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La película Drácula (1931), de Tod Browning, es un
título de la Universal Pictures de suma importancia dentro de la Historia del Cine y, en
particular, del género fantástico.
Tiene los honores de haber sido una de las primeras producciones fantásticas de la época
sonora, y es la primera película norteamericana que presenta la figura del vampiro,
partiendo de la novela de Bram Stoker. Calificada por el crítico e investigador David J.
Skal como «la mala película que mayor influencia ha generado» (V is for vampire,
Penguin Books, 1996, p. 77), posee un valor histórico muy superior a su calidad
cinematográfica intrínseca y sirvió para convertir al actor Bela Lugosi y a su
interpretación del conde de Transilvania en el vampiro cinematográfico arquetípico.
La película tuvo un largo y complejo proceso de
gestación. Ya en 1915 se planteaba su realización, y no fue hasta mediados los años
veinte cuando comenzaron a sostenerse las bases del proyecto. Según parece, el actor Lon
Chaney y el director Tod Browning se interesaron por la historia tras asistir en Gran
Bretaña a una representación teatral del mito de Drácula en 1926. De hecho, tras el
estreno de London after midnight (1927), de Browning, el diario New York Herald
anunció en su crítica del filme que el siguiente proyecto del dúo Chaney-Browning iba a
ser Drácula.
En 1936, años después del fallecimiento de Chaney y del
estreno del Drácula de Browning, el diario New York Times publicó que
Chaney llegó a escribir un guión de la película, ideando además un maquillaje que
mantenía en secreto («Vampires, monsters, horrors!», 1-III-1936).
No obstante, hasta la elección definitiva del equipo se
produjo un baile de aspirantes a la dirección de la película y al papel del vampiro.
Entre los candidatos a este último figuraron el ya mencionado Chaney, Conrad Veidt y Paul
Muni, entre otros, haciéndose con el papel el húngaro Bela Lugosi, quien ya había
interpretado a Drácula en una de las diversas producciones teatrales que inspiró la
novela original. En cuanto al director, se planteó a Paul Leni en caso de hacerse con el
papel Conrad Veidt, pero finalmente fue elegido Tod Browning.
Cuenta la leyenda que fue la muerte lo que le impidió a
Lon Chaney protagonizar Drácula. Sin embargo, Chaney había firmado en 1930 un
contrato con la Metro-Goldwyn-Mayer para protagonizar su primera película sonora: una
nueva versión de uno de sus filmes de la época muda, The unholy three (1925).
Este hecho, que ha pasado desapercibido a muchos expertos, demuestra su abandono de Drácula.
Para el guión se optó por utilizar como punto de partida
la adaptación teatral de la obra, realizada por Hamilton Deane y John L. Balderstone, y
no la propia novela. Lo firmaron Garret Fort y Dudley Murphy, aunque participaron diversos
guionistas más que no aparecen en los títulos de crédito, entre ellos el propio Tod
Browning. Es en dicho guión donde reside uno de los principales lastres de la película,
ya que reproduce el estatismo propio de las representaciones teatrales, centrándose en la
parte de la acción que transcurre en Inglaterra.
Sin embargo, esto no debiera haber impedido que el
resultado final fuese más satisfactorio que la «mala película» a la cual se refiere
Skal. Ahí está para demostrarlo la duplicación en castellano de la película de
Browning: la versión hispanohablante dirigida simultáneamente por George Melford.
En los albores del cine sonoro, era una práctica habitual
realizar varias versiones de una misma producción en diferentes idiomas. El motivo era
que Hollywood no deseaba perder terreno en el extranjero frente a la competencia que
pudiesen ofrecer las producciones locales. Otro motivo era que la técnica de doblaje
distaba mucho de estar perfeccionada. Así, no era extraño que pudiesen rodarse versiones
con lengua y reparto español, francés, italiano, etc., con vistas a su estreno en los
países correspondientes.
