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Un clásico contemporáneo

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Hablar de Clarín y Europa es completar la fórmula famosa de J. A. Cabezas: «el provinciano universal» llegó a ser «europeo universal». Basta recordar la relación privilegiada que Leopoldo Alas mantiene a lo largo de su existencia de novelista, ensayista, periodista y catedrático con el entorno cultural europeo.

               Desde las aulas de su formación en Oviedo, y más que todo en el Madrid de los años krausistas, desde las bibliotecas y las salas de lectura de los Ateneos, los Casinos y los Círculos, desde las trastiendas de los amigos libreros y editores, se le ve siempre a la busca de contactos e informaciones sobre todo cuanto se publica en libros, revistas y periódicos, tanto extranjeros como nacionales.

               Impresiona ver, por ejemplo, la capacidad de reacción y asimilación que manifiesta el crítico de los Solos, todavía desinformado, en los escritos de fines del 78, sobre el giro decisivo que suponía la novelística naturalista, y convertido unos meses más tarde en el mejor conocedor español de la obra de Zola, del cual se le ve leer todo lo publicado anteriormente y comentar, al filo inmediato de la publicación ulterior, todo lo que escribe el Maestro de Médan —novelas, ensayos y artículos incluidos.

               Esa bulimia, evidente desde los años de Oviedo, es una de las características de Leopoldo Alas, lector y crítico de la literatura europea. «¿Un libro de más de 300 páginas, en que sólo se trata de un autor extranjero? Apenas si se concibe tamaño atrevimiento en España». Excusa decir que no se arredra Clarín en tales casos, y lo demuestra el apetito con que él se lanza a su vez en la aventura de la divulgación literaria. «Se ha de notar —escribe el crítico de Mezclilla (1889)— que trato más de escritores extranjeros que de los españoles, y entre ellos de muchos franceses [...]. En otra ocasión tocará la vez a los compatriotas, o a los italianos, o a los tudescos, o a los ingleses...».

               Y efectivamente, un repaso de las áreas mencionadas demuestra que de Inglaterra conoce Clarín tanto a los «clásicos», desde Shakespeare («Sueños de una noche de... Moyano» llega a escribir en El Solfeo de 1876) y «los hijos eminentes del Renacimiento inglés», como a los autores modernos, y hasta a Oscar Wilde, que le interesa por su triple condición de novelista, dramaturgo y poeta. Byron, Shelley, Keats, Rossetti, Swinburne, E. Barret son referencias obligadas de los numerosos artículos en los que Clarín intenta definir las pautas de una poesía moderna. En los escritos sobre la novela, se menciona tanto a Dickens, como al americano Hawthorne; tanto a «las autoras femeninas eminentes», como a un oscuro y contemporáneo Raffalovitch. Pero a Clarín le interesan también los historiadores (Carlyle, Macaulay), los filósofos (Bacon, «el gran Spencer»), cuando no los economistas «ortodoxos» manchesterianos, a los que tanto combate en sus escritos universitarios.

               Entre «los tudescos», se sabe que Leopoldo Alas venera a Kant y a Hegel (aun discutiéndoles), y más que todos a Goethe. «Hay dos Alemanias —dice en un palique de 1890 comentando un discurso de Guillermo II—, la que acata a ese joven iconoclasta, y la de Goethe». Además, aparte de los evidentes Krause y Ihering, están Heine, Schiller y el amado «Juan Pablo» [Richter], cuyos «arranques de humor profético» le recuerdan a Clarín el también amado «Fígaro» [Larra]. En cambio, considera a Nietzsche y sus «aristocracias poéticas» como potencialmente peligroso, y muestra especial antipatía por las teorías degeneracionistas del austríaco Nordau («es un iluso»). Entre los modernos preferidos del área germánica entran también Klopstock y los novelistas Auerbach, Hartmann y Freitag, el poeta Grün (del cual Leopoldo Alas traduce un soneto) y el dramaturgo Grillparzer.

               Pero Clarín admira además la erudición de los que llama «buzos de la vida clásica» (Gröte, Mommsen, Ranke, Wolf, entre otros), sin olvidar a los grandes hispanistas (filólogos o literarios), ni a los investigadores mantenedores de «la ciencia por la ciencia», a los que el Clarín de 1896 atribuye, con un sentido agudo de la «oportunidad» científica, el que los alemanes, «teniendo los mejores doctores, [acaben] por tener los mejores industriales».

