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Ya cumplí noventa y siete años. He perdido a muchos amigos entrañables con los cuales he mantenido tertulias. Han desaparecido todos. No quedo más que yo como señal. Hay gente que incluso cree que ya he muerto. Tras la pérdida de mi mujer y con problemas de salud, escribir es mi única distracción; es de la única forma que puedo emplear lo que me queda de vida. Aunque me consideren caducado, yo sigo trabajando. Por lo demás, no pienso en la posteridad; eso es algo demasiado ligero. Lo que sí me satisface es que quien quiera saber algo sobre los personajes que he biografiado, tiene que recurrir a mis libros, porque no hay otros.

Entre mis recuerdos, figura de forma muy notable el ambiente cinematográfico que había en España antes de la guerra civil. Por aquel entonces, yo colaboraba principalmente en la revista Cinegramas, de cuya primera página solía encargarme en cada número. También tuve la ocasión de participar en varios rodajes, aunque si tengo que resumir una impresión de estos últimos, diré que todo aquello era un poco desordenado, fiado en la improvisación, y a la par brillante. Esta cualidad resaltó aún más con aquel proyecto de rodar en Hollywood con intérpretes y cineastas españoles. Un proyecto en el que se puso de manifiesto ese aire imaginativo y flexible que tenemos los españoles, dispuestos a adaptarnos con presteza a cualquier situación.

Aunque se me olvidan los nombres, procuraré poner en orden aquellos recuerdos. Todo comenzó cuando la industria del cine tuvo que transformarse para pasar del mudo al sonoro. Hacia 1929, los estudios norteamericanos comenzaron a diseñar su estrategia para elaborar producciones habladas en español, en un tiempo en que aún no se había inventado el doblaje. Tales filmaciones se llevarían a cabo en Joinville, no lejos de París, y en Hollywood, adonde se trasladó un buen número de profesionales hispanos, todos ellos dispuestos a intervenir en las versiones castellanas de los éxitos del momento.

Yo pude ir a Hollywood, pero no quise correr aventuras. De todos modos, me unían estrechos lazos de amistad con casi todos los que cruzaron el océano, y además pude entrevistarlos en repetidas ocasiones, de modo que conozco casi todo lo que pasó a quienes marcharon a América. Por otro lado, debo aclarar que aquello no sólo afectó a los españoles y a los hispanoamericanos. Lo cierto es que las compañías norteamericanas contrataron a todos los actores eminentes que había en Europa: franceses, italianos, alemanes...

En España, quien se hizo cargo de coordinar aquel tinglado fue mi buen amigo Edgar Neville. Decididamente, él era un tipo formidable. Recuerdo haber ido a visitarle en los Estudios CEA, y también cuando filmaba una de sus películas en Aranjuez. Fue él quien me invitó a marchar a Estados Unidos, pero como ya dije, rechacé la oferta. Por fortuna, Neville tuvo mucho trabajo en Hollywood e hizo buenas películas allá. Además, tuvo la oportunidad de hacerse amigo de grandes estrellas americanas, como Douglas Fairbanks y Charles Chaplin.

Entre los actores que participaron en aquellas versiones en español no debo olvidarme de Ernesto Vilches. Puesto a definir su carácter, diría que era el típico cómico: la estrella. Contratado por la Metro-Goldwyn-Mayer, fue de los primeros en incorporarse a los rodajes en español. Tenía mucho talento: interpretaba todos los géneros y siempre lo hacía bien. Se reveló en el Teatro Español, con el estreno de La Malquerida. Sin duda, fue aquella una creación espléndida; el éxito del momento. Yo lo apreciaba mucho, pero es cierto que protagonizó numerosas anécdotas en Hollywood a causa de su carácter. Aunque era una gran persona, también era muy protestón, y por eso algunos de los rodajes donde intervino alcanzaron tensiones muy comentadas.

Salta a la vista que una de las actrices más hermosas de aquel grupo era Conchita Montenegro, a quien conocí cuando estaba en su apogeo. Hizo numerosas películas en inglés y español, y después se retiró, guardando desde entonces un silencio absoluto en lo que concierne al mundo del espectáculo.

