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«En el ambiente sentía Satán
ráfagas misteriosas, vibraciones sobrenaturales, y como aprensión de voces ocultas, de
divina alegría, estremecimientos nerviosos del aire y del éter; la vida
magnética del planeta se exaltaba» (Clarín, La noche-mala del diablo).
En la ya tan copiosa bibliografía sobre Leopoldo Alas pueden deslindarse dos etapas
dispares y, a la vez, complementarias, dada la enorme densidad de su prosa tanto narrativa
como ensayística. No se olvide, ante todo, que en la década de 1960 Clarín fue
surgiendo del silencio gracias, en buena parte, a la publicación de La Regenta por
Alianza Editorial: este título se convirtió pronto en un best-seller,
especialmente entre los lectores nacidos tras 1939 y deseosos por recuperar una tradición
liberal abolida entonces en España. Coincidiendo con el espectacular triunfo de La
Regenta, diversos investigadores iniciaban a su vez siguiendo la estela ejemplar
de J. M. Martínez Cachero una recuperación de la personalidad estética de
Clarín: el estudio de Sergio Beser Leopoldo Alas, crítico literario constituyó,
por ejemplo, un hito en nuestra hispanística. Dicha obra planteaba un análisis del
pensamiento teórico del autor desde una vertiente racionalista análisis que más
tarde retomó con no menor éxito Joan Oleza: en ambos casos se pretendía emplazar
a Clarín en la poética naturalista del último tercio del XIX. Una
poética materializada, por supuesto, en la figura de Zola, tan decisiva para nuestro
escritor por el doble flanco narrativo (La Regenta) y crítico
(algunos de sus ensayos impresos en Arte y Letras, La Diana o La
Ilustración Ibérica).
ALAS, EN EL PORTAL DEL MODERNISMO
Ahora bien, a mitad de los
setenta fueron abriéndose nuevas perspectivas entre los estudiosos de Clarín: sobre todo
un creciente interés por ahondar en aquellos pliegues del escritor menos cientificistas,
o empíricos, y más entroncados con las sutiles llamas del simbolismo romántico
si vale el calificativo de René Wellek que no se apagaron tras el derrumbe
del propio romanticismo sino que, al contrario, se fundirían con el realismo para más
tarde, en los umbrales ya del siglo XX, aflorar aún más refinadas con el neoespiritualismo de
inspiración eslava, el Modernism anglosajón y los diversos modernismos
hispánicos: un trayecto que ejemplifica esta otra obra maestra titulada Su único hijo,
como hizo notar Azorín. Alas, pues, como escritor en cuya conciencia bullen fecundas
tensiones entre la razón y la sensibilidad, el logos y la imaginación, se
convirtió en tema predilecto para varios especialistas que, con gran perspicacia
analítica, fueron descubriendo así «otro» Clarín, en consonancia además con la nueva
atmósfera cultural que iba extendiéndose por Europa. No se olvide que, tras 1968, el
mito inamovible de la razón parecía ya desangrarse, tambaleándose con ello una excesiva
fe puesta en la concepción tecnológica del progreso surgida después de la segunda
guerra mundial.
Esa nueva interpretación de la escritura clariniana el descubrimiento de sus vetas
neorrománticas más secretas está siendo protagonizada desde los años setenta por
Yvan Lissorgues y Gonzalo Sobejano, sin olvidar las no menos sagaces interpretaciones
debidas a Carolyn Richmond, Laura Rivkin o Noël M. Valis. Y cumple reconocer que, con el
nuevo siglo XXI, se ha logrado finalmente trazar con gran lujo una cartografía
crítica de Alas que abarca tanto su escritura más obstinada por depurar el arte de la
novela a través de una racionalización de las herramientas narrativas (Zola) como
aquella búsqueda, no menos obsesiva, tendente a apresar las heridas del alma humana
sus «voces» y sus «lágrimas», como solía decir nuestro autor,
literaturizando así los sentires de la vida o de la naturaleza ajenos a lo conceptual.