               De los italianos, Leopoldo Alas (otra vez conocedor de los «clásicos», entre los cuales figuran los autores latinos, al lado de Boccaccio, Dante, Maquiavelo, etc.) estudia sobre todo la poesía y la narrativa moderna: Carducci, Leopardi, Manzoni, Verga, Capuana, Farina... y el «aparatoso d’Annunzio», aunque no se olvida de los grandes críticos y eruditos como Farinelli, criticando en cambio la «excesiva vulgaridad» de Lombroso.

               Los portugueses le merecen a Clarín especial atención por sus avances contemporáneos en el terreno de la novela y de la lírica. «No creía yo —comenta un artículo de 1883 sobre O primo Basilio (luego tan presente en La Regenta)— que en Portugal se escribían novelas tan buenas», y el desagravio se prolonga en 1884: «Ninguno de nuestros novelistas principiantes llega a Eça de Queiroz». Entusiasmo al que se une la admiración portada a los poetas Joaquim de Araujo, Guerra Junqueiro y el satírico Guillermo d’Acevedo.

               De los rusos conoce Leopoldo Alas (a partir del francés) a Puschkin, Chejof, Gogol, Turgueneff y Dostoievski, con lugar preferente reservado a Tolstoi, cuya religiosidad relaciona significativamente con la de Renan, y del que llegará a ser prologuista (Resurrección, 1900), aparte de comentar en repetidas ocasiones Ana Karenina y Guerra y Paz.

               Resta mencionar a los noruegos y daneses, por la atención prestada a Kierkegaard y a Ibsen, cuyo teatro Clarín considera muy superior al de Daudet o Echegaray. También menciona al dramaturgo y poeta Oehlenschläger y, repetidas veces, al filósofo y crítico Brandes.

               El caso de Francia es especial. Considerando que ahí está «el centro de la vida literaria mundial», según términos de una carta de 1888 a Menéndez Pelayo, Clarín circula por la literatura francesa como por su casa; desde los fabliaux, Rabelais, Ronsard, Brantôme, pasando por los barrocos y los «clásicos», Scarron, Corneille, Racine, Boileau, y los grandes escritores del XVIII, Voltaire, Diderot, Rousseau, hasta llegar al predilecto siglo XIX. Y allí sí que sería imposible reseñar la totalidad de los temas y los autores examinados, por más que nos ayuden a recordarlos las recensiones imprescindibles de Lissorgues, Botrel, Beser y otros...

               Digamos que, por su dedicación primera a la crónica de los estrenos madrileños, y por su vocación personal temprana, la cuestión del teatro no ha dejado nunca de preocupar a Clarín. Frente a la invasión de los escenarios españoles por los Augier, Cherbuliez, Dumas fils, Droz, Gondinet, Feuillet, Sardou, Scribe y sus infinitos adaptadores, Leopoldo Alas intenta determinar las líneas directrices de un teatro moderno, que los textos teóricos de Zola, y sus tentativas, o las de Flaubert, Daudet y los hermanos Goncourt, no consiguen definir. De ahí su interés prolongado, más allá de su admiración primera por Echegaray, de sus ensayos personales, y de los éxitos relativos de Galdós, hasta las hipótesis teatrales nuevas de Rostand y del afrancesado Maeterlinck, llegando hasta el «teatro libre de M. Antoine». Y no olvidemos el interés por la técnica de los actores, que fue motivo de su admiración por Sarah Bernhardt, en defensa de quien escribe nada menos que cuatro artículos con ocasión de la gira madrileña de 1882.

               De poesía, sabemos que, también por vocación personal y por interrogación sobre los representantes españoles del género, Clarín se ha ocupado siempre. André Chénier y V. Hugo, uno de los «padres del alma» con Renan y Zola, han merecido ser traducidos por el crítico, que incluye en su admiración la gran poesía «ideológica» de los últimos años. Pero el interés de Clarín le lleva a comentar también a Sully Prudhomme (quizás por el parentesco con Campoamor) y a Banville, Gautier y los Parnasianos, entre ellos a Leconte de Lisle y J. M. de Heredia (que le llaman la atención por su valoración de la Antigüedad clásica), a Verlaine con algunos reparos y, sobre todo, a Baudelaire, «decadente como lo fueron Ovidio, Propercio, Persio, Tibulo, Catulo». No cabe duda que el magnífico estudio dedicado a las Fleurs du mal y recogido en Mezclilla sea también un manifiesto en contra de otros «decadentes» como son Glatigny o el Rollinat de las Neurosis, criticados por la «pose» pervertidora de los modernistas rubenianos, «sinsontes vestidos con plumaje pseudo-parisien», «hojuela parisiense decadentista, simbolista, delicuescente».

