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  Corresponsales en la Guerra de España

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A un par de horas de tren desde Londres, en Gloucestershire (oeste de Inglaterra), un suave camino asciende a una colina entre prados, vacas e inquietas ovejas. Desde allí el paisaje es sereno y el verde intenso, en esta mañana soleada de mediados de febrero de 2006. Nos acompaña Martin Minchom —autor de la edición e introducción de La defensa de Madrid (Oberon, Madrid, 2005)— y nos recibe en la residencia en la que vive sir Geoffrey Cox, el último de los grandes corresponsales de la Guerra Civil española. Nacido en 1910 en Nueva Zelanda, se trasladó a Gran Bretaña muy joven y se graduó en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en Oxford. Su compromiso político y sus ansias de tomar parte en los acontecimientos de su tiempo, le condujeron al periodismo y, a finales de octubre de 1936, a España, donde informó al mundo durante seis semanas de la heroica e inesperada resistencia de Madrid [ver la crónica de Cox seleccionada y su contextualización]. Desde entonces fue corresponsal de guerra y cubrió los conflictos más importantes del siglo. Fue también precursor de los telediarios y programas informativos de la televisión británica, con diversos cargos directivos, en los años cincuenta y sesenta. En 1966 la Reina de Inglaterra le concedió el título de sir por su destacada contribución al periodismo. Con 96 años cumplidos, Cox conserva toda su lucidez, una envidiable ironía y un recuerdo imborrable de los días que pasó en España.

Bombardeo sobre Madrid (Detalle). [Pulse para ampliar.] title=

¿Cómo se enteró del comienzo de la guerra en España?

Estaba de vacaciones en Austria, muy preocupado por la evolución de Alemania, cuando se inició la rebelión en España y recuerdo que pensé que era otra oportunidad perdida de frenar el fascismo, pero cuando se tomó la decisión de armar a las milicias y se formaron las barricadas en Madrid, la situación cambió. Había llegado el momento de luchar y tuve enormes deseos de ir a España como corresponsal para informar de la guerra como lo que era: una guerra internacional.

¿Cuándo y cómo llega a España?

Yo era periodista y trabajaba como reportero. Mi periódico, News Chronicle, era de tendencia liberal y se oponía de forma frontal a Franco; era el único claramente a favor de la República en Londres. Mi primera misión fue intentar entrar en la zona nacional. Me trasladé a San Juan de Luz y desde allí hice gestiones, pero respondieron que News Chronicle era un periódico lleno de mentiras y que no iban a ayudarnos a fabricar más. Volví a Londres. Entonces se produjo la captura y expulsión de nuestro corresponsal en la zona gubernamental, Denis Weaver, [entró accidentalmente en la zona sublevada] y fui enviado para sustituirle.

Surgió su oportunidad

Yo era entonces un joven reportero [tenía 26 años] sin más experiencia que haber cubierto algún suceso local. Llegué a Madrid a finales de octubre de 1936 y poco después los corresponsales comenzaron a retirarse a Valencia, sobre todo a raíz de la salida del Gobierno. Llamé a mi editor y le pregunté si me iba también, pero me respondió: «Quédate en Madrid, ahí está la noticia».

Una decisión acertada

Desde luego. Sólo nos quedamos dos periodistas británicos, Henry Buckley, de The Daily Telegraph, y yo. ¡Qué gran periodista era Buckley! Y me ayudó mucho porque hablaba un español fluido y yo apenas lo entendía. También Arturo Barea y su mujer me ayudaron mucho, por ejemplo a traducir los comunicados; no eran unos burócratas, echaban una mano a los periodistas. Con Buckley recorrí los frentes y fui testigo de la resistencia de Madrid.

¿Tuvo conciencia de la trascendencia de lo que estaba ocurriendo?

No tuve la menor duda de que estaba informando de un acontecimiento de importancia histórica capital. Por primera vez, una fuerza surgida del pueblo era capaz de contener al fascismo. En la Universidad había participado en manifestaciones antifascistas y cantábamos en las marchas: «Hitler y Mosley [líder del fascismo británico] significan hambre y guerra / ni un arma, ni un paso hacia las guerras imperialistas».