A decir verdad, el pálpito simbolista de Alas se adivina ya en sus escritos más
juveniles (según corrobora la clásica edición de J. F. Botrel de tales artículos o
«preludios»): ese anhelo por captar las voces secretas del existir fue avivado en
nuestro autor gracias a atentas lecturas de los grandes protagonistas del idealismo
alemán, sobre todo Jean Paul Richter, F. Schiller, el primer Goethe, Hegel, Schopenhauer
y un determinado Krause vertido a la lengua española por don Francisco Giner. Abundan las
páginas clarinianas en que dicho afán romántico esparce exquisiteces hasta situar a su
autor en el portal del modernismo, acaso ya dentro de este modernismo, como bien
apuntara Juan Ramón Jiménez en una de sus lecciones de la Universidad de Puerto Rico en
el año 1953.
Entre tales páginas destaca, pongo por caso, el admirable artículo que Alas escribiera
en 1880 y a los veintiocho años de edad a propósito de El tren directo,
de J. Ortega Munilla. En dicha reseña no resulta difícil percibir el símbolo del libro
de la naturaleza que se abre ante los ojos del hombre para ser así descifrado por
éste: símbolo, hecho revelador, presente en toda la obra clariniana, desde algún
juvenil artículo de la década de 1870 hasta trabajos maduros como Museum o Ensayos
y revistas. Este viejo tópico de las letras europeas tan cuidadosamente
estudiado por E. R. Curtius se ramifica asimismo por la literatura española a lo
largo de los siglos, desde Fray Luis de Granada hasta Joan Maragall, pasando por J. M. de
Pereda y Emilia Pardo Bazán, según atestiguan novelas como Peñas arriba y La
madre naturaleza. Pues bien, en el trabajo dedicado a Ortega Munilla sobresale el
siguiente, e intenso, pasaje:
También se puede leer entre
líneas en la Naturaleza: hay en ella signos que son de interpretación más difícil que
todos los jeroglíficos del Egipto. ¿Cuánto tiempo estuvieron diciendo lo que dicen las
inscripciones hieráticas del Oriente sin que nadie entendiera su lenguaje mudo, sin
gestos y sin voz? Pues en la Naturaleza, donde quiera, millares de millones de objetos con
mil posturas y contorsiones nos hacen señas para que leamos en su misterioso alfabeto, a
guisa de arabesco, la ciencia oculta que presintieron las patrañas supersticiosas. Para
poder deletrear con tan intrincada y recóndita clave se necesita un ánimo exaltado, un
alma delicada y un temperamento nervioso capaz de sentir lo que hay... y lo que no hay a
veces1.
Estos renglones remiten a un trasfondo germánico e idealista, que como he sugerido
antes se encarna en una serie de escritores y filósofos que nutrieron la conciencia
de Alas a lo largo de su vida. Probablemente anide en ellos alguna semilla procedente de
Jean Paul Richter, autor de culto para nuestro literato: su Introducción a la Estética
sería un companion book inseparable, a poca distancia de la Estética de
Hegel o de El mundo como voluntad y como representación, de Schopenhauer.
Compárese, por ejemplo, con lo que dice el escritor alemán mediante un lenguaje sin duda
más aforístico e impetuoso:
[...] el mundo está ahora, y en
todo tiempo, repleto de signos; lo que nos falta es la posibilidad de leer estas letras;
queremos un diccionario y una gramática de tales signos. La poesía nos enseña a leer
mientras que, por el contrario, el lugar apropiado para el simple maestro está más entre
los propios signos que entre quienes los descifran2.
Salta a la vista que tanto para Jean Paul como para Alas está bien presente el antes
mencionado tópico de la naturaleza como libro que lanza multitud de signos,
señales o guiños... Mas los precedentes abundan también, según apunté ya: un
esplendoroso ejemplo lo constituye una página de Luis de Granada contenida en su Introducción
del símbolo de la fe. En ella podemos leer esto:
[...] ¿qué es todo este mundo
visible, sino un grande y maravilloso libro que vos señor escribistes y ofrecistes a los
ojos de todas las naciones del mundo [...]? ¿Qué serán luego todas las criaturas de
este mundo tan hermosas y tan acabadas, sino unas como letras quebradas e iluminadas, que
declaran bien el primor y la sabiduría de su autor? [...].
Somos como los niños, que cuando
les ponen un libro delante, con algunas letras iluminadas y doradas, huélganse de estar
mirándolas, y jugando con ellas, y no leen lo que dicen, ni tienen cuenta con lo que
significan3.
