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En abril de 2000, el mexicano Anthony Quinn era nombrado
Hijo Predilecto de Chihuaha y Chihuahuense distinguido. Dos menciones consecutivas, a la
mayor gloria del actor, reiteradas con orgullo por las autoridades comprometidas en el
homenaje: el gobernador de Veracruz, Miguel Alemán Velasco; el titular del Poder
Ejecutivo del Estado, Patricio Martínez García, y el presidente municipal, José Reyes
Baeza. Esta atención culminó en un parque de la ciudad, donde quedó inaugurado un
monumento conmemorativo de seis metros de altura y veinte toneladas de peso. Y así,
acompañado por su esposa Katherine y por dos de sus hijos, Ryan y Antonia, el veterano
actor encontró ese día un pretexto feliz para interrogarse acerca de sus raíces y
proclamar su orgullo de estirpe. No en vano es hijo de un mexicano con acento irlandés,
Francisco Quinn, y Manuela Oaxaca, su madre, formó parte de las filas de Pancho Villa,
alistada en la División del Norte durante la Revolución.
Nacido el 21 de abril de 1915, emigró junto a sus padres a
los Estados Unidos. Coraje y determinación no fue precisamente lo que le faltó al joven
Antonio a la hora de aproximarse a Hollywood, pues la industria del cine estadounidense no
era particularmente receptiva a los actores de origen hispano, y según se dice, antes de
lograr papeles, Quinn tuvo que trabajar como taxista, matarife, boxeador y camionero.
Cambiando su nombre de pila por el de Anthony, se convirtió en un extra característico,
adecuado para papeles de guerrero apache, matón o villano corpulento. Intervino en La
vía láctea (The Milky Way, 1936) y luego se le pudo ver en Buffalo
Bill (The Plainsman, 1936), película dirigida por Cecil B. De Mille,
el director que encauzó definitivamente la carrera estadounidense del joven mexicano.
A las órdenes de De Mille, el actor participó en filmes
de aventura como Corsarios de Florida (The Buccaner, 1937) y Unión
Pacífico (Union Pacific, 1939). Voluble en el amor y constante en la
pasión, Quinn tuvo por primera esposa a Katherine De Mille, hija adoptiva de su promotor.
En época de crisis, la relación entre ambos se volvió enojosa, y el asunto concluyó en
divorcio, marcando así el inicio de una vida sentimental turbulenta, pero rica en
cualquier caso.
Igualmente rica es la posterior filmografía de Anthony
Quinn, en la que se alternan títulos míticos y populares, como Murieron con las botas
puestas (They Died with Their Boots On, 1941), de Raoul Walsh; Las
aventuras de Buffalo Bill (Buffalo Bill, 1944), de William A. Wellman;
¡Viva Zapata! (1952), de Elia Kazan; La Strada (1954), de Federico Fellini;
El loco del pelo rojo (Lust for Life, 1956), de Vincente Minnelli; Los
cañones de Navarone (The Guns of Navarone, 1961), de Jack Lee
Thompson; Zorba el griego (Zorba the Greek, 1964), de Michael
Cacoyannis; y Los hijos de Sánchez (The Children of Sanchez,
1978), de Hall Bartlett.
Pero esta trayectoria eminente, rodada toda ella en
inglés, se complementa con una breve pero vigorosa carrera española, que viene a
justificar la aparición del magnífico actor en este repertorio hispanohablante. A buen
seguro, se recuerdan sus soberbias interpretaciones de personajes mexicanos en ¡Viva
Zapata! y Los hijos de Sánchez. No obstante, hay otras tareas en la misma
línea que conviene rememorar. Así, tras rodar The Last Train from Madrid (1937),
de James P. Hogan, Quinn participó en cuatro creaciones de orientación castiza y
taurófila: Sangre y arena (Blood and Sand, 1941), de Rouben
Mamoulian; The Brave Bulls (1951), de Robert Rossen; Santos el magnífico (The
Magnificent Matador, 1955) y Arruza (1972), ambas de Budd Boetticher.
Asimismo, viajó a España para dar vida al beduino Auda Abu Tayi en Lawrence de Arabia
(Lawrence of Arabia, 1962), película filmada por David Lean en varias
localidades españolas.
En 1982, Quinn se trasladó nuevamente a España para
filmar Valentina (1982), de Antonio Betancor, hermosa adaptación de la primera
etapa de Crónica del alba, de Ramón J. Sender. Con un guión escrito por
Lautaro Murúa, Antonio J. Betancor, Carlos Escobedo y Javier Moro, Valentina se
beneficiaba además de una bellísima fotografía de Juan Antonio Ruiz Anchía. De acuerdo
con el texto original de Sender, la película sondeaba la vida de José Garcés, quien,
prisionero en el campo de concentración de Argelès, en Francia, recordaba su primer amor
de infancia en un pueblo aragonés, hacia 1911.
Con su español colorido, Anthony Quinn daba vida a Mosén
Joaquín, el profesor del niño Garcés, y lo hacía con ternura, simpatía y convicción,
signo de una versatilidad y un método adquiridos a lo largo de casi cincuenta años de
carrera. Poco después, la expresión ceñida del actor volvía a manifestarse en Pasión
de hombre (1988), del español José Antonio de la Loma, un largometraje en el cual
intervenían asimismo Victoria Vera y José María Caffarel. En la ficción, Quinn era
esta vez un pintor del Ampurdán enfrentado a un mágico drama familiar. Curiosamente, dos
años después, Lorenzo, el hijo del actor, también interpretaba a un pintor en un filme
español, como protagonista de Dalí (1990), de Antoni Ribas.
Con su vida nómada en Italia y Estados Unidos, la estrella
de Hollywood que un día nació en Chihuahua alcanzó una edad que trae aparejada
sabiduría. Y por fortuna, mantuvo sus lazos con la cinematografía hispana: actuó junto
a la española Aitana Sánchez Gijón en Un paseo por las nubes (A Walk in the
Clouds, 1995), del mexicano Alfonso Arau, y encarnó a un asombroso personaje
en la teleserie El camino de Santiago (1999), una producción de José López
Rodero realizada a partir de un argumento del novelista Arturo Pérez Reverte.
Quinn falleció el 3 de junio de 2001, en Boston, víctima
de un cáncer. |
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