               De la novela francesa, Leopoldo Alas, conocedor «desde siempre» de Balzac, Stendhal, y por otra parte admirador de la «música» de Chateaubriand, descubre con algún retraso los nuevos autores. Pero, pasada la fase de unos meses en la que emprende la lectura de todo lo escrito por Zola, se sabe la parte que tuvo en la difusión de la novela naturalista, los debates del Ateneo, la defensa constante de la novela nueva, desde las campañas de 1882-84 en La Diana, en Arte y letras, en El Día, donde su militancia en pro de «nuestro querido naturalismo, tan calumniado como querido», llega a poner en peligro su carrera periodística, hasta los últimos meses de su vida dedicados a la traducción de Travail. Y ello sin ocultar las discrepancias ideológicas o culturales, como se ve en un texto admirable de 1887, escrito en defensa de La Terre, donde el análisis retroactivo de todas las obras anteriores demuestra el conocimiento perfecto que tiene Clarín, no sólo de Zola, sino de todo el grupo de Médan: Maupassant, tan presente en Su único hijo, Hennequin, Céard, Alexis y los escritores afines.

               Además ya habían entrado en la reflexión de fondo de Clarín los aportes del «realismo» según Flaubert, del que cita significativamente tanto o más L’education sentimentale y La tentation..., en sus versiones sucesivas, como Madame Bovary, sin olvidar Salammbo, ni el humor corrosivo de Bouvard y Pecuchet, ni la afectividad revelada por las Cartas a George Sand. Tampoco se ha de olvidar el contacto (crítico) con los hermanos Goncourt, y las huellas que dejan Madame Gervaisais y Renée Mauperin en La Regenta. También entra Daudet en esa fase constitutiva del libro, en la que un artículo sobre La Evangelista demuestra lo que Clarín está tomando (y superando) de los estudios clínicos estilo Salpêtrière, y del análisis de los fenómenos religiosos. Lo cual enlaza, además, con el conocimiento y la valoración que supo también hacer Leopoldo Alas de la novela «espiritual» analizada a partir de las obras de Huysmans, de P. Bourget e incluso de Barbey d’Aurevilly (al que conoce como crítico antes de leer sus novelas), sin olvidar, en los últimos años, al mismo Barrès.

               Con la celebración constante de Renan («mi Renan», dirá un artículo de 1892), entramos en el último tema dominante de la cultura francesa clariniana, el de la historia y las evoluciones modernas del sentimiento religioso. La vie de Jésus, Les Apôtres, L’Histoire du peuple d’Israël, hasta las páginas íntimas sobre la muerte de la hermana (tema punzante en la afectividad de Clarín) son otras tantas ocasiones de comentar, de discutir, pero también de integrar otras lecturas de Bonald de Maistre, Lamennais, Lacordaire, M. de Vogüé, sin excluir a Bonchi, Strauss, Delff, Drapper, Eclerchein, etc.

               Lo cual nos lleva a otro aspecto del europeísmo de Leopoldo Alas: la apertura a esa «expansión natural, sana y fecunda del espíritu [...] que se arroja a beber la luz de las ideas sin mirar si están estas fuentes [...] más acá o más allá de las fronteras».

               «Historia de las ideas» sería, efectivamente, un apartado importante de la actividad crítica de Clarín, desde las primeras reseñas de unos Ensayos sobre el movimiento intelectual de Alemania, o de un Discurso de Álvarez Buylla sobre «La Escuela social de Economía (Kateder-socialismus)» [sic], hasta las numerosísimas «revistas» dedicadas a los debates del Ateneo («Los orígenes del lenguaje», «La Cuestión social», «Liberalismo y socialismo», «Literatura y revolución»), incluyendo los verdaderos ensayos que constituyen los Prólogos a La lucha por el Derecho de Ihering o al Goethe de González Serrano, o incluso algunos de los textos de El hambre en Andalucía, sobre las relaciones del trabajo y del capital, o sobre la economía política como nueva ciencia experimental.

