Centro Virtual Cervantes Clarín
Un clásico contemporáneo

Artículos



espaciador.gif (43 bytes)

Artículo anterior



art_h_lissorgues.gif (3792 bytes)



Dígase de entrada que el epígrafe «Pensamiento filosófico y religioso», comúnmente empleado, se repite aquí sólo para poder subrayar lo que tiene de redundante e inexacto, pues la filosofía de Alas, en todos sus aspectos tanto estéticos como sociales, y, por supuesto, tanto históricos como metafísicos, es fundamentalmente religiosa. Pero tal vez pueda justificarse la distinción o por lo menos la coordinación por el enorme peso que, para Clarín, representa la institución católica, con la cual se enfrenta, durante toda la vida, en nombre, precisamente, de la autenticidad religiosa.

               Leopoldo Alas no es conocido como filósofo; no ha escrito ningún tratado de filosofía; no se le puede colgar de la levita ninguna de esas etiquetas, siempre aproximadas para la caracterización del individuo, pero fáciles de manejar y de intercambiar cuando viene al caso: positivista, tradicionalista, no, en absoluto; krausista, ni siquiera, por lo menos como etiqueta, pero habrá que ver; ¿krauso-positivista, como se suele decir con mucha facilidad para designar una postura filosófica compleja que sólo podría rotularse con largas perífrasis? Cuando se califique a Clarín de krauso-positivista, habrá que explicar lo que puede significar para él krausismo y positivismo y qué sentido puede tener la mezcla de las dos concepciones; entonces la recortada doble etiqueta resultará muy estrecha respecto a la amplitud y a la complejidad de las ideas. Alas es un liberal proclamado de toda la vida, se sitúa en el campo que puede llamarse del progreso, el que se opone al conservadurismo y al tradicionalismo, pero la adscripción es muy vaga y más allá de las palabras, de las etiquetas, hay que intentar comprender su liberalismo, tributario de sus concepciones filosóficas propiamente dichas. Otra constante, en el nivel más contingente de la política, es su republicanismo, algo exaltado durante los años de la juventud madrileña, luego moderado y posibilista, pero siempre intangible; la política es una faceta de la filosofía de nuestro autor, la más exterior, por decirlo así, pero en relación de coherencia con el conjunto.

               Alas no ha conseguido nunca dar forma completa a lo que llamamos, por mera facilidad expresiva, su filosofía; pero podemos pensar que si hubiera vivido más, si se hubiera hecho viejo, como decía, habría realizado parte de su deseo, varias veces anunciado, de escribir con tiempo y serenidad sobre los grandes misterios del existir, la vida, la muerte, sobre los problemas de la existencia, los misterios del cuerpo y del alma, sobre Dios («Cuando llegue a la verdadera vejez, si llego, acaso, dejándome ya de cuentos, hable directamente de mis pensares acerca de lo divino», «Prólogo» a Cuentos morales, 1895). No llegó a la verdadera vejez, no escribió el libro sobre lo divino, pero habló siempre de Dios y de la divinidad, desde sus primeros poemas a Dios y a la Virgen hasta sus últimos artículos ensayísticos. Tampoco pudo escribir el anunciado folleto titulado Mi Renan, en el que hubiera expresado de modo sostenido más de lo que dijo ya en varios artículos sobre la influencia en su pensamiento de la filosofía del gran pensador francés. Sobre Carlyle escribió un largo y profundo prólogo, pero prometió más; lo mismo sobre Giner de los Ríos, el «queridísimo maestro» y «padre espiritual»; lo mismo sobre Castelar, su «jefe en política» y sobre todo el «poeta de la historia». Probablemente hubiera hablado mucho más de lo que hizo de Bergson, a quien descubrió cuando pocos le conocían en Francia y nadie en España, y a quien comprendió más que nadie, pues se había planteado, como novelista, como artista, los problemas de la intuición y de la introspección. De Nietzsche y de su pensamiento «estimulante pero peligroso» y «de repugnante aristocracia» hubiera dicho más (Alas, 1901; 1999, pág. 133). De todos los problemas que llamamos filosóficos, hubiera dicho más; puede asegurarse. Pero cuando muere a los cuarenta y nueve años, ya ha dicho mucho. La filosofía, su filosofía, surge de manera explícita en muchos artículos, prólogos, párrafos o frases de artículos y textos diversos, está implícita en otros muchos e informa gran parte de la obra de creación.