¿Qué llevaba en su equipaje?

Lo imprescindible para aquellos días. Un pijama, las cosas de afeitar y una camisa de repuesto. Compré en España un anorak, una especie de chaqueta grande impermeable y atada a la cintura que hacía las veces de uniforme de campaña. Pensé que era una prenda muy útil y cómoda para aquellas circunstancias y que cuando acabara la guerra me haría con algo así. Hoy todo el mundo la usa. Yo la descubrí en España.

¿Se llevó la máquina de escribir?

Sí, me llevé mi máquina. Tenía una Remington portátil y todos mis trabajos fueron escritos en ella. Para enviar los reportajes usábamos el teléfono, no había cable, y era más cómodo y práctico tener los textos mecanografiados.

¿Cuál fue su primera impresión al llegar?

Enseguida me sentí muy comprometido con el pueblo español, un pueblo maravilloso y heroico como no he conocido otro. En todos los bombardeos que viví en Madrid no hubo un momento de pánico ni de ansiedad. Es un pueblo de valientes. Indudablemente los españoles salvaron Madrid, no las Brigadas Internacionales. En los primeros días visité con Henry Buckley el frente de Carabanchel, muy cerca de la plaza de toros. Recuerdo que había un hombre en las trincheras, obviamente un comunista, que no quería hablar de España sino del Comité de No Intervención. «Lord Plymouth, ¿qué clase de hombre es ese?», decía.

¿Qué ambiente de periodistas encontró?

Bueno, yo me alojé en el Hotel Gran Vía, justo enfrente de la Telefónica. El Florida, que pertenece al grupo posterior, el que llegó ya en 1937, era entonces muy peligroso porque estaba muy expuesto. En noviembre fueron los terribles bombardeos. El edificio de la Telefónica fue bombardeado y sufrió daños, pero nunca interrumpió sus servicios. Había una chica en el ascensor que decía: «Para arriba» o «Para abajo». Subíamos a una planta exclusivamente para los corresponsales extranjeros; después, en otra planta, enviábamos las crónicas. En una ocasión cayó allí una bomba y las chicas corrían con los auriculares puestos.

¿Era posible contactar con Londres a diario?

Había sólo dos líneas y largas esperas, pero al final conseguías la comunicación. Sobre todo llamábamos cuando se ponía el sol, el resto del tiempo estábamos tratando de averiguar lo que ocurría.

¿La censura?

Teníamos que ir al edificio de la Telefónica, pasar la censura y dictar la crónica. Un censor sentado frente a nosotros con un interruptor cortaba la comunicación si nos desviábamos una palabra de lo escrito. Pero la censura no era muy estricta, era muy sensata, y yo no recuerdo que a mí me interrumpieran una sola vez. Arturo Barea siempre te daba cierto crédito porque opinaba que era mejor para España contar la historia completa. Repasé después de la guerra todo lo que había mandado y la verdad es que creo que no habría cambiado ni una palabra. Claro que mi intención era contar al público británico la heroica resistencia de los madrileños, no el número ni el tipo de los tanques rusos.

¿Sus fuentes de información?

Sobre todo los comunicados y la impresión que sacábamos Buckley y yo de la visita a los frentes y lo que podíamos ver desde lo alto del edificio de la Telefónica. Una barricada es igual a otra y a veces lo único que quería saber el público británico era ¿quién va ganando? Nuestro momento fue mucho más de tensión informativa que el posterior, con menos expectación mundial por la noticia, en el que ya cabían mejor los reportajes de contenido humano.

¿Podía hablar con libertad con los soldados y los oficiales?

Con total libertad. Sólo más tarde, con la influencia estalinista, se limitó el contacto de los periodistas con los soldados pero en mi época, no.

¿Qué frentes visitó?

