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¿Cómo era el país donde vivió Leopoldo Alas entre 1852 y 1901? En las siguientes
páginas trataremos de contestar a esta pregunta, ofreciendo una interpretación que tenga
en cuenta el estado actual de nuestros conocimientos sobre la historia de España en la
segunda mitad del siglo XIX. Lo que nos interesa, por tanto, es saber cómo vemos hoy
la España de Clarín, no cómo la vio particularmente Clarín, y en qué medida esta
imagen era compartida por sus contemporáneos, cuestiones que pertenecen propiamente a la
biografía del escritor asturiano y no a una introducción histórica general como la que
pretendemos llevar a cabo.
En el año 1852, cuando nuestro personaje vino al mundo, fue inaugurado en Sevilla el
puente de Triana, un moderno puente de hierro sobre el Guadalquivir según el modelo
del Carrousel de París, que venía a sustituir al puente de barcas que
secularmente unía el popular barrio con el centro de la ciudad. También en aquel año el
presidente del gobierno, Juan Bravo Murillo, presentó un proyecto de reforma
constitucional que pretendía reducir drásticamente el número de electores y restringir
los ya escasos poderes que la Constitución vigente, la moderada de 1845, atribuía al
Parlamento. Entre los sucesos del mismo año, suele destacarse, finalmente, el atentado
que la reina Isabel II sufrió cuando se disponía a salir del Palacio Real de Madrid
hacia la basílica de Atocha para dar gracias a Dios por el nacimiento de su primera hija,
la infanta Isabel; un cura loco, el cura Merino, se abalanzó sobre la soberana con un
puñal en la mano y aunque la hirió en el pecho, los brocados de oro del vestido que
llevaba, y el corsé, impidieron al clérigo culminar su criminal propósito1.
Puentes y expansión urbana; Constituciones y proyectos de reforma encaminados a construir
un Estado y ajustar las relaciones entre sus distintos poderes, ya divididos y repartidos
entre diferentes instituciones y no en manos de monarcas absolutos que, no obstante,
seguían suscitando pasiones. Elementos todos ellos de una sociedad en curso de
transformación entre esos dos grandes universos que conocemos como Antiguo Régimen y
modernidad2.
Las distintas estructuras políticas que se sucedieron en la segunda mitad del
ochocientos, nos proporcionan quizá el mejor marco de referencia para conocer el ritmo y
los resultados de aquel profundo y polifacético proceso de cambio.
LA ETAPA FINAL DEL REINADO DE ISABEL II, 1854-1868
La llegada al trono de la
hija de Fernando VII, Isabel II, al morir aquél en 1833, supuso el inicio de una
verdadera ruptura histórica en España. En los siguientes años, la derrota militar de
los seguidores del hermano del rey difunto, el infante don Carlos cuya causa
aglutinó a los partidarios de la continuidad del Antiguo Régimen, fue acompañada
por una serie de medidas la desamortización de la tierra y la aprobación de
una Constitución, fundamentalmente que sentaron las bases de una economía de
mercado, una sociedad de clases, un sistema representativo y una cierta tolerancia
religiosa e intelectual que impulsó el desarrollo cultural. La revolución liberal había
comenzado en nuestro país.
La planta sembrada entonces tuvo, sin embargo, un raquítico desarrollo. Pero no, como
afirmaron los tradicionalistas, porque el liberalismo fuera algo extraño y ajeno a unas
supuestas esencias nacionales, ni tampoco, como defendieron representantes de corrientes
estructuralistas posteriores, por defectos sociales irremediables, como la carencia de una
numerosa e ilustrada clase media. La debilidad del sistema liberal en el reinado de Isabel
II se debió a una serie de causas concretas, históricas y contingentes, como fueron la
inconsistencia de los partidos, su falta de acuerdo sobre las reglas elementales del juego
político, la injerencia de los gobiernos en las elecciones y la actuación poco
afortunada, confusa e impredecible de la mujer que ocupaba el trono. Todo ello hizo de los
militares los árbitros de las disputas políticas y del Ejército el poder realmente
determinante.
