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«Proyección de una vida» rezaba, con acierto, el subtítulo del primer estudio monográfico de los cuentos de Leopoldo Alas, publicado hace luengos años ya (De los Ríos). En efecto, los 128 cuentos, novelas cortas y fragmentos narrativos recopilados ahora por vez primera en dos volúmenes bajo el título de Cuentos completos de Clarín constituyen un auténtico reflejo ficticio, no sólo de las vivencias físicas de su autor —experiencias propias junto con otras observadas o conocidas de modo indirecto por él—, sino también de vivencias intelectuales y emocionales suyas, una gama de ideas y sentimientos que se extiende desde lo fríamente conceptual hasta lo más hondamente espiritual. Esta aparente dicotomía entre cabeza y corazón, que a primera vista constituiría una especie de tensión de resolución difícil o imposible, resulta ser sin embargo lo que otorga a la narrativa breve clariniana su todavía asombrosa modernidad: reúnense en ella, de modo armonioso, una visión crítica —frecuentemente satírica— de la realidad externa así como de ciertos personajes moralmente censurables con otra, comprensiva —a veces, hasta tierna—, de la frágil e infinitamente compleja intimidad humana.

               Cualesquiera que sean la perspectiva y tono empleados por su autor, se caracterizan sus relatos por una fuerte unidad de estilo, siendo ésta la inconfundible seña de identidad artística del verdadero y auténtico escritor. No obstante, en lo que se refiere al resultado, no todos son parejos en calidad: hay narraciones muchísimo más logradas, estéticamente, que otras. Leopoldo Alas —el crítico, recordémoslo, más importante y temido de su época— escribía por muchas razones aparte de lo que impone el imperativo creador: por ejemplo, mediante la publicación de obras de invención literaria en la prensa del día, por el afán de ilustrar a un amplio público lector; o bien, según sugiere el proceso de divulgación más habitual en él —la recopilación posterior en volumen—, por el deseo de cuidar para la posteridad su obra narrativa; o bien, desde un punto de vista puramente económico, por la necesidad de suplementar su sueldo de catedrático (según consta en la correspondencia de Alas con sus editores entre 1884 y 1893 —Blanquat y Botrel—, se sentía con apuros económicos y tenía deudas que pagar…).

               Por lo dicho hasta aquí es claro que la caracterización de los relatos de Clarín como «autobiografía ficticia» ha de entenderse en un sentido amplio del término: detrás de ellos late un elemento indudable, a la vez que elusivamente personal. En su narrativa breve, reflejo de unos veinticinco años de una vida truncada —fallecería de una tuberculosis intestinal a los 49 años de edad—, dejó Leopoldo Alas, transformada en arte, constancia de sus más íntimas preocupaciones vitales, intelectuales y espirituales.

 

     INSPIRACIÓN Y CREACIÓN, METAMORFOSIS Y MISTERIO

Poco sabemos, en realidad, de la vida del joven escritor que ya a mediados de la década de 1870 empezó a firmar sus artículos de crítica y primeras invenciones literarias con el pseudónimo de Clarín. Sin embargo, al contrario —quizá— de lo ocurrido en el caso del otro gran novelista español y espectador de la comedia humana de las últimas décadas del siglo XIX, Benito Pérez Galdós, el universo ficticio de Leopoldo Alas procederá siempre desde dentro hacia fuera: al contrario, también, de la perspectiva irónica y nunca falta de comprensión adoptada por aquél, la de Clarín resulta ser siempre más bien comprometida, subjetiva, personal. Su voz —la de un narrador testigo a veces, otras participante, enjuiciador a veces, todavía otras, compasivo— es la de un autor omnisciente en el sentido más estricto de la palabra. Jamás oculta, jamás procura disfrazar de neutralidad su imponente yo.

