la puedan escribir y enviar fuera de España». Al igual que anteriormente Ilsa, Constancia descubrió que seguir la política de facilitar los contactos con altos funcionarios del Gobierno y permitir las visitas a los frentes de batalla daba sus frutos, aunque ocasionalmente ocurriera algún percance, como cuando William Carney de The New York Times reveló los detalles del emplazamiento de la artillería republicana en beneficio de sus amigos franquistas. Constancia era mucho más cordial y servicial con los periodistas de lo que Rubio Hidalgo lo había sido jamás, proporcionándoles habitaciones en la superpoblada Valencia, organizando medios de transporte y concertando entrevistas: «Yo sabía, al igual que todos nosotros, que la causa de la República dependía de que el mundo conociera los hechos». Les proporcionaba salvoconductos y carburante para sus automóviles con el fin de que ellos mismos pudieran informarse directamente de los hechos. Constancia quedó impresionada por la determinación con la que corresponsales como Herbert Matthews comprobaban ellos mismos lo que ocurría y por su sana desconfianza ante la línea oficial. «Llegué a admirar enormemente esa pasión por los hechos reales. Al principio estaba molesta, supongo que por comprobar que no me creían. Pero llegué a comprender que, después de todo, esa era la manera de conseguir que los hechos fueran fielmente descritos y de que los hombres que los enviaban estuvieran convencidos de su exactitud, dado que ellos mismos los habían constatado. Tengo que sonreír cuando escucho las historias de cómo ‘influíamos’ en los corresponsales extranjeros. Por supuesto que ahora, cuando se mira hacia atrás y se ve la forma en que cubrían las noticias, queda claro que si se equivocaban, era más bien por exceso de prudencia»33. Según Louis Fisher, Constancia «fue un acierto extraordinario. Sabía idiomas, conocía la mentalidad de los extranjeros y los corresponsales la apreciaban». Philip Jordan escribió: «Nadie era tan amable como Constancia ni se tomó tantas molestias para hacer que la vida fuera más fácil»34.

En la zona nacionalista, sólo los corresponsales de la Italia fascista y la Alemania nazi disfrutaban de tantas atenciones. Esto era reflejo no sólo de la mentalidad militarista predominante, sino también del personal que había sido seleccionado para supervisar las relaciones con la prensa extranjera. Anticipando su futura posición preeminente, Franco, a los pocos días de llegar a Sevilla, había constituido un servicio de prensa y propaganda. Este Gabinete de Prensa se formó bajo la dirección del periodista monárquico Juan Puyol, y el trato con los periodistas quedó encomendado en la práctica a Luis Antonio Bolín. Puyol había trabajado anteriormente para ABC, antes de convertirse en el director del derechista Informaciones, donde aceptó ayuda económica del Tercer Reich a cambio de artículos favorables a los nazis y otros ferozmente anti-judíos, incluido uno firmado por el propio Adolf Hitler y titulado «Por qué soy antisemita». Informaciones puso sus páginas a disposición de los líderes falangistas y otros españoles que simpatizaban con el fascismo. Su subdirector era Joaquín Arrarás, miembro del grupo monárquico ultraderechista Acción Española y amigo íntimo y biógrafo del mismo Generalísimo. El 24 de agosto el Gabinete pasó a denominarse Oficina de Prensa y Propaganda. Bolín, que había sido corresponsal de ABC en Londres, atrajo la atención de Franco por su participación en el alquiler del Dragon Rapide, el avión utilizado por el líder rebelde para trasladarse desde las Islas Canarias a Marruecos. Bolín dirigiría sucesivamente las Oficinas de Prensa Extranjera en Sevilla, Cáceres y Salamanca y durante los asaltos a Málaga y Bilbao35.

Cuando el general José Millán Astray, fundador de la legión extranjera española, llegó a Sevilla, Franco lo reclutó rápidamente para propagar su causa en toda la zona nacionalista. Se instaló junto a Franco y sus más estrechos colaboradores en el palacio de Yanduri en Sevilla36. Millán Astray consagró su actividad a la insistente proclamación de la grandeza del Caudillo. Esta adulación satisfizo lo suficiente a Franco como para persuadirle de remplazar, en el frío otoño de 1936, al menos carismático Puyol por su antiguo mentor. Millán se hizo cargo oficialmente de la ampliada Oficina de Prensa y Propaganda en sus improvisadas oficinas en el Instituto Anaya, una vieja casa palaciega en la que se ubicaba la Facultad de Ciencias de la Universidad de Salamanca37.