No es que no se hiciera nada en aquellas décadas centrales del siglo. En una entrevista
de Benito Pérez Galdós con la reina Isabel II ya anciana, en París, a la que asistió
el embajador de España en la capital francesa, Fernando León y Castillo, ponderó éste,
«el desarrollo de la riqueza, la difusión de la cultura, el aumento del bienestar [...],
los ferrocarriles y tantas otras cosas que la reina no encontró el día de su
advenimiento y dejó el día de su fin político». Aquellas afirmaciones tenían «toda
la verdad del mundo» escribió Galdós, pero no sirvieron para «conven[cer]
a la reina de la fecundidad de su reinado. Pero hay más, mucho más decía
ésta que pudo hacerse y no se hizo»3.
Efectivamente, fue muy considerable el esfuerzo realizado para superar los obstáculos que
un país con una elevada tasa de mortalidad, un altísimo nivel de analfabetismo,
pésimamente comunicado y con una baja productividad agrícola presentaba para sumarse al
crecimiento económico moderno. Pero todo aquello quedaba empequeñecido ante la
inestabilidad de los gobiernos, los continuos actos de fuerza, y la intensa presencia de
los militares en la vida pública. «Lo que este país necesita para [satisfacer] todas
sus exigencias, tanto materiales como políticas, es un gobierno que dure algo»,
escribía en 1858 el representante inglés en Madrid. El problema fundamental de la
España del siglo XIX y de la España contemporánea, en general, como
hace ya unas décadas escribió Raymond Carr era un problema político4.
El hecho es que Isabel II fue destronada en 1868 por una revolución que tuvo una cierta
componente popular de las relativamente escasas masas urbanas cuya precaria
situación se había visto agravada por una crisis económica, pero que fue sobre
todo la revolución de los excluidos del sistema político. No de quienes se habían
opuesto radicalmente a él los carlistas, por la derecha, y los republicanos o
demócratas, por la izquierda, ambos sumamente débiles sino por quienes, como el
padre de Clarín, habían integrado partidos de gobierno del reinado el Progresista
y la Unión Liberal, concretamente, pero que se sintieron definitivamente marginados
del poder por la política exclusivista del partido Moderado, que parecía contar con el
total apoyo de la reina. Aquellos partidos marginados del gobierno movilizaron a las
suficientes fuerzas del Ejército y, por primera vez, de la Marina para
conseguir imponer sus planteamientos.
Leopoldo Alas, que a la sazón era un joven de dieciséis años, se sumó alegremente a la
revolución5.
EL
SEXENIO REVOLUCIONARIO, 1868-1874
Los primeros gobiernos surgidos de la revolución de 1868
implantaron la legislación política más avanzada de Europa, la más democrática
que incluso reconocía el derecho al voto de los varones como un derecho
natural; dieron pasos para llegar a tener una economía tan abierta como la de
Inglaterra, prácticamente sin aranceles; suprimieron los principales impuestos indirectos
los de consumos, que gravaban los artículos de primera necesidad y que eran
particularmente odiados por las clases populares; establecieron la libertad
religiosa; y movidos no sólo por los ideales de libertad e igualdad sino también de
fraternidad, se plantearon firmemente la abolición de la esclavitud en las Antillas, que
poco más adelante llevaron a cabo en Puerto Rico, aunque no en Cuba.
A lo largo de aquellos seis años estuvieron vigentes sucesivamente distintos regímenes
políticos: la regencia del general Serrano, duque de la Torre (1869-1870)
mientras se encontraba un príncipe europeo que quisiera ceñir la corona de
España, el reinado de Amadeo de Saboya (1871-1873) y la I República (1873-1874).
Todos estos proyectos institucionales tuvieron que arrostrar las dificultades lógicas que
la implantación de las nuevas leyes políticas, económicas y religiosas trajeron
consigo; también tuvieron que enfrentarse a poderosos enemigos contrarios a ellos; pero
si ninguno se consolidó no fue a causa de todos aquellos obstáculos sino,
principalmente, por la división entre sus propios partidarios y por la oposición
violenta que se hicieron entre sí.
