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Durante la última década se ha publicado una literatura
abundantísima que intenta explicar toda la trayectoria de Buñuel, Lorca y Dalí de acuerdo con lo que pasó en la
Residencia de Estudiantes. Si bien comparto la idea en líneas generales, considero ese
factor menos importante de lo que se pretende. No hace mucho tiempo, leyendo la biografía
de Dalí escrita por Ian Gibson, me puse a pensar cuánto tiempo fue residente: resulta
que el pintor estuvo allí tan sólo un curso y luego algunos meses, a diferencia de sus
compañeros, moradores de la Residencia durante muchos años. A mi modo de ver, se ha
exagerado muchísimo el periodo que pasó Dalí en la institución, quizá porque resulta
muy tentador situar a las tres personalidades como si fuesen un triángulo equilátero:
una amistad trilateral equiparable entre un pintor, un cineasta y un escritor.
Si estudiásemos el proceso con mayor atención,
descubriríamos que no fue tan lineal. Quizás una cronología mensual de su etapa como
residentes nos revelaría que no hubo tanta convivencia entre los tres en aquel lugar. En
síntesis, hubo un primer momento en que Dalí, recién llegado, trabó amistad con
Federico, quien ya debía de ser amigo de Buñuel, y una segunda etapa en que este último
se va fijando en el pintor. Pero, en gran medida, este último periodo transcurre cuando
Dalí ya no habita en la Residencia.
Por otro lado, considero que Buñuel nunca sintió una
especial atracción por Lorca y, de hecho, sus juegos de provocación los comparte con
Dalí, cuando éste se aleja de Federico. En esta línea, la biografía escrita por Gibson
es curiosa, porque nos quiere hacer creer que Dalí estuvo toda su vida obsesionado por
Lorca. Puede ser cierto, pero quizá no de un modo tan exagerado. Habría que ampliar la
hipótesis y contemplar cuánto hubo en Dalí de obsesión por Buñuel y viceversa.
Buñuel era un gran amigo del disfraz, y algo de ello hay
en su libro de recuerdos, Mi último suspiro (1982). Sin embargo, en esta labor de
reconstruir literariamente su vida, el director halló un gran maestro en Dalí, quien
había publicado en los años cuarenta su famosa Vida secreta, donde
mostraba cómo se falsifica una vida, cómo se reinventa y manipula con el fin de crear un
híbrido entre la ficción dramática y la memoria biográfica. De algún modo, la vida es
una creación, y en ese deseo de romper las fronteras entre el arte y lo vivido, ambos
descubrieron un espacio privilegiado en la reconstrucción autobiográfica. Por lo demás,
los dos amigos decidieron hacer de su imagen pública una creación, lo cual es claro en
Dalí, y se puede considerar en Buñuel, sobre todo en esa faceta de aragonés tozudo, un
tanto brutal, aficionado a las bromas terribles.
Tanto Buñuel como Dalí son surrealistas ortodoxos,
alineados con la exaltación de l'amour fou ilustrada por André Breton. No
obstante, aun coincidiendo todos los surrealistas en la idea del amor como elemento
subversivo y amenaza del orden, su concepción amorosa fue bastante diversa. La fórmula
buñuelesca es más sadiana: sin romanticismo posible, el amor es un elemento que nos
acerca de una manera implacable a los insectos. Con cierta perspectiva, esa visión
entomológica del amor se observa en todas sus películas. No en vano, el genuino amor
loco, el de la mantis religiosa que acaba devorando al macho en el acto sexual, fascinó a
Dalí y a los demás integrantes del movimiento surrealista.
Otro motivo destacable en La edad de oro,
los obispos podridos, es un asunto de la religiosidad barroca que, naturalmente, les
encantaba a Buñuel y a los demás jovenzuelos de la Residencia, educados en una férrea
doctrina católica, pero al tiempo iconoclastas y blasfemos. En este caso, es forzosa la
alusión al cuadro Finis Gloriae Mundi (1672), de Valdés Leal, una alusión que
podemos completar con un detalle que quizá Buñuel advirtió: entre los insectos que
deambulan por el cadáver putrefacto del obispo, el pintor situó un escarabajo pelotero,
criatura famosa por las bolas de estiércol que elabora. Lo cual viene a expresar que el
eclesiástico es como una boñiga, no es nada. Y ese componente, sin llegar a la
blasfemia, era muy cautivador para el cineasta, pues le daba una vuelta de tuerca a la
idea de que todos, incluidos los obispos, somos polvo, y por tanto nuestra carne mortal no
ha de ser tenida en consideración.