Bajo la total autoridad primero de Puyol y posteriormente de Millán Astray, la responsabilidad sobre los corresponsales recayó en Luis Bolín. A los que le conocían como un monárquico anglófilo les desconcertó encontrarlo en Salamanca ostentando el título de capitán Bolín y residiendo junto a otros miembros de alto rango del cuartel general de Franco en el palacio de Monterrey, cedido por el duque de Alba. Apenas se dignaba a hablar con sus antiguos amigos. Ahora que había obtenido una capitanía honoraria en la legión extranjera como recompensa por haber acompañado a Franco en su viaje, había pasado a vestirse como un legionario. Vestía pantalón de montar y botas altas contra las que golpeaba una fusta y hacía que los corresponsales se colocaran en fila como si fueran soldados a sus órdenes. Se paseaba entre ellos amenazador, frunciendo el ceño con aspecto fiero38. Durante la campaña de Málaga, Noël Monks, del Daily Express, quedó impresionado por el carácter cruel de Bolín: «Siempre que veía una de las espeluznantes pilas de “rojos“ recién ejecutados con las manos atadas a la espalda —generalmente detrás de alguna casa de labranza en un pueblo recién ocupado— escupía sobre los cuerpos diciendo “sabandijas”»39.

Sir Percival Phillips, corresponsal del Daily Telegraph, afirmaba: «Ha conseguido que los corresponsales le odien como a la peste»40. Todos los corresponsales extranjeros le detestaban y temían, en parte porque no permitía visitas al frente salvo con escolta militar, pero sobre todo porque frecuentemente amenazaba con fusilar a algún periodista. La censura no permitía mencionar las atrocidades cometidas por los nacionalistas ni a los cada vez más numerosos alemanes e italianos presentes en la zona nacionalista. Tres días después de la masacre de 1936, el cámara René Brut, del noticiario Pathé, filmó en Badajoz los montones de cadáveres. Fue arrestado en su hotel en Sevilla el 5 de septiembre y encarcelado durante varios días, mientras Bolín lo amenazaba de muerte. Únicamente se libró de ser fusilado porque Pathé envió al cuartel general de Franco una versión cuidadosamente cortada de la película41.

La edición parisina del New York Herald Tribune publicó una descripción de la masacre de Badajoz basada en una crónica de la agencia United Press. La firmaba Reynolds Packard, un periodista de United Press que en realidad no había sido quién había enviado la crónica. Cuando el Manchester Guardian hizo referencia al artículo original en enero de 1937, Bolín llamó a Packard a Salamanca, donde le amenazó. Packard, aterrorizado, envió un cable a Webb Miller, jefe de la oficina europea de United Press en Londres, rogándole que informara a Bolín de que él no había escrito el texto ofensivo, lo que aquél hizo. Un incidente parecido ocurrió cuando Bolín pidió explicaciones en términos similares a Jean d’Hospital, el representante de la Havas Agency en la España nacionalista. Tanto la United Press como la Havas Agency declararon que los cables en cuestión no los habían enviado ni Packard ni d'Hospital, aunque no negaron la veracidad de las crónicas ofensivas. Bolín pasó estas respuestas al comandante inglés pro-franquista Geoffrey McNeill-Moss, que las utilizó para «probar» que las crónicas sobre la masacre de Badajoz habían sido inventadas42. Bolín consiguió que no se permitiera a ningún corresponsal entrar en Toledo durante los dos días que duró el baño de sangre tras la ocupación de la ciudad el 27 de septiembre de 1936. La excusa que se dio a los corresponsales, que anteriormente habían sido llevados a los campos de batalla, fue que entrar en Toledo era «demasiado peligroso»43. Por consiguiente, los corresponsales tuvieron que conformarse con el material de propaganda que les facilitaba Bolín. Ejemplo de ello es la historia apócrifa que publicó Harold Cardozo en el Daily Mail el 30 de septiembre de 1936, en la que se afirmaba que el coronel Moscardó, comandante rebelde al mando en el Alcázar, recibió una llamada telefónica de las autoridades republicanas comunicándole que su hijo sería fusilado si no se rendía. Moscardó se negó y supuestamente su hijo fue fusilado de inmediato. En realidad, Luis Moscardó fue fusilado, junto con otros prisioneros, en represalia por un bombardeo de los nacionalistas el 23 de agosto44.

