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Dígase de entrada que el epígrafe «Pensamiento filosófico y religioso», comúnmente
empleado, se repite aquí sólo para poder subrayar lo que tiene de redundante e inexacto,
pues la filosofía de Alas, en todos sus aspectos tanto estéticos como sociales, y, por
supuesto, tanto históricos como metafísicos, es fundamentalmente religiosa. Pero tal vez
pueda justificarse la distinción o por lo menos la coordinación por el enorme peso que,
para Clarín, representa la institución católica, con la cual se enfrenta, durante toda
la vida, en nombre, precisamente, de la autenticidad religiosa.
Leopoldo Alas no es conocido como filósofo; no ha escrito ningún tratado de filosofía;
no se le puede colgar de la levita ninguna de esas etiquetas, siempre aproximadas para la
caracterización del individuo, pero fáciles de manejar y de intercambiar cuando viene al
caso: positivista, tradicionalista, no, en absoluto; krausista, ni siquiera, por lo menos
como etiqueta, pero habrá que ver; ¿krauso-positivista, como se suele decir con mucha
facilidad para designar una postura filosófica compleja que sólo podría rotularse con
largas perífrasis? Cuando se califique a Clarín de krauso-positivista, habrá que
explicar lo que puede significar para él krausismo y positivismo y qué sentido puede
tener la mezcla de las dos concepciones; entonces la recortada doble etiqueta resultará
muy estrecha respecto a la amplitud y a la complejidad de las ideas. Alas es un liberal
proclamado de toda la vida, se sitúa en el campo que puede llamarse del progreso, el que
se opone al conservadurismo y al tradicionalismo, pero la adscripción es muy vaga y más
allá de las palabras, de las etiquetas, hay que intentar comprender su liberalismo,
tributario de sus concepciones filosóficas propiamente dichas. Otra constante, en el
nivel más contingente de la política, es su republicanismo, algo exaltado durante los
años de la juventud madrileña, luego moderado y posibilista, pero siempre intangible; la
política es una faceta de la filosofía de nuestro autor, la más exterior, por decirlo
así, pero en relación de coherencia con el conjunto.
Alas no ha conseguido nunca dar forma completa a lo que llamamos, por mera facilidad
expresiva, su filosofía; pero podemos pensar que si hubiera vivido más, si se hubiera
hecho viejo, como decía, habría realizado parte de su deseo, varias veces anunciado, de
escribir con tiempo y serenidad sobre los grandes misterios del existir, la vida, la
muerte, sobre los problemas de la existencia, los misterios del cuerpo y del alma, sobre
Dios («Cuando llegue a la verdadera vejez, si llego, acaso, dejándome ya
de cuentos, hable directamente de mis pensares acerca de lo divino», «Prólogo» a Cuentos
morales, 1895). No llegó a la verdadera vejez, no escribió el libro
sobre lo divino, pero habló siempre de Dios y de la divinidad, desde sus primeros poemas
a Dios y a la Virgen hasta sus últimos artículos ensayísticos. Tampoco pudo escribir el
anunciado folleto titulado Mi Renan, en el que hubiera expresado de modo sostenido
más de lo que dijo ya en varios artículos sobre la influencia en su pensamiento de la
filosofía del gran pensador francés. Sobre Carlyle escribió un largo y profundo
prólogo, pero prometió más; lo mismo sobre Giner de los Ríos, el «queridísimo
maestro» y «padre espiritual»; lo mismo sobre Castelar, su «jefe en política» y
sobre todo el «poeta de la historia». Probablemente hubiera hablado mucho más de lo que
hizo de Bergson, a quien descubrió cuando pocos le conocían en Francia y nadie en
España, y a quien comprendió más que nadie, pues se había planteado, como novelista,
como artista, los problemas de la intuición y de la introspección. De Nietzsche y de su
pensamiento «estimulante pero peligroso» y «de repugnante aristocracia» hubiera dicho
más (Alas, 1901; 1999, pág. 133). De todos los problemas que llamamos filosóficos,
hubiera dicho más; puede asegurarse. Pero cuando muere a los cuarenta y nueve años, ya
ha dicho mucho. La filosofía, su filosofía, surge de manera explícita en muchos
artículos, prólogos, párrafos o frases de artículos y textos diversos, está
implícita en otros muchos e informa gran parte de la obra de creación.
Por eso, por no ser un filósofo sistemático, su filosofía parece nacer directamente de
la vida de las ideas, parece plasmarse a partir de la vital experiencia espiritual, y
ensancharse y matizarse incesantemente. Por eso también es mejor hablar del pensamiento
filosófico de Alas que de su filosofía.