De todas las versiones producidas en lenguas foráneas, el Drácula
hispano sobresale claramente por encima del resto. Esta producción aglutinó a un equipo
anglosajón, encabezado por el productor Paul Kohner y el antes mencionado Melford, y a un
reparto plurinacional de habla hispana, integrado por españoles (Carlos Villarías, Pablo
Álvarez Rubio, José Soriano Viosca y Manuel Arbó, entre otros), mexicanos (Lupita Tovar
y Eduardo Arozamena) y chilenos (Barry Norton, sobrenombre artístico de Alfredo
Birabén), además de un numeroso elenco de secundarios y extras hispanohablantes. Este
equipo hispano rodaba en los mismos escenarios durante la noche, cuando acababa la jornada
del equipo anglosajón, prolongándose su labor hasta el amanecer.
Son diversos los factores que motivaron que, puestos a
comparar ambas versiones, la hispana fuese de superior calidad. En primer lugar, cabe
recordar que el guión, excesivamente teatral, era el principal escollo para llevar a buen
puerto ambas producciones. Siempre se ha sostenido que las presiones por parte de los
productores para que fueran eliminados del libreto los contenidos truculentos y más
claramente eróticos, incidiendo en la supresión de cualquier ambigüedad sexual en el
protagonista, afectaron al resultado final de la versión anglosajona, mientras que la
versión hispana se libró en buena medida de todo ello. Sin embargo esto no corresponde
totalmente con lo que vemos en la pantalla.
Fueron suprimidas las imágenes donde el vampiro mordía a
sus víctimas, ofreciendo un fundido en negro antes del momento cumbre. También se
ocultó el momento en que Van Helsing mata a Drácula clavándole una estaca en el
corazón, colocándose el actor entre la cámara y el vampiro. En cambio, en lo que
concierne a los posibles matices homoeróticos de Drácula, se tiende a olvidar que éste
muerde a Renfield en la versión de Browning. La escena es diferente en la versión
hispana, donde son las concubinas vampiras de Drácula quienes muerden a Renfield,
desterrando así cualquier ambigüedad sexual por parte del Conde.
No fue tan conservadora la versión hispana al promover un
mayor grado de erotismo femenino, notable en el vestuario (las transparencias y vaporosos
saltos de cama que lucen Lupita Tovar y Carmen Guerrero), y asimismo en algunos de los
diálogos escritos por Baltasar Fernández Cué. «A la mañana siguiente, me sentí tan
débil como si hubiese perdido la virginidad», le explica Eva Seward (Tovar) a su
prometido (Norton), tras el primer ataque nocturno de Drácula. Obviamente, es clara la
equiparación del acto sexual con el asalto vampírico.
Es posible que las presiones del estudio afectasen a
Browning e influyeran en su desacertada dirección, hecho que pudo tornarse en apatía,
dado que, según el actor David Manners, fue el operador Karl Freund quien se ocupó de la
realización durante gran parte del rodaje (V is for vampire, p. 80). Esto
explicaría la anodina planificación del filme, al multiplicarse las funciones de Freund
y desatender éste la dirección de fotografía. En contraste, la versión hispana goza de
una dirección más dinámica y versátil, gracias a Melford y al director de fotografía
George Robinson. Incluso en aquellas secuencias donde la versión de Browning pasa por ser
mejor (el breve comienzo que transcurre en Transilvania, en el castillo de Drácula, y el
viaje en barco desde Transilvania hasta Inglaterra) se impone la versión hispana. Sin ir
más lejos, en la escena donde Renfield y Drácula se encuentran en el semiderruido
vestíbulo del castillo, Browning elimina cualquier tipo de sorpresa al mostrar a Drácula
bajando unas escaleras, avisando de su entrada en escena. Sin embargo, Melford muestra
sólo a Renfield, quien, tras protegerse el rostro de un murciélago que revolotea sobre
él, se topa con Drácula, con el resultado de un sobresalto para Renfield y también para
el espectador.