El 26 de octubre de 1936, Dennis Weaver, del News Chronicle, y el canadiense James M. Minifie, del New York Herald Tribune, salieron de Madrid para recorrer el frente en un automóvil facilitado por el servicio de prensa republicano, con un chófer y un marinero retirado de pelo cano como escolta. En el trayecto entre El Escorial y Aranjuez, las tropas marroquíes les dieron el alto en Seseña. El chófer y el marinero fueron fusilados en el acto. A los dos periodistas los llevaron al cuartel general del general Varela, donde se encontraron con Henry T. Gorrell de la United Press, que había sido capturado en circunstancias similares. Fueron tomados por espías y llevados a Salamanca para que fuera Franco personalmente quien decidiera su suerte. Acabaron siendo interrogados por Luis Bolín, que amenazó con ahorcarlos. Weaver averiguó posteriormente que el mismo día en que le capturaron, Bolín había rechazado una petición de su periódico, el News Chronicle, solicitando permiso para enviar un corresponsal a la zona franquista y había afirmado que «si algún representante del News Chronicle es encontrado en territorio franquista, peor para él». Tras pasar otros cinco días bajo custodia, los periodistas fueron expulsados de España a Francia45. El mismo día en que Weaver fue arrestado, pero algo más tarde, también dos hombres de negocios ingleses de Madrid, que habían salido en coche, tuvieron un encontronazo con los nacionalistas. Fueron arrestados e interrogados de forma cruel por Bolín. Uno de ellos, el capitán Christopher Lance, conocido después como el «Pimpinela español» por su destreza para facilitar la huida a algunos derechistas, caracterizó tiempo más tarde a Bolín como «burlón, sarcástico y despectivo», «sin duda el individuo más desagradable que he conocido»46.

A finales de noviembre de 1936, Alex Small, del Chicago Tribune, fue arrestado en Irún. El comandante militar anunció que iba a ser fusilado por el delito de publicar un artículo en el que vaticinaba que Madrid no caería. Según Arthur Koestler, la orden de fusilar a Small provenía de Bolín. Small se salvó sólo gracias a las vehementes protestas de un colega de profesión norteamericano47.

Los corresponsales trataban de esquivar la censura procurando que sus periódicos no les mencionaran como autores de sus artículos. Tras la derrota de los italianos en Guadalajara, Noël Monks se había desplazado en automóvil hasta la frontera francesa y había enviado su crónica por teléfono, insistiendo en que se omitiera su nombre. Lamentablemente, el artículo apareció con su firma. Fue arrestado en Sevilla, donde Franco se encontraba de visita junto a Bolín. Éste, furioso, amenazó a Monks en su perfecto inglés de Oxford: «Eludir la censura equivale a espiar y en este país a los espías los despachamos sin contemplaciones». Con Bolín vociferando que «vosotros los periodistas os merecéis algo peor que el fusilamiento», Monks fue llevado ante Franco en persona, quien le reiteró que iba a llevarlo ante un pelotón de fusilamiento. Finalmente, Monks fue expulsado de la España nacionalista48. Más adelante, Bolín adquiría cierta fama por arrestar y maltratar a Arthur Koestler tras la captura de Málaga por los franquistas en febrero de 193749.

