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El hecho de trabajar en Hispanoamérica es algo que me
gusta, y son varias las razones para que ello sea así. Para empezar, es primordial el
idioma. No sólo porque el actor pueda expresar mejor las emociones a través de su lengua materna. También hay otros matices que me
traen a la memoria lo que me decía Lluis Pasqual en París, cuando representábamos una
función de Federico García Lorca. Resulta que, después de nuestro montaje, un equipo
francés llevaba adelante la representación. Y Lluis me hacía notar cómo, a pesar de su
idéntico significado, no suena igual la palabra castellana libertad que la
francesa liberté. Evidentemente, los castellanoparlantes entienden qué tipo de
colorido e intensidad tiene ese vocablo en nuestro idioma. De ahí que Pedro Almodóvar prefiera que, en la
medida de lo posible, los espectadores de sus películas entiendan los diálogos
completamente, de una forma natural, sin necesidad de traducción. Por otro lado, esas
connotaciones de la lengua las he podido advertir al trabajar en Argentina y México. Es
más, actuando en esos países me he sentido como en familia; y aunque existen
diferencias, siempre resultan enriquecedoras.
Ese cúmulo de sensaciones surge de mi contacto profesional
con cineastas como Arturo Ripstein y
Guillermo del Toro, quienes, aparte de ser mexicanos, son absolutamente distintos en el
ámbito artístico y no tienen nada que ver en lo que concierne a los métodos de trabajo.
Así, mientras que Guillermo se apasiona por el cómic y otras manifestaciones de la
cultura de masas, lo cual le aproxima a una cinematografía que podríamos llamar mundial
o internacional, Ripstein es un director de los de siempre, en cuyo estilo destaca ese
empleo recurrente del plano-secuencia. En todo caso, puestos a vincular a estos dos
realizadores a través de un sentimiento, citaré el siguiente: ambos se muestran
radicales a la hora de defender su autoría artística.
[Marisa Paredes es una actriz española de gran
prestigio internacional, muy conocida por sus trabajos junto a cineastas como Pedro
Almodóvar. Dirigida por Arturo Ripstein en Profundo carmesí (1996) y El
coronel no tiene quien le escriba (1999), también ha dado el salto a la otra orilla,
interviniendo en un creciente número de producciones iberoamericanas. A ello cabe añadir
su labor como presidenta de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España.
Las declaraciones aquí transcritas fueron recogidas el 18 de abril de 2001.] |
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