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Para Antonio e Inmaculada
LA MÚSICA EN LA NOVELA DE LA
RESTAURACIÓN
Con la llegada de la
Restauración en 1875, asistimos en España a una etapa dorada de la novela, género que
ya había dado nuevas señales de vida desde que, en 1849, Celicia Böhl de Faber (Fernán
Caballero) publicase La Gaviota en El Heraldo, o Nicomedes Pastor Díaz
lanzara poco después los dos volúmenes de la discutida De Villahermosa a la China (1852).
Autores que alcanzarían la fama durante los años de la Restauración (1875-1923), como
Juan Valera, Benito Pérez Galdós y Pedro Antonio de Alarcón, habían comenzado ya a
publicar, respectivamente, novelas como Pepita Jiménez (1874), La fontana de
oro (1870) y El final de Norma (1855). Este último publicaría en 1875 su muy
celebrada El escándalo. Es decir, comenzaba por entonces un período de poderoso
aliento en la narrativa que produciría extraordinarias figuras literarias cuya obra ha
llegado en muchos casos a nuestros días en casi plena vigencia. Citaremos a una docena de
autores nacidos entre 1824 y 1867, es decir, enmarcados por fechas de nacimiento de Juan
Valera (1824-1905) y Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), ambos incluidos como principio y
fin de la corriente europea de la narrativa que oscila entre el realismo y el naturalismo,
si bien alguno de los citados pudo adentrarse en otros terrenos al margen de aquellos
modos. Nuestros autores son José María de Pereda (1833-1906), Pedro Antonio de Alarcón
(1833-1891), Benito Pérez Galdós (1843-1920); Narcís Oller (1846-1930), que escribió
sus novelas en catalán, Emilia Pardo Bazán (1851-1921), cuya serie de artículos La
cuestión palpitante (Madrid, 1883), tanto revolucionó el mundo literario al divulgar
el movimiento naturalista, impulsado por Émile Zola en las veladas de Médan
(Villennes-sur-Seine); Luis Coloma (1851-1915); Leopoldo Alas (Clarín) (1852-1901);
Armando Palacio Valdés (1853-1938); Miguel de Unamuno (1864-1936); y Ramón María del
Valle Inclán (1866-1936).
La Restauración es también un periodo excepcionalmente fecundo para la música española
pues durante ella se asienta el sinfonismo romántico con las obras de Marqués, Bretón,
Chapí, Giménez, Pedrell, etc., y se produce la gran eclosión de la comedia musical
española en Madrid, gracias a los teatros de la Zarzuela y Apolo principalmente. También
es la época de los esfuerzos por la instauración de la ópera nacional, capitaneados por
Bretón, Chapí, Emilio Serrano, Zubiaurre, Arregui, Morera, Vives, Albéniz, Granados,
Falla y de un nacionalismo a la europea a través de la llamada por Valls Gorina
«generación de maestros»: Joaquín Turina, Jesús Guridi, Conrado del Campo, Julio
Gómez, José María Usandizaga, José Antonio de Donostia, Juan Manén, Jaime Pahissa,
Óscar Esplá, Nemesio Otaño, Bartolomé Pérez Casas, Ángel Barrios, Eduardo López
Chávarri, Facundo de la Viña, Rogelio del Villar, etc.
Los primeros años de la Restauración ven declinar, poco a poco, la estrella de la ópera
italiana puramente belcantista y el auge de la zarzuela, las adaptaciones de operetas y
sobre todo la ópera de Verdi, y cierta ópera francesa Auber, Gounod,
Meyerbeer. Tardará en imponerse el verismo y aun será más trabajoso el triunfo de
las grandes óperas de Wagner, la denominada «música del porvenir».
De todos los novelistas citados, únicamente Clarín, Galdós y Blasco Ibáñez fueron
conscientes de la importancia de la aportación de Richard Wagner. Clarín ya nos habla
del gran compositor alemán en un bello relato tardío, Cambio de luz. El
protagonista del mismo, Jorge Arial, a punto de quedarse ciego, pedía a su hija que le
leyese «las lucubraciones en que Wagner defendió sus sistemas, y les encontraba un
sentido muy profundo que no había visto cuando, años atrás, las leía con la
preocupación de crítico de estética que ama la claridad plástica y aborrece el
misterio nebuloso y los tanteos místicos».
No sabemos qué textos pudo escuchar Arial de boca de su hija, pero como eran
«lucubraciones», podrían haber sido fragmentos de «Oper und Drama» (1852), o de
«Mein Leben» (1868)1. Tal vez alguno de los dramas musicales del gran compositor, cuyo exaltado
romanticismo calaba en numerosos lectores de entonces. En cualquier caso, Clarín da a
entender la necesidad de un proceso para captar, en su compleja simbología y sentido
filosófico, la obra literaria de Wagner, aplicable sin duda a su obra musical, que él
conocía parcialmente. Él mismo le dice a Tomás Bretón que, entre sus lecturas sobre
estética de la música, se encuentran folletos de Wagner y libros de Eduard Hanslick.