               Por eso, por no ser un filósofo sistemático, su filosofía parece nacer directamente de la vida de las ideas, parece plasmarse a partir de la vital experiencia espiritual, y ensancharse y matizarse incesantemente. Por eso también es mejor hablar del pensamiento filosófico de Alas que de su filosofía.

               En efecto, el primer rasgo de su filosofía es desconfiar de los sistemas filosóficos cerrados.

No falta quien encuentre menos expuesto filosofar como Platón, o el mismo Renan, que encerrarse en la fortaleza aislada de un sistema, provisto de todo el armamento de hipótesis exclusivas y vigorosamente técnicas.

El que se mete por los Diálogos adelante va confiado, porque, ni un momento, volviendo la cabeza, deja de ver detrás de sí la entrada, que puede ser, si quiere, la salida; pero en las encrucijadas de casamatas, bastiones, fosos, trincheras, etc., del criticismo, del positivismo de Comte, de la evolución spenceriana, del idealismo hegeliano, ¿quién, una vez allí embarcado encuentra la salida? Por eso, entre un sistema (que no sea el de la absoluta certeza) y una filosofía de... guerrillas, es acaso preferible esta última, desde el punto de vista de la independencia personal (La Ilustración Española y Americana, 8-I-1896; Alas, 1999 (1901), pág. 134).

               Esta reflexión, fundamental caracterización (autocaracterización) del talante filosófico de Clarín, surge de modo esporádico de un análisis crítico del personaje de Hamlet y de su «espíritu de mariposa socrática». Al preguntarse: «Está por demostrar si es mejor ser filósofo sistemático que filósofo esporádico, fragmentario, de ocasión», Clarín se ve precisado a confesar que él mismo es un filósofo fragmentario.

               Pero todos esos «fragmentos» constituyen, conforme pasan los años, un campo filosófico sumamente rico, que, a partir de un núcleo de convicciones y creencias reciamente arraigado aunque flexible y moldeable, se va fertilizando con todas las aportaciones del tímido pensamiento hispánico y del enorme caudal científico, literario, filosófico y religioso procedente de Europa, de Estados Unidos, principalmente de Europa, que le llega a Clarín por conducto del francés. Clarín no viaja; nunca fue a París como con bastante facilidad hacían Pérez Galdós, doña Emilia Pardo Bazán o Juan Valera; pero desde su atalaya de Oviedo ve todo lo que pasa y cuando su curiosidad advierte algo digno de interés en el campo de la ciencia, de la literatura, de la filosofía, lo estudia, lo asimila y, casi en el acto, encuentra el estilo adecuado para presentarlo, en la prensa, a sus conciudadanos, al pueblo español. No hay, para Alas, enriquecimiento personal que no sea puesto de una manera u otra al alcance de la colectividad. Esta dimensión altruista es otro rasgo fundamental de la filosofía de nuestro autor, compartido con varios intelectuales liberales de la época, particularmente los que han recibido de una manera u otra la influencia del krausismo español; y esta dimensión es, no debe olvidarse, una de las orientaciones fundamentales de la ética del gran realismo del siglo XIX. Al final del siglo, se abre ruidosamente el debate sobre la necesidad de europeización de España, cuando ya hace años que Clarín (y otros intelectuales) obra por la «regeneración» de su patria gracias a la asimilación, con discernimiento, de lo de fuera. Ya en 1879, proclamaba: «El verdadero españolismo consiste en importar los elementos dignos de aclimatarse en nuestro propio suelo y en estudiar cuidadosamente, para asimilárnoslo, cuanto fuera se produce que merezca la pena de verlo y aprenderlo» (Torres, 1984, pág. 165.)

.

     UN NÚCLEO DE CONVICCIONES Y CREENCIAS...

Durante el período madrileño, de 1871 a 1883, es cuando se fragua de manera decisiva la personalidad intelectual y moral, es decir, filosófica, de Leopoldo Alas. El adolescente fue liberal, como su padre, buen católico, como su madre, y con asomos poéticos de misticismo. En el Madrid del sexenio revolucionario, se fortifica en él la razón crítica, y Clarín, recién nacido el seudónimo, en 1875, en las columnas del diario de oposición El Solfeo, se declara ferviente defensor del libre examen. Esta evolución se debe ante todo a la determinante influencia de los profesores madrileños que han asimilado el legado krausista, Nicolás Salmerón, Gumersindo de Azcárate, Urbano González Serrano y sobre todo Francisco Giner de los Ríos, de quien dice, en 1888, y en una carta a Menéndez Pelayo (!), que «es un santo de la humanidad digno de ser un santo del calendario» (Epistolario a Clarín, 1941, pág. 45). También durante aquellos años, cuando ha hecho suyos los valores básicos del ideal krausista, ideal social, histórico, religioso, etc., empieza a enterarse de las aportaciones del pensamiento positivo y científico europeo y de él asimila cuanto su idiosincrasia le permite asimilar. Cuando escribe su obra maestra, La Regenta, por los años 1883-1884, ya está plasmada su personalidad filosófica (y religiosa).

