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Quien observe mi carrera puede advertir lo heterogéneo de
las propuestas que la integran. En todo caso, lo cierto es que ignoro si una mezcla de
papeles tan diversos depende de la voluntad personal. Por establecer una distinción que
depende del libreto, diré que, en principio, las historias son buenas o malas. A veces
uno deposita su confianza en una buena historia, pero ésta puede malograrse, pues quien
tiene la palabra o la varita mágica es el director, que amalgama elementos muy dispares y
guía la actuación de los protagonistas.
A la hora de leer un guión, me guío por una cuestión
bastante simple, y es que los personajes que a mí me interesan habiten entornos sociales
claramente definidos. En definitiva, se trata de resolver cuál es el telón de fondo
sobre el que hacer caminar a estas figuras. Yo no creo en ese tipo de cine difuso, donde
los personajes no saben bien de dónde vienen o hacia dónde van. Y no es que defienda el
cine social en el sentido esquemático del término, pero considero importante que
aparezcan los datos de la realidad: aquellos matices que determinan cierta forma de
pensamiento y de comportamiento. Al hablar de todo ello, se configura la frontera personal
de los personajes, y eso es algo que guarda estrecha relación con el filme que acabo de
rodar con Gerardo Herrero, El lugar donde estuvo el
paraíso (2001).
Tanto la citada película como la novela en que se inspira
se ambientan en un lugar situado en la frontera que separa tres países latinoamericanos.
Ello me sugiere que las fronteras siempre tienen esa condición entre exacta, difusa y
confusa, donde todo es posible y nada es cierto. En este caso, el territorio fronterizo es
Babel en su acepción más terrible. Un espacio donde hay contrabando de ideas, se
practica el terrorismo, hay gente culta y las venganzas que se compran a un peso.
Las fronteras siempre tienen esa condición misteriosa,
casi metafórica, del no ha lugar. Así se configura una especie de utopía
negativa. En cierto modo, queda con ello representada Iberoamérica, un continente que
generalmente está en manos de individuos poco recomendables, con mucho poder y poca
autoridad, con mucha capacidad de fuego y muy poca moral. Buscando parecidos, diría que Cronos
(1991) también relataba algo similar. En ese caso la semejanza venía de la mano de
un magnate, una especie de ser todopoderoso que intentaba comprar su vida matando a gente,
comprando secretos y doblegando voluntades.
[El argentino Federico Luppi es uno de los intérpretes
más prestigiosos del entorno hispanohablante. Figuran en su trayectoria profesional
títulos tan destacados como Cronos (1991), de Guillermo del Toro, Un lugar en
el mundo (1992), de Adolfo Aristarain, y Sol de otoño (1996), de Eduardo
Mignona. Las declaraciones aquí transcritas fueron recogidas el 10 de enero de 2002.] |
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