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El cine de luchadores y en concreto las películas
del Santo no es sino la última consecuencia de un evento sumamente popular
en México: el deporte-espectáculo de la lucha libre. Esta modalidad deportiva va
más allá que cualquier deporte de combate, al estilo del boxeo, pues dota a los
contendientes de singulares y diferenciadas personalidades, parafernalia y demás
elementos extradeportivos que vienen a enriquecer la función. Una de las características
más singulares es que la gran mayoría de los participantes ocultan sus rostros bajo
máscaras multicolores, alineándose en dos bandos antagónicos: los rudos (villanos
marrulleros, practicantes del juego sucio) y los técnicos (los buenos,
amantes del juego limpio).
De todo el conjunto de luchadores que subieron a los
cuadriláteros mejicanos, surgió uno que sobresalió muy por encima de todos ellos,
adquiriendo una trascendencia que cruzó las barreras del deporte. Su nombre: Santo, el
enmascarado de plata.
Santo, cuyo verdadero nombre era Rodolfo Guzmán
Huerta (1915-17?-1984), debutó en el mundo de la lucha en 1936, aunque por aquel entonces
se apodaba El demonio rojo, militando en el bando de los rudos. En 1942
adoptó la identidad del Santo, pasando a engrosar las filas de los técnicos y
ganando su primer título en 1943. Su popularidad se disparó con el tiempo, hasta el
extremo de dar el salto al medio cinematográfico.
La llegada de Guzmán al cine tuvo lugar en 1958. No
obstante, cabe aclarar que en 1952 se estrenó una película titulada El enmascarado de
plata, ajena a nuestro personaje, ya que bajo la máscara de plata no se ocultaba
Rodolfo Guzmán, sino otro luchador de exótico apodo: El médico asesino. En
realidad, Guzmán debutó por partida doble en sendas coproducciones cubano-mejicanas,
rodadas en la isla caribeña cuando aún estaba gobernada por Fulgencio Batista: Santo
contra el cerebro del mal y Santo contra los hombres infernales, ambas de
Joselito Rodríguez.
Como dan a entender los títulos, dichas cintas eluden los
cánones del género deportivo, dado que no trasladan a la lucha libre los elementos
propios de Toro Salvaje, de Martin Scorsese, o de la saga de Rocky. Por el
contrario, Santo combina su ocupación de luchador profesional con la de azote del
hampa, siendo sus oponentes un genio criminal el Dr. Campos y una pandilla de
malhechores.
Su siguiente aparición se hizo esperar hasta 1961, con Santo
contra los Zombis, de Benito Alazkarri. Fue ésta la primera cinta de Santo encuadrable
dentro del género fantástico, aunque
en México la sigan considerando en el ámbito del cine de luchadores. En ella, el héroe
se enfrenta a unos criminales, liderados por un científico loco cuyo objetivo es
convertir a la población en zombis por medio del vudú. No obstante, cabe precisar que la
primera incursión del cine de luchadores en el género fantástico fue Ladrón de
cadáveres (1956), de Fernando Méndez, un filme donde el científico loco Panchito
sólo el nombre asusta asesina a varios luchadores, y tras robar sus
cadáveres, los emplea para crear monstruos pavorosos.
Durante el año 1961, Santo rodó tres películas
que recorren territorios similares, aunque resulta especialmente destacable El rey del
crimen, de Federico Pichirilo Curiel, ya que ahonda en los orígenes del
enmascarado. En la mejor tradición por no llamarlo homenaje, préstamo o quién
sabe de El hombre enmascarado un famoso justiciero del cómic
norteamericano creado por el guionista Lee Falk, Curiel nos presenta a Santo como
el primogénito de una acaudalada familia dedicada a velar por la justicia y defender al
oprimido, tarea que pasa de padres a hijos desde hace varios siglos. De hecho, Santo viene
a ser el alter ego de Roberto Llata, familiarmente conocido como Beto, quien
recoge el testigo familiar y asume la identidad del luchador de la máscara. Todo ello en
medio de una intriga situada en el mundo de la pelota vasca, donde Santo investiga
el asesinato del pelotari Sumalacarregui y se enfrenta al sindicato del crimen que
controla este deporte.
En 1962 llegó a las pantallas mejicanas Santo vs. Las
mujeres vampiro, de Alfonso Corona Blake, una de las películas favoritas del luchador
y considerada por los estudiosos como su mejor cinta. Este título marcará un hito en la
filmografía del enmascarado al competir en el Festival de Cine de San Sebastián. La
acción narra el enfrentamiento de Santo contra una horda de vampiras lideradas por
la actriz Lorena Velázquez, en el papel de una princesa rediviva, oriunda de
Transilvania. Curiosamente, Velázquez también interpretó papeles de luchadora en otros
filmes del género. Por lo demás, la acción de Santo vs. Las mujeres vampiro se
prolongó en una secuela, rodada siete años más tarde.