El montaje de las cintas es también esclarecedor: 75
minutos de la versión anglosajona frente a los 102 de la hispana. Parece que el montaje
original de Browning tenía mayor duración, pero los cortes impuestos por el estudio
provocan confusión en la trama y dejan varios cabos sueltos. Así, mientras que Browning
se olvida del personaje de Lucy, convertida en vampiro, esta trama es concluida en la
versión hispana al acabar con ella Van Helsing. Además, Browning incluye escenas y
planos que no benefician el desarrollo argumental, y que no existen en la versión
hispana. David J. Skal sostiene que para hacer más digerible la versión de Browning
habría que reducir el metraje a 60 minutos (V is for vampire, p. 80). En ocasiones
se ha acusado a la versión hispana de que su mayor duración sólo se debe a la
histriónica y cadenciosa interpretación de sus actores. Parece algo injusto, ya que la
mayor duración es debida a la inclusión de más planos y líneas de diálogo, ajustados
a la coherencia dramática del relato.
La interpretación de los actores figura entre los puntos
que más polémica han generado. Lo más destacable de la versión de Browning son las
actuaciones de Bela Lugosi y Dwight Frye. Por el contrario, Helen Chandler, Frances Dade
(Lucy) y David Manners ofrecen una actuación desganada, artificial. Por su parte, el
reparto hispano actúa con una calidad más regular. Carlos Villarías es un Drácula
voluntarioso y solvente, aunque su rostro no lo hiciera el más indicado para el papel.
Por su parte, Pablo Álvarez Rubio resulta sorprendente en su enajenada interpretación de
Renfield, superando con creces la de Dwight Frye. Tan metido estaba en el papel que dio
lugar a una anécdota durante la escena en que provoca el ansia de sangre de Drácula,
rodada de una manera muy similar al mismo pasaje de Nosferatu (1922), de Murnau.
Tras herirse en un dedo al cortar una rebanada de pan, y al no conseguir el efecto deseado
por el director en las primeras tomas, Álvarez Rubio se propinó un verdadero corte,
según le contó a Florentino Hernández Girbal (Los
que pasaron por Hollywood, Verdoux, 1992). En la versión de Browning, Renfield se
corta con un papel, y no aparece ningún alimento, mientras que en la versión hispana,
Álvarez Rubio trincha un suculento pollo y su mesa está bien provista. Hecho sumamente
curioso si tenemos en cuenta que Browning disponía de un presupuesto mucho mayor.
Las actrices Lupita Tovar (Eva Seward) y Carmen Guerrero
(Lucy Weston) resultan mucho más frescas, sensuales y creíbles que las intérpretes
norteamericanas. Y el resto del reparto tiene un nivel de interpretación bastante
significativo, a excepción de Eduardo Arozamena (Van Helsing), cuya actuación es barroca
y carente de naturalidad.
La versión de Browning se estrenó el 14 de febrero de
1931, día de San Valentín, y fue publicitada como «la historia de amor más extraña de
todos los tiempos». La adaptación hispana fue estrenada en La Habana, el 11 de marzo de
1931, y en Madrid el el 20 de marzo de ese mismo año, obteniendo elogios tanto de la
prensa como del público. Desgraciadamente, la película se dio por perdida durante varias
décadas, hasta su descubrimiento en la Filmoteca de La Habana en 1984, y su posterior
proceso de restauración que duró hasta 1992, y en el que participó David J. Skal. En
España se celebró un reestreno en la Filmoteca Nacional, pero el filme ni siquiera
llegó a comercializarse en vídeo, a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos.
Sin llegar a ser una obra maestra, el Drácula
hispanohablante supera con creces a la versión de Browning. Es más: pese a los factores
que pudiesen desestabilizar el proyecto, no hay ningún argumento para defender al
desganado reparto anglosajón frente al excelente cuadro de actores hispanoamericanos.
[José Luis González es especialista en
medios
de comunicación masivos, articulista y conferenciante.] |
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