               Tampoco procura ocultar demasiado Alas la estrecha relación que existe para él entre el arte y la vida, siendo ésta la materia prima de aquél. Excelente ejemplo de ello es la primera parte del Folleto literario IV, titulada «Mis plagios» (1888), donde ofrece una vehemente, y brillantemente articulada, autodefensa de una acusación de tal delito que había descargado contra él, por escrito, el acerbo crítico puertorriqueño Luis Bonafoux. Con una penetrante combinación de lógica y análisis literario, demuestra allí Clarín, sin lugar a dudas, la imposibilidad de cualquier plagio en los casos citados por dicho contrincante: la escena en que asiste Ana Ozores a una representación del Tenorio, insiste, está tomada «de la realidad» —un incidente que le había contado a Alas un amigo suyo—; «Pipá está tomado del natural; vivió y murió en Oviedo»; y su «Aquiles Zurita es un caballero tan honrado como sencillo, que vive, y no lejos de mí y no puedo nombrarle por mil razones». En estos así como en otros muchos casos, pues, serviría de inspiración directa, o materia prima, a nuestro autor la vida, transformada siempre —recuérdese— en obra de arte.

               Por muchos que sean los datos y detalles que poseamos, esta metamorfosis —pues no es otra el proceso de la invención literaria— resulta ser, en el fondo, un misterio. Y con razón. Pero por lo que se puede vislumbrar en el caso de Clarín, parecería seguir nuestro autor un procedimiento bastante parecido en la creación tanto de sus relatos como de sus novelas largas (las dos que llegó a terminar y los fragmentos narrativos destinados a formar parte de una malograda trilogía novelesca, especie de continuación de Su único hijo, que no llegaría jamás a terminar). Se trata de la elaboración ficticia de vivencias fragmentadas, como las que al comienzo de este escrito se pormenorizaron, introducidas dentro de los textos más extensos y en los breves, desarrolladas, intuitivamente y por asociación, en una especie de eclosión poética. (Ocurre algo semejante, también, en las novelas: por ejemplo, el desarrollo —fuera de los límites del argumento principal— de las historias de personajes secundarios como don Pompeyo Guimarán o don Santos Barinaga en La Regenta; o bien algunos incidentes hasta cierto punto ajenos a la acción en Su único hijo).

               Según atestigua la antes referida correspondencia de Alas con sus editores, la imaginación de nuestro autor rebosaba de ideas para novelas largas que, por razones extraliterarias —una salud crecientemente deteriorada, una fuerte depresión, problemas personales de otro tipo—, jamás llegaría a llevar a cabo. La narrativa breve, en cambio, era para él un género mucho más abarcable desde varios puntos de vista. También le ofrecería una enorme libertad para experimentar con una diversidad de temas y técnicas narrativas; explorar los límites del sueño así como de la imaginación; y desarrollar a su manera, sin constricciones, la vieja conjunción cervantina de realidad y fantasía. No sólo llegarían a constituir los relatos, en su conjunto, una especie de autobiografía secreta de su creador sino que, colocados desde dentro de un orden cronológico, nos permiten bosquejar también el desarrollo artístico de Leopoldo Alas en cuanto narrador. A estas dos facetas básicas —al relato como reflejo tanto autobiográfico como estético— están dedicados los siguientes apartados del presente ensayo.

 

     TANTEOS JUVENILES: DEL APRENDIZAJE A LA PERFECCIÓN

Aunque se suele considerar que su década formativa como escritor es el período entre octubre de 1871 y junio de 1882, años que pasaría en gran parte de estudiante y flamante periodista en la corte, el verdadero aprendizaje literario de Leopoldo Alas remonta a un curioso y poco conocido experimento, redactado enteramente por él, como especie de entretenimiento, entre el 8 de marzo del revoltoso año de 1868 y el 14 de enero del siguiente, y titulado Juan Ruiz. Periódico Humorístico. Fue, pues, éste en realidad, escrito inicialmente como «Ruyz» (probable anagrama, con letras a la inversa, de AlaS Y UReña) (Richmond) para permutarse, poco después de la Revolución de Septiembre, en la forma más popular de «Ruiz», el primer pseudónimo de nuestro autor. Tres cuentecitos —dos breves y uno, más largo, sin acabar—, aparecidos ahí por entregas, anticipan ya temas, entornos y técnicas narrativas característicos de la cuentística clariniana de la época madrileña.