               El pensamiento de Leopoldo Alas está siempre subtendido por una concepción del hombre y de la vida que se articula entre el reconocimiento del poder de la razón y la conciencia del misterio. Dicho de otro modo, para Alas, lo real es un todo en el cual lo cognoscible es la emergencia de una realidad profunda y misteriosa que escapa a la razón, pero cuya presencia se impone. «La ciencia es buena», hace progresar el conocimiento, pero está obligada a aislar su objeto, a dividir y parcelar la realidad, la cual no puede aprehender en su totalidad. Así pues, una filosofía basada sólo en los hechos como el positivismo y un sistema que resulta de una apresurada e indebida extrapolación de los resultados de la ciencia como el cientificismo, conducen a peligrosas mutilaciones de la condición humana. Por eso, y dicho sea aquí de paso, el arte, que, por una parte, pone en juego todas las facultades del sujeto y, por otra, puede abrazar el objeto en su totalidad, es un medio irreemplazable de conocimiento.

               Esta es la concepción del mundo, del hombre y de la vida que se encuentra en lo más hondo del pensamiento clariniano, de 1875 a 1901. ¿Puede decirse que durante veintiséis años de historia personal a través del movimiento general de la historia esta concepción es vivida de la misma manera? Es evidente que el Clarín de 1875 o de 1883 no experimenta las cosas del mismo modo que el de 1890 o 1901. Hay para ello múltiples razones derivadas tanto de una evolución del ser en lo que se refiere a sus «arterias», como del movimiento de la Historia con el cual el intelectual liberal y progresista se siente solidario.

               Si tuviéramos que resumir esquemáticamente lo que puede llamarse la evolución del pensamiento profundo de Alas, diríamos que se pasa, sin fronteras bien delimitadas, de un período caracterizado por el vigor activo de la razón, no atormentada por la conciencia serenamente aceptada del misterio, a otro en el que la exigencia de comprensión total y unitaria del ser y del mundo pone en primer plano todo el vigor activo del sentimiento del misterio, sin que por ello la razón abdique de sus derechos. De la geometría relativamente variable de esta concepción filosófica en torno a los puntos fijos razón y misterio, dimana una serie de valores y convicciones, en gran parte derivados del krausismo, que constituyen un verdadero núcleo que caracterizan al Clarín íntimo o, mejor dicho, que son el Clarín íntimo.

               ¿Cuáles son estos valores? En primer lugar, un agudo sentido ético de la existencia, a partir del cual se enjuicia a los hombres, a las obras, a la sociedad. En segundo lugar, hay la exigencia de una trascendencia... divina. Son estos valores los que determinan en gran parte un ideario, cuyos elementos claves podrían sintetizarse en las siguientes fórmulas (que por cierto exigirían amplio desarrollo explicativo): autenticidad ética, autenticidad religiosa, sustantividad de la realidad en su trascendencia («la realidad es pero es misteriosa», «lo ideal es realidad»), sustantividad humana y relativa de la belleza, y por encima de todo, como impulso constante hacia un futuro indeterminado, fe en la perfectibilidad del ser humano gracias al poder redentor del saber y de la cultura, y, desde luego, fe en la Historia de la humanidad.

 

     AUTENTICIDAD RELIGIOSA...