En efecto, el primer rasgo de su filosofía es desconfiar de los sistemas filosóficos
cerrados.
No falta quien encuentre menos
expuesto filosofar como Platón, o el mismo Renan, que encerrarse en la fortaleza aislada
de un sistema, provisto de todo el armamento de hipótesis exclusivas y vigorosamente
técnicas.
El que se mete por los Diálogos
adelante va confiado, porque, ni un momento, volviendo la cabeza, deja de ver detrás de
sí la entrada, que puede ser, si quiere, la salida; pero en las encrucijadas de
casamatas, bastiones, fosos, trincheras, etc., del criticismo, del positivismo de Comte,
de la evolución spenceriana, del idealismo hegeliano, ¿quién, una vez allí embarcado
encuentra la salida? Por eso, entre un sistema (que no sea el de la absoluta certeza) y
una filosofía de... guerrillas, es acaso preferible esta última, desde el punto de vista
de la independencia personal (La Ilustración Española y Americana, 8-I-1896;
Alas, 1999 (1901), pág. 134).
Esta reflexión, fundamental caracterización (autocaracterización) del talante
filosófico de Clarín, surge de modo esporádico de un análisis crítico del
personaje de Hamlet y de su «espíritu de mariposa socrática». Al preguntarse: «Está
por demostrar si es mejor ser filósofo sistemático que filósofo esporádico, fragmentario,
de ocasión», Clarín se ve precisado a confesar que él mismo es un filósofo
fragmentario.
Pero todos esos «fragmentos» constituyen, conforme pasan los años, un campo filosófico
sumamente rico, que, a partir de un núcleo de convicciones y creencias reciamente
arraigado aunque flexible y moldeable, se va fertilizando con todas las aportaciones del
tímido pensamiento hispánico y del enorme caudal científico, literario, filosófico y
religioso procedente de Europa, de Estados Unidos, principalmente de Europa, que le llega
a Clarín por conducto del francés. Clarín no viaja; nunca fue a París como con
bastante facilidad hacían Pérez Galdós, doña Emilia Pardo Bazán o Juan Valera; pero
desde su atalaya de Oviedo ve todo lo que pasa y cuando su curiosidad advierte algo digno
de interés en el campo de la ciencia, de la literatura, de la filosofía, lo estudia, lo
asimila y, casi en el acto, encuentra el estilo adecuado para presentarlo, en la prensa, a
sus conciudadanos, al pueblo español. No hay, para Alas, enriquecimiento personal que no
sea puesto de una manera u otra al alcance de la colectividad. Esta dimensión altruista
es otro rasgo fundamental de la filosofía de nuestro autor, compartido con varios
intelectuales liberales de la época, particularmente los que han recibido de una manera u
otra la influencia del krausismo español; y esta dimensión es, no debe olvidarse, una de
las orientaciones fundamentales de la ética del gran realismo del siglo XIX. Al final
del siglo, se abre ruidosamente el debate sobre la necesidad de europeización de España,
cuando ya hace años que Clarín (y otros intelectuales) obra por la «regeneración» de
su patria gracias a la asimilación, con discernimiento, de lo de fuera. Ya en 1879,
proclamaba: «El verdadero españolismo consiste en importar los elementos dignos de
aclimatarse en nuestro propio suelo y en estudiar cuidadosamente, para asimilárnoslo,
cuanto fuera se produce que merezca la pena de verlo y aprenderlo» (Torres, 1984, pág.
165.)
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UN NÚCLEO DE CONVICCIONES Y
CREENCIAS...
Durante el período madrileño,
de 1871 a 1883, es cuando se fragua de manera decisiva la personalidad intelectual y
moral, es decir, filosófica, de Leopoldo Alas. El adolescente fue liberal, como su padre,
buen católico, como su madre, y con asomos poéticos de misticismo. En el Madrid del
sexenio revolucionario, se fortifica en él la razón crítica, y Clarín, recién
nacido el seudónimo, en 1875, en las columnas del diario de oposición El Solfeo,
se declara ferviente defensor del libre examen. Esta evolución se debe ante todo a la
determinante influencia de los profesores madrileños que han asimilado el legado
krausista, Nicolás Salmerón, Gumersindo de Azcárate, Urbano González Serrano y sobre
todo Francisco Giner de los Ríos, de quien dice, en 1888, y en una carta a Menéndez
Pelayo (!), que «es un santo de la humanidad digno de ser un santo del
calendario» (Epistolario a Clarín, 1941, pág. 45). También durante
aquellos años, cuando ha hecho suyos los valores básicos del ideal krausista, ideal
social, histórico, religioso, etc., empieza a enterarse de las aportaciones del
pensamiento positivo y científico europeo y de él asimila cuanto su idiosincrasia le
permite asimilar. Cuando escribe su obra maestra, La Regenta, por los años
1883-1884, ya está plasmada su personalidad filosófica (y religiosa).