               De la veintena de relatos salidos de la pluma del joven Leopoldo Alas entre julio de 1876 y junio de 1882, apenas nueve serían recopilados a posteriori por él: seis en Solos de Clarín [1881], su primera compilación de escritos, la mayor parte de ellos artículos de crítica; tres en la colección de «Crítica y sátira» titulada …Sermón perdido [1885]; y dos en su primer volumen propiamente dicho de cuentos, Pipá [1886]. Esta trayectoria, que refleja una creciente confianza por parte de Alas en sus dotes narrativas, sugiere asimismo un aspecto característico de su arte novelística, no sólo de esta época de aprendizaje literario sino también, aunque en proporciones menores, de las dos siguientes: la fusión que puede haber en ella entre diversos géneros literarios. En efecto, la combinación en un texto de elementos costumbristas por ejemplo, o bien —como ocurriría años después— de factores ideológicos con otros de pura invención, llega a producir a veces en la narrativa clariniana una especie de sensación inquietante, oscilante, reflejo no sólo de la originalidad artística de su autor sino también de su gran modernidad.

               ¿Por qué —debemos preguntarnos— no eligió Leopoldo Alas recoger en volumen los demás textos narrativos publicados por él en la prensa del día? Seguramente por ser algunos de ellos —publicados, y sin duda escritos, por entregas— relatos inacabados, constituyendo así unos tanteos literarios que su autor abandonó a mitad del camino. Reflejan éstos también un proceso creador característico suyo al que recurriría otras veces a lo largo de su vida: el de empezar una narración sin saber, aparentemente, con demasiada certeza adónde iría a parar. Sin embargo otros relatos de estos años no recopilados en su momento por Clarín, y entre los que figuran algunas verdaderas joyas literarias, están pulidos a la perfección. Serían, pues, otras las razones —probablemente de índole personal— que le inducirían a su posterior exclusión.

               Resultan ser estos textos narrativos juveniles de Alas autobiográficos por dos razones fundamentales: por constituir de un lado un reflejo estético de aquellos primeros tanteos literarios que, con diversos grados de éxito —o bien, si se quiere, de terminación— llevaría a cabo durante estos años, y de otro, de las vivencias y sentimientos de su autor. O sea, del acto creador como proceso o bien como resultado de la inspiración personal, metamorfoseados los dos, misteriosamente, en obras de arte. Veamos a continuación algunos ejemplos de temas y técnicas narrativas característicos de esta época tal como se manifiestan en relatos recopilados por el propio Clarín así como en otros de los que haría luego caso omiso. Resultarán unos y otros hasta cierto punto complementarios.

               Entre los textos reunidos posteriormente en volumen por su autor están varios de estirpe costumbrista, como los retratos satíricos comprendidos en De la comisión… y Don Emerguncio o la vocación (Del natural), o bien la burla, manifestada mediante una fingida correspondencia, del punto de vista y escritura de las mujeres en De burguesa a cortesana y De cortesana a burguesa. Otros no recopilados por él, algunos sin terminar, reflejan semejantes intereses: Estilicón (Vida y muerte de un periodista), Post prandium (Cuento trascendental), La vocación (Vida y obras de un registrador de la propiedad) y Fray Melitón por el lado masculino, y por el femenino, las parodias feroces comprendidas en la serie titulada Cartas de un estudiante (Las literatas I; II y III) así como en Los sábados de doña Quirotecas (Cuadros de la anarquía de las letras). En el caso del sexo femenino, sobre todo, su pluma no perdona.