Es posible que Clarín asistiese a representaciones de Lohengrin o de Tannhäuser
en el Teatro Real de Madrid en 1881, 1885, 1889 o 1890. Rienzi se había
representado allí en 1876, año en el que todavía cursaba el Doctorado de Derecho en la
Universidad de Madrid. Comenzó entonces a publicar en la revista El solfeo y a
escribir sus primeros cuentos.
«Desde el paraíso del Real, sin meterme con nadie, he oído yo años y años toda la
poesía vaga y sublime que he querido; en parte alguna he sentido tanto como allí...»,
revela Clarín su pasión por la lírica con sinceridad, inclinación que más
adelante examinaremos con más detalle.
Para Benito Pérez Galdós, al igual que para Clarín, tuvieron que pasar muchos años y
muchas horas de escucha en el Real y en otros teatros madrileños, para comprender en su
verdadera dimensión el genio de Wagner. «En lugar preferente de su despacho, Galdós
tuvo hasta el final de sus días un hermoso retrato del gran músico»2. En su biblioteca guardaba la edición de Rienzi
realizada por Peña y Goñi y la traducción al catalán de El crepúsculo de los
dioses. Pero es bien conocida su buena formación musical; tocaba el piano y asistía
regularmente a los conciertos sinfónicos, admirando sobre todos a Beethoven. Es curiosa
su coincidencia con Clarín al admirar al Rossini de El barbero y sobre todo la
ópera de Gounod Fausto, a cuyo estreno madrileño en el Teatro Real, el 18 de
enero de 1865, dedicó Galdós su primer artículo en La Nación. Artículo
de gran perspicacia, como tantas otras críticas que publicó recién llegado a Madrid,
instalado en una pensión muy próxima al primer coliseo de la capital del reino.
El andaluz Pedro Antonio de Alarcón sintió pasión por la música, a la que consideraba
«hija de la libertad». Y es digno de encomio por su curiosidad ante lo nuevo, que le
llevó en plena juventud a ensalzar al Verdi innovador perseguido por su compromiso
político. El autor de El final de Norma es uno de los primeros en ponerse en
contra de la zarzuela, rémora del arte musical español, según él, para la
consolidación de una ópera nacional capaz de hacer frente a la francesa, italiana o
alemana. En ese sentido, es llamativo su apunte biográfico del compositor mallorquín
Vicente Cuyás (1816-1839), el malogrado autor de La fattucchiera3.
También Palacio Valdés tuvo especial afición a la música como lo prueban su novela Sinfonía
Pastoral, dedicada «a la memoria imperecedera de Luis Beethoven...», o el cuento Los
puritanos, donde revela su admiración por Bellini.
En otra de sus novelas, Años de juventud del doctor Angélico, el
protagonista Ángel Jiménez se siente «conmovido hasta lo profundo del alma al escuchar
a la bella Natalia al piano un Nocturno» de Chopin.
En Valera, en Pereda, en Valle-Inclán, lo musical es secundario, aunque Albéniz (Pepita
Jiménez), Chapí (Blasones y talegas) o modernamente García Abril (Divinas
Palabras), hayan compuesto óperas y zarzuelas inspirándose en sus textos.
Sobre Unamuno y su poco oído para la música (aunque su poesía a veces lo desmiente), ya
escribió Federico Sopeña un interesante ensayo4.
En cuanto a Valera, la noción que tenía del teatro lírico era un tanto convencional,
desde el momento en que, a propósito de la idea de Albéniz en convertir en ópera Pepita
Jiménez, escribía: «mi libro apenas es novela y mucho menos vale para comedia,
para drama, para zarzuela ni para ópera»5.
Federico Sopeña ha dedicado agudas páginas6 a la pasión de Emilio Castelar (1832-1899) por Rossini y
cita su frase: «Desconfiemos, desconfiemos, sí, de los hombres y de las sociedades que
carecen de ideal. Rossini ha sido un extraordinario artista y ha encantado a todo un
siglo, porque Rossini veía y amaba a Dios en el cielo; veía y amaba la libertad en la
tierra». Y resalta Sopeña la animadversión que el gran tribuno gaditano sintió
por Verdi. Pero, pese a lo equivocado del juicio, no dejaba de aproximarse a uno de los
ingredientes básicos de la revolución verdiana: «Veo a todas las primas
donnas de más celebridad quedarse sin voz muy jóvenes. Yo lo atribuyo al pésimo
género de canto que ha traído Verdi, a su manía de desgarrar las gargantas,
estirándolas, digámoslo así, en una tesitura imposible...».
Vicente Blasco Ibáñez es acaso el único, entre esta generación de novelistas que,
además de ser un melómano impenitente, supo expresar su deslumbramiento ante el arte de
Beethoven y sobre todo, ante el de Wagner. En el estudio Blasco Ibáñez y la ópera, Manuel
Bas Carbonell asegura que el antigermánico escritor valenciano demostró imparcialidad y
amor a la música «declarando su admiración por los músicos alemanes, especialmente
Wagner y Beethoven; también Schubert, Haydn, Mendelssohn y Mozart, sin importarle la
nacionalidad ni sus opiniones políticas.» La emoción ante el drama musical wagneriano
aparece en diversas novelas del autor de Cañas y barro, pero en ninguna de
modo tan patente como en ese canto al paisaje mediterráneo de Valencia llamado Entre
naranjos (1900). No olvidemos que Blasco tradujo Novelas y pensamientos de
Wagner, mientras su rival en republicanismo, Rodrigo Soriano, escribía La Walkyria de
Bayreuth. Viaje a la meca del wagneranismo (Madrid, 1898).