Tales palabras de Fray Luis comparten con Jean Paul y Alas unas mismas imágenes, unos
parecidos anhelos, una semejante visión simbolista del universo: el autor asturiano,
conviene no olvidarlo, estuvo siempre mal ajustado en el realismo más rotundamente
positivista puesto que su visión de la realidad era «fronteriza» como acaba de
afirmar Y. Lissorgues4: en él lo matérico y lo espiritual, lo sociológico y lo subjetivo, lo
político y lo religioso están fundidos entre sí, sin que valga hablar, pues, de
enfrentamientos entre ambas dimensiones. Pues bien, nos indica a este respecto Luis de
Granada que las «criaturas» que moran en el mundo son «letras quebradas e iluminadas»:
letras, eso es, signos, y signos de extraña belleza que exigen, empero, una
lectura muy laboriosa así lo atestigua el adjetivo «quebradas» pero, a la
par, símbolos segregadores de una insólita luz como avisa este otro adyacente
«iluminadas».
Clima semántico ante todo ambiguo, o resbaladizo, para cualquier asedio racionalista que
conlleve lo geométrico, lo cohesivo, lo lógico... Nos acercamos, por tanto, desde esta
página ascética a la sensibilidad romántico-simbolista, aunándose así (a lomos del
tiempo) a la más sutil sensibilidad de finales del XIX, hacia la que por su parte se
encamina Clarín, infiltrándose incluso por la «biblioteca modernista» constituida por
la palabra de Azorín, Juan Ramón, Antonio Machado o Valle-Inclán. Este último
sentenciará algo parecido en La lámpara maravillosa, demostrándonos una
vez más que, de acuerdo con una de las más apasionantes tesis de J. López-Morillas, no
hay una grieta separatoria entre la gente vieja del 68 y la gente nueva del 98 pese a la
cruel estrategia de esta última por reafirmarse generacionalmente en la España del
Desastre hecho que tanto soliviantaba, por cierto, al autor de Doña Berta.
EL JARDÍN BOTÁNICO DEL MUNDO
Clarín, pues, se dirige hacia
el modernismo finisecular desde el romanticismo más depurado a través de
un asentamiento en la realidad gracias a la severa disciplina del naturalismo. Ese
tránsito quedaría ejemplificado, vuelvo a insistir, por alguna prosa temprana como la
reseña a El tren directo, escrita posiblemente bajo la inspiración de los
idealistas germanos. Pero si nos situamos ahora por los años de 1890, cuando Alas está
alcanzando ya una cuajada madurez, otro insólito texto no menos turbador
saldrá de su pluma en diciembre del 95. Se trata de un pasaje contenido en Viaje
redondo, relato donde se amalgaman todas las apetencias estéticas y metafísicas del
autor. Este texto que parece desplegar algunos hilos comunicadores con el artículo
sobre Ortega Munilla dice así:
En una crisis del espíritu del
hijo, las cosas empezaron a tener un doble fondo que antes no les conocía. Era un fondo
así, como si dijera, musical. Mientras hablaban los hombres de ellas, ellas callaban;
pero el curioso de la realidad, el creyente del misterio, que, a solas, se acercaba
a espiar el silencio del mundo, oía que las cosas mudas cantaban a su modo.
Vibraban, y esto era una música. Se quejaban de los nombres que tenían; cada nombre una
calumnia. La duda de la realidad era un juego de la edad infantil del pensamiento humano;
los hombres de otros días mejores apenas concebían aquellas sutilezas. Todo se iba
aclarando al confundirse; se borraban los letreros de aquel jardín botánico del
mundo, y aparecía la evidencia de la verdad sin nombre. Ya no se sabía cómo se llamaba
en griego el árbol de la ciencia, que ahora no servía de otra cosa que de fresco
albergue, de sombra para dormir una dulce siesta, confiaba, de idilio5.
Este texto despide una turbadora belleza: es otro instante milagroso en la literatura
española del siglo XIX y, sin lugar a dudas, parece adentrarse por un futuro
diríase que impaciente. Unos veinte años después dicho «árbol de la ciencia», por
entero inútil en su asedio a la pureza de un primitivo «jardín botánico», se
materializará en otra página no menos memorable de La lámpara maravillosa.
Leemos allí, efectivamente y con mayor contundencia que
el Adamita, al morder la
simbólica manzana, contaminó de ciencia y experiencia el inmaculado conocer de los
sentidos, y desapareció de los ojos aquella visión gozosa del mundo [...]. Antes del
pecado, la gracia colmaba las almas, y la vida en sus espejos era eterno renacer, y toda
la tierra era Paraíso6.
