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Sin entrar en comparaciones históricas cuando el
cine cumple un siglo, el teatro rebasa los dos milenios, lo que salva y mantendrá
la vigencia del teatro es que juega con la imaginación de los espectadores, algo muy
distinto a lo que sucede con cinematografía, cuya base es eminentemente realista. El
teatro requiere una participación mucho más activa por parte del espectador porque le
está obligando a trabajar con la fantasía, algo inhabitual en la sociedad moderna, donde
la imaginación se atrofia por el bombardeo de imágenes televisivas. Cada vez más,
acudir a un espectáculo teatral va a ser una suerte de gimnasia imaginativa.
A raíz del estreno de la película Amigo amado (Amic
amat, 1998), de Ventura Pons, me preguntaban por qué razón hago mucho más teatro
que cine. Es bien sencilla la respuesta: desde el comienzo de mi carrera las ofertas
teatrales han sido mejores que las cinematográficas. Por un lado recibía la opción de
interpretar en los escenarios un texto de Chejov, Ibsen, Cocteau, Shakespeare o Unamuno, y
por otro la posibilidad de rodar un guión escrito, en una mayoría de casos, por el
propio director, con unos diálogos imposibles, mal construidos gramaticalmente, como si
el autor fuese un niño de siete años. Ante semejante disyuntiva, no caben dudas, y eso
me ha llevado a concentrarme en el teatro. No obstante, cuando he tenido la ocasión de
intervenir en proyectos fílmicos como Amigo amado, no lo he dudado.
Cuenta esta película con un excelente guión desarrollado
por Josep Maria Benet i Jornet, a partir de su obra Testament. No obstante, hubo
reseñas que la consideraron demasiado teatral, y ello por una simple razón: en cuanto un
filme tiene una escena donde los diálogos duran más de cinco minutos, los teóricos y
críticos españoles lo juzgan teatral. Existe por estos lares una especie de
animadversión a la densidad de diálogos, ignorando que en las grandes películas de
George Cukor, John Ford y Billy Wilder, los personajes dialogan sin cesar. ¿Acaso no hay
constantes diálogos en Eva al desnudo (1950), de Joseph L. Mankiewicz?
El truco de la buena adaptación de una obra teatral a la
pantalla es dejarse llevar por el ritmo que pide la historia, y no desplazar la acción,
caprichosamente, a escenarios exteriores. Una película que transcurra dentro de una
habitación puede ser maravillosa, pero de repente hay personas empeñadas en estropear un
guión simplemente porque, según creen, en el cine tiene que haber una calle o un
jardín. Podemos citar producciones como Gritos y susurros (Viskningar
och rop, 1972), de Ingmar Bergman, para demostrar lo desacertado de tal creencia.
Dentro de ese orden de ideas, también cabe apuntar el riesgo de ciertos cambios de
época, cuando en una película se adapta una pieza literaria modernizando toda la
ambientación. Para mucha gente, actualizar supone trivializar, y eso me atemoriza.
Hay que desterrar el mito de la teatralidad, pues tiene
cualidades magníficas, entre las cuales figuran la verdad de los sentimientos y el texto
literario, por lo común superior al noventa por ciento de los guiones originales. Baste
un ejemplo: para sorpresa de todo el mundo, ha triunfado en las salas de cine una
película francesa, La cena de los idiotas (Le diner de cons,
1998), de Francis Bever. Basado en una pieza teatral, el filme transcurre, de principio a
fin, en un salón, y no hace falta más. De ahí se debería aprender.
[José María Pou es uno de los mejores
intérpretes de la escena española. Traductor y divulgador teatral, cuenta en su
currículo con un larguísimo listado de montajes, entre los cuales destaca Arte,
de Yasmina Reza. En el terreno audiovisual, ha participado en numerosas producciones
televisivas y también cinematográficas, como El caballero del dragón (1985), de
Fernando Colomo, Remando al viento (1987), de Gonzalo Suárez, Los papeles de
Aspern (1991), de Jordi Cadena, y Amigo amado (1998), de Ventura Pons. Parte de
las declaraciones aquí transcritas fueron recogidas en el número 593 de Cuadernos
Hispanoamericanos, en noviembre de 1999.] |
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