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El cine es un juego caro y no permite las mismas facilidades que ofrece la escritura. Esa circunstancia se puso de manifiesto para mí llegada la hora de adaptar al cine mi novela La fuga. Ante todo, debo aclarar que yo escribí esas páginas sin pensar que iban a inspirar un guión cinematográfico. Cuando el libro llegó a los lectores en 1999, tuve la fortuna de recibir el Premio Emecé, y también el Premio de la Crítica al Mejor Libro Argentino de 1999. Fue entonces cuando un productor me animó a convertirlo en celuloide, pero yo rechacé aquella primera propuesta. Por otro lado, yo había sufrido una mala experiencia con la novela Cuatro casas (1975), que mereció el premio Casa de las Américas, en La Habana, pero que no llegó a publicarse en mi país hasta una fecha muy reciente.

Ese estigma de Cuatro casas me había valido, entre otras cosas, el exilio. Todo ello me impulsó a dejar que La fuga corriese la misma suerte que cualquier otro libro, sin apresurarme a realizar una adaptación fílmica. Lo cierto es que me encantaba entrar en las librerías y ver apilados los volúmenes en compañía de otros títulos. Pasados ocho o nueve meses, mi obra ya había merecido una segunda edición, aparte de buenas críticas. Fue entonces cuando por fin juzgué conveniente realizar una película a partir de la narración literaria.

Sin embargo, este proceso también presentaba dificultades muy considerables. A la hora de traducir una novela al cine, lo primero que tiene que hacer el autor es hacerse a un lado, para no correr el riesgo de ilustrar el texto. Justamente por esa razón, decidí contar con dos guionistas que me ayudaran en ese trance. Estos colaboradores fueron Graciela Maglie y Jorge Goldemberg.

Otro de los grandes inconvenientes fue la selección del reparto. Y es que en mi mente ya había forjado un imaginario del grupo de protagonistas, todos ellos implicados en esa fuga de la Penitenciaria Nacional de Buenos Aires, durante el verano de 1928. Fuerza es aceptarlo: tenía que olvidarme de la novela; perderla para sustraerme del modo en que yo imaginaba sus figuras y sus acciones.

Ya en la fase de rodaje, conté con dos actores españoles, Alberto Jiménez y Manuel Andrés, pero debo aclarar que su presencia queda plenamente justificada por la trama. En no pocas ocasiones se ha tenido que adaptar un personaje de acuerdo con las exigencias de una producción compartida entre Argentina y España, y ese ingreso de actores de uno u otro país ha podido originar ciertas fisuras en el resultado final. No es éste el caso.

Puestos a ello, puede intuirse que dicho proceso de colaboración hispanoargentino, cada vez más fluido, va a favorecer la escritura de guiones pensados para que intervengan gentes de una y otra orilla, sin que haya resistencias a su pronunciación ni a los localismos de su vocabulario.

 

[El director argentino Eduardo Mignona es responsable de largometrajes tan conocidos como Sol de Otoño (1996), El faro del sur (1998) y La fuga (2001). Asimismo, es autor de las novelas En la cola del cocodrilo (1971), Lastenia (1974), Cuatro casas (1975) y La fuga (1999). Las declaraciones que componen este texto fueron recogidas el 10 de octubre de 2001.]

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