Durante las últimas etapas de la marcha hacia Madrid de las columnas africanas de Franco, se estableció una oficina de prensa en Talavera de la Reina, poco después de que esta ciudad fuera ocupada. A su mando estaba el playboy falangista Pablo Merry del Val. El trato diario con los periodistas quedó en manos del capitán Gonzalo Aguilera y Yeltes, un latifundista profundamente reaccionario con propiedades en Salamanca y Cáceres, quien aseguró a los periodistas que los problemas de España no eran más que el resultado de la intromisión en el orden natural debido a la introducción del alcantarillado50. Aguilera se había retirado del ejército para protestar por la obligación de que los militares juraran lealtad a la República, y aprovechó las condiciones ventajosas para el retiro voluntario de los decretos promulgados del 25 al 29 de abril de 1931 por el recién nombrado Ministro de la Guerra, Manuel Azaña51. Al estallar la guerra, había salido de su retiro y se había presentado como voluntario a las fuerzas rebeldes. Le destinaron de manera informal al equipo de colaboradores del general Mola, comandante del Ejército del Norte. Dado que hablaba con fluidez inglés, francés y alemán, se le encomendó la tarea de supervisar los movimientos y el trabajo de los corresponsales extranjeros, actuando en ocasiones como guía y en otras como censor52. Cuando el Ejército del Norte dirigido por Mola finalmente entró en contacto con las columnas africanas de Franco a principios de septiembre, Aguilera se trasladó al sur para hacerse cargo de la prensa y acompañó a las columnas durante el último trecho de su marcha hacia Toledo y Madrid53.

Al contrario que la mayoría de los oficiales de prensa, que se sentían responsables de la seguridad de los periodistas que les habían asignado, Aguilera actuaba según el principio de que, si para conseguir información era necesario asumir riesgos, él estaba dispuesto a ayudar a los periodistas a superarlos, siempre que las noticias obtenidas fueran favorables a los nacionalistas. Llevaba con regularidad a sus protegidos a la línea de fuego y fue «bombardeado y ametrallado» junto a ellos54. La queja más frecuente de los periodistas que desarrollaban su labor en la zona rebelde era que se esperaba de ellos la publicación de comunicados anodinos mientras los mantenían alejados de las noticias más duras. Esto ocurría sobre todo cuando las cosas no iban bien para los rebeldes y afectaba especialmente a los periodistas considerados demasiado «independientes». Incluso aquellos que recibían un trato más favorable, tenían que aguantar retrasos humillantes en la entrega de los salvoconductos para realizar visitas acompañadas al frente55. Por todo ello, Aguilera estaba muy bien considerado entre los periodistas de derechas que trataban con él, ya que estaba dispuesto a llevarlos a las zonas peligrosas cercanas al frente y a utilizar su influencia ante los censores para ayudarles a que sus crónicas fueran autorizadas56.

Un periodista que sentía gran respeto por Aguilera era Sefton Delmer, del Daily Express. Sin embargo, Aguilera lo expulsó de la España nacionalista, aduciendo que en sus artículos publicaba información que podía ser útil al enemigo o que «deliberadamente ponía en ridículo a las fuerzas armadas españolas». La crónica en cuestión narraba un ataque aéreo republicano sobre Burgos. Delmer había descrito cómo un pequeño aparato británico aparecido por casualidad en plena batalla había atraído sobre sí la atención de las baterías de fuego antiaéreo burgalesas y aun así había aterrizado indemne. Esta crónica, le dijo Aguilera mientras tomaban una copa, «no sólo alienta a los rojos a volver a atacar Burgos. También consigue que nuestros efectivos antiaéreos parezcan ineficaces». Aguilera sentía simpatía por Delmer y le confió que a él personalmente no le importaba en absoluto lo que el periodista hubiera dicho sobre la artillería, dado que él pertenecía a la caballería57.

Sefton Delmer también representaba al Daily Express en la zona republicana. Allí, según Constancia de la Mora, «todos los que pertenecían a la Oficina de Prensa Extranjera aborrecían a Sefton Delmer y desconfiaban de él». Se debía en gran parte a que fingía simpatizar con la República. «Siempre aparecía en mi despacho vestido con ropa vieja y desgastada, las camisas sucias, los zapatos embarrados y los pantalones tiesos de grasa. Considerábamos un insulto su extraña vestimenta, porque sabíamos que en Londres vestía como un dandi. Madrid, Barcelona y Valencia eran ciudades perfectamente civilizadas, aunque fueran españolas. Delmer siempre hablaba y se comportaba como si los españoles pertenecieran a una extraña e ignorante tribu de salvajes enfrascados en una contienda estúpida y primitiva con arcos y flechas». En sus memorias se refería a los republicanos como «los rojos» y a Aguilera como «el querido Aggy»58.