En efecto, los monárquicos antes y durante el reinado de Amadeo de Saboya se
vieron combatidos política y militarmente por republicanos, carlistas e independentistas
cubanos. Los republicanos, cuando alcanzaron el poder en febrero de 1873, tuvieron que
continuar luchando contra carlistas e insurgentes cubanos, además de resistir a la
continua conspiración monárquica. Pero lo que provocó la quiebra de la monarquía de
Saboya fue la deslealtad de los partidos de gobierno Radical y Constitucional
respecto a la Constitución de 1869 y al mismo monarca. Y lo que llevó a la crisis total
de la I República fue la sublevación de los republicanos intransigentes en
Cartagena y en otros lugares de la península contra el gobierno de Madrid y la
Asamblea Nacional a los que ¡cinco meses después de la instauración del nuevo
régimen! no consideraban lo suficientemente diligentes o dispuestos a la
aprobación de una Constitución federal.
Al final, todas las fuerzas revolucionarias de 1868 estaban tan divididas y
desprestigiadas que el pronunciamiento del general Arsenio Martínez Campos, el 29 de
diciembre de 1874, en un lugar tan marginal como Sagunto (Valencia), y al frente de un
único batallón de 1.800 hombres (nuevamente los militares determinando el curso de las
cosas), fue suficiente para poner punto final a un período lleno sin duda de buenas
intenciones pero también de grandes errores y manifiestas incapacidades. La política
seguía siendo el principal problema del país.
Por aquellas fechas, Leopoldo Alas, con veintidós años, se encontraba en Madrid
ultimando sus estudios universitarios. La España de la Restauración sería también la
España de Clarín, la época en la que habría de encontrar su sitio en la crítica y la
literatura nacionales.
LA
RESTAURACIÓN, 1874-1902
El pronunciamiento de Martínez Campos volvió a sentar a los Borbones en el trono de
España, pero no a Isabel II sino a su hijo, Alfonso XII, un joven de diecisiete años en
quien aquélla había abdicado cuatro años antes. La restauración de la monarquía no
supuso, sin embargo, la vuelta a lo anterior sino la instauración de un nuevo régimen,
de acuerdo con el proyecto del político conservador Antonio Cánovas del Castillo (aquel
Cánovas tan maltratado por Clarín).
Al iniciarse la Restauración, Cánovas era un hombre relativamente joven tenía 46
años pero con una considerable experiencia política ya que había accedido al
Parlamento, por vez primera, en 1854. Su proyecto que no era sino la expresión de
los deseos de la mayor parte de su generación no tenía un carácter revanchista
sino, por el contrario, era profundamente integrador. Pretendía restablecer el consenso
básico entre los liberales, con el fin último de dar estabilidad al Estado y acabar con
el militarismo que había caracterizado la vida política española durante los últimos
cuarenta años.
Puede decirse que lo logró plenamente. A lo largo de las siguientes décadas los
gobiernos se sucedieron pacíficamente en el poder. Apenas hubo intentos golpistas, y los
que se produjeron fracasaron estrepitosamente. Las razones del éxito fueron varias: el
comportamiento de Alfonso XII, en primer lugar, un rey sinceramente constitucional que
ejerció un considerable control sobre el Ejército y apoyó totalmente a Cánovas; en
segundo lugar, la aprobación de una Constitución, la de 1876, ampliamente liberal y
flexible, que permitió gobernar tanto a la derecha como a la izquierda; y, por último,
la formación de dos grandes partidos el Conservador, dirigido por el mismo
Cánovas, y el Liberal, por Práxedes Mateo Sagasta en los que se integró la gran
mayoría de las fuerzas políticas existentes. Las oposiciones tradicionales
republicanos y carlistas estaban divididas y desmoralizadas; la nueva
oposición del Partido Socialista Obrero Español fundado en 1879 era todavía
muy débil, con una militancia escasa en contadas áreas del país; el Partido
Nacionalista Vasco, fundado en 1895, con actitudes claramente secesionistas respecto a
España, apenas se hallaba implantado en Vizcaya; los anarquistas, finalmente, que en el
sexenio revolucionario habían alcanzado una considerable expansión, se hallaban
prácticamente sin organización, en parte por la dura represión a que habían sido
sometidos, y en parte por decisión propia.
Es preciso señalar que el sistema político de la Restauración no se asentaba en la
fuerza de la opinión pública. No es que se tratara de un régimen contra una opinión
existente a la que reprimía, sino que en un país con más de la mitad de la población
analfabeta y viviendo en núcleos de menos de cinco mil habitantes, no existía una
opinión con la fuerza suficiente para sustentar aquel ni ningún otro régimen. «Para
que la voluntad del pueblo sea respetada reconocía Joaquín Costa, el mayor
crítico del sistema, lo primero que hace falta es que tal voluntad exista. ¡Ah! Si
existiera, ya se haría respetar ella por sí misma»6.