Por suerte para ellos, hubo algunos intérpretes que pudieron rodar películas de mayor solidez. Por ejemplo, Manuel Arbó, buen actor teatral, dio vida al detective Charlie Chan en la película Eran trece (1931), adaptada a partir del filme Charlie Chan carries on por José López Rubio. Otro galán que tuvo éxito fue Antonio Moreno, que había rodado numerosas producciones mudas en Hollywood. Él había emigrado muy tempranamente a América, y yo no lo conocí hasta que regresó a España, una vez normalizado el cine sonoro. En el caso de Rafael Rivelles, me atrevería a decir que era un gran actor, pero un tanto endiosado. Sin embargo, no hay duda de sus excelentes cualidades dramáticas, como quedó de manifiesto en Don Quijote de La Mancha (1948), de Rafael Gil.

También hice amistad con Carlos Gardel, a quien traté en Madrid y en los estudios de Joinville. Yo había viajado a esa localidad francesa porque allá trabajaba un entrañable amigo, José Luis Salado, que era director de diálogos. Uno de los primeros directores que llevó a término versiones españolas en ese lugar fue Rex Ingram. En lo sucesivo, Joinville adquirió pujanza, porque era más razonable filmar allí que en Hollywood, pues California estaba demasiado lejos de Europa. Durante mi estancia, tuve la oportunidad de reunirme con Imperio Argentina, compañera de rodaje de Gardel, y también con este último. A modo de curiosidad, debo señalar que los libretos de sus películas estaban revisados por él, pues era un buen escritor que ideaba argumentos y diálogos. Lo recuerdo como un hombre muy cordial y afectuoso.

Otro amigo mío que fue a Hollywood fue Enrique Jardiel Poncela. Como éramos vecinos, nos veíamos todos los días e íbamos juntos al café El Gato Negro. Durante su aventura americana, tuvo la ocasión de hacer más de lo que hizo nadie, pues pudo rodar una obra suya, Angelina o El honor de un brigadier. No obstante, a él no le resultaba grata la idea de filmar versiones dobles, triples o cuádruples de la misma película.

En esta línea, parece claro que una de las versiones en español que alcanzaron un mayor éxito fue Drácula (1931), de George Melford. El actor que daba vida al vampiro era Carlos Villarías, buena persona, amable y extraordinariamente cordial. Pero aun alabando las virtudes de Villarías en el papel protagonista, quiero destacar de aquel equipo al periodista Pablo Álvarez Rubio, quien interpretó al atormentado Renfield con tal convicción, que incluso mejoró al actor que encarnaba ese papel en la versión estadounidense.

Como en Hollywood se reunieron artistas de España y de varios países hispanohablantes —desde México hasta Filipinas—, el problema de los acentos cobró un gran protagonismo. En realidad, aquello era un zafarrancho, porque cada uno hablaba un español diferente, con diferentes giros y entonaciones. Cuando se produjo un debate en torno a la pronunciación de la z, hubo actores que se disgustaron. Para los españoles, la llegada de Gregorio Martínez Sierra sirvió para relajar aquella controversia. Él era un auténtico literato, promotor editorial y fenomenal hombre de teatro, autor de muchas obras que, según dicen ahora, fueron creación de su mujer. Aunque, claro, eso lo han dicho después de su muerte. De cualquier modo, sólo me cabe alabar su trabajo en el cine, tanto en aquella peripecia de Hollywood como posteriormente, ya en España.

 

[Periodista y autor de numerosos ensayos de tema histórico y musical, Florentino Hernández Girbal es uno de los más destacados conocedores de la primera edad del cine español. Responsable del montaje de La malcasada (1926), de Francisco Gómez Hidalgo, ejerció la crítica cinematográfica y colaboró durante los años treinta en revistas pioneras, como la popular Cinegramas. El presente artículo reúne pasajes de tres entrevistas, llevadas a cabo entre 1998 y 2000.]

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