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Cinematografías de la semejanza

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Para quienes no me conozcan, debo aclarar que, antes de comenzar mi trabajo como director de fotografía en Estados Unidos y España, desarrollé esta carrera en mi tierra natal mexicana, donde fui el operador de películas como Amor a la vuelta de la esquina (1985), de Alberto Cortés, Intimidades de un cuarto de baño (1989), de Jaime Humberto Hermosillo, Cabeza de Vaca (1991), de Nicolás Echevarría, y Cronos (1993), de Guillermo del Toro. A través de ese vínculo con diversas cinematografías, he podido experimentar lo enriquecedora que puede resultar la tarea compartida con profesionales de distinta nacionalidad.

A mi modo de ver, la relación cinematográfica entre México y España ya disfruta de una valiosa tradición de coproducciones y de artistas que han moldeado su trayectoria en ambas orillas —pensemos en Buñuel y en otros muchos realizadores—. Ciertamente, ese entorno bicultural permite al cineasta nutrirse de nuevas experiencias y actitudes. En todo caso, lo más importante para quienes practicamos este oficio del cine es que nos coloquemos en esa posibilidad de intercambio. Una posibilidad profesional cuyas repercusiones no sólo son económicas, sino también de orden creativo.

Hablando de coproducciones, quiero resaltar un filme que antes cité, Cabeza de Vaca, protagonizado por Juan Diego. Sin lugar a dudas, el trabajo fotográfico que requirió esta producción fue muy complejo, dado que se trataba de reflejar la mirada de un occidental, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, recién llegado a ese mundo que para él era nuevo. Y hago esta diferencia porque hoy disfrutamos de un rico bagaje de imágenes que nos permite componer en nuestro inconsciente aquellos naufragios y la naturaleza de las tierras que debió de contemplar el viajero. Pero él asistió a esos acontecimientos por primera vez, y éste es justamente el sentimiento que pretendíamos captar en el filme.

En buena medida, el director de fotografía ha de acreditar un buen entendimiento con la oscuridad, porque para generar la imagen cinematográfica debe iluminar artificialmente dicha oscuridad. Y esa imagen de la que hablo viene a componer la gramática de la historia. Es más: el operador ha de captar aquellas imágenes que contribuyan al desarrollo dramático del relato, sin divorciarse en modo alguno de éste. Todo eso es algo que puede advertirse en filmes como Cronos y El espinazo del diablo en los cuales he colaborado con el director Guillermo del Toro.

Esto entronca directamente con la necesidad de encontrar otras latitudes donde ejercer ese oficio. En mi caso, he podido afincarme en Los Ángeles, donde he trabajado junto a Robert Rodríguez, Quentin Tarantino y otros realizadores. De todos modos, aunque es evidente esa expansión internacional de los profesionales mexicanos, debo destacar que también se da un ascenso tremendo de la industria cinematográfica de mi país. Bastan para confirmarlo películas como Amores perros (2001).

No obstante, resulta complejo explicar los problemas de una cinematografía como la mexicana, enriquecida con todo ese potencial humano y creativo. Para empezar, existen dificultades en el ámbito de la exhibición, que dificultan la amortización financiera de una película en territorio nacional. Claro que no es ajena a ello la presencia de la industria estadounidense, tan próxima en la geografía. Una solución a ese tipo de dificultades puede ser la coproducción. Lógicamente, también sería beneficioso el hecho de que las películas mexicanas se distribuyeran adecuadamente en el exterior.

En cierto modo, se acaba perfilando un problema de naturaleza filosófica, ya que en Latinoamérica es difícil que un país acoja en sus salas de cine un largometraje producido en el país vecino. De hecho, hay muchas ocasiones en que una película debe conseguir el favor internacional para que tenga el espacio que merece en su país de origen.

 

[El mexicano Guillermo Navarro es uno de los más prestigiosos operadores del panorama actual. A sus trabajos en el cine mexicano y español hay que sumar una interesante trayectoria en Hollywood, pues ha sido el director de fotografía de títulos como Jackie Brown (1997), de Quentin Tarantino, y Stuart Little (1999), de Rob Minkoff. No obstante, sus películas más populares nacen de la colaboración con Robert Rodríguez: Desperado (1995), Abierto hasta el amanecer (From Dusk Till Down, 1996) y Spy Kids (2001). Las declaraciones aquí transcritas fueron recogidas el 18 de abril de 2001.]

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