El pensamiento de Leopoldo Alas está siempre subtendido por una concepción del hombre y
de la vida que se articula entre el reconocimiento del poder de la razón y la conciencia
del misterio. Dicho de otro modo, para Alas, lo real es un todo en el cual lo cognoscible
es la emergencia de una realidad profunda y misteriosa que escapa a la razón, pero cuya
presencia se impone. «La ciencia es buena», hace progresar el conocimiento, pero está
obligada a aislar su objeto, a dividir y parcelar la realidad, la cual no puede aprehender
en su totalidad. Así pues, una filosofía basada sólo en los hechos como el positivismo
y un sistema que resulta de una apresurada e indebida extrapolación de los resultados de
la ciencia como el cientificismo, conducen a peligrosas mutilaciones de la condición
humana. Por eso, y dicho sea aquí de paso, el arte, que, por una parte, pone en juego
todas las facultades del sujeto y, por otra, puede abrazar el objeto en su
totalidad, es un medio irreemplazable de conocimiento.
Esta es la concepción del mundo, del hombre y de la vida que se encuentra en lo más
hondo del pensamiento clariniano, de 1875 a 1901. ¿Puede decirse que durante veintiséis
años de historia personal a través del movimiento general de la historia esta
concepción es vivida de la misma manera? Es evidente que el Clarín de 1875 o de 1883 no
experimenta las cosas del mismo modo que el de 1890 o 1901. Hay para ello múltiples
razones derivadas tanto de una evolución del ser en lo que se refiere a sus «arterias»,
como del movimiento de la Historia con el cual el intelectual liberal y progresista se
siente solidario.
Si tuviéramos que resumir esquemáticamente lo que puede llamarse la evolución del
pensamiento profundo de Alas, diríamos que se pasa, sin fronteras bien delimitadas, de un
período caracterizado por el vigor activo de la razón, no atormentada por la conciencia
serenamente aceptada del misterio, a otro en el que la exigencia de comprensión total y
unitaria del ser y del mundo pone en primer plano todo el vigor activo del sentimiento del
misterio, sin que por ello la razón abdique de sus derechos. De la geometría
relativamente variable de esta concepción filosófica en torno a los puntos fijos razón
y misterio, dimana una serie de valores y convicciones, en gran parte derivados del
krausismo, que constituyen un verdadero núcleo que caracterizan al Clarín íntimo o,
mejor dicho, que son el Clarín íntimo.
¿Cuáles son estos valores? En primer lugar, un agudo sentido ético de la existencia, a
partir del cual se enjuicia a los hombres, a las obras, a la sociedad. En segundo lugar,
hay la exigencia de una trascendencia... divina. Son estos valores los que determinan en
gran parte un ideario, cuyos elementos claves podrían sintetizarse en las siguientes
fórmulas (que por cierto exigirían amplio desarrollo explicativo): autenticidad ética,
autenticidad religiosa, sustantividad de la realidad en su trascendencia («la realidad es
pero es misteriosa», «lo ideal es realidad»), sustantividad humana y relativa de la
belleza, y por encima de todo, como impulso constante hacia un futuro indeterminado, fe en
la perfectibilidad del ser humano gracias al poder redentor del saber y de la cultura, y,
desde luego, fe en la Historia de la humanidad.
AUTENTICIDAD RELIGIOSA...
