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Escritor, dibujante, cineasta y diplomático, Neville ocupa
una posición singular entre los intelectuales españoles, ya que no fue tratado con
justicia en su época, y aún hoy no es homenajeado como su talento merece. No obstante,
si bien sorprende sobremanera ese descuido, cabe suponer que su obra, en particular la
cinematográfica, ha de ser festejada por nuevos estudiosos que reclamen su figura como
una de las más notables y originales del celuloide español. Sin duda, el trabajo de
algunos historiadores permite albergar esperanzas en este sentido.
Neville nació en Madrid, en 1899, y falleció en 1967. Su
padre era inglés y su madre, de familia noble, le permitió heredar el título de Conde
de Berlanga de Duero. De indudable vocación literaria, el joven Neville envió sus
primeras colaboraciones al periódico La Época. Poco después, dio a conocer el
relato «Eva y Adán» (1926), que confirmaba su talento para la escritura. Amigo de
Manuel Altolaguirre, Ortega y Gasset y García Lorca, muy pronto se abrió un hueco en el
panorama cultural del momento.
Sin embargo, fue su gusto por el cine lo que revolucionó
su tarea artística. En 1929 viajó a Hollywood,
aprovechando su estancia en Estados Unidos como agregado en la Embajada de España. Allá
se hizo amigo de Mary Pickford, Douglas Fairbanks y Charles Chaplin, si bien este último
fue el que cultivó en mayor grado su compañía. De hecho, al cómico Charlot iba
dedicada la novela Don Clorato de Potasa (Andanzas de un hombre que se reía mucho de
todo) (1929), que Neville también dedicó al torero Juan Belmonte y al escritor
Ramón Gómez de la Serna.
Otra persona frecuentada por Neville en California fue el
millonario William Randolph Hearst, a quien el futuro cineasta visitó en su extravagante
palacio de San Simeón.
Tras un intermedio español, Neville regresó a Los
Ángeles contratado por la compañía Metro-Goldwyn-Mayer. Se le encomendó la dirección
de los diálogos de dos películas habladas en español: El presidio (1930), de
Ward Wing, y En cada puerto un amor (1931), de Marcel Silver.
Durante su permanencia en los estudios de Hollywood, Edgar
Neville estuvo acompañado por buenos amigos españoles e iberoamericanos, también
implicados en los rodajes de filmes de habla hispana. Entre esos compañeros, cabe citar a
Antonio de Lara Tono, a José López Rubio y a
Enrique Jardiel Poncela.
De vuelta a España, retomó su carrera como escritor y
dramaturgo, sin desatender una trayectoria cinematográfica en cuya primera etapa
brillaron títulos como Yo quiero que me lleven a Hollywood (1931), Falso
noticiario (1933), Do re mi fa sol la si o La vida privada de un tenor (Parodia de
zarzuelas) (1935) y La señorita de Trevélez (1936), basada en la pieza
original de Carlos Arniches.
Contratado como guionista, fue el autor de los libretos de La
traviesa molinera (1934), dirigida por Harry dAbbadie dArrast, y de Rumbo
al Cairo (1935), de Benito Perojo. El estallido de la guerra civil le sorprendió en
el Marruecos francés, donde había sido destinado como diplomático. Aunque las
circunstancias propiciaron que apoyase al bando franquista, el tiempo iba a demostrar que
su talante abierto, cosmopolita y liberal no era fácil de ubicar en un dictadura como la
que sobrevino a la contienda.
En el terreno estrictamente cinematográfico, es preciso
destacar la trilogía formada por La torre de los siete jorobados (1944), Domingo
de Carnaval (1945) y El crimen de la calle de Bordadores (1946). Tres
películas donde Neville expresaba un peculiar universo donde se alternaban el
costumbrismo, la estética de las vanguardias (sobre todo Gutiérrez Solana), ciertos
juegos del folletín policial y, en menor grado, alguna que otra maravilla con la cual
reabastecer su carácter soñador.
Dejando a un lado su excelente adaptación de la novela de
Carmen Laforet, Nada (1947), hay en la restante obra de Neville un toque de
fantasía suave, elegante y, digámoslo así, melancólica, que atañe a filmes como La
vida en un hilo (1945) y El último caballo (1950). Indudablemente, esa misma
cualidad reaparece en la comedia El baile (1959), protagonizada por Rafael Alonso, Alberto Closas y Conchita Montes.
Por lo demás, parte de su filmografía guarda una estrecha
relación con su carrera literaria. No en vano, algunos de los guiones más afortunados de
Neville son adaptaciones de sus libretos teatrales. Completando un repertorio tan grato,
cabe finalizar estas líneas con la mención de escritos tan divertidos como Producciones
García, S.A. (1956) y El día más largo de monsieur Marcel (1966). |
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