               Si los antes referidos relatos son más bien representativos del Alas cerebral, otros de la misma época revelan, aún dentro de un contorno intelectual, elementos más bien emocionales característicos de la dicotomía cabeza/corazón a la que se hizo referencia al comienzo. Entre los recopilados luego en volumen se destacan su primera novela corta, la historia de un pilluelo asturiano titulada Pipá, y otro cuento ubicado en una ciudad «vetusta», El diablo en Semana Santa, narraciones ambas que anticipan, en su entorno, personajes y alusiones eclesiásticas, a La Regenta. También rebosan de calidad literaria dos cuentos con personajes sabios, El doctor Pértinax y La mosca sabia, siendo este último el primer ejemplo de un protagonista animal a la vez que constituye una especie de educación sentimental. El motivo erótico de estos tres cuentos se desarrolla en otro relato —y educación sentimental— de esta época cuya técnica narrativa anticipa la de La Regenta: la novela corta titulada Un documento. Con ellos concluiría Leopoldo Alas su aprendizaje literario para alcanzar una verdadera perfección artística.

               Quedan por comentar todavía unas cuantas narraciones de esta época no reunidas en volumen por su autor. En el caso de dos fragmentos —los primeros capítulos de una malograda novela titulada Speraindeo y las memorias de otro protagonista animal, Kant, perro viejo— se entiende desde un punto de vista estético dicha decisión, aunque cabe preguntarse si el tema mismo de este último —las desgraciadas relaciones conyugales y suicidio de otro sabio cornudo— no influiría en la decisión por parte de nuestro autor de dejarlo sin terminar. Otros excelentes textos de este período, sin embargo, como la amarga educación sentimental titulada Doctor Sutilis y las irónicas narraciones Novela realista, Doctor Angélicus y La perfecta casada, con motivos de tipo amoroso o que terminan en suicidio, estarían quizá demasiado cercanos a la realidad —y a la autobiografía interna del autor— siendo ésta una posible explicación de su ulterior exclusión por parte del Alas recopilador.

 

     PROYECTOS DE LA PLENITUD: DEL APOGEO A LA CRISIS

El verano del año 1882 representa un punto decisivo para Leopoldo Alas, Doctor en Derecho desde 1878, quien en julio se casaría con Onofre García Argüelles e iría a vivir con ella a Zaragoza, de cuya universidad había sido nombrado catedrático. Esta estancia, interrumpida por un viaje a Andalucía y marcada también por un aborto de la joven esposa, dejó huellas inconfundibles en la obra narrativa clariniana. Al año siguiente se establecería definitivamente el matrimonio en Oviedo, donde el flamante catedrático de Derecho Romano había de redactar, en poco tiempo, su primera novela larga, La Regenta [1884-1885], a cuya publicación siguieron la del volumen Pipá; su segunda y última novela larga, Su único hijo [1891]; y otro libro de relatos aparecidos entre 1888 y 1891 titulado Doña Berta. Cuervo. Superchería [1892]. No sólo se caracteriza esta década por una intensa actividad de tipo narrativo; también publicaría nuestro autor entre 1882 y 1892 tres recopilaciones de crítica así como sus siete Folletos literarios. Se encuentra Leopoldo Alas, en su treintena, en pleno apogeo creador. Sin embargo, según consta en las referidas cartas a sus editores, está también entrando en una época de crisis depresiva que iba a influir contundentemente en su porvenir como narrador, pues debido a ella no llegaría nunca a llevar a cabo los numerosos proyectos novelísticos que afirmaba ahí tener entre manos. Al final, terminaría Leopoldo Alas por abandonar del todo el género de la novela larga para concentrarse, a partir de la década siguiente, en la narrativa breve.

               Su trayectoria como autor de relatos está íntimamente relacionada con las aludidas circunstancias vitales suyas. Redactaría entre 1882 y 1884 tres consumadas narraciones (Amor’ è furbo, Mi entierro y Las dos cajas —esta última ubicada en Zaragoza—), reunidas luego en el volumen titulado Pipá, así como cuatro textos de índole costumbrista (Avecilla, Bustamante, Zurita y El hombre de los estrenos), que agregaría luego, para completarlo, al citado libro. Son relatos microcósmicos, de una gran variedad de temas y tonalidades, que constituyen un excelente reflejo del arte del autor de La Regenta en su plenitud como escritor de ficción decimonónico.

