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Tuve la ocasión de estudiar el Bachillerato en la
Institución Libre de Enseñanza, de manera que me movía en el ambiente de la Residencia
de Estudiantes a partir de 1915. Buñuel
se inscribió en 1917; desde entonces fuimos muy buenos amigos, y siempre disfruté mucho
a su lado. A Federico lo conocí el año 1919, cuando él también se convirtió en
residente. Desde el primer momento, Lorca
dio muestras de su optimismo, y ni siquiera cambió su ánimo el fracaso horroroso de El
maleficio de la mariposa, la pieza que aquel mismo año estrenó Catalina Bárcena.
Era un hombre muy natural, alegre y decidor, enormemente compresivo, con un oficio de
vivir magnífico.
Dalí llegó
a la Residencia en 1922, acompañado por su padre y su hermana, una mediterránea muy
apetitosa. Salvador tenía una pinta singular: con su piel aceitunada y aquella melena
negra, vestido con una chaqueta de terciopelo oscuro, un poco al estilo de los artistas
bohemios, animó la curiosidad de los residentes. Como su habitación estaba situada en el
mismo pasillo que la mía, tuve la ocasión de ver, a través de su puerta entornada, todo
el suelo cubierto de cuadros y dibujos estupendos. Entré y le pregunté por aquella obra
que se afanaba en ordenar. Tan sólo habían transcurrido tres días desde su llegada, y
me faltó tiempo para decirle a Luis y Federico: «Oye, este catalán tiene unos dibujos
fenomenales. Hay que ir a conocerlo». Fue así como nos hicimos amigos.
Al igual que Federico y Dalí, yo recibía como paga un
duro a la semana, lo cual era muy poco. Aunque no era muy gastador, Buñuel conseguía
sacarle algo más a su madre, la entrañable María, ya viuda, de quien era su ojito
derecho. Con esos dineros pagábamos nuestras diversiones, y así, aparte de callejear,
íbamos al cine muchas veces, a ver las películas de Buster Keaton que tanto nos
gustaban. También pasábamos muy buenos ratos en aquel salón de la Residencia,
blanqueado, con suelo de madera, un tanto conventual. Allí acompañábamos a Federico
cuando éste tocaba el piano de cola que había en un rincón, o escuchábamos las
conferencias de personalidades tan exquisitas como Einstein, Madame Curie, Chesterton,
George Bernard Shaw, Tagore, Paul Valéry o Paul Claudel.
Una afición compartida era la que sentíamos por los
carnuzos, las caballerías muertas. Ya de niños nos gustaban. En Calanda, Luis había
acompañado al Tío Gilo, un hombre que se ganaba la vida despellejando carnuzos y
vendiendo las pieles. Según me contó su hermano Alfonso Buñuel, incluso excavaron un
hoyo que luego cubrieron con un cañizo, para de ese modo cazar al acecho los buitres que
merodeaban por entre los cadáveres. Asimismo, yo solía ir al barranco de la Alfándiga,
en las afueras de Huesca, para disparar con una pistola de mi padre a los buitres que
devoraban las carroñas. Ni que decir tiene que la idea del carnuzo también está
presente en Un perro andaluz y en varias obras de Dalí.
Es un hecho que, al pasar el tiempo, resulta habitual que
un grupo de amigos vaya construyendo una serie de ideas e imágenes que son fruto de la
convivencia y la complicidad. Fue así como surgió esa jerga que utilizábamos en nuestra
correspondencia, con vocablos como polismo, o unión de todos los ismos. Un polismo
dramático fue Hamlet, la pieza teatral que Luis y yo escribimos en 1927. Era una
obra sin pretensiones, surrealista e irracional, donde intervienen el Hamlet de
Shakespeare y otros personajes que nada tienen que ver con el drama original, como Don
Lupo, maestro de bailes, y Leticia (nominativo de Letitia, -ae), con lo
cual no se entera uno de nada. En realidad, no conozco ninguna creación surrealista que
no sea humorística, y coincido con Buñuel cuando dice que le aburre y no entiende el
surrealismo de Breton.
El Hamlet lo escribimos al mismo tiempo. Esa
técnica la practicamos con frecuencia durante nuestras reuniones dominicales en el Café
Castilla. Íbamos allá por la mañana, para desayunar, beber y conversar. Después
comíamos bien regada la comida y luego, café y alguna copa. Pasábamos en el
café todo el día, como quien hace un viaje. Y una de las actividades que más nos
agradaban era la escritura automática: Buñuel y yo nos sentábamos en mesas separadas y
escribíamos sin parar. De pronto uno de los dos reía, lo cual significaba que había
logrado una frase feliz.
En la Residencia celebrábamos tertulias constantemente,
por lo común en la habitación de Juan Vicens, un amigo zaragozano, muy encantador. Como
no se podía beber alcohol, nos dedicábamos a tomar té, lo que Federico llamaba la desesperación
del té. En aquella habitación había una cama con muchos cojines, varias mantas
zamoranas afirmadas con baticolas y un baúl, cubierto con un mantón, sobre el cual
servíamos las tazas. Por lo general, los allí congregados éramos Federico, Dalí,
Buñuel, Luis Eaton Daniells, Augusto Centeno y yo. Además de charlar sobre todo lo
imaginable, Lorca nos leía sus composiciones y los demás juzgábamos en voz alta su
valor.
