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Reflexionar acerca del gusto del espectador hispano por los
elementos costumbristas es un ejercicio que exige unas cualidades analíticas que quizá
yo no posea. No obstante, apuntaré una anécdota que puede resultar clarificadora al
respecto. Fue un bonito cuento de hadas, Pretty Woman (1990), de Garry Marshall, el
elemento que centró la animada y cordial discusión que entablamos Fernando Trueba y yo. Resulta que los
personajes de dicho filme no parecen tanto proyecciones de la realidad como figuras
enteramente imaginarias, y en esa línea Trueba me hacía ver la imposibilidad de rodar un
proyecto parecido en España, dado que no hay en nuestras ciudades prostitutas como Julia
Roberts ni ejecutivos millonarios como Richard Gere, dispuestos a detener su automóvil
para enamorar a una fulana tan hermosa. Naturalmente, tampoco los hay en Estados Unidos.
Así pues, ¿qué hay de distinto entre el público de ambos países cuando se esboza un
producto semejante?
A mi modo de ver, el espectador español reclama un
costumbrismo, una fidelidad a lo real que el estadounidense ignora. De ahí que, por poner
un ejemplo, en las producciones norteamericanas los policías abandonen sus coches en
cualquier calle, sin cerrar las puertas, o salgan de un restaurante sin pagar su menú.
En contraste, si la audiencia española descubre ese tipo
de elipsis en un filme nacional, siente que la engañan, pues sabe lo que se puede y lo
que no se puede hacer en la realidad, y reclama esto mismo en la ficción audiovisual que
le es más próxima. Por idéntica razón, el espectador español admite un decorado de
alto diseño en una telecomedia norteamericana, pero solicita un ambiente más castizo,
más apegado a lo real, cuando se enfrenta a una de nuestras producciones.
[Miguel Rellán es un popular actor
español, galardonado en 1987 con un premio Goya. Además de ejercer como novelista, ha
desarrollado una extensa carrera televisiva. Asimismo, es vocal de la Junta Directiva de
la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión de España. El testimonio aquí
recogido procede de una larga entrevista realizada a comienzos de 2001. Una pequeña parte
de ese diálogo fue publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 612, de junio de
2001.] |
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