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Cinematografías de la semejanza

Testimonios



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Magnífica actriz de teatro, televisión y cine, y mujer amable, comunicativa e inteligente, Marisa Paredes se ha visto rodeada del aplauso popular gracias a sus trabajos junto a Pedro Almodóvar, que además han repercutido en su renombre internacional. Con el trasfondo feliz de haber coincidido con dos cineastas mexicanos de fama, Arturo Ripstein y Guillermo del Toro, la reciente trayectoria de esta intérprete adopta un signo muy destacado en el último cine hispanohablante, y viene a confirmar que el talento, cuando está dotado de la necesaria verdad artística, carece de fronteras.

Vino al mundo en Madrid, el 3 de abril de 1946, y recibió el nombre de María Luisa Paredes Bartolomé. Aunque su familia no disponía de la holgura de bienes que hubiese facilitado su adolescencia, la futura intérprete, aún muy joven, consiguió abrirse camino en los escenarios. Tras estudiar por un tiempo en la Escuela de Arte Dramático, pasó a formar parte de la Compañía de Conchita Montes a la edad de catorce años. Por suerte, ese progreso teatral tuvo su correspondencia cinematográfica. De hecho, llegó a participar en filmes como 091, policía al habla (1960), de José María Forqué; y El mundo sigue (1963), de Fernando Fernán-Gómez.

Gracias a su labor en Las salvajes de Puente San Gil (1966), de Antonio Ribas, consiguió el premio del Sindicato Nacional del Espectáculo. Posteriormente, rodó películas de éxito, como Carola de día, Carola de noche (1969), de Jaime de Armiñán, y El perro (1976), de Antonio Isasi-Isasmendi. Pero su principal fuente de trabajo fue la televisión, sobre todo como actriz de series inspiradas en clásicos de la literatura. Resultó memorable su labor en producciones televisivas como El hundimiento de la casa Usher, de Josefina Molina; Los cascabeles de la locura, también de Pilar Miró; y Crimen y Castigo, de Alberto González Vergel.

Ya en la década de los ochenta, el cine le proporcionó buenas oportunidades. Intervino en Ópera prima (1980), de Fernando Trueba; Entre tinieblas (1983), de Pedro Almodóvar; y Tras el cristal (1986), de Agustín Villaronga, y en todas estas películas demostró un poderío dramático singular, que Almodóvar supo comprender muy acertadamente. Fue el director manchego quien escribió para ella el papel de Becky del Páramo en Tacones lejanos (1991), y quien volvió a darle un rol protagonista en La flor de mi secreto (1995) y en Todo sobre mi madre (1999).

Tras conseguir el Premio Nacional de Cinematografía en 1996, Marisa Paredes cuidó su carrera internacional, que vino a prosperar gracias a dos películas del mexicano Arturo Ripstein, Profundo carmesí (1996) y El coronel no tiene quien le escriba (1999). Decidida defensora de un cine transfronterizo rodado en español, la actriz aprovechó esta oportunidad para promocionar las relaciones entre las cinematografías de ambos lados del Atlántico. En esta senda, y al margen de su experiencia italiana (La vida es bella, 1998, de Roberto Benigni), cabe resaltar su etapa como presidenta de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España.

El espinazo del diablo (2001), película producida por Pedro Almodóvar y dirigida por el mexicano Guillermo del Toro, permitió a Marisa Paredes trabajar junto a Federico Luppi. Con esta interpretación, la actriz demostró una vez más que su presencia, sofisticada y rica en connotaciones, es uno de los regalos más notables del moderno cine hispanohablante.

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