Harold Cardozo, del Daily Mail, un ferviente partidario de los nacionalistas, era considerado una especie de líder por los demás corresponsales norteamericanos: le llamaban «El comandante»59. Edmund Taylor consideraba a Cardozo «un profesional valiente y audaz y un alegre compañero, si dejamos a un lado la política»60. Sin embargo, a pesar de sus relaciones amistosas y entusiastas con los oficiales franquistas, era evidente que existía una cierta tensión entre Bolín y Cardozo. Sir Percival Phillips opinaba que Bolín disfrutaba acosando y humillando a los corresponsales en general, pero que exhibía una particular animosidad contra Cardozo. Pensaba que como el Daily Mail había rehusado publicar unos artículos remitidos por Bolín mientras éste se encontraba en Londres, «ahora trata a los hombres del Mail como si fueran basura». Cardozo no ocultaba que creía que los artículos de Bolín habían sido rechazados porque eran «una porquería». Sin nombrar expresamente a Bolín, Cardozo se quejaba de que los nacionalistas aplicaban la censura con gran rigor incluso a aquellos periodistas que, como él, «apoyaban al movimiento con cuerpo y alma». Frustrado por los obstáculos burocráticos que se imponían incluso a los «periodistas de guerra responsables», llegó a comentar con envidia que en Madrid y Valencia los cables «se enviaban sujetos a una censura relativamente indulgente y tras una espera mínima». Cardozo no era el único que pensaba así.

Harold Cardozo, primero por la izquierda, con dos compañeros (Detalle). [Pulse para ampliar.]

A pesar de su estrecha relación personal con Bolín, Nigel Tangyne, admirador de los nazis, al poco tiempo terminó igual de exasperado ante el trato despectivo que se dispensaba a los periodistas61.

Phillips hizo un comentario similar: «En el otro bando, a los corresponsales se les trata mucho mejor. He conocido a docenas de tipos que están en Barcelona y Madrid, y me han dicho que aunque reinara un absoluto desconcierto, siempre fueron tratados como hermanos»62. La diferencia entre ambas zonas consistía en que en la España nacionalista los militares no se tomaban el tiempo de atender a los periodistas. Un oficial le dijo a sir Percival Phillips que «todos los generales rogaron a Franco que se expulsara a los periodistas del país hasta que hubiera finalizado la guerra» y otro oficial le dijo a F. A. Rice que «aquí hay demasiados periodistas»63. Un ejemplo ilustrativo de la actitud de los militares era la forma en que el general Millán Astray, mientras estuvo al mando de la Oficina de Prensa y Propaganda en Salamanca, convocaba cada mañana a los periodistas que no se encontraban en el frente. Los llamaba con un silbato y los formaba en filas para que escucharan su arenga diaria. No hay duda de que Bolín quedó impresionado por este ejemplo64.

Al igual que otros, Edmond Taylor engañaba a los censores enviando o llevando artículos a Francia. Como coartada, hacía llegar a Aguilera otras crónicas, conservando el material más conflictivo en una copia oculta. En la sala de prensa se puso un anuncio que prohibía a los periodistas referirse a los rebeldes como «rebeldes» o «insurgentes» y a los republicanos como «leales», «gubernamentales» o «republicanos». Los únicos términos permitidos eran «las fuerzas nacionales españolas» o «los nacionales» y «los rojos»65. Numerosos periódicos británicos y estadounidenses autocensuraban las menciones a las ayudas del Eje, pero cualquier transgresión de esta norma por parte de los corresponsales era castigada inmediatamente66. Aguilera se encontraba al mando de la censura en Burgos cuando ordenó, el 11 de septiembre de 1936, la detención de F. A. Rice, corresponsal del conservador Morning Post. Su delito era haber enviado dos artículos, uno sobre el colegio inglés donde se había educado Aguilera y otro, enviado desde Francia y por tanto no sometido a la censura de los rebeldes, donde había utilizado la expresión «el horror insurgente» en relación al ataque rebelde a Irún el 1 de septiembre de 1936. Aguilera consideró que ambos artículos revelaban «una actitud no del todo respetuosa» hacia su persona y hacia la causa que defendía. Después de amenazar a Rice con las graves consecuencias que esperaban a los periodistas que denominaran «insurgentes» a los rebeldes o se refirieran a los republicanos como «leales» o «las tropas gubernamentales» en lugar de «los rojos», Aguilera le conminó a elegir entre abandonar España o quedarse bajo estrecha vigilancia, sin permiso para cruzar la frontera —que era la única manera de enviar una crónica sin pasar por la censura franquista. Rice optó por marcharse. Su periódico, el Morning Post, comentó su expulsión en un editorial, que «proclamaba urbi et orbi que cualquier noticia que emanara de fuentes derechistas pertenecía más a la esfera de la propaganda que a la de los hechos»67. Los periodistas que trabajan en la zona nacionalista tenían claro que solamente los corresponsales de los periódicos alemanes, italianos y portugueses podían esperar un trato privilegiado. Una de las escasas excepciones era el corresponsal pronazi de la aviación inglesa Nigel Tangye, del Evening News, quien a su llegada presentó a un complacido Bolín recomendaciones de la embajada del Tercer Reich en Londres y de otros contactos alemanes68. En el caso de John Whitaker, al que Aguilera con toda la razón consideraba hostil a la causa nacionalista, el trato fue verdaderamente siniestro. Cuando Whitaker comenzó a visitar el frente solo, Aguilera se presentó en su alojamiento a primera hora de la mañana acompañado de un agente de la Gestapo y amenazó con matarle si se trasladaba al frente sin la vigilancia de alguno de los oficiales de la oficina de prensa: «La próxima vez que vaya al frente sin escolta, le mataremos. Diremos que fue víctima de una acción enemiga. Usted ya me entiende»69.