Además de luchar contra zombis y vampiros, Santo guerreó a lo largo
de toda su carrera con otros adversarios salidos del panteón del cine fantástico, tales
como el hombre lobo, los extraterrestres, el monstruo de Frankenstein o el mismísimo
Drácula. En la mayoría de los casos, estas figuras seguían los cánones estéticos de
las películas producidas por Universal Pictures en los años treinta. En este contexto,
no hemos de olvidar a personajes originarios del folklore y la imaginería mejicana, caso
de «La llorona»: el espectro de una madre que vaga eternamente condenada por el
asesinato de sus hijos, y cuyos lúgubres lamentos dan nombre a la aparición de la
infanticida. O las «momias de Guanajuato», que son unos cadáveres precolombinos,
resucitados con pérfidas intenciones.
El año 1966 marcó el inicio de una nueva etapa en la
carrera de Santo, pues sus películas comenzaron a rodarse en color. Tal es el caso
de dos cintas: Operación 67 y El tesoro de Moctezuma. Dirigidos por René
Cardona y por su hijo, René Cardona jr., ambos filmes están fuertemente influidos por la
saga de James Bond, tanto a nivel argumental como estético. Así, los títulos de
crédito intentan emular a los diseñados por Maurice Binder para las películas del
agente 007, y la puesta en escena, pensando en el mercado internacional, refleja de un
mayor cuidado, al menos en comparación con los paupérrimos niveles de la anterior
filmografía de Santo. En esta oportunidad, el héroe trabaja para la Interpol,
acompañado por otro agente, interpretado por Jorge Rivero.
También fue en 1966 cuando surgió en Europa un personaje
muy similar a Santo: Superargo, protagonista de dos cintas rodadas en
régimen de coproducción entre España e Italia, Superargo, el hombre enmascarado
(1966), de Nick Nostro, y Superargo, el gigante (1968), de Paul Maxwell. Cabría
preguntarse si estas películas fueron un intento hispano-italiano de competir con las
producciones mejicanas de Santo que, por aquel entonces, ya llegaban a este lado
del Atlántico.
En 1968 comenzó el lento declive de la serie; un declive
que en los años setenta se tornó imparable. De hecho, esta última etapa es la que
presenta unos argumentos más pueriles. No obstante, se intentó revitalizar al personaje
haciéndole compartir protagonismo con otros astros del cuadrilátero, como Blue Demon,
Mil Máscaras o Neutrón, en títulos como Santo contra Blue Demon en la
Atlántida (1968), de Julián Soler, o Las momias de Guanajuato (1970), de
Federico «Pichirilo» Curiel. Esta última fue un rotundo éxito de taquilla y dio lugar
a una suerte de subgénero, caracterizado por el enfrentamiento entre luchadores y momias
precolombinas.
Con el fin de favorecer la comercialización de las
películas de Santo en mercados exteriores, en 1968 se rodó una doble versión de Santo
y el tesoro de Drácula, de René Cardona. El montaje alternativo incluía más
escenas eróticas, y en sus títulos de crédito los nombres del equipo se habían
adaptado con el fin de parecer anglosajones. A la cinta se le dio un explícito título
internacional: El vampiro y el sexo.
En esta etapa de decadencia se realizaron las tres
aventuras de Santo coproducidas entre España y México: Santo contra los
asesinos de la mafia (1970), de Manuel Bengoa; Santo en el misterio de la perla
negra (1974), de Fernando Orozco; y Santo contra
el doctor Muerte (1974), de Rafael Romero Marchent. El propio Santo consideraba
a esta última como su mejor película (Revista Cine, n.º 26, julio de 1980).
El momento de la despedida llegó con Santo en la furia
de los karatecas (1981), de Alfredo B. Crevenna. Ese mismo año, el actor le pasó el
testigo y la máscara a su hijo Javier Guzmán. El resultado fue Chanoc y
el hijo del Santo vs. Los vampiros asesinos (1981). Rodeado del afecto popular, el
luchador falleció tres años más tarde.
Ciertamente, hubo ocasiones en que se puso en duda si era
Rodolfo Guzmán quien lucía la máscara plateada. Dudas razonables, sobre todo si tenemos
en cuenta que, ya en su última etapa cinematográfica, Santo sobrepasaba los
sesenta años de edad. Luis Gasca señala que era Jaime Fernández quien encarnaba al
luchador en Santo en el museo de cera (1963), de Alfonso Corona Blake (Terror
Fantastic, n.º 12, 1972), y los autores de The Aurum Enciclopaedya of Horror Films
citan el caso de Santo en la venganza de las mujeres vampiro (1969), de Federico
Curiel, donde se ignora si era el hijo de Santo quien doblaba a su progenitor en
las escenas de lucha, o si el encargado de este menester era el actor Eric del Castillo.
De cualquier modo, Santo ha sido un fenómeno
mejicano sin parangón, cuyo éxito trascendió las fronteras de su país de origen,
adquiriendo popularidad en otros lugares de Iberoamérica y también en España. Un
fenómeno, sin duda, irrepetible, nacido en una época en que aún era viable el cine de
bajo presupuesto, tan grato para esos espectadores de sesiones dobles que convirtieron a
tan humilde creación en un verdadero mito.
[José Luis González es especialista en medios de
comunicación masivos, articulista y conferenciante.] |
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