El parentesco de Viaje redondo con las páginas dedicadas a Ortega Munilla e,
indirectamente, con la declaración simbolista de Jean Paul es muy llamativo. Una
misma visión del cosmos más dramatizada aquí como enigma insondable (para
la razón) y en el que las criaturas, aparentemente mudas, hablan un extraño idioma y el
oyente debiera descubrir un poco a tientas la clave descifradora de tal murmullo.
Descrédito, pues, del discurso humano más pragmático o prosaico y, por ello, impotente
en interpretar esas músicas del universo. Nos movemos, así, en una atmósfera simbolista
cercana a Baudelaire como apuntaré luego y atmósfera, a su vez, afín a otro
escritor de culto para Alas: su admirado Fray Luis de León, cuya dulce palabra es
para nuestro crítico ejemplo de una lengua poco común en el arte literario español, con
frecuencia «seco, algo duro [...] en los movimientos del alma»7.
Las afinidades con la reseña a El tren directo son bien visibles pero, cabe
también subrayarlo, los procedimientos estilísticos varían un tanto. Se advierte en
dicha reseña, y sin la menor dificultad, una serie de tropos visuales encaminados a
definir la naturaleza como un entramado de signos que lanzan destellos ante la mirada del
hombre-artista, aquel poeta (había igualmente indicado Alas en el mismo artículo) ungido
por el azahar, la «flor de los nerviosos», la «musa» del artista que «toca las cosas
con los nervios»8. Símiles ópticos, en efecto, como «leer entre líneas», «jeroglíficos»,
«inscripciones hieráticas», «misteriosos alfabetos», «arabescos», etc. En Viaje
redondo, siendo a su vez indudable el peso de lo visual, éste queda sin embargo en
inferioridad ante lo auditivo: entre líneas se adivina a Richard Wagner tan
admirado asimismo por Clarín y su teoría del sonido musical como «voz» de lo
inefable (para la razón), en suma, uno de los signos más puros del nervio íntimo del
cosmos, su fuerza secreta o Naturgeist. Son de notar en efecto agrupaciones
verbales del fuste de: «fondo [...] musical» de las cosas, «ellas [las cosas]
callaban»; «las cosas mudas cantaban a su modo»; «Vibraban [tales seres], y
esto es una música»...
LA MÚSICA CALLADA
Este pasaje de Viaje redondo
invita a introducirse por sus cavidades semánticas más recónditas llevando a cabo,
así, un acopio de sus principales significaciones. Puede ser útil dedicarle unos pocos
párrafos: tales significaciones podrían desgranarse en seis puntos, puntos que
conviene subrayarlo van modelando una poética abiertamente simbolista,
mostrando con ello algún paralelo con diversos textos de Baudelaire, tan partidario a su
vez de Wagner como resulta casi innecesario recordar. Por de pronto, descuella en esos
renglones un nítido enfrentamiento entre lo profundo y lo apariencial, tan
inherente a una estética de sesgo idealizante y en la que se adivina, a lo lejos, el mito
platónico de la caverna. Pero fácil resulta percibir, en segundo lugar, que para Alas la
música aportaría las señas sonoras más genuinas en ese vivir recóndito del
universo, algo que el lenguaje discursivo, siempre «calumniador», no puede hacer: el
propio Baudelaire había dicho ya desde un ángulo ahora subjetivo, que la
música debiera «expresar la parte indefinida del sentimiento que la palabra, demasiado
positiva, es incapaz de lograr»9.
De ahí, en tercer lugar, el curioso tratamiento «animador» con que Clarín somete a las
músicas que exhala el cosmos: las cosas callan al hablar el hombre de ellas, pues las palabras
de la tribu no pueden con su estilete conceptual horadar la capa más externa de dicho
universo y adentrarse por sus entrañas. O expuesto de otra manera: el lenguaje del
hombre, contaminado por la abstracción (recuérdese a Valle), nada «nervioso» o
hiperestésico, hace enmudecer la sutil musicalidad que desprenden los seres de la
naturaleza. Por el contrario, y en cuarto lugar ya, el «creyente del misterio» al
«espiar el silencio del mundo» oye que las «cosas mudas» para el entendimiento,
vuelvo a reiterar cantan a su modo. Cántico, música, sonido...
