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Cuando rodé a las órdenes de Luis Buñuel Simón del desierto, tuve la oportunidad de compartir experiencias con un conjunto magnífico de intérpretes mexicanos y españoles. En aquel Valle del Mezquital donde rodábamos, se congregó un grupo maravilloso de refugiados. Recuerdo al asturiano Enrique García Álvarez, actor a las órdenes de Buñuel en Ensayo de un crimen o La vida criminal de Archibaldo de la Cruz y en El ángel exterminador. Otro de los intérpretes de la película fue Antonio Bravo, quien participó en los dos filmes citados y asimismo en El gran calavera, Él y La fièvre monte à El Pao. Y no olvido a Francisco Reiguera, también conocido por Buñuel (había colaborado en Subida al cielo, Abismos de pasión y La mort en ce jardin). Dentro del reparto que nos ocupa, Enrique García era el Hermano Zenón, en tanto que Reiguera y Bravo daban vida a unos monjes.

Dejando a un lado ese tipo de datos, voy a referirme a un personaje singular: el ya citado actor Francisco Reiguera. Permítaseme introducir aquí una digresión, pues en el camino que conduce a Simón del desierto, Reiguera se había visto inmerso en otro proyecto de indudable atractivo, Don Quijote, de Orson Welles, una película que se rodó entre 1957 y 1963, en escenarios de México, Italia y España. De todas las versiones cinematográficas de la obra cervantina, nuestro actor era quien mejor se ajustaba, en lo físico, al modelo establecido por Gustave Doré. Secundado por Akim Tamiroff en el papel de Sancho Panza, Reiguera recibió este trabajo con una enorme ilusión. Su tipo tan especial no encajaba con facilidad en los repartos del cine mexicano, lo cual empeoraba su dolorosa condición de exiliado. He ahí sin duda por qué se alegró tanto cuando un representante le anunció su promoción en el cine europeo tras el estreno del Quijote. Un estreno que, por lo demás, se retrasó hasta 1992, año en que Jesús Franco proyectó su montaje del material disponible.

Luis Buñuel, tan interesado por Cervantes, acudió un día al rodaje de Welles. Testigo de la filmación de una secuencia, se acercó luego al actor para expresarle su emoción: «¡Gracias, Reiguera, porque me ha hecho ver a don Quijote vivo!». Ignoro si luego llegaron a reunirse Orson Welles y el cineasta español. En todo caso, cabe añadir que la película jamás llego a completarse y fueron espaciándose los telegramas que anunciaban un nuevo periodo de filmaciones. Con el buen dinero que ganó junto al americano, Paco Reiguera pudo adquirir camisas de seda italiana e incluso una vivienda modesta. Pero la fortuna no se prolongó y tiempo después, ya sin capital, el artista se quejaba con amargura: «Lo malo es que no me puedo comer ni las camisas ni los ladrillos de la casa». Murió en 1969, con la frustración de no haber concluido su proyecto con Welles.

Hombre muy serio, Reiguera vivió una experiencia singular durante el rodaje de Simón del desierto. A petición de Buñuel, encarnó a la bruja que aparece desnuda sobre una escoba. Lógicamente, para conseguir la caracterización, hubo que colocarle unos senos de caucho que alteraban su figura. Sin embargo, aquel ocultamiento no convenció al actor, quien protestaba por la faena de verse sin ropa. Buñuel, conciliador, le decía: «Pero Reiguera, si no se le va a ver más que el trasero». Al final, llegada la hora de rodar la secuencia, tuvo que marcharse todo el equipo, salvo el operador. Y así, con esa condición, se superó aquella timidez de este magnífico personaje.

 

[Eduardo McGregor es un magnífico actor español, transterrado en México tras la guerra civil. De su larga trayectoria artística a ambos lados del océano, se han hecho populares sus colaboraciones con estrellas mexicanas como Mario Moreno, Cantinflas y su extenso repertorio de personajes en el cine español. Las declaraciones recogidas en este artículo proceden de una entrevista publicada parcialmente en Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 603, septiembre de 2000.]

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