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Cinematografías de la semejanza

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Astro indiscutible del cine mexicano, el cantante y actor Jorge Alberto Negrete Moreno nació el 30 de noviembre de 1911, en la Ciudad de Guanajuato. Siempre alentado por sus padres, recibió una esmerada formación en el Colegio de Santa María de Guanajuato y en el Colegio alemán Alexander Von Humboltd. Con el fin de prolongar una larga estirpe de soldados, su padre lo animó a ingresar en el Colegio Militar, donde se graduó en 1928 con el grado de teniente. En el Distrito Federal fue ascendido a capitán, pero esa vocación castrense no pudo ocultar su gusto por la ópera. Así, pues, en 1930 comenzó a educar su voz junto a José Pierson, que también había sido maestro de José Mojica.

Para ser justos hemos de convenir que en la radio fue donde disfrutó de los primeros éxitos. A medida que sus tonos de barítono fueron enriqueciéndose con ímpetus de tenor, ningún género le resultó extraño. La comedia musical, la opereta, la zarzuela y la revista no guardaban secretos para él, y siempre acometió su interpretación con sentimiento, aun a pesar de que más de una vez tuvo motivos para el desánimo, sobre todo en aquellos primeros años.

En 1936 viajó a Nueva York, junto su amigo Ramón Armengod. El dúo llegó a actuar ante los micrófonos de la NBC, pero la sociedad se disolvió cuando Armengod contrajo matrimonio. Sin duda fueron meses de desconcierto: Negrete llegó a trabajar como lavaplatos antes de afianzarse como cantante en algunos locales de la ciudad. Un año después, retornó a México, para rodar, a las órdenes de Ramón Peón, La madrina del diablo (1937). Una vez cumplido ese compromiso, volvió a Nueva York, y en 1940 viajó a Miami, donde contrajo matrimonio con la actriz y bailarina Elisa Christy.

Aunque prosiguió su carrera cinematográfica, no llegó a consolidarse como estrella hasta el estreno de ¡Ay Jalisco no te rajes! (1942), de Joselito Rodríguez, película que lanzó su estereotipo de charro cantor, caballeroso y galante. Lo mismo que en México, esa personificación de Negrete provocó un hondo entusiasmo en el resto de Iberoamérica y en España. Tanto es así, que las siguientes películas de Negrete, por lo general comedias rancheras, fueron estrenándose en todo el entorno hispanohablante.

En este punto de su carrera, el actor aprovechó su prestigio para liderar un movimiento sindical que mejoró sobremanera las condiciones laborales en el cine mexicano. Al frente de la Asociación Nacional de Actores, definió nuevos protocolos y estatutos para ésta, fundando asimismo el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana. Aun en momentos de dificultad, Jorge Negrete dedicó largo tiempo a las labores sociales, encaminadas a corregir y mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas.

Tan apasionados propósitos se correspondían, sin duda, con la vehemencia de su carácter. En esta faceta emotiva, viene al caso recordar el amor que lo unió a la actriz Gloria Marín, y que luego lo llevó a casarse con la gran dama del cine mexicano, María Felix. Sin duda, todo ello palpita en su filmografía, compuesta por 41 películas de muy diverso género. Melodramas como Una carta de amor (1943), de Miguel Zacarías, y filmes costumbristas, al estilo de Allá en el Rancho Grande (1948), de Fernando de Fuentes; y Dos tipos de cuidado (1952), de Ismael Rodríguez, explican en buena medida por qué Negrete, paradigma de la charrería, fue un ídolo para el público local.

Merece la pena intercalar aquí una digresión analítica. Explicando el arraigo de las películas rancheras —género predilecto del actor—, Marina Díaz López señala que éstas «evocan este mundo rural idílico y sin fracturas ni sociales ni morales. Un microcosmos donde todos los acontecimientos derivados del quehacer de la hacienda o el rancho se viven en respuesta unísona por parte de la comunidad. El sistema paternalista y patrimonialista se despliega partiendo del hacendado en una jerarquía económica, pero su funcionamiento es representado en los momentos lúdicos que sirven para establecer claramente la división de espacios y de esferas, lo cual da lugar a la aparición, muy diluida de funcionalidad y acción, de las mujeres» («Jalisco nunca pierde: raíces y composición de la comedia ranchera como género popular mexicano», Rev. Archivos de la Filmoteca, n.º 31, febrero de 1999).

Por mucho que el celuloide nos haya familiarizado con ese tipo de ranchos, Negrete también ocupó otros escenarios, incluyendo algunos de ambientación española. Fue el protagonista de Historia de un gran amor (1942), de Julio Bracho, que se inspiraba en El niño de la bola, de Pedro Antonio de Alarcón. También rodó un filme de época, En tiempos de la Inquisición (1946), de Juan Bustillo Oro.

Pero el vínculo español no acaba ahí: a las órdenes de Luis Buñuel, dio vida al personaje central de Gran Casino (1947), junto a la argentina Libertad Lamarque. Otra excelente actriz argentina, la cómica Niní Marshall, fue su compañera en Una gallega en México (1949), de Julián Soler, donde se jugaba con el estereotipo español, un poco en la línea de Jalisco canta en Sevilla (1948), de Fernando de Fuentes, filme que enfrentaba al charro cantor y a la joven flamenca encarnada por Carmen Sevilla.

En Teatro Apolo (1950), una producción de Cesáreo González dirigida por Rafael Gil, el actor daba vida a Miguel Velasco, el hijo de unos españoles establecidos en México que viajaba a España, a fines del siglo XIX, con el propósito de liquidar el patrimonio familiar, y que finalmente, por azares del amor, quedaba vinculado al teatro lírico que da título al filme.

Tras una vida intensa, llena de fortuna y giros inesperados, el actor fue víctima de una dolencia hepática. Ingresado en un hospital de Los Ángeles, en California, su vida se extinguió a causa de la cirrosis el 5 de diciembre de 1953.

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