               Economía y sociedad, con citas de Marx, Engels, Lassalle, Bastiat, Proudhon, Fourrier, J. Guesde, Laveleye, Walras, pero también Block, Burke, Dameth, Held, Wagner...; historiografía «contemporánea» con referencias a Michelet, Quinet, Cousin, Lavisse, A. Thierry, confrontados con la crítica inglesa y alemana; pedagogía con los textos polémicos sobre el laicismo francés y las reseñas de misiones pedagógicas de Buylla, Posada y Sela «por varios centros franceses»; psicología «novísima» con menciones de Taine, Ribot, Bourneville, Richer, Legrand du Saulle, Schüele, Griesinger, Wundt, Erdmann...; sin hablar de los incontables estudios sobre filosofía e historia del Derecho.

               Hacer el recuento de las referencias europeas de Clarín sería caer en el defecto que le achacaba la prensa satírica de su tiempo, al decir que solía «ametrallar con autores».

               Además sabemos que la información por los libros se completaba por la actualización permanente de la prensa internacional.

               Difícil podría ser identificar de modo concreto las fuentes periodísticas de un lector aparentemente sometido, pasados los días madrileños, a la selección operada por un Casino provinciano o por un librero amigo. Las citas explícitas reducen un tanto las áreas evidentes. Así es como no aparecen, en los artículos de Clarín, referencias a periódicos o revistas italianas, y son pocos los títulos alemanes (Deutsche Rundschau) o ingleses (The Standard, The Ateneum, Saturday Review) expresamente mencionados.

               En cambio, los títulos de la prensa periódica francesa (Le Figaro, Le Gaulois, Le Temps, Le Journal des Débats, Le Journal des Savants, Le Journal des Economistes, Revue des Deux Mondes, Revue politique et littéraire, Revue Britannique, Nouvelle Revue littéraire, Gil Blas...), se mencionan a menudo y se utilizan como fuente informativa constante. A lo cual habría que añadir la información indirecta que suministran todos estos periódicos, citándose y, a veces, copiándose unos a otros.

               Por otra parte se sabe que un periódico o una revista se pueden utilizar sin mencionarlos. Es evidente, para limitarnos a un caso, que la documentación médica reunida por Clarín sobre las Enfermedades de la Memoria, o de la Voluntad, de Ribot es anterior a la publicación en volumen; se ha sacado de La Revue philosophique de la France et de l’Etranger, revista dirigida por el mismo Ribot, donde escribían varios amigos de Leopoldo Alas, y que era muy presente en los ficheros de los Ateneos o de las bibliotecas universitarias, como otras muchas revistas científicas. Es indudable que ahí están también las fuentes informativas sobre movimientos científicos o literarios que se conocían por la prensa no sólo francesa, sino también alemana o inglesa. La prensa internacional es además, para Leopoldo Alas, materia prima de revistas de actualidad. «Pocos días hace [...]. Hace pocos días, leía yo un artículo reciente [...]. Acaba de publicarse [...]. Hace poco tiempo se publicó en París un libro [...]. Hace poco tiempo, en un disparatado artículo chauvinista, Anatole France escribía [...]. Hace pocas semanas se votaba en París [...]. Véanse los negros vaticinios bien recientes del inglés Harrison [...]». Las fórmulas se repiten y se ve, por los contenidos anunciados, que la actualidad puede ser tanto política como científica o literaria: Manifiesto de los Cinco en tiempos de La Terre, o manifestaciones antisemitas en tiempos de Dreyfus.

               Desde su «atalaya ovetense», según la fórmula de J.F. Botrel, Leopoldo Alas se entera, prácticamente en directo, de todo cuanto ocurre en el mundo cultural europeo. Léanse si no, y véanse las fechas de unos artículos de 1881 sobre «La juventud de Flaubert», que siguen paso a paso la publicación de los Recuerdos de Maxime Du Camp en La Revue des Deux Mondes. Del mismo modo, un «palique» de 1893 comenta, el 12 de julio, a propósito de J. M. de Heredia, un artículo que se acababa de publicar, en la misma revista, el 3 de junio anterior.

