Centro Virtual Cervantes Clarín
Un clásico contemporáneo

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Leopoldo Alas y Clarín son, tal vez, el nombre del narrador y el seudónimo del crítico que convivieron en la misma persona. Al primero de ellos se dirigía en febrero de 1889 don José Lázaro, director-propietario de La España Moderna, pidiéndole que, al precio de quince duros, «hágame una novela o un cuento, desde luego»; del segundo ofreció la revista de Lázaro alguna muestra excelente, bien distinta «de lo que hace usted en periódicos diarios y semanales» o, con otras palabras, «artículos [que] guardan mesura y, sin prescindir de observaciones y advertencias, demuestran cierta moderación» (carta fechada en junio de 1890).

               Por entonces, y también años antes, ese Clarín, un si es no es desmesurado e inmoderado, que colaboraba asiduamente en publicaciones tan leídas como el semanario Madrid Cómico, se llevaba casi toda su fama de escritor. En tales colaboraciones iban la arremetida burlona contra algún colega chirle o algún libraco inane, el vapuleo que ponía en ridículo al supuesto gran hombre de la política o de las Reales Academias, una respuesta polémica a quien había osado atacarle. El público lector, sin mayores exigencias ni saberes, asistía complacido a semejante espectáculo y pedía más, y celebraba el nombre de tan ingenioso y cruel victimario, quien, apercibido del caso, exclamaba: «eso, eso, venga de ahí..., vengan paliques; palo a los académicos; palo a los poetastros y a los novelis... trastros o trastos; en fin, palo a diestro y siniestro. Algunos de los que esto piden deben de creer que palique viene de palo». Muy afamado Clarín en sus días por estas piezas breves y humorísticas, de expresión nerviosa e irritada y frase corta, que tenían como protagonista a la realidad más inmediata, la más efímera también por lo cual —desde hoy— los paliques «clarinianos» resultan, en buena parte, mera arqueología curiosa y pintoresca, textos que necesitan para ser cabalmente entendidos la anotación erudita que ilustre acerca de tanta referencia anecdótica o de tanto nombre entonces bullidor, después tragado por el olvido más absoluto. Quedan como válidas, la actitud moral y la decisión valiente de enfrentarse con y denunciar la inopia y la falsedad estuvieran donde estuvieran; lástima que este nobilísimo propósito se viese traicionado en ocasiones por el fácilmente irritable talante de nuestro crítico, y que otras veces, como ante Rubén Darío y el modernismo, la cerrada incompresión y la injusticia fueran una y la misma lamentable cosa.

               ¿Más apto Clarín para ver y proclamar los defectos que para exaltar las excelencias de las obras que juzga? Tal se ha pensado y se ha dicho; si esto fuese cierto, nada o poco aprovechable resultaría —desde hoy— su crítica, nutrido conjunto de volúmenes y piezas todavía exhumadas en el que, junto a lo que él mismo denominaba crítica «higiénica y policiaca», existe otra faceta menos inmediata y más seria. Se trata de escritos más pensados y extensos —ensayos, revistas, algunos de los ocho folletos literarios, v. g.— que destinaba para su compromiso de colaborador en La España Moderna o Los Lunes de El Imparcial o alguna de las Ilustraciones tan en boga a la sazón; crítica «del alma», obra gustosa, ajena al escándalo, para lectores de mayor exigencia y saber. Crítica radicalmente impresionista, pues lo que su autor ofrece no es otra cosa que el relato de impresiones suscitadas por la lectura de una novela de Galdós o de Valera o de Pereda, de un libro de Menéndez Pelayo, o de Les fleurs du mal; frente a estos y otros autores y títulos, nunca muchos en verdad, no hay motivo para el disgusto y así la comprensión y la pluma del crítico corren raudas, los elogios se acumulan y atropellan, y es tanto lo que se tiene que declarar y tanto, asimismo, lo que puede el entusiasmo divagatorio de Clarín que el espacio se acaba cuando aún los extremos necesarios apenas han sido tocados y será menester continuar otro día, volver el tema en un segundo envite. Desde hoy, esta faceta es la que mejor apoya la nombradía conseguida por Clarín, quien tuvo coetáneamente colegas tan distinguidos en el entonces llamado con énfasis sacerdocio de la crítica como Emilia Pardo Bazán, Juan Valera o el catalán José Yxart.

               A la altura de 1887 y 1888, cuando ya han visto la luz los dos tomos de La Regenta y, más recientemente, el volumen de cuentos Pipá, Leopoldo Alas, al que mina la insidiosa enfermedad y cansa el incesante y copioso trabajo para los periódicos y desazonan los sinsabores que le produce su tarea de crítico exigente, duda de sí mismo, de su propio mérito como fabulador, y le confiesa a Yxart: «estoy en una época de no creer en mis novelas pretéritas ni futuras», y le confía a Menéndez Pelayo: «estoy desorientado, dudo de mí en grado máximo, se me antoja ridículo a ratos haberme creído seminovelista». Por fortuna fue pasajera esa desorientación y en otros ratos de signo distinto Leopoldo Alas prosiguió en la senda narrativa y acrecentó su labor con otra novela extensa, un volumen que contenía tres novelas cortas y varios más de cuentos; tal vez fuera éste (puede parecerlo desde hoy) su más interesante camino y sólo cabe lamentar que otros afanes y ocupaciones le distrajeran tanto tiempo.