Por supuesto, en nuestras reuniones no había presidencia,
en contraste con las tertulias más formales, como la famosa de Pombo, o la del Café
Colonial, presidida por don Rafael Cansinos Asséns, aquel sevillano judío, exuberante y
decidor, que presumía de saber todos los idiomas. Precisamente fue en esa tertulia donde
conocí a Jorge Luis Borges, quien por entonces era un joven muy calladito. Como Buñuel
era cuatro años mayor que yo, fue más veces a Pombo. Pero es lo cierto que acudíamos a
tan gozoso ritual para escuchar y aprender.
Otra distracción que hay que tener en cuenta es el
ejercicio físico. A Luis yo no lo calificaría de hombre deportista; hacía boxeo y nada
más. Curiosamente, fui su manager en un episodio sin importancia, durante un
miserable campeonato pugilístico celebrado en el madrileño Campo de la Gimnástica,
hacia 1922. Fue algo muy triste: en un rincón se preparó el cuadrilátero, y Buñuel
entró en una de las casetas que se dispusieron a modo de vestuario. Mientras él se
cambiaba de ropa, pude ver dos o tres combates de pesos más ligeros. Recuerdo que salió
a pelear una pareja muy desigual: un muchacho alto, de largos brazos, y otro chaparro, en
clara inferioridad de condiciones. Fue tan castigado este último que acabó cayendo sobre
la lona, fuera de combate. Impresionado, me acerqué a preguntar por él y escuché que
había muerto. Como es lógico, me cuidé mucho de comentárselo a Luis. Lamentablemente,
su combate transcurrió sin pena ni gloria, porque los dos púgiles se tenían mucho miedo
y no se dieron ni un golpe. En contra de lo que por ahí se dice, Buñuel era muy
cobardón, tímido y nada lanzado.
Durante su estancia en París, fue ayudante de Jean Epstein
en Mauprat (1926) y La chute de la maison Usher (1928). Epstein era un
hombre de muy mal genio que actuaba en los rodajes como un coronel, desatendiendo la
opinión de Buñuel y de los demás subordinados. No es cierto que la colaboración entre
ambos finalizase cuando Buñuel desdeñó el cine de Abel Gance delante del director.
Según me contó Luis, la ruptura se precipitó a causa de una broma. Sucedió cuando el
equipo preparaba la filmación de un castillo, cerca de un prado por donde picoteaban unas
ocas. Cuando se ponen furiosos, estos animales arremeten con un terrible ímpetu. Temiendo
esta reacción, Epstein avisó al guarda de la finca, quien aclaró el asunto: «Si nadie
excita a las ocas, no pasará nada». Pero cuando empezaron a rodar, Buñuel asustó a la
bandada, que se lanzó contra los operadores como una tromba, llevándose por delante
hasta el trípode. Fuera de sí, Jean Epstein preguntó a Luis: «¿Es verdad que
ahuyentó a las ocas? Muy bien, pues cuando lleguemos a París le daré a usted la
cuenta».
En 1934 Buñuel se casó con su novia, Juanita Rucar, a
quien conocí poco. Por lo demás, él fue uno de los machistas más recalcitrantes que he
conocido, y a su esposa nunca le consultó nada, en materia alguna. Es más, cuando yo
comía en su casa, sólo Luis y yo nos sentábamos a la mesa. Parece mentira que una chica
parisién y deportista fuese a dar con alguien tan irracional como mi amigo.
Poco después, se asoció con Ricardo María Urgoiti para
formar Filmófono, comenzando una de las etapas más dichosas de su vida. Urgoiti ponía
las pesetas y Buñuel se encargó de preparar todos los rodajes de aquella compañía
cinematográfica, con la única condición de no firmar como director. Las películas
resultantes fueron Don Quintín el amargao (1935), de Luis Marquina, La hija de
Juan Simón (1935) y ¿Quién me quiere a mí? (1936), ambas de José Luis
Sáenz de Heredia, y ¡Centinela, alerta! (1936), de Jean Grémillon.
Tuve gran amistad con Ricardo, un hombre muy inteligente
cuyo padre, don Nicolás María de Urgoiti, había sido compañero de carrera del mío.
Recuerdo que me decía: «Estoy encantado con Buñuel. Soy el gerente de la compañía y
esto que me ha pasado con él no me ha ocurrido con nadie. Cumple al pie de la letra los
plazos y los presupuestos y, ante un trabajo tan admirable, yo no puedo pedir más».
Como el estudio de Filmófono estaba en la calle García de
Paredes, no lejos de donde yo vivía entonces, solía pasar por allí cada tarde, para
luego irme con Luis a tomar una copa o cenar. Si era viernes, preparábamos nuestras
excursiones a Salamanca, Toledo, Ávila o Segovia. Casado, propietario de un buen coche y
sin preocupaciones políticas ni económicas, Buñuel era absolutamente feliz. En el fondo
era un egoistón y vivir bien no lo cambiaba por nada, aunque luego despotricase contra la
burguesía.
[Amigo íntimo de Buñuel, Lorca
y Dalí, José Bello estudió junto a ellos en la Residencia de Estudiantes. Su relación
con los tres artistas, abordada por Agustín Sánchez Vidal en Buñuel, Lorca, Dalí:
El enigma sin fin (1988), desvela síntomas fundamentales para comprender el carácter
de aquel grupo. Las declaraciones reunidas en este artículo proceden de una entrevista
parcialmente publicada en el n.º 603 de la revista Cuadernos Hispanoamericanos.] |
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