Desde la época de Mariano José de Larra (1809-1837), autor del libreto de la zarzuela El
rapto (1832), con música de Tomás Genovés, el espectáculo lírico había sido
favorito de la burguesía en casi todas las capitales españolas. Es más, tanto a través
de la ópera como de la zarzuela, que a lo largo del siglo XIX marchó
en paralelo con la estética del género operístico en Italia y en Francia, la burguesía
fue abandonando viejos modos y costumbres sociales, y modificó hasta las formas de sentir
y de practicar el amor.
No podía, por tanto, dejar de influir en Leopoldo Alas, «Clarín», esa «verdadera suma
de la existencia provinciana» en el último cuarto del siglo XIX7 que es La Regenta.
LA MÚSICA EN LA REGENTA
Entre 1882 y 1885, recién casado con Onofre García Argüelles e instalado su hogar en
Oviedo, Leopoldo Alas elabora minuciosamente su gran novela La Regenta. Su
publicación, en 1885, producirá un gran revuelo, sobre todo en los medios eclesiásticos
y entre la burguesía conservadora de la época. La causa es, sin duda, la certera
crítica de la sociedad, en este caso de una provincia española muy representativa del
ambiente pacato, hipócrita y de cortos vuelos en la España que había hecho fracasar la
primera República. Una nación en decadencia, e inmersa en la asfixiante mediocridad que
desembocaría en el desastre de 1898, con la pérdida de las últimas colonias. Como ha
resumido muy bien Tuñón de Lara refiriéndose al escenario en el que Clarín desarrolla
su novela, «Vetusta no es sólo Oviedo, sino España entera en los tiempos de Cánovas»8. Claro que tampoco España era sólo la de la oligarquía
y caciquismo denunciados por Joaquín Costa, ni la conformista y mal dirigida desde un
gritador e inoperante juego parlamentario; era también la luchadora y rebelde que
incubaba un potente socialismo, o la intelectual receptora de las doctrinas de Krause y
fundadora de la Institución Libre de Enseñanza. La de la algarada del día de Santa
Isabel y las sublevaciones anarquistas (la Mano Negra) y regionalistas, la de la huelga de
Bilbao en 1890 y la rebelión de campesinos andaluces que marcharon sobre Jerez de la
Frontera en 1892; y estaba muy próxima la primera huelga general en Barcelona, ya
desaparecido Clarín, el año 1902, fecha en que se inicia el reinado de Alfonso XIII.
También es cierto que gracias a la estabilidad política, con la alternancia en el poder
de conservadores y liberales, la vida literaria española y también la musical comenzaron
a dar frutos sustanciosos. Lo dicho por Tuñón no nos debe hacer pensar, sin embargo, que
La Regenta es una novela naturalista o prosaica, en el sentido de aplicar a la
narración un formalismo objetivo que no se decanta en sentido alguno. La Regenta nos
habla, ante todo, de la tensión entre lo ideal, lo soñado y la triste y dura realidad.
Como bien ha sabido ver Elisabeth Sánchez, «trata sobre las aspiraciones humanas y del
cómo y por qué se ven frustradas a menudo», y añade poco después que es una
novela cuya visión de la vida se mantiene constantemente ante nosotros y explora
ingeniosamente, desde una gran variedad de ángulos, la sutil interdependencia de las
cosas9. Y en ese juego del intelecto, Clarín se vale de todo cuanto le pueda servir
para poner de relieve el conflicto, sea la catedral de Vetusta (trasunto, como es sabido,
de la ciudad de Oviedo), su espléndida torre, el cabildo catedralicio, el barrio burgués
de la Encimada, la nobleza, el caciquismo, la influencia del clero, el paseo provinciano
por el boulevard, las festividades religiosas, los bailes del Casino, las excursiones, el
barrio obrero. Es decir, todo un mundo inmerso en el opresivo clima materialista y
convencional sobre el que se alza la figura de la protagonista, la romántica y sensible
Ana Ozores de Quintanar. Ana es llamada La Regenta por haberse casado con un ex regente de
la Audiencia de Vetusta, don Víctor Quintanar.
La música va a ser también un factor importante a la hora de configurar un personaje tan
apasionado y soñador como el de La Regenta, buscadora ilusionada de un
ideal de felicidad muy diferente al que parecía satisfacer a buena parte de los
estúpidos habitantes de Vetusta.
Clarín fue siempre un gran aficionado a la música, como su amigo Galdós, aunque el
escritor zamorano10 no tenía apenas formación técnica. Él mismo confesó a Tomás Bretón, con
evidente humildad: «Yo no entiendo una palabra de música nacional ni extranjera». Sin
embargo en la misma carta abierta11 le habla de sus lecturas sobre estética musical, a las
que ya hemos hecho referencia y dice que, pese a su ignorancia en materia de música, es
apasionadísimo de ella, y más cada día. «Cada vez me gusta más añade
oír cantar y tocar; y usted y sus colegas Chapí, Marqués, Arrieta, etc., etc., me han
hecho gozar mucho con sus obras, y también soñar mucho...».