Todos están fuertemente grabados en mi memoria. Carabanchel, que fue muy importante, pero también Getafe. Fue la primera vez que vi la retirada del ejército republicano, en una escena extraordinaria que no olvidaré mientras viva. Después volví en varias ocasiones, pero aquel movimiento humano que presencié es indescriptible. Recuerdo que un fotógrafo me quería tomar una fotografía para enviarla a mi periódico y me pidió que me asomara sobre una trinchera en la que había fuego cruzado. Yo me asomé y dije: «Se trata de una trinchera de reserva», y me dijeron: «No, estás en la primera línea del frente».

¿Tenía tiempo libre?

Habitualmente íbamos a un bar llamado Miami, pero no había mucho que hacer allí salvo ver pasar el tiempo. En mi libro escribí que las guerras hacen enloquecer a los hombres. Era frecuente ver pasar por allí todo tipo de locos que contaban historias fantásticas o absurdas a los periodistas. Recuerdo un tipo que entró con una bomba incendiaria y a otros que se hacían pasar por pilotos. La mayoría simplemente quería dinero o alimentos.

¿Tuvo alguna novia en Madrid?

No, no tuve esa suerte.

Esperaban la entrada inminente de Franco en Madrid en noviembre de 1936.

Y con mucho miedo. Recuerdo que había una gran pancarta en la calle que decía: «En Badajoz los fascistas fusilaron a 2000 personas. Si entran en Madrid fusilarán a media ciudad». Nadie dudaba de que Franco era un asesino sanguinario. Su experiencia en el norte de África nos hacía creer que iba a terminar con todos sus opositores, ya fueran periodistas, sindicalistas o gente que no había hecho nada. Creo que a Franco no le perdonará la historia la cantidad de gente que mató para mantener su régimen.

Kléber era ya un personaje.

Me quedé muy impresionado cuando le conocí y su figura causó un gran impacto en Inglaterra. Impresionaba físicamente y tenía un gran sentido del humor. Después se ha sabido la verdad, pero entonces era claramente una figura política, un símbolo. Yo informé de que era un canadiense que había combatido con el Ejército Rojo y que había llegado a España para luchar por la libertad, cuando en realidad era un comunista húngaro. Stalin terminó con él. A veces me he sentido periodísticamente culpable por haber participado en aquella campaña, pero no es fácil descubrir estas cosas durante la guerra.

Menciona el uso de gases en la batalla de Madrid de noviembre de 1936.

No recuerdo bien los detalles. Sólo que recogí lo que entonces se decía al respecto. Procuraba comprobar todas mis informaciones y volví a confirmarlas para el libro.

¿Por qué salió de España?

Por dos razones. La primera porque había estado allí seis semanas agotadoras y el periódico me dijo que volviera. La segunda es que para un corresponsal de News Chronicle era muy arriesgado caer en manos nacionales y Franco había dicho que encarcelaría a cualquier reportero de mi periódico que cogiera. Cuando volví, me di cuenta de que mi nombre había estado día a día en la portada. De pronto, volvía a cubrir los robos e incendios de la ciudad e hice todo lo posible por convencer a mi editor, Gerald Barry, de que me enviase a Bilbao. Pero no me envió a mí sino a Phillip Jordan, que llegó con dos o tres días de retraso a la noticia de Guernica. Me sentí muy mal porque News Chronicle no estuvo allí y yo pensaba que tenía que haber estado. Quise cambiar de periódico [poco después pasó al Daily Express]; yo ya había escrito el libro, que se vendió muy bien y tuvo mucho éxito. La revista Harpers de Estados Unidos lo publicó serializado. No quise contar en primera persona mis experiencias sino dar el protagonismo a los hechos y a los madrileños que habían sido capaces de resistir.

¿No le gustan los relatos en primera persona?

Es el tipo de periodismo que detesto.

¿A qué otros corresponsales conoció? Con Jay Allen se cruzó en París.

Sí, en París, en Madrid no coincidimos. La verdad es que es el único que me dijo que Madrid no caería. Era un hombre valiente que tenía sus propias ideas y sus propias fuentes.

Arthur Koestler fue corresponsal de News Chronicle.

