|
En el cine todo está intencionadamente organizado para
reiterar ciertos modelos. Los temas se organizan de acuerdo con géneros, y no es extraño
que los actores acaben encasillados en determinado tipo de menesteres dramáticos. La
variedad interpretativa, caso de producirse, suele obedecer al talento del artista, capaz
de diversificar sus actuaciones sin caer en la monotonía. En este contexto, escapar a la
reiteración pudo ser uno de los motores de la carrera de Fernando Rey, uno de los
intérpretes más versátiles de la cinematografía española, conocido en todo el mundo y
asimismo apreciado en el cine de la América Hispana, donde desempeñó papeles de
importancia. Nacido en La Coruña, el 20 de septiembre de 1917, y fallecido en Madrid, el
9 de marzo de 1994, a lo largo de su vida cumplió el sueño de cualquier cómico: la fama
sumada al más sincero reconocimiento artístico.
Su verdadero nombre era Fernando Casado Arambillet. Dejó
los estudios de Arquitectura por causa de la guerra civil, y acabó en el mundo del cine,
rodando su primera película como actor, Nuestra Natacha, de Benito
Perojo, en 1936. Pese a las enormes dificultades que lo rodearon en la posguerra, un
cauteloso aprendizaje lo ayudó a escalar peldaños en el mundo de los cómicos: fue
extra, actor secundario y, finalmente, protagonista. En esta primera fase, su primer filme
de importancia fue Eugenia de Montijo (1944), de José
López Rubio, donde quedaron de manifiesto dos de sus cualidades de galán: apostura y
buena voz.
A la hora de analizar la filmografía de Fernando Rey, sus
títulos de mayor éxito durante la década de los cincuenta nos remiten a ese gusto por
el cine de época, tan apreciado por aquellas fechas. En ese tono, destacan sus trabajos
en Los últimos de Filipinas (1945), de Antonio Román; La princesa de los
Ursinos (1947); Don Quijote de la Mancha (1947), de Rafael Gil; Locura de
amor (1948), de Juan de Orduña; El alcalde de Zalamea (1953), de José G.
Maesso; y Marcelino pan y vino (1954), de Ladislao Vajda. Alejándonos de ese
modelo visual y dramático, también cabe citar la presencia del actor en Cómicos (1953),
de Juan Antonio Bardem; y en Mare Nostrum (1948), de Rafael Gil; una producción de
Cesáreo González donde también intervino la estrella
mexicana María Félix.
Buscando inspiración americana en la obra de
Valle-Inclán, Fernando Rey colaboró en las Sonatas
(1959), de Juan Antonio Bardem, y luego permaneció un tiempo en México, donde rodó Teresa
(1960), de Alfredo B. Crevenna, folletín inspirado en una popular telenovela de Mimí
Bechelani. Afincado en tierras mexicanas, Luis Buñuel
trabó amistad con el actor, a quien dio papeles protagonistas en Viridiana (1961), Tristana (1969), El
discreto encanto de la burguesía (1972) y Ese oscuro objeto del deseo (1977).
Esa relación con el cineasta aragonés enriqueció sobremanera la carrera de Rey, quien
además se vio sorprendido por un creciente prestigio internacional.
Filmó El señor de La Salle (1964), a las órdenes
del argentino Luis César Amadori. También participó en Campanadas a medianoche (1965),
producción española de Orson Welles, y en dos películas de nacionalidad estadounidense,
pero significativas en nuestro ámbito hispanohablante: Cervantes (1967), de
Vincent Sherman; y Villa cabalga (Villa Rides, 1968), de Buzz
Kulik. Gracias a su buen conocimiento del idioma inglés, Fernando Rey intervino en
numerosas películas norteamericanas, entre ellas French Connection, contra el imperio
de la droga (1971), de William Friedkin; Nina (A Matter of Time,
1976), de Vincent Minnelli; El viaje de los malditos (Voyage of the Damned,
1976), de Stuart Rosenberg; Quinteto (Quintet, 1979), de Robert
Altman; y Presidente por accidente (Moon over Parador, 1988), de
Paul Mazursky.
En España, colaboró en El túnel (1987), de
Antonio Drove, adaptación de la novela homónima de Ernesto Sábato, y en dos películas
realizadas para conmemorar, desde muy diversa perspectiva, el Quinto Centenario: 1492:
La conquista del Paraíso (1992), de Ridley Scott; y La marrana (1992), de
José Luis Cuerda. En lo que resultó la consumación de su carrera, Fernando Rey fue
homenajeado con numerosos premios, y además tuvo la ocasión de filmar lo que acabó
siendo un magnífico desenlace de su trayectoria dramática: la teleserie El Quijote
(1990), de Manuel Gutiérrez Aragón. |
|