La aguda conciencia de una
necesaria autenticidad hace que Clarín emprenda una lucha constante y sin concesión
contra la Iglesia católica española de su tiempo. A pesar de lo que pudo decirse,
Clarín denunció siempre la institución católica y no vaciló en atacar en la prensa a
varios ministros de la Iglesia, fuesen obispos o arzobispos, cuando le parecía que se
portaban más como políticos que como santos pastores. Un aspecto importante de La
Regenta es la pintura por de dentro de la «organización» clerical de Vetusta
y del mezquino espíritu covachuelista (palabra de Clarín) que anima a los santos
varones del cuerpo (palabras también de Clarín). Esa Iglesia que quiere seguir
imponiendo su dominación en todos los sectores de la vida española (la política, la
enseñanza, la prensa, etc.), que, cuando la guerra de Cuba, invoca al «Dios de los
ejércitos», que pretende avasallar los espíritus y los corazones por imposición de una
moral vacía y de pura fachada, ha olvidado «la vida, la sangre, la sustancia» de la
verdadera religión (Vida Nueva, 15-X-1899). A esa religión no le importa más que
el culto; «la política no la mantiene sino para eso» (La Ilustración Ibérica,
8-V-1888). Mil censuras del mismo calibre podrían citarse. Así las cosas, los
españoles, como la mayoría de los personajes de La Regenta y de Su único hijo,
se dicen católicos, pero viven como ateos perfectos, porque han perdido el
sentido trascendente de la existencia. Pero Alas condena también a los librepensadores
superficiales, a los positivistas de escalera abajo, a todos los que pretenden, como los
positivistas, negar el misterio. «Porque sépalo o no lo que más importa al hombre es lo
que está detrás de lo que ve» («Introducción» a Los héroes de Carlyle, 1893;
Torres, 1984, pág. 192).
¿A partir de qué concepción religiosa emprende Clarín ese combate? «Cuanto más
religioso se sea (y yo no creo racional ningún modo de vivir, no siendo profundamente
religioso) escribe Clarín en 1899 más repugnante es el espectáculo de estos
míseros positivistas prácticos y vulgares apoderados de la cáscara vacía de una gran
institución histórica» (Vida Nueva, art. cit.). Juicio que anticipa las
siguientes palabras de Antonio Machado a Unamuno: «Esta Iglesia espiritualmente huera
pero de organización formidable, sólo puede ceder al embate de un impulso realmente
religioso» (Machado, «Carta a Unamuno» [1913]; 1957, pág. 167).
El catolicismo, cuando no es
sinónimo de reacción, de imposición doctrinal y política, de intransigencia y ceguera
en la polémica, es una de tantas hipótesis sociales, religiosas, políticas,
filosóficas y artísticas que lucha legítimamente en la vida espiritual de los pueblos
civilizados de veras (La España Moderna, 11-XI-1889).
Como se ve, para Alas, el catolicismo no es la Verdad Absoluta, es sólo una hipótesis,
un ingente esfuerzo del espíritu humano para liberar al hombre de la materia. Pero el
cristianismo «es la santa idealidad humana en busca de lo divino» (La Publicidad,
24-XII-1893). La religiosidad de Alas es ante todo búsqueda de lo divino, fuera de la
petrificación de los dogmas.
El espíritu religioso es una
tendencia ante todo, un punto de vista, casi pudiera decirse una digna postura, la
postración ante el misterio sagrado y poético; no es, como creen muchos, ante todo una
solución concreta, cerrada, exclusiva (Alas, Siglo pasado (1901), 1999, pág. 48).
Esta religiosidad, libre de trabas dogmáticas, sólo reconoce principios superiores, como
la caridad, la bondad, el amor al prójimo..., sentidos y vividos en su dimensión
trascendente. El amor a Dios es primero amor al Bien y, desde luego, amor a los hombres, a
todos los hombres. La primera manifestación de amor a los demás es la tolerancia. Por
eso, considera que, a pesar del abismo que le separa del marxismo, es «casi un ideal»
para él «departir con los obreros socialistas» para escucharlos e intentar
comprenderlos, pero también para atraerlos al aspecto moral y religioso de la cuestión
social», para que un día «al llamarnos todos hermanos podamos hacerlo
racionalmente, es decir, sabiendo que existe un padre, un Dios o una madre, una Idea» (La
Publicidad, 30-X-1890; Lissorgues, II, 1989, pág. 208). Por eso también,
se alza, cuando el «Affaire Dreyfus», contra las posiciones antisemitas, tomadas ya
desde principios de los ochenta, por los Drumond, Veuillot y compañía, proclamando:
«Sea el que sea el origen de la especie, hoy el hombre vive como ser de conciencia que se
gobierna por razón y moral. Creyendo esto, ¿qué significa perseguir en concepto de
moral, por condiciones fisiológicas, filogénica a hombres de raza alguna?» (Heraldo,
31-I-1898; Lissorgues, I, 1989, págs. 247-250). Así pues, Clarín se muestra, sobre este
punto (como sobre otros), superior a su tiempo al denunciar ciertas teorías positivistas,
que le parecen apresuradas, discutibles y peligrosas, como el porvenir se encargaría de
demostrar de manera horrorosa.