La aguda conciencia de una necesaria autenticidad hace que Clarín emprenda una lucha constante y sin concesión contra la Iglesia católica española de su tiempo. A pesar de lo que pudo decirse, Clarín denunció siempre la institución católica y no vaciló en atacar en la prensa a varios ministros de la Iglesia, fuesen obispos o arzobispos, cuando le parecía que se portaban más como políticos que como santos pastores. Un aspecto importante de La Regenta es la pintura por de dentro de la «organización» clerical de Vetusta y del mezquino espíritu covachuelista (palabra de Clarín) que anima a los santos varones del cuerpo (palabras también de Clarín). Esa Iglesia que quiere seguir imponiendo su dominación en todos los sectores de la vida española (la política, la enseñanza, la prensa, etc.), que, cuando la guerra de Cuba, invoca al «Dios de los ejércitos», que pretende avasallar los espíritus y los corazones por imposición de una moral vacía y de pura fachada, ha olvidado «la vida, la sangre, la sustancia» de la verdadera religión (Vida Nueva, 15-X-1899). A esa religión no le importa más que el culto; «la política no la mantiene sino para eso» (La Ilustración Ibérica, 8-V-1888). Mil censuras del mismo calibre podrían citarse. Así las cosas, los españoles, como la mayoría de los personajes de La Regenta y de Su único hijo, se dicen católicos, pero viven como ateos perfectos, porque han perdido el sentido trascendente de la existencia. Pero Alas condena también a los librepensadores superficiales, a los positivistas de escalera abajo, a todos los que pretenden, como los positivistas, negar el misterio. «Porque sépalo o no lo que más importa al hombre es lo que está detrás de lo que ve» («Introducción» a Los héroes de Carlyle, 1893; Torres, 1984, pág. 192).

               ¿A partir de qué concepción religiosa emprende Clarín ese combate? «Cuanto más religioso se sea (y yo no creo racional ningún modo de vivir, no siendo profundamente religioso) —escribe Clarín en 1899— más repugnante es el espectáculo de estos míseros positivistas prácticos y vulgares apoderados de la cáscara vacía de una gran institución histórica» (Vida Nueva, art. cit.). Juicio que anticipa las siguientes palabras de Antonio Machado a Unamuno: «Esta Iglesia espiritualmente huera pero de organización formidable, sólo puede ceder al embate de un impulso realmente religioso» (Machado, «Carta a Unamuno» [1913]; 1957, pág. 167).

El catolicismo, cuando no es sinónimo de reacción, de imposición doctrinal y política, de intransigencia y ceguera en la polémica, es una de tantas hipótesis sociales, religiosas, políticas, filosóficas y artísticas que lucha legítimamente en la vida espiritual de los pueblos civilizados de veras (La España Moderna, 11-XI-1889).

               Como se ve, para Alas, el catolicismo no es la Verdad Absoluta, es sólo una hipótesis, un ingente esfuerzo del espíritu humano para liberar al hombre de la materia. Pero el cristianismo «es la santa idealidad humana en busca de lo divino» (La Publicidad, 24-XII-1893). La religiosidad de Alas es ante todo búsqueda de lo divino, fuera de la petrificación de los dogmas.

El espíritu religioso es una tendencia ante todo, un punto de vista, casi pudiera decirse una digna postura, la postración ante el misterio sagrado y poético; no es, como creen muchos, ante todo una solución concreta, cerrada, exclusiva (Alas, Siglo pasado (1901), 1999, pág. 48).

               Esta religiosidad, libre de trabas dogmáticas, sólo reconoce principios superiores, como la caridad, la bondad, el amor al prójimo..., sentidos y vividos en su dimensión trascendente. El amor a Dios es primero amor al Bien y, desde luego, amor a los hombres, a todos los hombres. La primera manifestación de amor a los demás es la tolerancia. Por eso, considera que, a pesar del abismo que le separa del marxismo, es «casi un ideal» para él «departir con los obreros socialistas» para escucharlos e intentar comprenderlos, pero también para atraerlos al aspecto moral y religioso de la cuestión social», para que un día «al llamarnos todos hermanos podamos hacerlo racionalmente, es decir, sabiendo que existe un padre, un Dios o una madre, una Idea» (La Publicidad, 30-X-1890; Lissorgues, II, 1989, pág. 208). Por eso también, se alza, cuando el «Affaire Dreyfus», contra las posiciones antisemitas, tomadas ya desde principios de los ochenta, por los Drumond, Veuillot y compañía, proclamando: «Sea el que sea el origen de la especie, hoy el hombre vive como ser de conciencia que se gobierna por razón y moral. Creyendo esto, ¿qué significa perseguir en concepto de moral, por condiciones fisiológicas, filogénica a hombres de raza alguna?» (Heraldo, 31-I-1898; Lissorgues, I, 1989, págs. 247-250). Así pues, Clarín se muestra, sobre este punto (como sobre otros), superior a su tiempo al denunciar ciertas teorías positivistas, que le parecen apresuradas, discutibles y peligrosas, como el porvenir se encargaría de demostrar de manera horrorosa.