Ya es revelador que entre los numerosos compositores españoles de la época, Clarín se
refiera únicamente a tres de los más destacados. Por supuesto, Arrieta y Chapí siguen
siendo escuchados en nuestros días, aunque sólo sea por piezas tan populares en la
historia del género lírico como Marina (1855) y La Revoltosa (1897)12.
Clarín conocía muy bien la zarzuela, no sólo por sus años en Madrid (1871-1881), donde
en la tertulia de la Cervecería Inglesa, se relacionó con algunos compositores y pudo
escuchar selecciones instrumentales de las obras de éxito en determinados cafés, sino
también de los de Oviedo, ciudad en cuyo ámbito se forjó la plenitud de su arte
literario, y a la que acudió con frecuencia mientras vivió en la Villa y Corte.
En la Universidad de Oviedo fue catedrático primero de Derecho Romano y luego de Derecho
Natural y en 1898 creó, junto al resto de profesores los cursos de Extensión
Universitaria, hoy tan frecuentes. Su descendiente Ana Cristina Tolivar Alas nos ha dado
una lista de zarzuelas representadas en al capital asturiana durante los años que
siguieron a la Restauración13 y aparecen en ella obras de Barbieri, Gaztambide, Oudrid,
Rogel, Cereceda, Rubio, Marqués, Arrieta, Caballero, Mangiagalli, Chapí, adaptaciones de
Offenbach, etc.
En el capítulo XXVII de La Regenta, Ana y su esposo, en una noche cálida
de mayo, conversan antes de cenar. Quintanar le habla de poesía, de música. En un
momento dado inicia el dúo del tercer acto de Los Hugonotes y le insta a imaginar,
junto al estanque del Vivero, a Gayarre o a Masini, dos de los tenores más grandes de la
historia, cantando una romanza. Don Víctor se anima y añade: «Las óperas
deberían cantarse así... ¿Qué nos falta a nosotros ahora? Música, nada más que
música... El panorama hermoso... la brisa... el follaje... la luna... pues esto con
acompañamiento de un buen cuarteto... y ¡el paraíso! Oh, los versos... los versos a
veces no dicen tanto como el pentagrama».
Párrafo que no tiene desperdicio, pues en él el ex regente de la Audiencia acierta a
destacar el valor expresivo y emocional de la música, su función como elemento
indispensable a la hora de dar relieve al valor emocional de un texto, o su capacidad de
sugerencia de ambientes y sentimientos. A un lector de hoy, el deseo de Quintanar de
contar allí con un buen cuarteto le haría pensar en un cuarteto de cuerdas (dos
violines, viola, violonchelo) que interpretase para el matrimonio cualquiera de los
excelentes cuartetos de Haydn, Mozart, Schubert o Beethoven. Pero sería mucho pedir que
Clarín pusiera este deseo en boca de un aficionado a la ópera en el Oviedo
decimonónico. Lo que Don Víctor pide, naturalmente, es un concertante operístico, el de
Lucia de Lammermoor, o el célebre de Rigoletto en el acto III, Un
di, se ben rammentomi, que cantan el Duque, Maddalena, Gilda y Rigoletto en la
siniestra hostería de Mantua, a orillas del río Mincio. En aquel momento Quintanar
hubiera querido cantar a su gentil esposa las palabras del Duque con la cálida melodía
verdiana: Bella figlia dell amore, y terminar con el vieni e senti
del mio core / il frequente palpitar.
De la afición de Clarín por la zarzuela nos da idea un fragmento posterior de este mismo
capítulo XXVII. Una vez terminada la cena, Ana, buscando mayor intimidad para culminar la
feliz velada, pide a su esposo: «Toma, móndame esa manzana...» A Don Víctor esas
palabras le suenan a una zarzuela francamente rara y desconocida hoy, titulada Beltrán
y la Pompadour. Los comentaristas de esta escena, lo más que llegan a averiguar es
que el autor de la letra fue el académico y crítico Manuel Cañete. Nadie ha dicho que
se refiere a una zarzuela del compositor granadino José María Casares, músico que
llegó a colaborar con Oudrid y con Caballero. De José María Casares se difundieron
mucho las Seis Rimas de Gustavo A. Bécquer, con versión italiana14. Posiblemente Clarín trató en Madrid a Casares, muy
admirador de Bécquer, como lo demuestran otras canciones de concierto sobre las Rimas del
poeta sevillano.
En La Regenta se habla mucho de música. De la popular y de la del salón burgués;
de la religiosa, sea coral, para órgano o sinfónico coral. En los cuentos del gran
escritor también. Sabemos que su esposa, Onofre García Argüelles, había estudiado
piano y en ocasiones entonaba romanzas de ópera y zarzuela en el hogar, acompañándose
ella misma. Una pianista en casa permitió a Clarín mantener contacto con la música
instrumental de los grandes maestros, principalmente con la de Beethoven. El compositor
gijonés Facundo de la Viña (1876-1952), discípulo de Paul Dukas y autor en su juventud
de numerosas piezas para piano de signo romántico, le dedicó una titulada Palique:
«Al eminente crítico Leopoldo Alas (Clarín)». El escritor alude a temas
tradicionales asturianos y de otras regiones, y de cómo hasta el órgano de la catedral
se hacía eco de ellos o de las romanzas de las óperas de moda, fuesen El Trovador,
o La Traviata. Ana Ozores se ve envuelta por la música, conmovida o
exaltada al escucharla en momentos clave de la novela. Su fantasía, sobre todo, se
desborda con una música que Clarín consideraba sublime: el Stabat Mater de
Rossini15, cuyos coros, arias, duetos y cuartetos removían su
espíritu. Acaso porque en ellos, como le sucedía a Heinrich Heine, «los terrores de la
Pasión vienen dulcificados» y «todo el conjunto está impregnado de una sensación de
infinito».
