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El Goya que interpreto en la película Goya en Burdeos (1999) padece, como Buñuel, la sordera y el exilio, que es una de las cosas más tristes del mundo. Indudablemente, su recuerdo ha sido habitual durante todo el rodaje y, aun en este momento, sigue emocionándome. Buñuel era un hombre encantador, provisto de una gran dulzura. Cierto que a veces mostraba una faceta más brusca, pero esa violencia que señalo traslucía la ternura de su carácter, volcada de forma muy significativa sobre los humillados, sobre las personas más desfavorecidas.

Por esa humanidad, este recuerdo que conservo de Luis es el de alguien que llegó a ser extremadamente familiar para mí. De hecho, al conversar, siempre me llamaba «sobrino», mientras que yo hablaba de él como «mi tío». En cierto sentido, sigue vivo para mí. Sueño mucho con mis parientes desaparecidos —mi padre, mi hermano— y también sueño con Buñuel, en quien hallé un segundo padre. Al paso del tiempo, se convirtió en una presencia continua en mi biografía. Por lo demás, bien sabido es que nos conocimos cuando me llamó para interpretar el papel de Nazario en Nazarín (1958), título que renovó mi carrera y motivó mi proyección internacional. El episodio fue sencillo: recién llegado yo a México, al poco de saludarnos, hubo una simpatía recíproca que convirtió aquel primer contacto profesional en amistad sincera. Amistad que, ciertamente, se prolongó en su familia, a tal extremo que continúa hoy el afecto que siento por sus hijos Juan Luis y Rafael, y también por su sobrino, Pedro Christian García Buñuel. Traté asimismo al hermano de Buñuel, Alfonso, fallecido en 1961. Por desgracia, la muerte nos va arrebatando a todos los integrantes de aquella generación (aún contamos con Pepín Bello, pero perdimos hace poco a Rafael Alberti, muy querido por mí).

Sin embargo, desde la memoria, Buñuel sigue presente en todo cuanto hago y siento. Es más: aún atiendo sus consejos en mi quehacer diario, fascinado por aquel universo creativo que supo componer merced a su enorme talento. De ahí mi alegría por este homenaje que se le haya podido rendir con la película Goya en Burdeos.

Esa forma de ser de Buñuel, tan semejante a la de Goya, me ayudó mucho en mi actuación a las órdenes de Saura. Ha sido ésta una de las ocasiones en que he trabajado con mayor profundidad el personaje, metido dentro de su piel, maravillado por todos los detalles del rodaje. Siguiendo la indicación de Carlos, me tomé la libertad de imitar a Luis. Lo cierto es que yo hubiera acentuado esa emulación, pero Saura no lo consideró adecuado. Simplemente, me decía: «Piensa en Buñuel», y pensar en él era dejarme llevar por su sombra protectora.

Aparte de esta presencia familiar, me sirvió de inspiración leer muchos libros sobre Goya y su obra, y también visitar en numerosas ocasiones el Museo del Prado. Pero sobre todo me ha servido la asistencia de Carlos, sin olvidar el hecho de que, físicamente, me parezco bastante a Goya, sobre todo cuando me he ido haciendo mayor. Por otro lado, no olvido que Buñuel me habló de su proyecto sobre Goya, si bien solía destacar una secuencia un tanto escatológica: el pintor y un amigo suyo aparecen haciendo sus necesidades en medio del campo mientras hablan de la vida. A su modo, con ese planteamiento, también pretendía hacer del artista alguien más humano.

 

[Francisco Rabal fue uno de los intérpretes más prestigiosos del cine español. Su carrera, prolongada hasta su muerte, en 2001, debe mucho al impulso de Luis Buñuel, a quien recuerda el actor en estas declaraciones, registradas el 4 de noviembre de 1999.]

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