Lo que sorprende y seduce en el espíritu de Leopoldo Alas es esa increíble agilidad
intelectual que le permite captar y pronto dominar «cuanto fuera se produce y que merezca
la pena de verlo y aprenderlo». Pero si nada de lo que pasa en Europa le es extraño,
somete, como acabamos de ver, cada nueva idea, cada nueva «verdad», cada nueva
orientación al libre examen de la razón crítica. Acepta y hasta hace suyas muchas
aportaciones de la ciencia experimental en los campos de la fisiología, de la
psicología, de la sociología, etc., pero rechaza ciertas teorías positivistas que le
parecen peligrosas sobre la herencia atávica, sobre la jerarquía de razas (no es inútil
insistir), sobre los criminales natos, etc., que le parecen peligrosas extrapolaciones.
Acepta y hace suyos algunos aspectos estéticos y temáticos de las teorías naturalistas
y de las obras literarias de Émile Zola que, para él, son aportaciones decisivas al
realismo español, pero no acepta el determinismo para la construcción del personaje y no
acepta que se pueda considerar la literatura como una ciencia («experimental»).
A partir de 1890, su deseo cada vez más fuerte de profundizar su búsqueda espiritual, le
orienta hacia el gran debate suscitado en Europa por el renacimiento metafísico, que en
el fin de siglo se introduce en el campo hasta ahora hegemónico del positivismo. A partir
de entonces, sus lecturas predilectas son las obras filosóficas o artísticas de
Boutroux, Rod, Renouvier, Lachelier, Africano Spir, Strauss, Tolstoi, etc., y, como hemos
dicho ya, Bergson y Renan. Todos esos pensadores y escritores contribuyen, según Leopoldo
Alas, de una manera u otra, al renacimiento del espiritualismo. La influencia de Renan y
la de Carlyle, a quien descubre sólo en 1892, fueron particularmente importantes, pero
parece que los pensamientos de los autores respectivamente de La vida de Jesús y
de Los héroes fueron más catalizadores de un reflexión personal ya muy madura
que verdaderos descubrimientos (Lissorgues [1983]; 1996, págs. 229-276).
El carácter ejemplar de la personalidad intelectual y moral de Leopoldo Alas es el de
asumir los elementos dominantes del pensamiento español y europeo del último tercio del
siglo XIX. No menos ejemplar es la dimensión cordial de una concepción del mundo siempre
orientada hacia el otro, el ciudadano, el prójimo y que implica a todos los
niveles una exigencia ética, que es la búsqueda de la autenticidad en todo. Es de
subrayar que frente al misterio, reconocido y acatado como fuente de poesía, la razón,
en Clarín, nunca abdica sus derechos.
En breve, el pensamiento filosófico de Leopoldo Alas, no conocido aún en toda su
amplitud universal, todo su pensamiento, tanto en su aspecto ético y religioso, como
estético, merecería hoy conocerse, difundirse, discutirse para enriquecer, pongo por
caso, el humanismo de Habermas y contrarrestar las abdicaciones de los Adorno, Hockheimer,
Vattimo y demás «nuevos seudofilósofos», más o menos mercaderes estos últimos del
invento llamado posmodernidad. En nuestro mundo despiadado del utilitarismo en grande,
globalizado y disfrazado de engañosas apariencias, el pensamiento de Leopoldo Alas,
Clarín, podría leerse como el de un clásico, de un clásico histórico; es decir, como
un sueño de modernidad frustrada.
OBRAS CITADAS
ALAS, LEOPOLDO, Siglo
pasado, Madrid, Antonio López, 1901 (edición póstuma), ed. de José Luis García
Martín, Gijón, Llibros del Pexe, 1999.
Epistolario a Clarín,
Menéndez Pelayo, Unamuno, Palacio Valdés, prólogo y notas de Adolfo Alas, Madrid,
Ediciones Escorial, 1941.
LISSORGUES, YVAN, Clarín
político I y II, Barcelona, Lumen, 1989.
, La pensée
philosophique et religieuse de Leopoldo Alas, Clarín (1875-1901), París, Editions du
CNRS, 1983; ed. española, Oviedo, Grupo Editorial Asturiano, 1996.
MACHADO, ANTONIO,
«Carta a Unamuno (sin fecha: [1913])», en Los complementarios, Buenos Aires,
Losada, 1957, págs. 163-168.
TORRES, DAVID, Los
prólogos de Leopoldo Alas, Madrid, Playor, 1984.
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