               A ello se habría de añadir que la constante atención prestada a la prensa extranjera, le confiere a Clarín una especial sensibilidad para captar los entredichos de todo tipo. Capaz de identificar el tono específico de tal o cual órgano de prensa hasta el punto de distinguir, por ejemplo, entre «la blague copiada del Figaro» y «el eufemismo aristocrático de La Revue des Deux Mondes», Clarín sabe también descubrir los trasfondos de las fluctuaciones culturales. «Rusia ha merecido ser el tic literario de París estos últimos años, por malas razones políticas [...] y por la influencia singular de Turguenef, ruso afrancesado», escribe Leopoldo Alas a contrapelo de La Revolución y la novela en Rusia de Pardo Bazán y, unos años más tarde, denuncia, como buen conocedor de los manejos editoriales, las aparatosas demostraciones de la juventud decadentista : «los agudos escritores franceses [...] ya no saben qué discurrir para evitar el crack [sic] de la librería...».

               Ahora bien, está claro que aquella dedicación, prolongada y extensiva, a las literaturas y a las culturas extranjeras no se explicaría sin un conocimiento, notable para aquellos tiempos, de los idiomas.

               Es evidente, y se ha comentado en muchas ocasiones, que Clarín sabía francés, desde los remotos tiempos madrileños en que cursaba clases particulares (de francés y también de italiano) en compañía de Tomás Tuero. Además, está la excelente traducción de Travail para el editor Maucci, y en fechas tan dramáticas como las de la primavera de 1901, durante la cual Leopoldo Alas gasta sus últimas fuerzas en cumplir con el «plazo angustioso» que supone la publicación simultánea de la novela en francés y en español. Pero ya se sabe también que Clarín ha sido traductor constante del francés, desde su intento casi infantil de traducción del teatro completo de Racine, pasando por los ensayos ya logrados de versión al castellano de Victor Hugo y André Chénier. Y a lo largo de su producción crítica, se le ve comentar «en directo» los textos franceses que maneja. Lo cual nos recuerda la evocación humorística que hace en Ensayos y Revistas de los tiempos estudiantiles en que se dedicaba a traducir «La Ilíada directamente del francés» [subrayado en el texto].

               Del italiano, como hemos visto, sabía bastante, por lo que se lee en los artículos, en las citas, o en los comentarios que suscitan, por ejemplo, las giras de compañías italianas por escenarios madrileños.

               Del inglés, ha dicho Leopoldo Alas que era el idioma que se le daba peor en la práctica, por no sabía qué incompatibilidad misteriosa —nosotros diríamos que no exenta de prevenciones aparentes hasta en la visión negativa del aya inglesa de Ana Ozores—. Pero así y todo, no cabe duda de que Clarín leía inglés, como se ve otra vez por las alusiones a revistas y a polémicas literarias o ideológicas del día, como la que se evoca en Museum (1890), a propósito de una novela de Pardo Bazán, cuya dudosa moralidad «se confunde con aquel benthanismo [sic] que Mathew Arnold echa en cara a la Saturday Review». Además, desde los años de La Unión, se ve a Leopoldo Alas capaz de comentar y criticar, por ejemplo, las traducciones de los «Estudios literarios de Macaulay por el Sr. Juderías Bender» o de Shakespeare (El Rey Lear) por Manuel Cañete.

               Sobre el alemán, se ha discutido el que Leopoldo Alas lo supiera, o si el conocimiento que demuestra de la cultura alemana ha pasado por el francés. Se nos hace difícil creer que el discípulo de los Krausistas, el prologuista e instigador de la traducción de Ihering, el comentarista y prologuista del Goethe de González Serrano y, para volver a la prensa, el suscriptor a la Deutsche Rundschau, no haya tenido contacto directo con los autores alemanes, algunos de ellos tan constitutivos de su modo de pensar.

               En cuanto al portugués, es evidente que Leopoldo Alas, como todo hispanohablante, lo entendía, hasta el punto de sentir la tentación de traducirlo. «Si yo fuera poeta —escribe en un texto recogido en Nueva Campaña (1887)— traduciría con mucho gusto al castellano estos Sonetos de Anthero de Quental».

               Lo cual nos lleva a examinar uno de los aspectos más interesantes del «magisterio europeo de la crítica» según Clarín, que es su actuación efectiva y continua a favor de las traducciones (en su doble vertiente) de obras extranjeras.