Efectivamente, las cosas vibraban (verbo por cierto tan clariniano) y «esto era
una música», insiste el autor con términos que una vez más hacen pensar en Luis de
León y, muy particularmente, en su Oda a Salinas. De nuevo el sonido musical, o
voz simbólica surgida del tuétano de la naturaleza, aflora en el texto por medio de una
movilidad circular que gira y gira en torno a unas mismas preocupaciones, lo que otorga a
esta página una redondez que coincide con el desarrollo del relato, el cual, por su
parte, brota como agua fresca del propio título.
A partir de aquí Alas realiza una incisión ideológica en el enfrentamiento entre el
sonido utilitario, impuro del idioma de todos que diría más tarde A.
Machado y el vivir íntimo, «musical», de la naturaleza. Y ello poniendo un mayor
énfasis estilístico en el antes mencionado recurso vitalizador de las «criaturas» del
cosmos que, así, alcanzan insospechado dramatismo: un sugestivo emparejamiento, pues,
entre términos casi matéricos y abstractos, en catacresis que por cierto constituirá
para los modernistas uno de sus aliños estilísticos predilectos. Escribe nuestro autor,
en el momento culminante de ese paraje, que «se quejaban [las cosas] de los nombres que
tenían; cada nombre una calumnia». Mas en quinto lugar, y adentrándonos ya por las
honduras aparentemente enigmáticas del universo (tras el descrédito del nominalismo
racionalista), el misterio dejará de serlo; lo oscuro, o ininteligible, se aclarará.
Y ello porque el sonido musical hiere ya las fibras más delicadas de nuestra
sensibilidad, dándose así una mezcla efusiva entre ambas partes: momento crucial, por
tanto, en la comunicación intuitiva entre el hombre y la naturaleza. Las palabras humanas
«letreros» se disuelven y, como réplica, aflora ya la «verdad sin nombre»,
escondida por entre las penumbras refrescantes del «jardín botánico» del cosmos:
indudable alusión al Génesis y nuevo indicio, pues, de lo tan trabados que están
en nuestro relato los contenidos religiosos, filosóficos y estéticos.
Se desprende, por último, en esta página de Viaje redondo la fecunda
contradicción simbolista que puede astillar pero, a la vez, enriquecer una obra
literaria: la realidad oculta, recordémoslo, enmudece cuando es nombrada por la
palabra al estar ésta abstraída y, por consiguiente, el lenguaje no sirve ya
para la transmisión de la experiencia artística: máxima bipolaridad, pues, entre
vivencia e idea, conocimiento sensible y raciocinio... ¿Se impone un voluntario silencio?
Una buena salida podría ser la invención de un lenguaje que rehúya los cauces
comunicadores más usuales y esté, por el contrario, repleto de imágenes
sensóreo-afectivas cuya «rareza» constituya la mejor garantía de sobrevivencia frente
a los hielos de la lógica y que, con ello, logren apresar «lo más indeciso del alma, lo
más inefable a veces», según había reclamado Clarín en reseña a Realidad10. Una serie de galas estilísticas (metáforas, símbolos,
enlaces sinestéticos) tendentes, en fin, a «violar el código del lenguaje usual»,
dicho sea con frase de Jean Cohen11: el hablar «misterios en extrañas figuras», como
pusiera San Juan de la Cruz al frente de su Cántico espiritual.
Con estas simples notas he pretendido avistar un par de prosas clarinianas de muy diversa
cronología: una juvenil, del año 1880, y otra, por el contrario, del 95, ya en el jugoso
atardecer vital del autor, una madurez hasta hace poco tiempo eclipsada por las largas
sombras que desprende el tan musculoso texto de La Regenta. Al mismo tiempo nos ha
parecido útil contrastar ambas páginas con alguna prosa de Luis de Granada y Jean Paul
para, con ellos, detallar la hondura del meditar simbolista de Alas, entre artístico y
metafísico, en la onda ya sobre todo Viaje redondo de esa nueva
espiritualidad que iría aventándose por Europa a las puertas del siglo XX y que
conocemos con el nombre de modernismo. Conforme escribiera el autor en una de sus Cartas
a Hamlet con términos que aluden tanto a una nueva situación cultural
propagada desde Francia como a sus íntimas querencias ideológicas:
en ese idealismo complejo y de
cien matices de la modernísima literatura francesa, hay elementos muy dignos de ser
tenidos en cuenta, estudiados y relacionados con otras manifestaciones filosóficas,
religiosas, sociales, etc. [...]. El que quiera juzgar por lo que pasa en las letras
españolas [...] no podrá entender bien este íntimo enlace de los versos, las novelas,
las comedias y la crítica de los franceses jóvenes con la religión y aun con la
teología, con la metafísica, la filosofía, el idealismo, el positivismo, el socialismo,
etc.12.
