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Vetusta

Clarín




Ilustración de Vetusta, por Miguel Sobrino
  ISBN:
84-689-6922-2 


Si el belga Georges Rodenbach convierte en una moda literaria el tópico simbolista de las ciudades muertas con la publicación de Brujas la muerta (1892), Clarín alimenta el de la ciudad vieja al fundar Vetusta, un lugar de su geografía literaria, aferrado al pasado, sinónimo del provincialismo, del atraso y la intolerancia que caracterizan a la España de finales del siglo XIX. La atmófera que se respira en lugares como la catedral, el casino, el teatro, las tertulias, los parques y paseos —puntos que convocan a los habitantes—, refuerzan la ansiedad que carcome el alma de los lugareños.

El tejido humano de Vetusta está compuesto, en su gran mayoría, por devotos feligreses que por un lado asisten puntualmente a la misa, confiesan sus pecados y comulgan y, por otro lado, se despellejan en el casino —donde los hombres planean sus conquistas—o en la tertulia, donde los varones al acecho y las hembras a la espera se acercan, se repelen o se devoran con la mirada. Nadie escapa a ese destino, y los que se salen de la norma son cuatro pelagatos que no constituyen una alternativa de cambio. Sólo un personaje parece situarse por encima de ellos: Ana Ozores, hermosa e inquietante dama que suscita la voracidad de los hombres y la envidia de las mujeres.

Vetusta es un organismo vivo que parece adecuarse a la forma de vida de sus habitantes; abiertos o cerrados, sus espacios nos hablan de los sentimientos. Iglesia, casino, teatro y tertulia son lugares que muestran tan sólo una cara de la vida, la otra, siempre a la sombra, oculta los vicios y los pecados celosamente guardados en los corazones sofocados. En cambio, las calles y los paseos, como el Espolón, son espacios abiertos que permiten respirar ampliamente y entrar en contacto con la naturaleza, ejercicio que puede ser peligroso, si despierta en el ánimo ansias de libertad.

La Iglesia se encargará de vigilar la conducta de los vestustenses, como suele hacerlo el Magistral con su catalejo, cual ave negra al acecho de almas pecadoras. El símbolo del poder inamovible es el edificio de la catedral que domina el entorno, con su torre —romántica mole que podía parecer tan ridícula como una botella de champaña y al mismo tiempo proyectarse como un fantasma gigante—. En lo más alto de la torre descansa el cuervo, presagiando la desdicha de los pecadores. Y, efectivamente, la iglesia que tras sus velos oculta inconfesables pecados, se sitúa en el corazón de la ciudad y en el de Ana Ozores, víctima de los prejucios y de la intolerancia de una comunidad a la que le resultan molestas su belleza y virtud.

Por todo eso, no es gratuito que el viaje iniciado por el visitante tenga como punto de partida la catedral, donde Saturnino Bermúdez ilustra a las damas distraídas sobre la riqueza arquitectónica del edificio. Los visitantes descienden hasta el panteón de los reyes, situado en una capilla ancha, oscura, fría y majestuosa por su imponente sencillez. Tras sus muros asedia la muerte, verdad última de la existencia, final de la etapa de ese viaje que emprendemos a través del tiempo y que parece detenerse en la catedral.

También podemos ir al casino donde la ociosa juventud deja pasar las horas entre las murmuraciones y el juego —al que son tan aficionados los hombres—, aquel lugar es la expresión de la muerte y de la mediocridad del medio provinciano, donde sólo unos descreídos que no tienen donde caerse muertos, constituyen la disidencia y cuentan tan poco que son el objeto de las burlas de los señoritos.

Los vetustenses tienen, además, un teatro al que asisten las mismas familias que se encuentran en las tertulias. Los convoca, no el interés por el arte, sino por ellos mismos, pues necesitan engalanarse, exhibirse, provocarse y devorarse. Ana Ozores no puede liberarse del asedio que tiene como finalidad la inmolación de su ser, y que prefigura su transformación en Nazareno, descalza, sangrando, con la cruz de sus pecados sobre sus espaldas, para purgar la falta de haber deseado amar y ser amada con una intensidad prohibida por la moral y las buenas costumbres.

Símbolos sagrados y profanos constituyen el decorado de ese espacio que nos habla de la lujuria y recogimiento. Espacios abiertos y cerrados trazan el mapa de una ciudad triste, amenazada por opacas nubes que desgarradas y deshechas caen como latigazos furibundos, rompiendo así la tensa cuerda que se estira desde que se inicia el asedio a Ana, la joven esposa de Víctor Quintanar, hasta su caída.

 

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