               Lo que sorprende y seduce en el espíritu de Leopoldo Alas es esa increíble agilidad intelectual que le permite captar y pronto dominar «cuanto fuera se produce y que merezca la pena de verlo y aprenderlo». Pero si nada de lo que pasa en Europa le es extraño, somete, como acabamos de ver, cada nueva idea, cada nueva «verdad», cada nueva orientación al libre examen de la razón crítica. Acepta y hasta hace suyas muchas aportaciones de la ciencia experimental en los campos de la fisiología, de la psicología, de la sociología, etc., pero rechaza ciertas teorías positivistas que le parecen peligrosas sobre la herencia atávica, sobre la jerarquía de razas (no es inútil insistir), sobre los criminales natos, etc., que le parecen peligrosas extrapolaciones. Acepta y hace suyos algunos aspectos estéticos y temáticos de las teorías naturalistas y de las obras literarias de Émile Zola que, para él, son aportaciones decisivas al realismo español, pero no acepta el determinismo para la construcción del personaje y no acepta que se pueda considerar la literatura como una ciencia («experimental»).

               A partir de 1890, su deseo cada vez más fuerte de profundizar su búsqueda espiritual, le orienta hacia el gran debate suscitado en Europa por el renacimiento metafísico, que en el fin de siglo se introduce en el campo hasta ahora hegemónico del positivismo. A partir de entonces, sus lecturas predilectas son las obras filosóficas o artísticas de Boutroux, Rod, Renouvier, Lachelier, Africano Spir, Strauss, Tolstoi, etc., y, como hemos dicho ya, Bergson y Renan. Todos esos pensadores y escritores contribuyen, según Leopoldo Alas, de una manera u otra, al renacimiento del espiritualismo. La influencia de Renan y la de Carlyle, a quien descubre sólo en 1892, fueron particularmente importantes, pero parece que los pensamientos de los autores respectivamente de La vida de Jesús y de Los héroes fueron más catalizadores de un reflexión personal ya muy madura que verdaderos descubrimientos (Lissorgues [1983]; 1996, págs. 229-276).

               El carácter ejemplar de la personalidad intelectual y moral de Leopoldo Alas es el de asumir los elementos dominantes del pensamiento español y europeo del último tercio del siglo XIX. No menos ejemplar es la dimensión cordial de una concepción del mundo siempre orientada hacia el otro, el ciudadano, el prójimo y que implica a todos los niveles una exigencia ética, que es la búsqueda de la autenticidad en todo. Es de subrayar que frente al misterio, reconocido y acatado como fuente de poesía, la razón, en Clarín, nunca abdica sus derechos.

               En breve, el pensamiento filosófico de Leopoldo Alas, no conocido aún en toda su amplitud universal, todo su pensamiento, tanto en su aspecto ético y religioso, como estético, merecería hoy conocerse, difundirse, discutirse para enriquecer, pongo por caso, el humanismo de Habermas y contrarrestar las abdicaciones de los Adorno, Hockheimer, Vattimo y demás «nuevos seudofilósofos», más o menos mercaderes estos últimos del invento llamado posmodernidad. En nuestro mundo despiadado del utilitarismo en grande, globalizado y disfrazado de engañosas apariencias, el pensamiento de Leopoldo Alas, Clarín, podría leerse como el de un clásico, de un clásico histórico; es decir, como un sueño de modernidad frustrada.

 

     OBRAS CITADAS

ALAS, LEOPOLDO, Siglo pasado, Madrid, Antonio López, 1901 (edición póstuma), ed. de José Luis García Martín, Gijón, Llibros del Pexe, 1999.

Epistolario a Clarín, Menéndez Pelayo, Unamuno, Palacio Valdés, prólogo y notas de Adolfo Alas, Madrid, Ediciones Escorial, 1941.

LISSORGUES, YVAN, Clarín político I y II, Barcelona, Lumen, 1989.

—, La pensée philosophique et religieuse de Leopoldo Alas, Clarín (1875-1901), París, Editions du CNRS, 1983; ed. española, Oviedo, Grupo Editorial Asturiano, 1996.

MACHADO, ANTONIO, «Carta a Unamuno (sin fecha: [1913])», en Los complementarios, Buenos Aires, Losada, 1957, págs. 163-168.

TORRES, DAVID, Los prólogos de Leopoldo Alas, Madrid, Playor, 1984.

espaciador.gif (43 bytes)espaciador.gif (43 bytes)



 

Índice

espaciador.gif (43 bytes)  

© Instituto Cervantes (España), 2001-. Reservados todos los derechos.

 

Subir