               Si bien dan testimonio de la elaboración de esta recopilación de relatos, y de las dos siguientes, las cartas de Leopoldo Alas a su editor Manuel Fernández Lasanta, son evidencia también de la terrible crisis personal por la que estaba pasando nuestro autor durante el segundo lustro de la década de 1880 mientras redactaba, con interrupciones y vacilaciones, Su único hijo. En esta etapa de deteriorada salud, acompañada de una creciente falta de confianza en sus propias dotes de narrador, elaboraría, para cambiarse luego de opinión, una serie de proyectos novelísticos —entre ellos, una trilogía de novelas ubicadas en el Madrid de los años setenta— que jamás tuvo realización. Diríase que la imaginación y voluntad de Alas durante esta época se adelantaban a su propia capacidad de expresión. Prueba de ello es una media docena de textos narrativos inacabados, publicados en la prensa —recuérdese de lo dicho antes acerca de su proceso creador— y, con la excepción de El caballero de la mesa redonda, retocado y completado unos diez años después, nunca reunidos en volumen por él.

               Lo que sí terminaría son dos escritos más de índole costumbrista (Los señores de Casabierta y El poeta-búho), recogidos luego en ... Sermón perdido; un relato fantástico titulado Cuento futuro —calificado entonces por su autor como «Palique»—; y las tres narraciones que reuniría luego en el volumen encabezado por la novela corta Doña Berta. El primero en aparecer en la prensa fue el retrato del «parásito de la muerte» del pueblo de Laguna llamado don Ángel Cuervo, cuya curiosa vocación describe, con ciertos matices costumbristas, un narrador en primera persona. Más relato propiamente dicho es el segundo texto, Superchería, cuya acción se centra en un incidente en la vida del «filósofo de treinta inviernos» Nicolás Serrano, sufriendo de «aprensiones nerviosas» —parecidas a las que afligían a su autor—, al regresar el protagonista desde el extranjero a España. Vuelve Leopoldo Alas en esta triste historia al tema del sabio infeliz. El tercero en publicarse en la prensa fue Doña Berta, otra historia de la vida de un protagonista. Este relato lírico, donde el equilibrio entre cabeza y corazón conseguido en el anterior se rompe a favor de éste, anticipa a su modo el nuevo espiritualismo —y hasta sentimentalismo— de ciertas narraciones de la tercera época de Clarín.

               ¿Qué tienen de autobiográficos los relatos y fragmentos narrativos de estos años? En la medida que se puede contestar esta pregunta, pues muy poco se sabe de la vida de Leopoldo Alas aunque sí son una fuente inapreciable de información personal sus cartas a sus editores así como otras, transcritas y publicadas a posteriori por especialistas, a amigos suyos, estos textos reflejan no sólo experiencias, sentimientos y lecturas del autor sino también aquella profunda crisis, fisiológica y emocional, por la que pasó durante varios años. Tanto los múltiples proyectos narrativos anunciados y nunca llevados a cabo como los textos narrativos alterados luego o simplemente inacabados por él (El caballero de la mesa redonda, por ejemplo, o bien la larga y fascinante narración inacabada, publicada por entregas a lo largo de un año y medio, Cuesta abajo) sugieren además que a la crisis personal de nuestro autor correspondería a su vez otra, igualmente aguda, en el proceso mismo de la creación artística, y cuyas consecuencias se darían a conocer en la siguiente y última década de su vida.

 

     RELATOS DE LA MADUREZ: DEL AMOR POSTRERO A LA RESIGNACIÓN

Si bien corresponde la última mitad del año 1892, cuando publica en la prensa Alas tres textos reproducidos luego por él en su próxima recopilación, El Señor y lo demás, son cuentos (s. a., 1893), a una especie de transición en su trayectoria novelística, se inicia al año siguiente un auténtico torrente narrativo clariniano que sólo hacia el final de su vida, cuando le acechaba ya la muerte, se apaciguó. Salido, al parecer, de aquella larga e intensa crisis vital, se dedica nuestro autor con renovadas energías al cultivo del relato. «Yo no soy viejo todavía —escribió en su prólogo a Cuentos morales (1896)—; pero, como si lo fuera… porque ya no soy joven.» Se encuentra —concluye— en el «otoño, la estación más filosófica del año… y de la vida.»

