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Cuando se habla de la colaboración cinematográfica entre
España e Hispanoamérica, uno de los nombres que con mayor insistencia se suele mencionar
es el de Cesáreo González. Fue éste un vigués que comenzó su andadura como productor
a comienzos de la década de los cuarenta, a través de su empresa Suevia Films, y que
logró establecer, hasta su muerte en 1968, todo tipo de colaboraciones transoceánicas en
el campo de la producción y la distribución.
Desde Polizón a bordo (1941), de Florián Rey,
hasta La boutique (1967), de Luis García Berlanga, la actividad del «Samuel
Goldwyn español» así denominó José Luis Garci a Cesáreo fue tan intensa
que llega a sorprender. De hecho, su filmografía supera las 140 películas. Naturalmente,
conviene matizar que fue un productor comercial, pues buscó el éxito por encima de
cualquier otro interés.
Guiado por ese propósito, Cesáreo González diseñó una
estrategia enormemente eficaz. Así, contrató a los directores más representativos de
cada época. Por ejemplo, produjo numerosos filmes de Rafael Gil y Ramón Torrado, y
también contó en sus equipos con cineastas de la talla de Florián Rey, Eusebio
Fernández Ardavín, Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem, entre otros.
Algo parecido cabe indicar a propósito de los repartos de
sus producciones, pues contrató a intérpretes españoles tan conocidos como Amparo
Rivelles, Rafael Durán, Jorge Mistral y Alfredo Mayo. Asimismo, contrató a célebres
personajes de la escena iberoamericana, como la gran María Félix. Sumado a todo ello,
conviene tener en cuenta el interés de Cesáreo por la comedia folclórica, un género de
gran éxito en todo el ámbito hispanohablante, iluminado en este caso por artistas de la
talla de Lola Flores, Paquita Rico, Ana Esmeralda y Carmen Sevilla. Sin desviarse de ese
criterio popular, también se incorporaron a la cinematografía del productor vigués las
dos estrellas infantiles más recordadas del cine español: Joselito y Marisol.
Entre las películas representativas de ese mercado común
hispanoamericano que diseñó Cesáreo, figuran El famoso Carballeira (1940), de
Fernando Mignoni, Mar abierto (1946), de Ramón Torrado, El Pórtico de la
Gloria (1953), de Rafael J. Salvia con la presencia especial del franciscano
José Mojica, Las aventuras de Joselito en América (1960), de Antonio del
Amo, y Marisol rumbo a Río (1963), de Fernando Palacios. En algunos casos, estas
producciones lograron reforzar las giras musicales por Iberoamérica que el propio
Cesáreo organizó con sus estrellas. De hecho, esas películas cumplían una función
promocional muy similar a la que hoy puedan desempeñar los vídeos musicales de estrellas
como Luis Miguel, Enrique Iglesias o Alejandro Sanz.
En aquellas fechas, Cesáreo fue el único productor
español que logró abrir para el cine hispanohablante el mercado internacional, un
propósito en el que también colaboraron Vicente Casanova, a través de la compañía
Cifesa, y Benito Perojo. Sin lugar a dudas, su imaginación y su capacidad para las
relaciones públicas fueron los dos factores que le animaron a no desperdiciar ningún
mercado. A modo de ejemplo, cabe citar que llegó a distribuir películas propias y ajenas
en lugares tan lejanos política y cinematográficamente hablando como Japón,
Corea y la Unión Soviética. Para que el lector se haga una idea de su eficacia, acabaré
mencionando que la lista de sus clientes superó los cien países.
A lo largo de casi tres décadas, Suevia Films fue «la
marca del triunfo». Es más: a la muerte de Cesáreo, la prensa lo homenajeó como un
infatigable luchador al que bien podía llamarse el rey del cine español. Un empresario
capaz e imaginativo, defensor hasta sus últimos días de una fórmula idónea para el
cine de ambas orillas: la coproducción, considerada por este gallego universal como la
llave que abría nuevos mercados.
[Emilio Carlos García Fernández
es catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Complutense de
Madrid. Fue socio fundador de la Asociación de Historiadores del Cine y ha publicado
numerosos libros y artículos de tema cinematográfico.] |
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