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La presentación de La comunidad ha sido muy grata. De hecho, estoy muy contento de cómo la recibió el público: los espectadores se lo pasan bien durante la proyección y los críticos se han mostrado muy favorables a este trabajo. Sin embargo, voy a contar una cosa terrible, de ésas que suelen suceder en este mundo de la cinematografía y que vienen a enturbiar un momento tan feliz.

Como sucede en casi todas las empresas, también en las compañías productoras existe esa figura que denominamos el supervisor de la supervisión. Por si alguien no entiende en qué consiste, intentaré explicarlo mejor. En primer lugar, figura en los equipos aquél que hace las cosas, y que normalmente cobra poco dinero por ello. Luego contamos con el personaje que supervisa cuanto hace el primero, y que normalmente tiene un sueldo más considerable. Y para concluir el proceso, aparece el ya citado supervisor de la supervisión, quien disfruta de mayor beneficio económico y, normalmente, es quien mete la pata cuando surge un problema. Pues bien, amigos míos, eso es lo que ha sucedido en esta oportunidad. El drama no es menor: se nos ha olvidado poner el nombre de uno de los actores en el cartel de la película. Parece imposible, pero es cierto. Aunque Eduardo Gómez figura en la fotografía de los protagonistas que ilumina dicho cartel, su nombre ha desaparecido de la lista del reparto. Ocurre que Eduardo es una gran persona, y en lugar de denunciarme por este desastre —como haría cualquiera en su lugar—, tan sólo me advirtió cordialmente. Con esta anécdota, se entenderá mejor que la posibilidad de cometer errores en una película es un hecho cotidiano.

Precisamente fue el afán de controlar todos los detalles de la filmación lo que propició la decisión de rodar La comunidad en decorados. Lo cierto es que, como realizador, me siento muy próximo al modelo de trabajo establecido por los cineastas de los años cuarenta y cincuenta. Por eso considero que el rodaje en decorados resulta beneficioso para aumentar la calidad de una película: al conseguir una iluminación controlada y estable, hay más tiempo para otros menesteres. Téngase en cuenta que el director debe entregar parte de ese tiempo al director de fotografía, a los actores y a los demás miembros del equipo. A diferencia de lo que sucede en un rodaje que se desarrolle en localizaciones exteriores, la filmación en un decorado permite obtener una base de luz controlada, y en consecuencia, también permite hacer ensayos previos con los actores y fijar el desarrollo de cada secuencia. En lo que concierne a esta película, esa fórmula ha sido muy útil para los actores, pues he podido dedicar más tiempo a trabajar con ellos.

El modelo de comunidad de vecinos que he recogido en la película es propio de una cultura como la nuestra. En buena medida, ese modelo es difícil de hallar en el entorno anglosajón, donde predominan las viviendas unifamiliares, cuyas condiciones de habitabilidad son muy diferentes y los sentimientos que inspira el vecino son más duros, aun a pesar de lo simpático que pueda parecer ese tipo de casa independiente, con jardín interior y perro. La casa vertical, típica del mundo latino, favorece una mayor comunicación con los vecinos: al fin y al cabo, tenemos 365 días al año para compartir con los demás nuestras incomodidades —los odiosos ladridos del perro de tal vecino, el insoportable volumen de la música que escucha la hija de otro inquilino—. Todo ello propicia un mundo bastante cínico de comentarios, habladurías y complicidad —el odio genera unas amistades increíbles—, pero que al final es más sano, porque dosifica nuestras tensiones e impide su estallido dramático, como ocurre en ese modelo de casas exclusivas y horizontales, donde apenas hay comunicación con el entorno.

En todo caso, y al margen de lo que mi película pueda sugerir, deseo evitar suspicacias aclarando que mis auténticos vecinos son unas personas adorables que en nada se parecen a los personajes de La comunidad. Diré más: estas figuras de ficción son arquetipos, modelos que no responden a una realidad. O quizá, en todo caso, lo hacen de una manera simbólica.

 

[El cineasta español Álex de la Iglesia debe su fama a títulos tan populares como El día de la bestia (1995), Perdita Durango (1997), Muertos de risa (1999) y La comunidad (2000). Este artículo es la transcripción de unas declaraciones recogidas el 26 de septiembre de 2000, fecha en que La comunidad se presentó a la prensa.]

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