Como ya ha apuntado Gonzalo Sobejano, editor de Clarín16, no es que La Regenta sea una autobiografía
espiritual del escritor zamorano, «es algo más: el alma de Alas es el alma de Ana, y
ésta el foco de la obra entera». Y Ana protagoniza, al decir de Sobejano, «una novela
romántica contra el mundo antirromántico y en homenaje al alma bella y buena, derrotada
pero inadaptable». Y pone el ejemplo del final de la novela cuando, si bien Ana aparece
ya vencida por cuanto es y representa la sociedad de Vetusta, e incluso profanada por el
beso viscoso del sucio y afeminado acólito Celedonio, su victoria moral es absoluta. Ella
no se someterá nunca a los dictados de esa sociedad mediocre y adocenada en la que ha
vivido sin integrarse.
Evidentemente, Clarín no comulgaba con la apreciación stravinskiana, ya presente
entonces en los escritos de Hanslick, sobre la música como valor objetivo, encerrada en
sí misma y sin más contenido que su propia esencia. Posiblemente, como ha apuntado
Laureano Bonet17, prendiera en el autor de ¡Adiós, Cordera! la
teoría de Schopenhauer sobre la música, así como la idea de Wagner de que las
emociones, los sentimientos, pueden ser exaltados, o cobrar nueva vida por la música.
Schopenhauer había ya afirmado, en los albores del romanticismo, que «la música es la
lengua del sentimiento y de la pasión, mientras que las palabras son la lengua de la
razón18». Para el pensador alemán, el lenguaje de la música
expresa lo que hay de metafísico en el mundo físico, la verdadera esencia de cada
fenómeno. El ser humano no encuentra sino frustración incesante a sus anhelos y sólo el
gran arte, pura expresión asemántica puede sacarle de ese círculo de desencanto que
lleva al nihilismo. Sin duda, Leopoldo Alas como Wagner, Thomas Mann, Proust, Juan
Ramón Jiménez, cuya pasión por la música era consecuencia de esa convicción, y tantos
otros, incitado por el pensamiento del filósofo de Gdansk, llega a decir a
Bretón... «yo, partidario de Zola en muchas cosas, no le sigo en su guerra de la
música, y en esto me acerco a Schopenhauer, al cual la música le hablaba de un mundo
bueno que no había, pero que debía haber.»
En efecto, la música transporta a Ana Ozores a regiones ideales, melancólicas y dulces;
allí su fantasía vuela hacia espacios puros, etéreos y perfumados, despertando en ella
recuerdos felices y queridos. Ese mundo de los sonidos, vago y fantasmal, es para Ana la
vía de un acercamiento al misterio, a lo inefable, es decir, lo opuesto a lo visual y
tangible, realidad que ella rechaza por su vulgaridad y prosaísmo.
Una buena parte de las alusiones musicales de La Regenta son operísticas y casi
todas se refieren a la ópera italiana. Se citan óperas de Rossini (El
barbero de Sevilla), Bellini (Norma, La Sonnambula),
Donizetti (La Favorita, Poliuto), Verdi (La
Traviata, Il Trovatore), Gounod (Faust)
y Meyerbeer (Los Hugonotes).
Jakob Meyerbeer (1791-1865) era un berlinés afincado en París desde 1830, pero su
estancia anterior en Italia, donde experimentó, como Stendhal, la fascinación por el
arte de Rossini, le convirtió a un italianismo un tanto huero, pero muy espectacular.
Desde Il crociato in Egitto, pasando por Roberto el diablo, Los
hugonotes, El profeta, La Estrella del Norte, Dinorah, hasta
La Africana, Meyerbeer conquistó al público de toda Europa desde su puesto
de favorito de la ópera de París. La popularidad de Meyerbeer en España fue enorme y de
ello da idea la zarzuela de Manuel Fernández Caballero El dúo de la Africana
(1893). En el Teatro Real se cuentan por centenares las representaciones de las óperas de
Meyerbeer en el siglo XIX. Solamente de Roberto el diablo se dieron 140.
Ésta es la obra del maestro judeo-alemán que más interesó a Clarín, entre otras
cosas, por la curiosidad que el escritor sintió hacia lo demoníaco19 como fuente de una sensualidad turbadora y, al tiempo, de
aspectos inquietantes, oscuros, grotescos o simbólicos de la astucia y de la
desvergüenza. Tal vez por ello, Clarín se mostró fuertemente atraído por las óperas Fausto
de Gounod y Mefistófeles de Arrigo Boito. Esta última debió de verla en su
estreno en el Teatro Real de Madrid el 28 de enero de 1883. Es posible que por entonces
pudiese escuchar a Mattia Battistini como Figaro en El barbero de Sevilla, pues
se representó días antes. Era ésta una de sus óperas favoritas y aquel, acaso el
barítono que más le conmovió. Tenía una voz aguda, dentro de su cuerda, y además una
excepcional coloratura, la que le daba ventaja al encarnar ciertos papeles rossinianos.