CLARÍN Y PROUST: UN ESPACIO
COMÚN
Estas líneas de 1896 resaltan
aún más la tan compleja situación de Alas ante el modernismo, ese «nuevo
Renacimiento» al decir de Juan Ramón13 que abarca la espiritualidad heterodoxa del abbé
Loisy, la rebeldía social, el énfasis por lo intuitivo en detrimento del saber racional,
encerrando, pues, una imprevista dilatación del hombre no visto ya como simple logos
sino, ante todo, como pathos. Una actitud engolosinada por la contemporaneidad, por
la construcción de un lenguaje libre de rigideces positivistas, pero también cabe
reconocerlo con algún titubeo, o excesiva prudencia, que le impedirá a Clarín
hacer suya esa «anarquía» artística que postulaba Rubén Darío: la libertad extrema
en la escritura frente al canon mimético de la segunda mitad del XIX.
O mejor dicho, y adentrándonos ahora por el taller literario de Alas: éste
percibe ya sin dificultad la insólita pureza cognoscitiva que conlleva la percepción
desconceptualizada, la lectura del «libro abierto» de la naturaleza (y del yo humano),
aun cuando no crea oportuno estudiar la ingeniería estética que encierra esa lectura
simbolista de extraños «jeroglíficos», en contraste, aquí, con su tan precisa
poética naturalista desarrollada en la década de 1880... Es decir, la trabajosa
conversión del deslumbramiento intuitivo en objeto artístico, como bien
observara Raymond Bayer en su estudio sobre las ideas estéticas de Bergson el
filósofo modernista por excelencia que tanto atrajo a Clarín en aquellos mismos años
noventa.
En este sentido, y situándonos nuevamente en un amplio horizonte europeo, habrá que
esperar menos de un cuarto de siglo para que Proust examine y convierta en materia
literaria esos dos momentos de la experiencia artística, es decir, la lectura
mágica de los signos de la naturaleza y la posterior reconstrucción objetualizadora (el
poema, el relato) de dicha experiencia. Esto es, y siempre bajo la inspiración de
Bergson, el camino recorrido desde le temps perdu (el instante fugaz de la
intuición) hasta le temps retrouvé (momento ya intelectivo de fijación de
aquella sacudida sensorial). Podría ser utilísimo a este respecto recordar algunas
páginas del escritor francés, las cuales servirán también para mejor emplazar a
Clarín y percibir sus agudísimas adivinaciones en el paisaje simbolista
europeo que surge con Schelling, Wordsworth, Shelley, se aviva con Baudelaire, despide
luces decadentistas con Mallarmé o Rimbaud y desemboca, por último, en el propio Proust.
Se refiere por ejemplo el autor de Jean Santeuil interiorizando aquí el
tópico del liber naturae a que su ambición como escritor residía en poder
leer el «libro íntimo de los signos desconocidos» que afloraba de las oscuridades de su
subconsciencia, y signos cuya peculiaridad los hacía semejantes a los «jeroglíficos»,
siendo por ello muy «difícil» lograr «descifrarlos». Confiesa en efecto que
fijaba con atención ante mi
espíritu alguna imagen que me había obligado a contemplarla, una nube [...], un
campanario, una flor, una piedra, sintiendo que quizá había bajo estos signos algo muy
distinto de lo que debía intentar descubrir, un pensamiento que traducían a la manera de
esos caracteres jeroglíficos que se cree representan tan sólo objetos materiales. Sin
duda, el descifrarlos era difícil.
Ahora bien, la «lectura» de tales jeroglíficos es ya prosigue el autor un
«acto de creación», acto en el que «nadie podrá sustituirnos»14: y aquí se olfatean las semillas generadoras de À la
recherche du temps perdu en forma de programa, o proyecto, con el que se comprometió
Proust, su sensibilidad, su mente, su existencia, su cuerpo...
