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Sin lugar a dudas, hay mucho de Luis Buñuel en mi película Goya en Burdeos. Por lo demás, nos movíamos entre aragoneses, dado que, aparte de mí, lo eran Goya, Buñuel y Baltasar Gracián, un escritor a quien siempre he admirado y que, además de inspirar numerosas imágenes a Goya, también me ha servido como estímulo en algunas de mis películas, incluida esta que comento. He hablado muchas veces con Luis de la obra literaria de Gracián, que siempre le influyó mucho. Por otro lado, puestos a extender el paralelismo entre Goya y Buñuel, pienso que, de haber vivido en nuestros días, el pintor podría haber sido también un cineasta. El cine es un medio idóneo para manejar la memoria y también para combinar la realidad cotidiana con otros estados que la deforman. Cuestiones que, salvando las distancias, Goya puso en práctica de una forma muy lúcida. Por lo demás, hay bastante que comentar en esta línea de afinidades. Dicho esto, conviene añadir que la secuencia que ilustra los títulos de crédito no se refiere tanto a los carnuzos, tan propios del mundo de Buñuel, como a un hermoso cuadro de Rembrandt, El buey. No es una cita casual, pues Goya decía que sus grandes maestros eran Velázquez, Rembrandt y la naturaleza.

Todos sabemos que Buñuel es un extraordinario cineasta, pero además fue para mí un amigo entrañable, desgraciadamente perdido. Conversar con él era una experiencia maravillosa, dado que siempre tenía infinidad de ocurrencias. Y han sido esas charlas una fuente de inspiración muy considerable a la hora de redactar mi guión sobre Goya. Los diálogos de la película son, lógicamente, invenciones, pues el pintor apenas dejó constancia escrita de sus pensamientos, más allá de su conocido epistolario con Zapater. Por esa razón, a la hora de rellenar las diversas lagunas de su personalidad, opté por atribuirle frases que yo había escuchado decir a Buñuel; no en vano considero que son muchos los paralelismos existentes entre ambas figuras. Lo cual viene a justificar otro detalle de la caracterización: cuando Francisco Rabal me preguntó cómo veía yo al personaje, le dije que debía imitar, con cierta mesura, el habla de Luis Buñuel. A la vista de algunas secuencias, me parece que tal imitación casi resulta exagerada, y yo estoy viendo ahí a un Buñuel redivivo. En este sentido, hay que reconocer que esa inspiración era esencial para ambos.

 

[El director español Carlos Saura ha desarrollado una carrera admirable, que avanza desde La caza (1965) hasta Goya en Burdeos (1999) y Buñuel y la mesa del rey Salomón (2001). Estas declaraciones fueron obtenidas durante un encuentro con la prensa celebrado el 4 de noviembre de 1999.]

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