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La temprana muerte de Alfonso XII en 1885 obliga a la
regencia de su esposa y favorece el llamado «Pacto del Pardo», el acuerdo de alternancia
gubernamental entre las dos fuerzas políticas dinásticas encarnadas en Cánovas del
Castillo y Sagasta, que actúan bajo el arbitraje de la regente María Cristina, conforme
al mandato de la Constitución de 1876 y los inveterados usos caciquiles que
sistemáticamente pervierten y manipulan la voluntad de los electores. El reformismo
liberal de los años ochenta afianza la opción monárquica, divide al republicanismo (una
parte del cual, con Castelar a la cabeza, se integra en el sistema restauracionista) y, en
suma, procura una base algo más amplia al modelo político oligárquico ideado por
Cánovas. No pocos intelectuales, como Clarín, antaño fervientes partidarios de los
ideales democráticos del Sexenio, empiezan a prestar su colaboración en las
instituciones explorando, con desigual resultado, los límites del «posibilismo».
La Restauración y la Regencia contemplaron la confirmación de Madrid como capital de un
Estado centralista. Pero por aquel entonces resultaba evidente la pujanza de la periferia
(periférica era Oviedo, ciudad de poco más de cuarenta mil habitantes, convertida ya en
permanente residencia clariniana), que se manifiesta, de forma ejemplar, en la eclosión
de la novelística o en el florecimiento del círculo neokrausista de la universidad
ovetense. Esta especie de «rebelión de las provincias» es compatible, no obstante, con
un pulso cotidiano de siesta, casino, soportal y sacristía, magistralmente narrado en
La Regenta.
Durante la Regencia (1885-1902), pese a una cierta apariencia de estabilidad
institucional, el observador atento aprecia una corriente soterrada de crisis que va
empapando la mente de los sectores intelectuales más innovadores. Se trata de algo más
que una suma de eventos políticos precisos, responde más bien a la progresiva
penetración en España de la llamada crisis de fin de siglo, es decir, al cuestionamiento
de las certezas positivistas y la difusión de una tendencia al recogimiento subjetivista,
intimista y esteticista. En este contexto se explica la deriva del Naturalismo hacia el
Modernismo y la creciente intensidad del desapego intelectual hacia el sistema político,
que alcanzará su momento álgido con motivo del llamado desastre del 98.
En aquel conjunto gris, hay que poner de realce la labor reformadora de los intelectuales
liberales más o menos influidos por el krausismo, entre los cuales destaca la figura de
Leopoldo Alas. Esos intelectuales, relacionados con Francisco Giner de los Ríos y La
Institución Libre de Enseñanza, movidos por un alto ideal humano y patriótico, son los
mediadores en España de la cultura europea en todas sus dimensiones (literaria,
científica, social, filosófica). No esperan la llamada crisis de fin de siglo para obrar
por la regeneración de España. Al respecto, la labor de Clarín es ejemplar.
La «guerra de Cuba» había empezado en 1895. En 1897 muere Cánovas víctima de un
atentado anarquista. La victoria de los insurgentes cubanos y filipinos, con la ayuda de
los Estados Unidos, se produce en 1898. En los subsiguientes tratados de paz, España, al
tiempo que otros países afirman su dominio imperialista, pierde los restos de su imperio
colonial en América y el Pacífico. Con la conciencia, más o menos clara, de este hecho,
regeneracionistas, gentes del 98 y otros intelectuales (esa figura del intelectual moderno
ahora se afirma) pretenden despertar a los españoles de una larga siesta que se ha
interrumpido bruscamente dejando el sabor amargo de una pesadilla. Esa pesadilla, en forma
de «problema de España», se proyecta hacia el siglo xx, y cuando Alfonso XIII toma las
riendas del Estado en 1902, el año siguiente a la muerte del autor de La Regenta,
los sueños de regeneración política y reforma social todavía poseen el carácter de
promesas incumplidas. |
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