«Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tenía algo de oratorio, sin
necesidad de estímulos exteriores, perdida en las soledades del alma, de
rodillas o sentada al pie del lecho, sobre la piel de tigre, con los ojos
casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dúctil de imaginar el mundo
anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.» (pág. 208, T. II.)