Le conocí bien, pero no en España. Me dijo que mi libro era de lo mejor que se había escrito sobre la Guerra Civil. El periódico hizo una gran campaña y un gran esfuerzo para liberarle, pero era comunista y Franco lo encarceló. Un miembro del Partido Comunista ejerciendo de corresponsal es peligroso. Todos los reporteros nos volcamos para intentar su liberación y jamás se mencionó su militancia comunista. Le tratamos como a uno más de nosotros.

O’Dowd Gallagher...

Un tipo extraordinario, sin duda. Mal vestido, sin afeitar... pero irresistible para las mujeres. Las más elegantes, las más distinguidas caían en sus brazos. Después de la guerra, recordando aquellos tiempos con Sefton Delmer [corresponsal de Daily Express], me comentó lo mismo, que no había mujer que se le resistiera. Trabajó más tarde como cronista parlamentario para Evening Standard. Sentado en los pasillos de la Cámara de los Comunes, oyendo las intervenciones parlamentarias y esperando a alguna señora para tomar el té... Un carácter extraordinario.

Y Hemingway.

Con todo el grupo del Florida, pero ellos llegaron más tarde. Martha Gellhorn era bastante arrogante y pretenciosa. La traté más tarde, en Helsinki, cuando los rusos atacaron Finlandia. Recuerdo que una vez la saqué de la cama para ir juntos a cubrir una noticia y luego contó en su libro que había ido sola. Creo que tanto ella como Hemingway hicieron de su arrojo una profesión y una manera de contar las cosas, sobre todo en los libros, y muchas veces simplemente no era cierto.

¿En qué se diferencia la guerra de España de otras en las que estuvo?

La respuesta es que fue una guerra mucho más ideológica que las siguientes en las que estuve. Por ejemplo la ruso-finlandesa. En la Segunda Guerra Mundial, el sentimiento antifascista era común y cuando llegué a Francia sentí que la ideología no importaba, sino los combates.

¿Qué opina de los actuales corresponsales?

Bueno, todo ha cambiado con la televisión. La televisión significa que la gente ya no lee reportajes sino que quiere ver las imágenes de lo que pasa. El problema estriba en que en un instante nadie es capaz de contextualizar esa imagen impactante, con sus antecedentes y sus consecuencias. Eso es lo que se ve, no lo que ocurre. Pero también hay que tener en cuenta que la televisión da lugar a veces para hacer un gran reporterismo.

¿Qué le parece la cobertura británica de la guerra de Irak?

Creo que la verdad debe conocerse cuanto antes. Mi experiencia me dice que aunque se habla siempre de manipulación informativa, hay cosas que no se pueden ocultar y que tarde o temprano se saben. Siento profundamente el destino de todos esos soldados ingleses, pobres chicos, que no han sido enviados para defender a su país sino para hacer el trabajo de policías en un rincón del mundo del que no saben nada. Les disparan, corren peligros, mueren... Se critica a los medios, pero conocemos los hechos.

¿La información de hoy es mejor o peor que la de la guerra de España?

Ligeramente peor, porque muchas de las noticias dependen de las imágenes. No me gustaría ser corresponsal hoy en día, pero sí cámara: un cámara de guerra con habilidad puede lograr un gran reportaje.

¿Se ha perdido cierto espíritu de camaradería entre los corresponsales?

Antes era un grupo cerrado. Éramos grandes amigos y grandes competidores. Recuerdo por ejemplo a la sueca Barbro Albing, con la que coincidí en varias guerras. Había un gran espíritu de camaradería; hablábamos sinceramente, compartíamos la información y las provisiones para cenar en el mismo vagón del tren. Llegabas y recurrías a alguien que conocías allí. Hoy en día ocurre una noticia y sólo los muy poderosos son capaces de enviar al escenario de los hechos en un plazo de horas al ejército de vehículos, cámaras, enlaces, antenas... que es necesario para cubrir la noticia. Entonces éramos otra cosa y yo estoy muy orgulloso de haber pertenecido a ese club, el mejor club del mundo. Y sin duda España fue nuestra noticia.

Geoffrey Cox, en 2006 (Detalle). [Pulse para ampliar.] title=
 
 
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