En el capítulo III de La Regenta, tan lleno de referencias musicales, Ana Ozores
medita sobre la insulsez de su existencia y se queja con la exclamación ¡Qué
vida tan estúpida!
«En tales horas escribe Clarín no quería a nadie, no compadecía a nadie.
Sólo deseaba aplacar su desazón oyendo música. Y sin querer se le apareció el Teatro
Real de Madrid y vio a Don Álvaro Mesía, el presidente del Casino, entonando la célebre
cavatina del conde nada más empezar El barbero de Sevilla: Ecco, redente
in cielo / spunta la bella aurora / e tu no sorgi ancora / e puoi dormir cosi?
(sonriente en el cielo / nace la bella aurora / ¿y tú no te levantas aún / y
puedes seguir durmiendo?)». Por cierto, citado de oído con dos errores,
pero bien significativo del efecto irracional de la música sobre el espíritu, como
pensaba Schopenhauer.
En ese mismo capítulo Ana recuerda que no había conocido a su madre. Por eso, cuando se
dormía de niña lloraba sobre la almohada imaginándola y durante el sueño tenía una
madre que le cantaba canciones para adormecerla; entre ellas, «Estaba la pájara pinta /
a la sombra de un verde limón», la cual por cierto ha dado título a un hermoso
bailable lírico bufo con música de Óscar Esplá sobre un argumento de Rafael Alberti.
En una ocasión, Clarín envió un artículo desde Madrid a la Revista de Asturias (núm.
25, 30-XI-1879), donde dice que «el canto de la Scalchi recuerda las canciones con que
las madres adormecen y llenan de ensueños la infancia de todos los hombres bien
nacidos». Clarín se refiere a Sofía Scalchi-Lolli, mezzo piamontesa a la que escuchó
seguramente en el Teatro Real el 4 de diciembre de 1879 en el papel travestido de Siebel,
del Fausto de Gounod. También en esa ocasión cantó la célebre soprano Christine
Nilsson (1843-1921), la primera Marguerite de la historia. La Nilsson interpretó además
Margherita en Mefistofele y Elena en La notte del Sabba de la misma ópera
de Arrigo Boito. Sobre la dulce voz de la cantante sueca, que abarcaba dos octavas y
media, desde sol hasta re3, Clarín escribiría: «No le faltaba nada. Pero
tiene algo más que no ha tenido la Margarita del mismo Goethe: La voz».
De nuevo Clarín, a pesar de su admiración por la gran pieza de Goethe, a la cual
consideraba «la obra poética más admirable de la literatura moderna», descubre que la
música le otorga una dimensión nueva, más profunda porque se adentra en rincones donde
la palabra no alcanza a llegar. Al igual que Valera respecto a Pepita Jiménez, a
Goethe no le parecía que su grandioso Fausto fuese apto para la música.
En una de las conversaciones de Goethe con Eckermann (12 de febrero de 1829), éste le
dijo: «Aún no he perdido la esperanza de escuchar un día la música que se adapte al Fausto.
A lo que el gran poeta respondió: Es absolutamente imposible».
Recordemos, sin embargo, que se escribieron decenas de «faustos» musicales, desde el de
Ludwig Spohr, pasando por Berlioz, Schumann (cuya «escena del jardín» no ha sido
superada), Gounod, Boito, Liszt, hasta Wolfgang Rihm. En la España decimonónica fue, sin
duda, la ópera de Gounod la más apreciada, hasta el punto de conocerse al menos dos
adaptaciones en castellano, una con arreglos musicales de Antonio Cruz y Quesada (Granada,
1866) y otra, con libreto de Mariano Pina estrenada en el teatro Eslava de Madrid en 187520. Sin embargo el Mefistofele de Boito, hombre más
culto que Gounod, es más fiel a Goethe que el del maestro francés, aunque no le supera
en lirismo. Clarín, por cierto, pudo escuchar el órgano que se había instalado en el
Teatro Real para la escena de la iglesia en el acto IV de Faust; eso le
produciría mayor impresión, ya que gustaba del sonido imponente de este instrumento,
cuyos tubos despliegan todo su poder tras el desesperado grito de Marguerite al final de
la citada escena.
Para Carolyn Richmond21, aunque difíciles de advertir por su complejidad, hay
alusiones a Fausto en La Regenta, si bien el lector duda sobre quien
desempeña el papel de diablo, si el Magistral o don Álvaro Mesía, que es como el
«diablo» y el único «tentador» para Ana Ozores. De hecho, después de haber visto al
Magistral y a Mesía juntos durante la misa de gallo, a Ana le parece ver a don Álvaro
vestido a lo mefistófeles, y lo ve «muy hermoso». Pero también en otro capítulo
observa que el traje del Magistral tenía algo «del que luce Mefistófeles en el Fausto
en el acto de la serenata».