En cuanto al tópico de los carnuzos, presente en El
perro andaluz, vale decir que hay burros podridos en anteriores lienzos de
Dalí, como La miel es más dulce que la sangre (1927) y Cenicitas
(1927-1928). Esa idea de la caballería muerta es de menor importancia de lo que se ha
pretendido; es cierto que la pandilla de residentes compartía esa broma, pero se ha
olvidado un factor socio-antropológico, y es el hecho de que en todos los pueblos de
España se tiraban a los barrancos para que fuesen pasto de los buitres. Había que ser un
auténtico señorito de ciudad para no haber visto nunca el pellejo de un borrico
pudriéndose al sol. En esta tesitura, se ha especulado mucho sobre el origen del carnuzo,
citando su presencia en el Diario juvenil de Dalí o atribuyéndoselo a Pepín Bello. Pero lo cierto es que fue una
experiencia compartida no sólo por ellos, sino por todas las personas de su generación.
La presencia de lo sadiano, también reivindicada por los
surrealistas, es típica del cine de Buñuel. Por lo común, sus personajes pertenecen a
la burguesía, pues así le es posible mostrar el estado químicamente puro de sus
pasiones; de preocuparse por necesidades materiales, todos esos mecanismos amorosos
resultarían más difíciles de evidenciar. Así, al invocar lo expuesto en libros como Las
120 jornadas de Sodoma, toda la cinematografía de Buñuel, desde La edad
de oro, es una ilustración del universo sadiano.
A la hora de financiar esta película, Buñuel siguió un
proceso un tanto singular. Tras el estreno de Un perro andaluz, los
vizcondes de Noailles decidieron incluir el cine dentro de sus actividades de mecenazgo.
Así fue como encargaron a Man Ray la filmación de una película sobre su villa cubista,
diseñada por el arquitecto Mallet-Stevens, un discípulo de Le Courbusier. El filme
llevó por título Le mystère du Chateau de Dès, pero es mucho más
recordada la otra película que patrocinaron, La edad de oro. Precisamente a Dalí
le sentó muy mal que su amigo cobrase por este rodaje, un enfado que se añade al que ya
sentía por el hecho de que la filmación se hubiese iniciado sin contar con él, pese a
ser coescritor del guión y autor de diversos bocetos e ideas que figuran en su
correspondencia y fueron empleados en la producción. En cierta medida, todo ello
constituyó uno de los motivos del resentimiento entre ambos.
A estas razones cabe añadir una explicación de carácter
biográfico la antipatía entre Gala y Buñuel y otra ideológica, muy
profunda. Considero que Dalí nunca comprendió la dimensión moral que el surrealismo
asumió de la mano de Breton. Tomó el movimiento como una variante de la rebelión
dadaísta y, llevado por ese instinto de provocador que no ha superado la fase de enfant
terrible, pudo ver en su protofascismo un modo de llevar el surrealismo hasta
sus últimas consecuencias. Sin embargo, tengo mis dudas acerca de su fascismo íntimo.
Algo muy distinto sucede con Buñuel, cuyas simpatías comunistas revelan que sí
comprendió la faceta moral del movimiento (el comunismo era por aquellas fechas un asunto
moral).
Pese a estas profundas diferencias, el vínculo entre ambos
queda prolongado en el tiempo. Es cierto que Dalí envía telegramas a Buñuel,
proponiéndole nuevos proyectos en común, y también es verdad que en varias ocasiones el
cineasta responde: «Agua pasada no mueve molino». Pero esa falta de sintonía no impide
que hubiera muchos elementos dalinianos en el cine de Buñuel, quien estuvo obsesionado
toda su vida por su amigo, y de una manera u otra lo parodió, caricaturizó o copió
todo junto o por separado a lo largo de su filmografía. Un ejercicio que
habría que realizar sería el inventario de esa presencia del pintor en la obra
buñuelesca. Junto a paralelismos como la Última Cena de Viridiana y la pintada
por Dalí, o el San Antonio daliniano y el personaje central de Simón del
desierto, podemos citar al maléfico Jaibo de Los olvidados (1950),
cuyo intérprete, Roberto Cobo, fue seleccionado por su gran parecido con Dalí. Otro
álter ego del artista sería el paranoico de Él (1953), quien además habita en
un entorno modernista (no olvidemos que Dalí concibió el método paranoico-crítico y
reivindicó el Art Nouveau en la revista Minotaure). También es paranoico
Archibaldo de la Cruz, el personaje protagonista de Ensayo de un crimen (1955),
cuyas fantasías asesinas podemos emparentar con las relatadas en la Vida secreta.
A todas luces, plantear estos y otros casos es una forma de concluir que la obra de
Buñuel no se explica sin Dalí.
[Juan Antonio Ramírez es
catedrático de Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid. Asimismo, es el
autor de los libros La arquitectura en el cine: Hollywood, la edad de oro (1986),
Duchamp, el amor y la muerte, incluso (1993) y La metáfora de la colmena (1998).
Estas declaraciones forman parte de una entrevista publicada parcialmente en el n.º 603
de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, en septiembre de 2000.] |
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