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Cinematografías de la semejanza

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Decir que Silvia Pinal es una estrella del cine mexicano quizá sea insuficiente en un espacio como éste. Con la posible excepción de la gran María Félix, Pinal ha sido la actriz mexicana que se ha aproximado de un modo más notorio al cine español, y sólo por ese esfuerzo ya merece un reconocimiento particular. Un rápido vistazo a su filmografía ha de confirmar hasta qué punto la suya ha sido una carrera a medio camino entre ambas franjas del Atlántico.

Nacida en Guaymas, en el estado de Sonora, el 12 de septiembre de 1931, Silvia Pinal seleccionó la actividad teatral como medio de vida, y lo hizo en fecha muy temprana. Su matrimonio con el actor y director Rafael Blanquells impulsó en buena medida su ascenso en los escenarios, justificado por su gracia y su belleza. Dueña de una formidable popularidad, muy pronto obtuvo ofertas cinematográficas, la primera de las cuales, Bamba (1948), de Miguel Contreras Torres, era un melodrama con innegables toques de sensualidad. Lejor de ver el estereotipo pasional como un detalle que encasilla y resta prestigio, la actriz, aún muy joven, se inventó gracias a él una personalidad cinematográfica llena de atractivo. De ahí que explorase papeles de heroína melodramática, vampiresa o actriz cómica, siempre enriquecidos por una presencia escénica intensa y fascinadora.

Las producciones de gran repercusión en la taquilla, al estilo de El pecado de Laura (1948), de Julián Soler, sirvieron para que el gran público reconociese a Silvia Pinal como una de las principales promesas del cine local. Esto, además, la permitió compartir reparto con actores de renombre: formó pareja con Mario Moreno Cantinflas en Puerta..., joven (1949), de Miguel M. Delgado; y con Pedro Infante en La mujer que yo perdí (1949), de Roberto Rodríguez, Sí... mi vida (1952), de Fernando Méndez; Por ellas, aunque mal paguen (1952), de Juan Bustillo Oro; y Un rincón cerca del cielo (1952) y El inocente (1955), ambas de Rogelio A. González. Asimismo, fue la dama del cómico Germán Valdés Tin Tan en El rey del barrio (1950) y La marca del zorrillo (1950), dos comedias dirigidas por Gilberto Martínez Solares.

El director argentino Tulio Demicheli, exiliado por aquellas fechas en México, dio a Silvia Pinal la oportunidad de mostrar su faceta más turbadora en Préstame tu cuerpo (1957), Desnúdate, Lucrecia (1957) y Una golfa (1957). Tanto Demicheli como la actriz decidieron probar suerte en el mercado español, ya conocido por ella gracias a su intervención en el largometraje Cabo de Hornos (1955), dirigido por Tito Davison y protagonizado por Jorge Mistral.

Ya en España, Demicheli dirigió el trabajo de Pinal en Las locuras de Bárbara (1958) y Charlestón (1959). La película citada en primer lugar era una producción de P.C. Balcázar, interpretada por los galanes Antonio Casal y Rubén Rojo. En ella se contaba la divertida peripecia de Bárbara, hija de un rico indiano y máximo temor de éste por su comportamiento pícaro y extravagante. En la misma línea festiva , Charleston presentaba los amores entre Pinal y Alberto Closas en clave de comedia de enredo.

Basada en la obra homónima de Alfonso Paso, Adiós, Mimí Pompón (1960) fue la siguiente comedia española de Silvia Pinal, esta vez rodada a las órdenes de Luis Marquina y junto a un excelente reparto, que integraban Fernando Fernán-Gómez, Catalina Bárcena, Carmen Bernardos, Amparo Baró, José Luis López Vázquez, Manuel Collado y Antonio Ferrandis. Como si fuera para determinar su gusto por el género cómico, la actriz mexicana filmó ese mismo año Maribel y la extraña familia (1960), película de José María Forqué inspirada en la famosa pieza de Miguel Mihura.

Cuando se divorció de su primer esposo, la actriz contrajo matrimonio con el productor Gustavo Alatriste. De forma inesperada, ese enlace permitió a la intérprete dar un giro a su carrera, pues Alatriste fue el promotor de tres películas de Luis Buñuel en las que también intervino Silvia Pinal: Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965). En los tres largometrajes el trabajo de la actriz fue brillante y recibió justos elogios.

Un tercer matrimonio, esta vez con el cantante Enrique Guzmán, coincidió con una etapa de constante actividad escénica y televisiva. Participó en el episodio titulado Divertimento del largometraje Juego peligroso (Jôgo perigoso, 1966), obra de Luis Alcoriza. Y junto a su esposo intervino en ¡Cómo hay gente sinvergüenza! (1971), de René Cardona Jr., por la misma época en que protagonizaba musicales de gran éxito en el Distrito Federal.

En el asceso de la pirámide profesional, Silvia Pinal ya había alcanzado la cúspide. El cuarto matrimonio, celebrado con Tulio Hernández, y un progresivo alejamiento del cine mexicano marcaron su línea vital a mediados de los setenta. Al margen de su intervención en la producción argentina Pubis angelical (1982), cabe destacar su trabajo en varias películas españolas: Amor es... veneno (1981), de Stefano Rolla;

Dos y dos, cinco (1980), de Luis José Comerón; El niño de su mamá (1980), de Luis María Delgado; y El canto de la cigarra (1980), de José María Forqué.

Pese a su participación en el largometraje mexicano Modelo antiguo (1992), de Raúl Araiza, la distancia siguió definiendo sus relaciones con el cine de su país. Admirada y querida en España, Silvia Pinal viajó a Huesca el 9 de junio de 2000, con el propósito de inauguar la exposición Luis Buñuel: los enigmas de un sueño, dentro del XXVIII Festival de Cine de dicha ciudad. En el marco del festival, la actriz recibió el premio Luis Buñuel, un reconocimiento que, además de hacer justicia a sus méritos, le permitió hacer balance de su labor junto al realizador, a lo largo de una etapa que ella definió como «la más maravillosa e irrepetible» de su larga vida profesional.

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