La clave del sistema estaba en la Corona. La solución que los hombres de la Restauración
idearon para erradicar al Ejército de la vida política fue asegurar la alternancia en el
poder de los principales partidos mediante el arbitraje de la Corona. Si los militares
habían sido meros instrumentos de políticos insatisfechos, al suprimir la causa
desaparecería el efecto. Pero el mecanismo pensaban no podía ser la libre
competencia de los partidos en las urnas ya que no existía un electorado independiente.
Mientras éste no se formaba era necesario que alguien repartiera regular y
alternativamente el poder y sus prebendas: el presupuesto y los puestos en la
administración con que los políticos pudieran satisfacer a sus clientelas. Este fue el
papel de la Corona, que quedó así directamente implicada en el juego político como
intérprete último del estado y las necesidades del país.
Toda aquella estructura tenía, por tanto, un carácter relativamente artificial y
considerables dosis de corrupción y fraude. Sus críticos la definieron como
«caciquil». Las elecciones se decidían más por presión gubernamental e influencias
personales que por los votos emitidos de forma independiente por los electores. Al inicio
de la Restauración predominaron las presiones gubernamentales a través de una cadena que
comenzaba en el Ministerio de la Gobernación, seguía por los gobernadores civiles y
terminaba en los alcaldes de cada localidad. Pero conforme pasó el tiempo, las
influencias locales se fueron formando o consolidando. Donde existía (en los grandes
núcleos urbanos), la opinión pública se terminó imponiendo a toda clase de injerencias
gubernamentales.
El sistema representativo se mostró lo suficientemente abierto como para además de
permitir la existencia de alternativas legales integrar a quienes quisieron sumarse
a él y, a través de vínculos personales, satisfacer buen numero de las solicitudes
concretas que los particulares hacían a los poderes públicos. No obstante, aquella
construcción política tuvo siempre un déficit de legitimidad moral porque se basaba en
el favor y el amiguismo más que en el cumplimiento estricto de la ley.
Con todo, los logros de la Restauración no fueron en absoluto despreciables. La paz, en
primer lugar: un bien relativamente escaso en nuestra historia contemporánea; una
importante labor legislativa, de larga vigencia de la que el Código Civil de 1889
es el principal exponente, orientada al establecimiento y defensa de los derechos y
libertades fundamentales; la estabilidad política, que facilitó el crecimiento
económico y, gracias a él, el desarrollo demográfico: el principal beneficio sin duda
para la mayoría de la población, que vio aumentar su esperanza de vida; el inicio de la
política moderna, con una amplia participación popular y partidos de masas; y una rica
vida cultural, aunque limitada a una minoría de la población.
De la fortaleza alcanzada por el sistema dan prueba su resistencia a dos importantes
crisis: la muerte del rey, en 1885, y la derrota frente a Estados Unidos y la consiguiente
pérdida de las últimas colonias en América y el Pacífico, en 1898. En el primer caso,
porque la regente, María Cristina de Austria, cumplió discreta y correctamente las
muchas y delicadas funciones que estaban reservadas a la Corona mientras el heredero,
Alfonso XIII, alcanzaba la mayoría de edad. En el segundo porque, a pesar de la
conmoción moral que supuso «el desastre», los políticos supieron gestionar hábilmente
una situación cuyo potencial revolucionario no aprovecharon las oposiciones.
Cuando murió Clarín, en 1901, también la Regencia llegaba a su fin: Alfonso XIII
cumpliría dieciséis años y juraría la Constitución en mayo de 1902. Durante su
reinado, el sistema quebró y la monarquía volvió a sucumbir. Pero las causas de ello no
fueron los innegables defectos de origen de la construcción canovista que estaban
siendo vencidos gracias a la profesionalización de la administración pública, la mayor
independencia de la justicia, un funcionamiento más eficaz del Parlamento y la creciente
participación política, sino las respuestas que nuevas generaciones dieron a otros
problemas y circunstancias históricas. |
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