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Al margen de las relaciones cinematográficas que entre Buñuel y Lorca puedan establecerse en el
contexto de la Residencia de Estudiantes, lo más significativo es la profunda amistad
nacida desde 1919 entre «el andaluz refinado» y «el aragonés tosco», que dejará
huella indeleble en la vida y en la obra de ambos. No escatima el cineasta en sus memorias
elogios para su compañero, porque «la obra maestra era él», ni elude la influencia
ejercida por el granadino tanto para descubrirle el sentido de la poesía como para
sugerirle títulos como La leyenda áurea, uno de cuyos pasajes, el
dedicado a San Simeón el Estilita, convertiría tiempo después en película: Simón
del desierto (1965).
Hay que destacar ese rico anecdotario sentimental que le
permite a Luis evocar la Orden de Toledo, creada por él en 1923. De hecho, Federico fue
miembro fundador del citado grupo, junto a su hermano Francisco, Rafael Sánchez Ventura,
Pedro Garfias, Augusto Centeno, José Uzelay y Ernestina González. José Bello era el secretario, y entre
los caballeros figuraban Alberti, Urgoiti, Dalí, José María Hinojosa, María
Teresa León, Hernando Viñes y la esposa de Buñuel, Jeanne. Asimismo, había escuderos,
caso de Georges Sadoul, Élie Lotar, Ana M.ª Custodio, Roger Désormières y algunos
más.
También podrá Buñuel recordar sus conversaciones con
Lorca en la Posada de la Sangre, donde se comentaban mutuamente sus personalidades
mientras se ponía de relieve el egocentrismo del poeta. O rememorar el encuentro
madrileño con Falla, la lectura de El amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín
(durante la cual Buñuel y Dalí interrumpen al autor para indicarle, sin paliativos, que
aquello «es una mierda»), el estreno de Yerma, etc.
El recuerdo se ha perpetuado en una serie de fotos que
testimonian aquella amistad. Así, los vemos en esas placas representando Don Juan
Tenorio en la Residencia de Estudiantes, hacia 1921, y también montados en la moto y
en el avión de cartón del feriante-fotógrafo, allá por 1924, en la madrileña verbena
de San Antonio. Sabemos, sin embargo, que la relación entre Lorca y Buñuel se
quebrantará de forma circunstancial cuando Federico se sienta aludido, y personalmente
agraviado, por entender que la película Un perro andaluz está dirigida contra
él.
La revista que aglutinó a los miembros de toda esta
generación y potenció el entusiasmo por el cine fue La Gaceta Literaria
(1927-1931). El número 2 incluye ya la primera crónica cinematográfica firmada por Luis
Buñuel. Posteriormente harían lo propio Guillermo de Torre, Miguel Pérez Ferrero,
Antonio G. Solalinde, Julio Álvarez del Vayo, Benjamín Jarnés, Salvador Dalí, Rafael
Alberti, Luis Gómez Mesa y otros más. El talante liberal de la publicación actuó como
aglutinante de la intelectualidad, al tiempo que sirvió de nexo entre ésta y la
generación precedente. Por lo demás, su acendrada preocupación por los movimientos de
vanguardia queda de manifiesto en el modo en que privilegió al cine entre sus escritos y
actividades.
Dentro de la obra poética de Lorca podemos destacar una
serie de títulos dedicados a Luis Buñuel. En este caso, el temario de las composiciones
nada tiene que ver con lo cinematográfico: su interés se cifra en la voluntad del poeta
por perpetuar el nombre de su amigo junto a ellas. Canciones acoge materiales
elaborados entre 1921 y 1924. Bajo el epígrafe Juegos, figuran varios poemas, y
según reza el texto, están «Dedicados a la cabeza de Luis Buñuel. En grand plain
[sic]». Asimismo, bajo el título Suite del regreso hallamos las palabras «A
Luis Buñuel». De acuerdo con el testimonio de Miguel García-Posada, la dedicatoria
queda tachada en el manuscrito original. Diálogo con Luis Buñuel es un texto
inconcluso donde el autor sólo desarrolla la escena primera. El original está escrito
con tinta negra en las dos caras de una sola cuartilla. Manuel Fernández Montesinos
estima que debió redactarse hacia 1925.
Mi último suspiro ha hecho públicos otros poemas
lorquianos, con indicación de los momentos en que fueron escritos. Según nos dice
Buñuel, en el dorso de la fotografía donde aparecen ambos montados en la moto de cartón
del fotógrafo, «a las tres de la madrugada, borrachos los dos, Federico escribió una
poesía improvisada en menos de tres minutos». Más adelante, en 1929, Federico regaló a
Luis un libro sobre el que «escribió unos versos, inéditos también». Los poemas
dedicados al aragonés y las páginas escritas por éste desde el recuerdo son un
complemento necesario para precisar las respectivas biografías, especialmente en aquel
punto donde ambas confluyen. Cuando el genio austero de Calanda dice del poeta de Fuente
Vaqueros: «Le debo más de cuanto podría expresar», entendemos que no es ninguna
hipérbole.
[Rafael Utrera es uno de los más
destacados historiadores del cine español. Es profesor titular de Comunicación
Audiovisual en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Sevilla.
Entre otros libros, ha escrito Modernismo y 98 frente a cinematógrafo (1981), Escritores
y cinema en España: un acercamiento histórico (1985), Federico García Lorca/Cine
(1986) y Azorín: periodismo cinematográfico (1998). El testimonio aquí
transcrito procede de una entrevista realizada a comienzos de 2000. Parte de dicho
testimonio, enriquecido con referencias escritas del propio Utrera, apareció en Cuadernos
Hispanoamericanos, n.º 603, de septiembre de 2000.] |
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