Millán Astray permaneció aún algún tiempo al mando de la propaganda tras su notorio enfrentamiento con Miguel de Unamuno. Según Franco, Millán Astray en su enfrentamiento con Unamuno había actuado como era su deber70. Sin embargo, incluso Franco tuvo que reconocer que era necesario actuar de una forma más rigurosa de como lo estaban haciendo Astray y Giménez Caballero. En consecuencia, el 24 de enero de 1937, la Oficina de Prensa y Propaganda se convirtió en la Delegación de Prensa y Propaganda bajo la dirección de Vicente Gay Forner, un profesor virulentamente antisemita de la Universidad de Valladolid. Gay, bajo el seudónimo de Luis de Valencia, había publicado en Informaciones artículos virtualmente ilegibles y apasionadamente favorables a los nazis. También había recibido subvenciones del Ministerio de Propaganda de Goebbels para sus escritos pro-nazis, incluido su libro La revolución nacional-socialista. Eligió como su segundo a Ramón Ruiz Alonso, antiguo representante de la CEDA en Granada, a quien se ha acusado de ser responsable del asesinato de Federico García Lorca. La falta de habilidades diplomáticas de Vicente Gay, así como su falta de consistencia ideológica, hicieron que pronto se ganara la animadversión de la mayoría de los grupos clave en Salamanca. En abril de 1937, Serrano Suñer sustituyó a Gay por el ingeniero Manuel Arias Paz, con el sorprendente razonamiento de que había construido un radiotransmisor. Arias Paz no era más que la cabeza visible. Su misión real consistía en organizar la propaganda nacionalista, que quedaría a cargo del intelectual monárquico Eugenio Vegas Latapie.71 Mientras tanto, Luis Bolín siguió supervisando el trabajo de los corresponsales aunque, tras sus chapuceros esfuerzos por negar el bombardeo de Guernica, fue sustituido en abril de 1937 por Luis María de Lojendio72.

Aguilera también estuvo implicado en el encubrimiento de los hechos tras el bombardeo de Guernica. Esto implicó la estrecha vigilancia de los periodistas «que no eran de fiar» y que intentaban acercarse a las ruinas de la ciudad, así como la expulsión de aquellos que escribían crónicas no deseadas. Incluso los periodistas afines recibieron directrices estrictas sobre la manera en que debían redactar sus artículos73. El trato que Bolín y Aguilera dispensaron a los corresponsales estaba muy alejado de los esfuerzos que hicieron Arturo Barea, Ilse Kulcsar y Constancia de la Mora por facilitar el acceso a información a aquellos periodistas que desarrollaban su labor en la zona republicana.

Ilya Ehremburg (con boina y corbata), frente a la sede de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética de Usera (afueras de Madrid), en marzo de 1937. [Pulse para ampliar.]

 

 
 
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