               El tono íntimo —hasta confesional— de este prólogo, único ensayo introductorio redactado por él para una recopilación de ficción (y válido también, creo yo, para el contenido de su último volumen de cuentos, El gallo de Sócrates [1901]), resulta sobrecogedor. Además de encerrar una breve, e importante, ars poetica, constituye también una especie de preparación —literaria y vital— para la muerte. «No es lo principal, en la mayor parte de estas invenciones mías —escribe—, la descripción del mundo exterior ni la narración interesante de vicisitudes históricas, sociales, sino el hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad. […] [H]oy me llena más el alma (más y mejor ¡parece mentira!) que el amor de mujer la llenó nunca [la idea] del Bien, unida a la palabra que le da vida y calor: Dios. […] [M]i leyenda de Dios queda, se engrandece, se fortifica, se depura; y espero que me acompañe hasta la hora solemne, pero no terrible, de la muerte.»

               Estamos en camino, pues, hacia el final. Se da cuenta de ello, claramente, Leopoldo Alas, quien se apresura, al aparecer, a dar forma literaria a sus propias experiencias —tanto vitales como emocionales— de época reciente, recreadas ahora de modo sucinto, es decir, por medio de la narrativa breve. La extensa lista reproducida en el «Cuadro cronológico» de los recién publicados Cuentos completos de Clarín —más de la mitad de su producción total— da una sensación no sólo de dicha profusión sino también de un cierto apremio creador. Consciente seguramente de todo ello, nuestro autor —quien, además de una obra de teatro, publicaría en esa década otros tres volúmenes de crítica—, apuesta definitivamente por la narración breve.

               Repasar aquí el conjunto de la cuentística clariniana de esa última década de su vida y su producción literaria resultaría imposible: ahí están los textos, de una impresionante variedad de temas así como de tonalidades, ilustraciones algunos de preocupaciones sociales o literarias de su autor, otros de anhelos o sentimientos suyos más recónditos y personales. Lo que sí queda claro es la enorme riqueza narrativa reunida en este último arranque creador por parte de su autor, quien ilustra en algunos relatos ideas filosóficas, literarias, morales o bien sociales, y en otros preocupaciones de tipo más íntimo, y hasta de carácter espiritual.

               Las trece narraciones comprendidas en el volumen encabezado por la titulada El Señor (extirpada ésta del libro por la censura en una edición de bolsillo, de bastante divulgación, durante la época franquista) reflejan una amplia gama, desde lo satírico hasta la ternura (y aún, en el caso de la famosa ¡Adiós, Cordera!, un sentimentalismo abierto). Especialmente dignas de mención, a juicio mío, son el primero y último relatos de la colección (La rosa de oro se titula éste), representativos, junto con Cambio de luz, de la nueva vena espiritualista de su autor; Un viejo verde, especie de canto del cisne de un romanticismo tardío; y tres cuentos donde la sinceridad termina por caer víctima a una ironía mordaz: Rivales, Benedictino y La Ronca.

