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A buen seguro, el fantástico es el genéro más cercano a
la esencia del propio cine. De hecho, la cinematografía es, en buena medida, una ilusión
fantasmagórica. Sin duda, las películas de esta variedad son trepidantes y carecen de
tiempos muertos; permiten a la audiencia el acceso a otros universos, a mundos que están
más allá de la realidad. Además, se trata de un cine destinado a espectadores jóvenes,
que propicia la publicación de revistas y cómics e incluso la creación de asociaciones
de admiradores de uno u otro artista.
Por lo demás, no siempre es preciso que estas películas
tengan unos grandes medios financieros o técnicos. Ahí está el caso de tantos
largometrajes de suspense y terror psicológico que, pese a disponer de un bajo
presupuesto económico, logran atraer a los espectadores. Es en esta línea donde se
hilvana mi experiencia, pues, como ya he comentado en otras oportunidades, la creación de
mis personajes ha sido un tanto espontánea. El primer filme en el cual interpreté al
licántropo Waldemar Daninsky se tituló La marca del hombre lobo (1968), y lo
dirigió Enrique L. Eguiluz. Por así decirlo, fue una película que hicimos un poco entre
todos los integrantes del equipo. Además, carecíamos de base literaria, ya que, a
diferencia de lo que sucede con el vampirismo, la licantropía no cuenta con una novela
como Drácula, de Bram Stoker. Acaso
para definir su mitología, la idea que sirvió de fundamento a dicho filme es la de un
ser que se rebela contra su propio destino. En definitiva, este es un arquetipo presente
en leyendas que se pierden en la noche de los tiempos.
Pienso sinceramente que el género nace en España con La
marca del hombre lobo. A partir de ahí se crean las bases de lo que podría
considerarse una industria del cine fantástico español, que luego daría lugar a
numerosas producciones rodadas en nuestro país, a veces en colaboración con otras
cinematografías de Europa, Iberoamérica o Asia.
Una de las fuentes literarias más importantes e
influyentes que yo he acogido como guionista ha sido el Romanticismo, y más en concreto,
la figura de Gustavo Adolfo Bécquer. En un principio, las lecturas de este tipo con las
que yo contaba eran bastante limitadas. Por supuesto, disponía de los relatos de Edgar
Allan Poe, pero no mucho más se había editado en nuestro país. Más adelante, cuando el
género eclosionó de verdad en España, tuve acceso a otros autores. Así, en la segunda
etapa de mi filmografía, se advierte que mi acercamiento a la novela gótica es mayor.
Desde el punto de vista interpretativo, es tremendamente
difícil hacer de hombre lobo. No resulta sencillo convencer al espectador de que la parte
de la bestia está triunfando sobre el hombre. Aparte de un aspecto físico determinado,
se precisa una fuerte dósis de convicción y, sobre todo, respeto por el personaje. De lo
contrario se puede rozar el ridículo. En líneas generales, yo traté de que mi
licántropo superase el estatismo y la inexpresividad del interpretado en 1941 por Lon
Chaney Jr. Deseaba lograr un hombre lobo dinámico, feroz, y también pretendía que este
licántropo, Waldemar Daninsky, contara en su faceta humana con una mayor profundidad
psicológica que el encarnado por Chaney Jr.
Narciso Ibáñez Serrador dijo en una ocasión: «Eso que
hace Paul Naschy tiene un gran mérito, porque siempre trabaja como los funámbulos, sobre
la cuerda floja». Por desgracia, ese esfuerzo no siempre se ha visto recompensado. La
verdad es que, ante el auge del género en España, los productores reaccionaron
equivocadamente. Como la ganancia había sido grande estrenando películas baratas,
pretendieron seguir obteniendo dinero sin reinvertir en producciones más cuidadas y
competitivas. Hacer cine en España siempre ha sido llorar, pero lo del fantástico ha
sido un caso extremo.
Curiosamente, mientras en mi propio país se me atacaba
desde muchos sectores de la crítica, en el extranjero los grandes conocedores del género
han reconocido los valores de mi cine. En alguna ocasión, he pensado en irme, pero al
final siempre he preferido luchar por el cine español. Nunca perdí la esperanza de crear
una sólida industria del fantástico en este país. De cualquier modo, mi actividad en el
extranjero ha continuado.
[Paul Naschy (Jacinto Molina) es el
principal actor y director del cine fantástico realizado en España. Su carrera
profesional transcurrió en diversos países y ha sido públicamente valorada por figuras
como Steven Spielberg y Forrest J. Ackerman. Los testimonios aquí citados proceden de
diversas entrevistas realizadas por Ignacio Armada y Guzmán Urrero entre noviembre de
1991 y febrero de 1992, y reunidas parcialmente en el volumen Paul Naschy: el ciclo de
la luna llena (1993), prologado por Luis Alberto de Cuenca y editado por el Círculo de
Escritores Cinematográficos con ocasión de un ciclo-homenaje en la Filmoteca Española.] |
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