La búsqueda simbolista de Proust será, sin duda, más ambiciosa que las sugerencias
apuntadas por Alas (piénsese, no obstante, en esta joya titulada Cuesta abajo,
donde cuaja ya la reminiscencia «espontánea» como acicate de la escritura). El
novelista francés aspira a analizar despiadadamente las «sensaciones» que emiten las cosas
del mundo y que graba el filtro de su memoria involuntaria. Intenta, con ello, devolver a
los «signos» que le rodean «su sentido» más puro que «la costumbre» le «había
hecho perder»: y aquí se alza la justificación de su quehacer artístico, la raíz
generadora vuelvo a repetir de la Recherche. La clave de esa
experiencia entre psíquica y estética rasgada ya la piel de los
convencionalismos reside en el cruce entre un repentino «estremecimiento»
sensorial y la consiguiente «resurrección del pasado», un pasado que surgirá de las
aguas oscuras del olvido, creándose así un enlace sinestésico que el mismo Proust
define como la magia de una «sensación transpuesta». Y será entonces cuando se plantee
transmitir a los lectores tales experiencias por medio de su cristalización en una obra
literaria que «no vacilaré ya en emprender», por doloroso que sea «el esfuerzo que le
consagre»15. El «artista», por consiguiente, irá mudándose en
«artesano» como bien puntualizó en su momento Samuel Beckett16.
CONCILIACIÓN ENTRE LA VIDA Y EL
ARTE
Las reflexiones clarinianas sobre
la realidad entendida como densa malla de símbolos no alcanzan, reitero, tal lujo
proustiano: mas tampoco encontramos en él este sacrificio malsano, casi monstruoso, por
autodestruirse para capturar, así, la fugaz «felicidad» que encierra el poder revivir
intuitivamente el tiempo ausente (pero agazapado en la subconsciencia)17: es decir, el sacrificio de su yo más «externo»
o humano en favor de una obra artística cuya plasmación será, por otro lado, incierta18. Para Clarín dicha felicidad no entraña el menor
desgarro: muy al contrario, con el fin de evitar esa devastación pretende de
acuerdo con sus maestros krausistas armonizar vida y literatura, según puede verse
en el relato Vario, donde los azares del tiempo histórico, las incertidumbres de
un futuro amenazante, quedarán abolidos con tal alianza si bien ello signifique un acto
de fe ajeno a la lógica.
Este armonismo de estirpe ginerina es, vuelvo a recalcar, la llave secreta del existir y
obrar de Leopoldo Alas: la explicación de su búsqueda de una zona media entre un noble
intelectualismo del que no puede abjurar sería nocivo para una sociedad como la
española plagada, entonces, de oscurantismo e intolerancia y las visiones
simbolistas que le invitan a recorrer sus mágicos laberintos. Conciliación propia de una
mentalidad democrática que evita las extremosidades pero, a la par, adivina las fértiles
tensiones entre lo intuitivo y lo racional, el realismo y el simbolismo, la tradición y
la modernidad, el nacionalismo y el cosmopolitismo, el cristianismo y el anticlericalismo.
(En todas esas disonancias, Unamuno está detrás de Clarín, aun cuando Clarín,
no se olvide, esté ya por delante de Unamuno...).
Adentrándonos, por última vez, por los territorios de la literatura, ese zigzagueo
clariniano entre el espíritu apolíneo del naturalismo y una cierta sensibilidad dionisíaca
de lo romántico nos brinda la entraña de su arte: una movilidad que evita la
petrificación dogmática, las convicciones inertes. Precisamente su quehacer intelectual
a lo largo de treinta años como un «viaje redondo» activo, dinámico, que no renuncia a
los orígenes ni se atemoriza ante las orillas últimas: «En mi fin está mi principio»,
que dijera T. S. Eliot19. Así lo adivinó Alas en el prólogo a su traducción de
Travail, donde repasa una vida y una escritura a punto ya de extinguirse
físicamente:
En España, tuve el honor de ser
el primero, allá en mi juventud, casi adolescente, que defendió las novelas de Zola
[...], y hasta su teoría naturalista, con reservas, como un oportunismo, pero sin admitir
la supuesta solidaridad del naturalismo estético y del empirismo filosófico [...]. Era
yo entonces, sin embargo, tan idealista como ahora, así como soy ahora tan naturalista
como entonces20.
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