               Corazón y cabeza se yuxtaponen, también, en los veintiocho textos reunidos bajo el título de Cuentos morales, representante máximo del empuje creador de Alas a mediados de la década de 1890. De «morales» los califica porque, según reza el prólogo, «en ellos predomina la atención del autor a los fenómenos de la conducta libre, a la piscología de las acciones intencionadas». Resulta esta compilación, quizá por la cuantía misma de textos, de una calidad literaria algo desigual aunque sí de una variedad impresionante: desde la ilustración ficticia de ideas sociales hasta fantasías espirituales. Está ubicada la acción de la mayor parte de ellos lejos de la corte, siendo esto todavía otro reflejo de las vivencias de su autor. Se destacan sobre todo en este volumen relatos tras los cuales late una honda, a veces hasta estremecedora, sinceridad, tal como ocurre, por ejemplo, en el triste y lírico cuento El dúo de la tos; la indagación en el acto creador ejemplificada en Vario; o la espeluznante recreación de la envidia en Cristales. En efecto, pese a la negación de Alas en su prólogo —«No digo Cuentos morales en el sentido de querer, con ellos, procurar que el lector se edifique, como se dice»—, constituyen muchos de ellos ilustraciones ficticias de vicios, y hasta de pecados, humanos. El último relato, La Reina Margarita, contiene una a la vez irónica y conmovedora despedida clariniana —anticipada ya en Un viejo verde— al trasnochado romanticismo del que se había despedido años antes, también, el protagonista de Su único hijo.

               Cuatro narraciones incluidas por Alas en dos volúmenes suyos de crítica (Palique [1894] y Siglo pasado[1901]) vuelven a tantear los límites entre ideas y narración, algo que ocurriría, también, en unos cuantos textos reunidos por él en su última recopilación de ficción, El gallo de Sócrates (1901), filosófica preparación, hasta cierto punto, para su propio final. Se destacan ahí, además del relato que encabeza y así da título al volumen, el agudo —e irónico— estudio humano contenido en Dos sabios y la imposibilidad de compenetración emocional entre hombre y mujer, con su consiguiente soledad respectiva —que anticipó ya La Ronca—, novelada en Aprensiones y El entierro de la sardina. El texto final, una narración en primera persona titulada Reflejo (Confidencias), borra de una vez para todas las fronteras entre realidad y ficción: en él ofrece Leopoldo Alas, mediante un juego sutil de espejos, un autorretrato del escritor en su soledad, resignado ya ante la inevitable muerte.

               Del amor postrero a la resignación. En efecto, la trayectoria vital de nuestro autor, tal como se ve reflejada en estos relatos de la madurez, le ha llevado, mediante un proceso de creciente autoconocimiento, desde el desengaño hasta la aceptación. En ese sentido, de un modo u otro —desde un punto de vista exterior o bien interior— autobiográficos son todos los relatos suyos de esta última, e intensa, década de su vida como escritor. De la importancia de dicha profesión sirvan de testimonio el hermosísimo retrato ficticio del escritor romano Vario así como su confidencial autorretrato esbozado sin rodeos ni adornos en su propio Reflejo.

 

     APOSTILLA FINAL

Largo ha sido el viaje literario de Leopoldo Alas trazado en el presente escrito, y sin embargo sus relatos, como —sobre todo— los contenidos en el volumen titulado Doctor Sutilis (1916), tercero de unas malogradas Obras completas, o reimpresiones de narraciones suyas descubiertas a posteriori por críticos en la prensa decimonónica sirven para complementar y ensanchar sin alterarla la visión que tenemos hoy en día de la trayectoria narrativa de este importante autor, disponible en su conjunto, por fin, en los dos volumenes de Cuentos completos de Clarín.

 

     OBRAS CITADAS

ALAS, LEOPOLDO, CLARÍN, Cuentos completos, edición de Carolyn Richmond, 2 vols., Madrid, Alfaguara, 2000.

—, Juan Ruiz (Periódico humorístico), transcripción, introducción y notas de Sofía Martín-Gamero, Madrid, Espasa-Calpe, 1985.

BLANQUAT, JOSETTE, y BOTREL, JEAN-FRANÇOIS, Clarín y sus editores. 65 cartas inéditas de Leopoldo Alas a Fernando Fe y Manuel Fernández Lasanta, 1884-1893, Rennes, Université de Haute-Bretagne, 1981.

DE LOS RÍOS, LAURA, Los cuentos de Clarín. Proyección de una vida, Madrid, Revista de Occidente, 1965.

RICHMOND, CAROLYN, «Juan Ruiz, o el vehículo de aprendizaje literario de Leopoldo Alas», Cuadernos Hispanoamericanos, 448 (octubre de 1987), págs. 112-118.

 

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