               Compañero de Galdós, Valera, la Pardo Bazán, Pereda o Palacio Valdés, nuestro novelista, menos insistente que ellos en sus salidas a los lectores y encasillado por los acomodadores literarios al uso en la condición de crítico profesional, no solía ser incluido en esa ilustre pléyade o, en el mejor de los casos, aparecía como un nombre menor. Poco importaba que Menéndez Pelayo admirase (carta de 1891) «el talento y la penetración psicológica» de Alas en Su único hijo, o que Galdós destacara de La Regenta (prólogo a la edición de 1901) «el interés profundo, la verdad de los caracteres y la viveza del lenguaje». Acertadas valoraciones que inician en su tiempo lo que desde hoy se estima y reconoce como verdad innegable, pero que entonces constituían contada excepción. Señalar desde hoy a La Regenta como la mejor novela española del pasado siglo (emparejada con Fortunata y Jacinta), mostrar el pre-proustianismo de algunas situaciones de la misma, considerar la modernidad de Leopoldo Alas, novelista en alza creciente, es algo ya bastante reiterado, un tópico casi. Y si pasamos a sus relatos, ¿cómo no recordar que se le ha estimado creador del cuento español moderno y que para alguno de sus actuales colegas de género (cito a Jorge Ferrer Vidal, premio Hucha de oro 1980) «es el máximo exponente del cuento español, hasta tal punto que yo sólo calificaría de cuentista genial a quien fuera capaz de escribir un cuento semejante a ¡Adiós, Cordera!».

               Novela psicológica —por la honda penetración de Alas en el ánimo de sus personajes cimeros: Ana Ozores y Fermín de Pas— y novela de testimonio —«moral», como pensaba él mismo, «porque es sátira de malas costumbres»—; no una u otra modalidad excluyéndose, sino ambas en lograda armonía, La Regenta es un prodigio o maravilla en cuanto a disposición y acoplamiento de un orbe variado y complejo. No menos pasmo produce el estilo: Leopoldo Alas maneja diestramente la narración, la descripción y el diálogo; encrespa su prosa cuando por vía satírica o irónica flagela las acciones o actitudes de alguna de sus criaturas y la hace normal, la desifica, la suaviza oportunamente; es, a sus tiempos, moroso y vivaz; nunca se excede vituperablemente en su forma.

 

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Pero junto a ese novelista que se enfrenta a tanta mentira cobijada en Vetusta —seudo-cultura, seudo-política, seudo-religión— e impiadoso flagela a casi todos sus vecinos, existe otro que es el autor, por ejemplo, de la antológica novela corta de 1892 titulada Doña Berta, espécimen de melancólica serenidad. Aquí, un paisaje no-urbano, el de Susacasa y alrededores, jugosa y amorosamente descrito, es elevado a la categoría de personaje familiar, silencioso confidente de la protagonista, opuesto al ajeno y ruidoso báratro de la capital de España adonde la señora habrá de trasladarse en pos de su apasionada manía, y donde encontrará la muerte. Alas ha puesto en el aplanamiento madrileño de la Rondaliego el propio aplanamiento de sentimental adolescente recién llegado a la villa y corte para cursar en su Universidad; cuando, desvalido y como huérfano, sólo en el teatro y en el templo «encontraba algo parecido al calor del hogar».

               Provinciano en Madrid, primero; universal, después, asentado en su cátedra universitaria de Oviedo. Madrid le acerca a la actividad literaria y a las gentes que la protagonizan, de las cuales, por hallarse cotidianamente a la mano, resulta casi obligado hablar bien —«viviendo en Madrid, tal vez un santo podría ser crítico del todo imparcial»—; la provincia le aparta de ese contacto, le permite mayor y menos costosa independencia y mientras tal situación dure (habría de durar ya hasta su fallecimiento en junio de 1901) «quiero conservar mi manera de entender la crítica», esto es: «quiero ser justo, quiero ser franco, quiero ser imparcial».

               En Madrid y en la provincia hería a Leopoldo Alas, Clarín el espectáculo, tan frecuente, de la estupidez humana (el «mal de Flaubert»): periódicos, libros, ciudadanos rasos o académicos y políticos de relumbrón (díganse el conde de Cheste o Cánovas, el restaurador). Nuestro escritor militó siempre en enemigo del sistema político vigente, cuyas lacras y corruptelas denunció machaconamente, y sus varapalos al caciquismo, al fraude electoral, a la ignorancia respetada, por ejemplo, no carecían de fundamento. Pero —desde hoy—, cabe preguntarse si la Restauración canovista era solamente eso, si Leopoldo Alas, Clarín no tuvo o no quiso tener ojos para mirar otras distintas realidades, asimismo existentes en ella. Extraña semejante encarnizamiento en quien poseía acreditado talante de libre pensador, es decir: aquel que se encuentra por encima o al margen de opiniones prejuiciosas, negándose a comulgar con ruedas de molino; él, además, que había sido y dejado de ser a su tiempo anti-clerical, krausista, gineriano, naturalista, espiritualista, republicano, seguidor de Castelar, sin oportunismo, ni contradicción grave.

 

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Nunca y nada vivió Alas a la última moda, como seguidor gregario de lo que se llevaba. Fiel a su tiempo, sí, y, sobre todo, fiel a sí mismo; exigente e insobornable, con originalidad radical. Ni resentido ni envidioso, admiró a quienes en su época lo merecían e hizo constar tales merecimientos sin que le importaran colores ideológicos y políticos. Afecto brevemente al krausismo, no puede decirse de Leopoldo Alas que haya sido un militante dogmático; su poderoso sentido crítico le servía para darse cuenta de los fallos contenidos en sistemas cerrados e inflexibles. Vio con buenos ojos el naturalismo en la novela y para Émile Zola, pontífice máximo de la tendencia, tuvo siempre palabras encomiásticas mas no exentas de salvedades y reparos; metido él mismo a narrador lo hizo sin sujeción servil a ningún módulo ajeno. Nunca separó literatura y vida, y enemigo de todo esteticismo a secas se mostró hostil a movimientos que, como el Modernismo, le parecían una lujosa pero vacía cáscara.

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