La música vuelve a hacer su aparición en un momento crucial de la novela. Es en el
capítulo XV, cuando el Magistral se plantea si está enamorado, siquiera platónicamente,
de Ana Ozores. Es una noche de luna y Fermín de Pas siente el pecho oprimido por una
inquietud diferente a las tristezas místicas de su época de seminarista en los Jesuitas.
Siente una punzante soledad. Y en ese momento, a través de una balcón de la vecindad,
escucha un violín interpretando motivos del tercer acto de Fausto.
Al narrar ese pasaje Clarín advierte que el Magistral no conocía la música, pero aquel
violín parecía decir muy bien las cosas raras (o sea, inexpresables), que estaba
sintiendo Fermín, y acordándose de la vida estéril que había tenido (como Ana que, al
percibir el vacío de su vida, sólo quiere escuchar música) sintió compasión por sí
mismo, «mientras el violín gemía diciendo a su modo: Al palido chiaror / che
vien degli astri dor / dami ancor contemplar il tuo viso...».
Hoy resulta curiosa la cita en italiano, pero es que Faust se oyó en el Teatro
Real vertido en esa lengua. El libreto de Barbier y de Carré se cantó en la traducción
italiana de Achille de Lauzières, publicada por G. Ricordi & C. de Milán. El autor
de la música figuraba como Carlo Gounod. No debemos olvidar que Bretón tuvo que poner en
italiano Los amantes de Teruel para poder estrenar en el Real esta ópera en 1889.
La cita contiene, como de costumbre, varios errores, porque en la versión italiana, dice
exactamente Fausto: «Voglio / quelle sembianze care / ancora contemplare / al
pallido chiaror / che vien dagli astri dor, / e posa un lieve vel / sul volto tuo si
bel22». Pasaje que en el original francés dice: «Laisse-moi
contempler / ton visage... / sous la pâle clarteé / dont lastre de la nuit, /
commme dans une nuage / caresse ta beauté23».
Se trata del dúo que pone fin al tercer acto. Margarita se despide de Fausto, pero este
la retiene. Clarín se fija en ese instante, todavía tranquilo. Poco a poco la pasión
irá «in crescendo» hasta llegar a la palabra «eternelle», que repiten los dos
amantes.
«El magistral lloraba por dentro, mirando a la luna a través de unas telarañas de hilos
de lágrimas que le inundaban los ojos...». En fin, otra vez la música expresando
los sentimientos inefables y, a la vez, conmoviendo profundamente los corazones, saltando
las barreras del intelecto.
A partir de Oh nuit d amour (Notte damor) la poesía y la calma que
trae la felicidad se acentúan, pero pronto vuelve la inquietud y el dolor de la
separación. Otra vez se escucha el tema de la cavatina de Fausto, al que el clarinete
otorga un intenso lirismo. ¡Cuántas emociones tuvo que producir este dúo a un hombre
tan sensible y apasionado como Leopoldo Alas!
LA MÚSICA EN SU ÚNICO HIJO
También está presente Fausto
en la otra gran novela de Clarín, Su único hijo, publicada en 1891, es decir,
seis años después de La Regenta. Richmond, por ejemplo, ha detectado un homenaje
al Fausto en el capítulo XI, cuando el melómano Bonifacio Reyes (Bonis),
protagonista de la novela, al no poder tocar un rato la flauta por no molestar a su
amante, Serafina Gorgheggi, cantante angloitaliana, se pone a dibujar. Su dibujo viene a
simbolizar la síntesis de su vida en aquel momento. En el cielo de sus amores, el amor
tranquilo, poético, de su amante Serafina. Luego, debajo de aquel mar sereno, una
borrasca con espíritus infernales, con el mismísimo demonio disfrazado de cuarto
menguante... «de la luna de miel satánica, de Valpurgis, que su mujer, Emma Válcarcel,
había decretado que brillara en las profundidades de aquellas noches de amores inauditos,
inesperados y como desesperados».
En el capítulo IV se recuerda a la Merlatti, una cantante de ópera comparable, para los
de la ciudad donde se desarrolla la acción, a la Grisi y a la Malibrán, aunque, no hay
que decirlo, aquellos jamás oyeron a tan remotas «primadonnas». La Merlatti era
conocida como la Toplina, errata clara de original, que debería decir Tiplona. Su rival
en la ciudad es la Volpucci, burlescamente apodada La Tiplina por los aficionados
locales, que así aludían a su poca voz en comparación con la susodicha Merlatti.