               Las iniciativas que acabamos de citar son las más conocidas. Otras se ignoraban, como la parte que toma Leopoldo Alas, y que hemos demostrado, en la estrategia editorial de A. de Carlos Hierro, en los primeros años de la difusión naturalista. Tomás Tuero como traductor anónimo de Nana, de Thérèse Raquin, y posiblemente de Numa Roumestan, es cómplice de Clarín, prologuista también anónimo de Nana y del libro de Daudet, en cuyo prefacio integra la traducción de un artículo original de Zola. Lo cual se completa con una campaña publicitaria cruzada entre los representantes de la crítica y la novelística «joven» que son, en aquel entonces, Leopoldo Alas, Palacio Valdés y Ortega Munilla.

               Lo importante es que el intervencionismo clariniano de los años 1880-82, a pesar de su «oportunismo», no era en absoluto ocasional. Para Leopoldo Alas, la traducción es uno de los modos imprescindibles, aunque muchas veces imperfecto, de la batalla cultural (recuérdese cómo el título de Nueva Campaña se inspira directamente de un título de Émile Zola).

               «Sí, es necesario estudiar mucho a los extraños», escribe Clarín en el prólogo al Goethe de González Serrano, y para ello es necesario traducir». En el mismo prólogo a Trabajo, recuerda Leopoldo Alas la parte que acaba de tomar en la publicación en castellano (con otro prólogo suyo) de Resurrección de Tolstoi, y otro texto contemporáneo demuestra que la iniciativa editorial fue suscitada por una sugerencia inicial del mismo Clarín.

               Tal empeño es constante, trátese de crear la Biblioteca selecta anglosajona, que se anuncia en el Prólogo a la versión española de Los Héroes de Carlyle, o de planear una Antología hispano-portuguesa para la cual se piensa «pedir a un buen poeta de los nuestros que traduzca algo de A musa em ferias [Guerra Junqueiro]. Y entonces verán ustedes...», concluye el entusiasta promotor, para quien toda empresa de este tipo se debe aplaudir, con tal de que ofrezca las garantías de exactitud y capacidad lingüística. Remitimos otra vez al Prólogo de Trabajo, donde Leopoldo Alas formula los imperativos de una verdadera deontología del traductor moderno, desde el respeto a la integralidad del texto, hasta el recurso técnico a lo que llamaríamos terminología, pasando por las transposiciones estilísticas que imponen el ritmo propio y la sintaxis del original.

               De ahí los elogios y los comentarios emitidos a lo largo de la producción crítica, a propósito, por ejemplo, de «una traducción del Faust [...] con un Prólogo de Valera» todavía en tiempos de La Unión, o de la publicación de «La poésie castillane contemporaine de Boris de Tannenberg», reseñada en Ensayos y Revistas, o de una traducción de Schopenhauer por Unamuno, en los primeros meses de 1900.

               Como contrapartida abundan los ataques a las traducciones malas, causantes de equívocos culturales y falsas interpretaciones. Para Leopoldo Alas, es imposible combatir incluso teorías como las de los positivistas, cuando son «traducidas de prisa del francés». Y en Los Señores de Casabierta, se burla Clarín de la jerigonza de los corresponsales afrancesados, y traductores aproximativos de la novelística al uso. «Es una traducción de Fois-gras [sic], el corresponsal de El Bombo en París [...] y ya ve Ud, hace falta dominar el francés para pronunciar correctamente los galicismos».

               Más seriamente, Leopoldo Alas se explica varias veces sobre las dificultades (en el caso de la poesía, por ejemplo), pero también sobre las ventajas de la traducción, tanto del extranjero hacia España, como de España hacia otros países.

               Véase, por ejemplo, el interés que tiene en señalar las antologías traducidas, o los escasos «albums» (números especiales diríamos) dedicados a España en París, en Londres y hasta en Hungría, dice una «Revista literaria» de 1893. Pero ya que, según el mismo texto, España continúa situándose «fuera de Europa», conviene, para Clarín, y repitiendo la fórmula acertadamente citada por Y. Lissorgues, «importar los elementos dignos de aclimatarse en nuestro propio suelo, y [...] estudiar cuidadosamente, para asimilárnoslo, cuanto fuera se produce que merezca la pena de verlo y aprenderlo».

               De ahí la campaña propagandística de los años naturalistas o, en un momento de relativa escasez de la producción literaria española, las recomendaciones de un Palique de 1892: «Sería de suma utilidad dedicarse a la traducción de algunas obras maestras extranjeras», portadoras de la «nueva savia» capaz de devolverle su empuje a la producción nacional.

               Lo cual se explica por el concepto totalmente abierto que tiene Clarín del «verdadero españolismo». Las aportaciones extranjeras, cualquiera que sea el terreno abonado (literario o científico), son para él fermento indispensable, no sólo para la creación nacional, sino también para la valoración de lo creado. «Hasta para comprender mejor a los autores nacionales que se elevaron muy por encima de ese falso patriotismo literario, conviene inspirarse en todas esas voces que suenan lejos de la patria [...]. Estúdiese en España, en el sentido y con el acierto con que en Inglaterra se ha estudiado a Shakespeare, y en Alemania a Goethe y Schiller, a sus iguales en nuestro Parnaso, y entonces sí que podremos todos, con reflexiva conciencia, admirar los tesoros del ingenio nacional». Así habla, otra vez, el prologuista al estudio de González Serrano, e inmediatamente surge el término, repetido a lo largo de la obra crítica, de «cosmopolitismo literario», que es lo que aprueba Leopoldo Alas, por ejemplo, en los catalanes como Ixart y Oller, mientras denuncia, a la inversa, el aislacionismo de los franceses.

               Y es que en la modernidad del crítico Clarín cabe la adhesión a la Escuela (entonces nueva) de literatura comparada del inglés Postnett, citado explícitamente en Ensayos y revistas. Siguiendo la cual, es como Leopoldo Alas, después de dejar asentado, en un artículo del mismo libro, que «Zola es uno de los pocos autores vivos que podemos llamar cosmopolita», se lanza acto seguido a un análisis comparado de la crítica internacional sobre Zola, crítica a la que ve guiada por «un mal fingido desdén» en el caso de Italia, por una «pedantesca superioridad», en el de Inglaterra, y por la férrea censura estatal de la «crítica del Imperio», en Alemania. Partiendo del mismo criterio, L. Alas escribe varios artículos comparativos como son, por ejemplo, el cotejo de una «Vie de St François d’Assise por Paul Sabatier», con una «Sta. Teresa-Her life and times, por G. Cunningham Graham; o como es el texto dedicado a «Ibsen y Daudet», donde Clarín argumenta en contra de una obra teatral del francés, para valorar otra del dramaturgo noruego, de la cual traduce in fine, y a partir del francés, unos largos extractos.

               Y es que, además, Leopoldo Alas, propagandista y difundidor de las culturas extranjeras, lo hace con la conciencia clara de lo que le falta a la cultura española en algunos aspectos, pero sin ningún complejo a la hora de señalar por donde pecan otras. Así se comenta irónicamente la suficiencia de un Edmond de Goncourt, cuando «llega a decir [...] que él no escribe para que lo entiendan extranjeros», o el ya mencionado aislacionismo de los «franceses [que] no traducen [...]. Se traduce mucho [...], pero el estudio serio y concienzudo y la traducción sabia, propiamente artística, de las obras de arte extranjeras, no está en proporción, ni con mucho, del trabajo intelectual allí consagrado a la producción nacional exclusivamente». Y al felicitarse, en un artículo de 1893, de que el editor Garnier tenga el proyecto de «publicar en Francia obras españolas en la lengua original», Leopoldo Alas, como buen conocedor del sistema educativo francés, tiene sus dudas sobre el éxito de la empresa, dado el deplorable nivel de los estudios del castellano en Francia. ¿Dónde están —comentaba ya en 1884— «los franceses hispanizantes [subrayado en el texto] que podrían ser los mediadores de la cultura española en Francia?».

               La pregunta podría aplicarse a la obra misma de Clarín. A pesar de los contactos señalados por el epistolario, o de los proyectos de traducciones anunciadas y esperadas, la crítica europea y los editores, mucho más cerrados y encerrados en su autosuficiencia parisina (o londinense, o milanesa) que el «ovetense universal», no supieron descubrir en su tiempo el aporte fundamental de uno de los mejores valedores de la cultura europea en España. Gracias sean dadas a los investigadores modernos por el valor concedido a la obra clariniana y, en especial, a los traductores europeos por el desquite que suponen las recientes traducciones de la obra novelesca.

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