La música suscitaba en Bonifacio Reyes un mundo heroico e ideal de amores, cuyas bellas
historias le redimían de «todas aquellas ideas tristes y humillantes» que marcaban su
existencia hasta entonces. Y piensa ensimismado en Semiramide de Rossini, Nabucco
y Attila de Verdi y en Il crociato in Egitto de Meyerbeer (que él llama
Las Cruzadas). Hacía casi ocho años que no cantaba una compañía de ópera en la
ciudad, pero al fin, desde León, llega la compañía del tenor y empresario Mocchi. En
ella viene, además del barítono valenciano Cayetano Domínguez, que usa el nombre
artístico de Gaetano Minghetti, una soprano inglesa que ha italianizado su nombre en
Serafina Gorgheggi. Aquella gente cambiará la vida monótona del bueno de Reyes,
fascinado por el mundo de la farándula y sobre todo por Serafina, que se convertirá en
su amante. De nuevo Clarín recurre a la simbología musical y a sus conocimientos del
género. A lo largo de la novela se citan La Straniera de Bellini, Don Giovanni
de Mozart, Lucrezia Borgia de Donizetti, Otello de Rossini, Norma de
Bellini, La sonnambula, del mismo autor, y La Traviata, de Verdi. Se
alude también a la ópera de Arrieta La conquista de Granada, estrenada en
1850 en el Teatro del Real Palacio, sobre un libreto en italiano de Temistocle Solera y
que pasó al Teatro Real en 1855 con el título de Isabel la Católica.
El nombre de Serafina Gorgheggi no deja de ser parecido al de una cantante que estuvo en
Oviedo por esa época y llegó a dar una serie de recitales acompañada al piano por
Baldomero Fernández24. Me refiero a la mezzosoprano Josefina Giorgini que, como
otras cantantes de la época, también difundió la ópera italiana por medio de
recitales. En este caso, la acompañaba el joven maestro Baldomero Fernández Casielles
(1871-1934), compositor notable, como lo fueran en Oviedo Manuel del Fresno Pérez del
Villar (1900-1936) y Anselmo González del Valle (1852-1911), notable pianista y autor de
paráfrasis para piano y transcripciones de ópera y zarzuelas, género muy cultivado a lo
largo del siglo XIX. González del Valle es autor y esto es
significativo de la Fantasía sobre motivos de la ópera Fausto del maestro
Carlos Gounod compuesta para piano, op. 15, de hacia 1881, que Clarín tuvo que
escuchar en casa del autor. Recordemos las realizadas en Europa por Liszt sobre Puritani,
Sonnambula, Guillermo Tell, Norma, Lucrezia Borgia, Lucía de
Lammermoor y Roberto el diablo. Hay paráfrasis, reminiscencias y
fantasías operísticas para otros instrumentos. De violín, por ejemplo, fueron conocidas
la Fantasía sobre Fausto de Gounod, de Wieniawski, y la Fantasía sobre
Carmen de Bizet, de Sarasate, lo cual contribuiría al conocimiento de las melodías
de las óperas entre aficionados ajenos al mundo lírico. No olvidemos las fantasías para
banda sobre óperas de Donizetti y Ponchielli, del maestro ovetense Víctor Sáenz
(1841-1932)25.
Podríamos entrar más a fondo en la significación y presencia de la música en la obra
de Clarín, pero agotaríamos la paciencia del lector. Resultan de enorme interés, por
ejemplo, y darían lugar a otro estudio, sus artículos para la revista neoyorquina Las
Novedades publicados entre 1894-189726. Por ejemplo, la crítica favorable a María del
Carmen de Feliu y Codina, estrenada en el Teatro Español, podría haber sido un
incentivo para que Granados se lanzase a componer sobre esta pieza su ópera del mismo
título, de ambiente murciano, del año 1898. Pero llega la hora de resumir lo escrito
hasta ahora en una conclusión.
CONCLUSIÓN
La música fue muy importante
para forjar el mundo creativo de Clarín, escritor vocacional y hombre de preclara
inteligencia. En las dos grandes novelas, en numerosos cuentos, en sus certeros artículos
y críticas, asoma la música y, en ocasiones, llega a ser elemento primordial de los
mismos. Releer La Regenta y Su único hijo27 ha sido para nosotros un feliz reencuentro con la
agudeza y el idealismo romántico de Clarín. Además nos ha descubierto muchas cosas que,
en la primera lectura de nuestra juventud, quedaron desapercibidas.
Es cierto que Clarín no era un técnico en materia musical, ni falta que le hacía, pero
quizá por ello su visión de la música aparece totalmente libre de prejuicios y
desprovista de esas supuestas filias que no son sino añagazas para quedar bien entre los
entendidos. Con sinceridad amó y disfrutó del belcantismo italiano de los Rossini,
Bellini, Donizetti y el primer Verdi, así como de los seguidores españoles de esa
escuela, Gaztambide, Arrieta, Oudrid, Barbieri, Caballero...; reconoció sin duda la
superioridad del Mozart de Don Giovanni y pudo intuir el genio de Wagner, pero no
conocerlo en su verdadera dimensión, pues no se le brindó oportunidad alguna de escuchar
sus obras interpretadas como corresponde. Recordemos que Tristan e Isolda llegó al
Teatro Real en 1911, Parsifal en 1914 y El anillo, salvo Sigfried,
estrenado tres meses antes de su muerte, fue representado en Madrid después de
ocurrida ésta.
En fin, nadie puede dudar del enorme interés de Clarín por el teatro lírico. Resultan
reveladoras sus palabras, en carta fechada el 5 de febrero, de 1888, dirigida al ilustre
crítico Josep Yxart (Tarragona, 1835-1895), uno de los guías literarios del novelista
Narcís Oller y defensor del naturalismo en la novela: «confieso que me divierte poco el
teatro, como no haya música28».
Admirado Clarín, con determinadas excepciones, a muchos nos ocurre exactamente lo mismo.
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